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Biblioteca Dawit Isaak.
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23-Mayo-2022

“Los libros son un arma: tanto para atacar como para defenderse”, dijo este lunes Oleksandra Koval, la directora del Instituto del Libro de Ucrania, en una entrevista con la agencia Interfax en la que defendió la necesidad de retirar de las bibliotecas públicas del país “más de 100 millones” de libros de autores rusos, entre ellos clásicos de la literatura mundial. Ante la invasión rusa de Ucrania, de la que este martes se cumplen ya tres meses y que generó, entre otras cosas, más de 5 millones de ciudadanos desplazados, Koval afirmó que lo más urgente es confiscar volúmenes que contengan “narrativas imperiales y propaganda a favor de la violencia y de políticas chovinistas prorrusas”. Desde su cargo como directora del Instituto del Libro de Ucrania, que depende del Ministerio de Cultura de ese país, aspira a que la “literatura ideológicamente dañina” de tiempos soviéticos, tanto en ruso como en ucraniano, así como los libros “anti-ucranianos”, sea retirada antes de fin de año. De todos modos, a pesar de la fuerte oposición que una medida de semejante magnitud pueda generar, Koval sostiene que, en una segunda ronda, también deberían ser retirados libros de autores contemporáneos rusos publicados después de 1991, inclusive aquellos de géneros como la novela romántica, las historias de detectives o los libros infantiles.

Guerra y paz, la novela anti-bélica del autor ruso Lev Tolstoi, sería uno de los títulos censurados por decisión del Instituto del Libro de Ucrania. La superproducción de la BBC, nueva versión de la novela de León Tolstói, cuyos seis capítulos arrasaron en Reino Unido con más de 7 millones de espectadores.

También apuntó contra obras consideradas clásicos de la literatura, como las de Pushkin, Dostoyevski o Tolstoi, cuyo libro más conocido es, irónicamente, la novela anti-bélica Guerra y paz. Para Koval, “no es cierto” que se trate de libros “en el pináculo de la literatura mundial”, creencia que atribuye a su inclusión en las currículas escolares. “Es un requisito evidente de nuestro tiempo”, argumentó. Según la directora del Instituto del Libro, se trata de libros “muy dañinos”, que pueden “afectar los puntos de vista de la gente”, por lo que su opinión personal es que habría que retirarlos de las bibliotecas públicas y de las escuelas y en todo caso ser estudiados por “expertos”. De llevarse a cabo, la retirada de obras de “propaganda rusa” reduciría los catálogos de las bibliotecas públicas en unos 100 millones de volúmenes, lo que representa la mitad del total. De acuerdo con Interfax, el Ministerio de Cultura de Ucrania está trabajando en la retirada de las obras clasificadas como propaganda prorrusa de las bibliotecas, que serán catalogadas como papel de desecho. Para justificar la censura, Koval afirmó que durante la guerra no es recomendable que exista acceso a volúmenes “con connotaciones ideológicas” cuyos autores adopten “posturas anti-ucranianas”, ya que podrían empujar a los lectores a aprobar estas posiciones.

Oleksandra Koval, directora del Instituto del Libro de Ucrania.

En la entrevista, Koval denunció que, desde el comienzo de la guerra el 24 de febrero, la invasión rusa “destruyó al menos 60 librerías en Ucrania y ocupó otras 4 mil”. De todos modos, aunque la directora del Instituto del Libro cree que los números son incluso más alarmantes, sostiene que son solo una aproximación ya que no todos los gobiernos locales, en particular los más afectados por la guerra, pudieron brindar la información necesaria. “En las noticias vi cómo los rusos entran a las librerías y se llevan, a quién sabe dónde, todos los libros escritos en ucraniano. Pero ahora no es momento de reunir estadísticas porque la situación cambia a cada minuto. Lo que está claro es que quienes pretenden ocupar Ucrania ven la literatura como una amenaza en sí misma, lo cual solo refuerza el poder de los libros”, dijo Koval.

23-Septiembre-2022

Una familia que escondió miles de libros dentro de las paredes de una casa, un hombre que se comió 30 páginas para salvar a sus compañeros, libreros que luchan por recuperar libros perdidos. Cuando el 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet depuso con un golpe de Estado el gobierno del socialista Salvador Allende en Chile, además del horror que se cometió contra militantes y sus familias, también se dio una persecución contra los libros, señalando que ayudaban al adoctrinamiento comunista. Esta misma práctica se replicó en Argentina, cuando se instauró el gobierno militar en marzo de 1976. Miles de títulos fueron prohibidos. En las décadas que han pasado desde entonces, hemos visto numerosas veces imágenes de uniformados destruyendo y quemando libros.

"¿Dónde estarán las odas que me regaló Neruda?", se preguntaba el abogado argentino Salomón Guerchunoff. Y siempre, antes de que nadie le pudiera responder, él mismo suspiraba y decía... "Deben estar en la casa del señor ese". La casa a la que se refería había sido la suya por más de 20 años. Era una construcción de una planta, ubicada en el barrio Parque Vélez Sarsfield de Córdoba capital, la segunda ciudad de Argentina. Allí vivía con su esposa, Eva Maltz, y sus cinco hijos hasta que ocurrió el golpe de Estado de 1976. "Mi padre fue un reconocido militante del Partido Comunista en Córdoba y un colaborador permanente del movimiento sindical en la ciudad, por lo que tenía una biblioteca que era acorde a ese pensamiento", explica Luis Guerchunoff, uno de los cinco hijos de Salomón. Y ese pensamiento comenzó a ser prohibido. Perseguido.

La familia Guerchunoff durante unas vacaciones.

A su lado están Nora, Ana y Beatriz, los otros hermanos. Solo falta Roberto. Es 24 de marzo, el Día de la Memoria. Han pasado 46 años del golpe militar y en un colegio cercano proyectan un documental con la historia de la familia. Es la primera vez en muchos años que los hermanos están en la misma ciudad al mismo tiempo y activan la recolección de recuerdos a cuatro voces. El primero: cuando sus padres decidieron esconder los libros dentro de una de las paredes de la casa.

"Fue poco después del golpe," dice Luis. "En años anteriores mi padre había repartido sus libros más incriminantes entre varios amigos para sortear los allanamientos que ya se producían regularmente. Pero cuando ocurrió el golpe se dio cuenta de la gravedad de lo que estaba pasando y dijo 'basta, voy a reunir mis libros para evitarles problemas a ellos'". Meses antes de ese marzo de 1976, Salomón y Eva habían decidido remodelar la casa, así que aprovecharon los materiales de construcción sobrantes para esconder la mayoría de los libros en el interior de los muros de la parte alta de la alcoba principal. "Los siete vivimos ese momento. Me acuerdo de la sensación de miedo que nos acompañaba. Metimos todo tipo de libros, de literatura política, sobre Marx, Engels, pero también de César Vallejo, El Principito, el libro de cuentos infantiles 'Un elefante ocupa mucho espacio', de Elsa Bornemann, que también estaba prohibido por la dictadura", recuerda Ana Guerchunoff. Uno de los ejemplares más preciados de la colección de Salomón era una cartilla de cuatro hojas con dos odas de Pablo Neruda: a la pantera negra y a la mariposa. En la parte trasera, un autógrafo con la inconfundible tinta verde que solía utilizar el Premio Nobel chileno: 'Para Guerchunoff. Su amigo, Pablo'.

"En 1956, Neruda había decidido pasar unos días en Villa del Totoral, que es una población cercana. Y se quiso organizar un recital, pero estábamos en la dictadura de Aramburu, y no se le facilitó el principal escenario de la ciudad, que era el teatro San Martín. Así que mi papá, junto a otras personas, movieron cielo y tierra para que el poeta se pudiera presentar en otro espacio", relata Luis. Para recompensar los esfuerzos de los implicados, Neruda encargó en una imprenta local 500 ejemplares de un cuadernillo con las dos odas. "Y le dedicó uno especialmente a mi papá", anota Ana. "Aunque nosotros no recordábamos haberlo metido en la pared, mi papá tenía la certeza de que ahí estaba". Eva, que era arquitecta, se encargó de tapiar el muro y terminar todo con prolijidad de cirujana para evitar que se notara que en esa superficie se había abierto un agujero. Menos de un año después, en mayo de 1977, los militares se llevaron a Salomón. "Lo enviaron a La Perla, que después sería conocido como un centro clandestino de torturas. Allí pasó cinco años". Los cuatro hermanos recuerdan con precisión milimétrica el día que tuvieron que salir de esa casa: "Al quedarse sola y siendo esposa de un sindicado por el gobierno, mi mamá no pudo sostenerse y se vio obligada a malvender la casa", apunta Ana. "Tuvimos que llevarnos las cosas en sábanas porque no teníamos plata para la mudanza. Mi papá estaba secuestrado. Fue muy doloroso", señala Beatriz, la hermana mayor.

A mediados de 2008 fueron recuperados los libros, que estaban en perfecto estado.

En los años siguiente, Eva y los cinco hermanos vivieron como pudieron en diferentes sitios. En 1982, Salomón fue liberado y, ya con el régimen militar de salida, lo primero que hizo fue acercarse al nuevo dueño de la casa para que le diera permiso para romper la pared y sacar sus libros. "El tipo se negó a dejarlo entrar", cuenta Ana. "Entonces mi papá, frustrado, nos dio una orden a todos: 'Nos olvidamos de los libros. Acá cerramos esa historia'". "Pero él a menudo se acordaba de sus odas de Neruda y no podía evitar referirse a la casa de 'ese señor'", rememora Luis. Eva murió en 1994 y Salomón, en 2002. Nora y Beatriz se marcharon a Israel y Ana, Luis y Roberto formaron familia y se instalaron en distintos lugares de Córdoba. Nunca más volvieron a la casa. En 2008, mientras Ana visitaba una oficina en el centro de la ciudad como parte de su trabajo en el Ministerio de Justicia, se le acercó una mujer que le pidió hablar en privado. "Me preguntó si yo era Ana Guerchunoff, la de la casa de los libros perdidos. Yo me quedé muda, y pensé '¡Claro, los libros de papá!'". La mujer, que era inquilina de la casa desde hacía un par de años, le contó que en el barrio se había corrido el rumor de que dentro de los muros había libros. "Me dijo que era como un fantasma y que para ella era muy difícil vivir en una casa donde sabía que había una biblioteca metida en la pared".

Los libros después de ser sacados del muro.

Le dijo que iban a abrirla. La noticia tomó por sorpresa a los hermanos. Beatriz y Nora desde Jerusalén dijeron enfáticamente que querían estar presentes cuando picaran esos muros. Pero la urgencia ganó: la mujer les dijo que tenían que sacar los libros lo más pronto posible antes de que se enterara el dueño, que era el mismo que le había negado la entrada a Salomón. "Fue de un día para otro que tuvimos que ir con un albañil y romper. No dio tiempo para que llegaran Nora y Beatriz", anota Luis. Fue un procedimiento simple: el albañil dio dos golpes con el cincel y abrió un hueco en la pared de ladrillos secos. Y ellos vieron el prodigio a través de la perforación. Los libros estaban intactos, legibles, como si los hubieran puesto allí el día anterior y no 30 años antes. "Mamá había hecho un buen trabajo", dice Ana. "Estábamos aturdidos, no solo por el estado de los libros, sino por todo el peso emocional que tenían, porque los libros son parte de uno. Conservaban parte del olor que tenía la casa cuando vivíamos allí, así que más que pensar en los libros, comenzamos a rememorar todo lo que vivimos esos años", señala Luis. En medio del nublamiento por la nostalgia, uno de los hijos de la inquilina levantó el documento de Neruda y se quedó mirándolo con especial interés.

"¿Y esto qué es?", preguntó. "Era el cuadernillo. Estaba tal cual yo me lo acordaba, así que se lo quité y le dije 'Nada. Papeles viejos'... y me lo quedé", prosigue Luis. Los tres hermanos pensaron que solo iban a encontrar fragmentos de lo que habían dejado y, como aquella vez que salieron de la casa tres décadas atrás, se tuvieron que llevar los libros en sábanas. Nora, la menor, permanece callada. Apenas mira, en silencio, como sus hermanos hacen el relato, pero al final estalla. Pone su cabeza en el hombro de Beatriz para que no se le vean los ojos. "Que sacaran los libros fue liberador para mí. Mi infancia se había quedado entre esos muros, con esos libros que la dictadura nos obligó a guardar y que secuestró a mi papá", concluye.

"Sentí que me encontraba de nuevo con esa niña de 9 años que se había muerto un poco cuando tuvimos que salir de esa casa sin libros para llevar".

24-Septiembre-2022

Cuando abrió los ojos, Luis Costa vio a tres soldados de la Marina chilena apuntándole a la cara con sus fusiles G-3. "Me agarraron", fue lo primero que pensó. Detrás de la fila de fusileros ingresó el comandante, que le inspeccionó el rostro y, después de descartar que fuera la persona que estaban buscando - un hombre albino y de mucha más edad-, le dijo: "Siga descansando, ahora lo que nos interesa son sus libros". Seis meses antes, el 11 de septiembre de 1973, Pinochet había derrocado el gobierno de Salvador Allende y, por cuenta de su militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Costa estaba viviendo en la clandestinidad. Casi 50 años después, en su casa de de Quilpué, un municipio a 10 kilómetros de Valparaíso, la segunda ciudad de Chile, Costa señala un asiento rústico de madera que tiene el respaldo en ángulo recto. "En esa silla se sentaba Bautista Van Schouwen, el Baucha, (uno de los comandantes históricos del MIR) cuando hacíamos las reuniones en mi casa. Decía que le ayudaba con el dolor de espalda". Fue precisamente El Baucha quien le dio las primeras indicaciones una vez se consumó el golpe de Pinochet: esconderse, sobrevivir y si no era posible salvarlas deshacerse de las bibliotecas de sus compañeros lo más pronto posible.

La casa de Luis Costa es una colección de su vida en la militancia política. Y la fotografía.

"Durante los años de la Unidad Popular de Salvador Allende hubo un apogeo del libro. Y muchos aprovechamos eso para adquirir textos de literatura política para formarnos", cuenta. "Sin embargo, el golpe de Pinochet fue tan certero que en menos de un día el MIR ya estaba desarticulado, así que la principal misión y casi la única que podíamos ejecutar era esconder o, tristemente, destruir las bibliotecas de nuestros compañeros para evitar que los pudieran incriminar. Tener un libro que fuese considerado peligroso era suficiente para ser detenido", explica. Destruir los ejemplares se convirtió en un asunto de vida y muerte, y aunque era un acto triste al menos evitaba que cayeran en manos de los militares. Fue una tarea de prueba y error: comenzaron por sumergir los libros en las bañeras o en los lavamanos de las casas para que las hojas se ablandaran y luego poder tirarlas por el inodoro. "Pero las cañerías se tapaban con facilidad", cuenta Costa. "Así que tuvimos que pasar a quemarlos". "Primero lo intentamos en el horno y en las hornillas de la cocina, pero nos tomaba mucho tiempo quemar cada libro". Con el tiempo, accedieron al último recurso: hacer hogueras en la noche "para evitar que la gente sintiera el humo y nos denunciara". Sin embargo, él no quemó todo. Pese al peligro que representaba, hubo ejemplares que pudo salvar. Como impulsado por un resorte, Costa detiene su relato y atraviesa su taller, un espacio repleto de objetos y recuerdos de sus años de militante, que repartió entre sus familiares y amigos cuando debió irse al exilio, después de un paso por los centros de detención de Villa Grimaldi y Tres Álamos.

Y que luego recuperó. Sube las escaleras que conducen al segundo piso, a su cuarto. Allí tiene ahora su biblioteca, de donde saca un libro forrado con una lámina negra. "Había libros que eran muy personales o muy útiles, que nos arriesgamos a preservar. Este por ejemplo", dice mientras abre y permite ver el título, "Manual del guerrilero urbano", del brasileño Carlos Marighella. "Era muy útil para las tareas de clandestinidad que estábamos llevando a cabo en esos días". Pero también se vio obligado a recurrir a tácticas extremas para salvar su vida y la de sus compañeros. La mañana en que despertó con la boca de los fusiles apuntándole, Costa estaba de paso en la casa de una familia que vivía en Villa Alemana, un municipio a unos 30 kilómetros de Valparaíso.

La familia, que no tenía ninguna relación con él, hacía parte de la red de personas que apoyaban a los militantes de la izquierda. Le habían organizado una cama improvisada en el único cuarto disponible: una pequeña biblioteca ubicada en el primer piso. Ahí estaba durmiendo cuando lo sorprendió el pelotón de la Marina. Costa obedeció al comandante y se acostó sin dejar de temblar. Pero en medio de su vigilia, el militar lo volvió a molestar. "Joven, ¿me puede explicar de qué trata este libro?", le preguntó y le pasó un volumen que tenía un título llamativo, "Cibernética y la Revolución Industrial". Costa se incorporó y le explicó brevemente, con lo que recordaba de su paso por la universidad Santa María, que se trataba del estudio de los sistemas que controlan las máquinas. El uniformado hizo un gesto brumoso y puso el volumen aparte con la orden de confiscar. "Interesante. Pero está el tema de la revolución y eso es peligroso", dijo.

Luis Costa durante sus años de exilio tras ser expulsado de Chile.

Al volver a recostarse, Costa se dio cuenta de que encima de la mesa de noche, también improvisada, había un cuadernillo de 30 hojas de papel de arroz para enrollar cigarrillos donde estaba descrita la situación de la Secretaría General del MIR, que le había llegado esa misma tarde. Agarró el documento en medio de un descuido de los soldados, lo desgarró con sigilo, se lo metió en la boca y comenzó a masticarlo disimuladamente. "Primero traté de humedecerlo con la saliva, pero fue muy difícil, porque eran 30 hojas", relata. "Me costó porque además no quería hacer ningún ruido". Costa recuerda que todo eso pasaba con los militares ahí al lado. Él intentando hacer desaparecer el documento y ellos buscando libros por el cuarto. "No me acuerdo cuánto me tardé, pero finalmente logré tragarme todo". "No me hizo daño de estómago ni nada, pero lo que sí me quedó fue una sensación extraña en la boca, como de tinta seca, que siempre defino como mi primera experiencia con la literatura gastronómica", concluye con una cuota de humor e ironía.

25-Septiembre-2022

Marjorie Mardones deja navegar sus dedos por una estantería de libros de segunda mano como una niña en la juguetería. Ella es bibliotecaria en el centro de Quilpué y docente de la Universidad de Playa Ancha y en los últimos años se ha puesto la tarea de averiguar qué pasó con miles de libros que fueron censurados y destruidos en esta región chilena durante el régimen de Pinochet.

Por esa razón se pasea con su entusiasmo de rescatista por esta librería: más que novedades, busca sobrevivientes. Cualquier pista le sirve: un título con inclinaciones políticas publicado en décadas anteriores, el sello de una editorial perseguida. Una portada engañosa. Una tapa forrada para esconder el título original. "Mi idea es buscar estos libros, que fueron sacados de sus bibliotecas por ser considerados peligrosos y hacer que regresen a un estante, a una biblioteca, que es su lugar" En su bolso, Mardones lleva uno de los hallazgos que hizo en los últimos años, un ejemplar que pone en evidencia una de las maniobras que se utilizaron para salvar los libros del apocalipsis: el camuflaje. El libro está contenido en una portada, azul celeste, que lleva impreso "La poesía de Nicanor Parra: anejos de estudios Filológicos No. 4". Pero al abrirlo, otro título: "Trotsky, el gran organizador de derrotas", que ella sospecha fue publicado por una editorial soviética que aprovechando el apogeo del libro en Chile comenzó a publicar títulos en español, aunque sus talleres estuvieran en una calle de Moscú.

Augusto Pinochet lideró Chile con mano dura entre 1973 y 1990.

"Era un método muy artesanal, le retiraban la portada con mucha delicadeza para evitar dañar el lomo y que después no se pudiera utilizar -señala el borde del libro- y después pegaban la nueva portada, que también había sido retirada de igual forma de un libro menos peligroso. Se hacía con libros muy específicos o que para su dueño eran importantes porque era un proceso muy dispendioso y no se podía aplicar para todos los libros". Su investigación terminó en una exposición en 2017 en la universidad de Playa Ancha sobre los libros perseguidos en Valparaíso, en la que exhibieron no sólo los libros sino los relatos de cómo habían sobrevivido. "Demostramos que lo que vimos en Chile fue una destrucción fundamentalista del libro. Como se perseguían personas, se perseguían ideas", agrega. "Y fue una advertencia de lo que iba a venir. Como decía el poeta alemán Heinrich Heine, 'donde se queman libros también se terminan quemando personas'". Mardones cita el ensayo "Desear, poseer, enloquecer", en donde el reconocido semiólogo italiano Umberto Eco, fallecido en 2016, señala tres formas de biblioclastia o destrucción de libros: la biblioclastia fundamentalista, por incuria o por interés. "Eco lo señala con claridad: 'El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos extraordinarios de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis'", recita Mardones y añade: "Y las dictaduras en el Cono Sur".

"La quema de libros fue una advertencia de lo que iba a venir. Como decía Heinrich Heine, donde se queman libros también se terminan quemando personas".

"Después de esa destrucción, de ese apagón cultural como lo llaman muchos, lo que hizo la dictadura fue crear una cultura del consumo rápido, donde el libro ya no tiene cabida", anota. Para hacer gráfico lo que acaba de relatar, pronuncia un nombre que parece un animal mitólogico: "Editorial Quimantú". A unos 90 kilómetros de allí, Ramón Castillo, saca un libro de su colección: es un ejemplar pequeño en cuya portada se puede ver un hombre que carga un busto de Napoleón. Es "Sherlock Holmes y el misterio de los seis bustos", pero él se concentra en el logo de la editorial que lo publicó: un círculo con representaciones indígenas que rodean una "q" minúscula. "Este es un libro de la editorial nacional Quimantú, de la colección minilibros", dice con entusiasmo. Además de ser académico de la facultad de Arte de la Universidad Diego Portales, Castillo también ha seguido la vocación de rescatista de Mardones: frente a él, en la mesa del living de su casa en el barrio Bellavista de Santiago, reposa una montaña de libros. La mayoría de ellos con el sello de la Quimantú. Tras la llegada al poder de Salvador Allende en el 1970, entre muchas medidas que se implementaron hubo una que tuvo como empeño popularizar el libro. Para eso se adquirió una editorial estatal, controlada por los trabajadores, que llegaría a producir 11 millones de libros en tres años. No solo era literatura universal como el libro de Sherlock: en los últimos años, Castillo ha logrado recuperar ejemplares con títulos más combativos, como "Qué es el materialismo histórico", firmado por Marta Hernecker, y una recopilación de la revista "Cabro Chico", dedicada a los niños.

El camuflaje de libros, bajo una nueva portada "inofensiva", fue una forma de preservar su contenido.

"Tuvo un alcance enorme. Uno de los empleados de la Quimantú nos contó una historia que lo retrata: después de una donación a varios centro educativos que estaban fuera de la capital, un profesor llamó para agradecer el gesto, pero sobre todo para pedir humildemente que también le enviaran estantes, porque era la primera vez que tenían libros en la escuela". Una vez ocurrió el golpe, Pinochet y los militares que lo acompañaban llevaron adelante una persecución sistemática de títulos que consideraban peligrosos (de hecho, se hacían transmisiones televisivas con las quemas de libros y se convocaban ruedas de prensa para anunciarlas), pero sobre todo, de los libros de la Quimantú.

La colección de minilibros de la editorial Quimantú.

En pocos meses le habían cambiado el nombre (Editorial Gabriela Mistral) y la mayoría de los libros fueron destruidos. Pero él insiste en hacer eco de un solo objetivo que resume en: "Muchas personas tuvieron la valentía de preservar algo que creían era algo más que un libro, que destruirlo era como destruirse a ellos mismos. Yo solo quiero que los libros vuelvan a tener un estante para que no se olvide lo que pasó".

La persecución a los libros durante los regímenes militares en Argentina y Chile, en el caso de Chile, tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, se inició una destrucción de libros que eran considerados "subversivos" en bibliotecas públicas, universidades, algunas viviendas y librerías. Esto condujo a un proceso de autocensura, en el que muchos civiles destruyeron o escondieron numerosos ejemplares de sus bibliotecas personales para evitar ser incriminados por los militares. La siguiente fase del régimen fue la censura previa. Aunque ya realizaba operaciones de censura, es en 1976 cuando el gobierno militar establece la Dirección Nacional de Comunicaciones, Dinaco. Todos los contenidos culturales producidos en el país debían pasar por esta oficina para su aprobación. En Argentina, el proceso es diferente. Cuando ocurre el golpe de Estado de marzo de 1976, de inmediato se establece un control sobre la producción de libros. Se llegan a prohibir más de 125 títulos que estaban en contra de los "valores nacionales" que quería promover el proceso de reorganización de la junta cívico militar. Hubo quemas de libros. La más significativa ocurrió el 26 de junio de 1980 en el partido de Sarandí, en la provincia de Buenos Aires, donde cerca de un millón y medio de libros fueron quemados. Hubo una especial persecución a los libros infantiles. Por ejemplo, el libro de cuentos "Torre de cubos", de la escritora Laura Devetach, se prohibió mediante decreto en el que se señalaba que su contenido "de fantasía ilimitada" podía ser nocivo para los niños.

26-Septiembre-2022

Después de diez años de dictadura, Augusto Pinochet emitió una lista con los nombres de los desterrados a los que ya se les permitiría regresar a Chile. Miguel Littín no se encuentra en esta lista, halla su nombre en otra lista de personas a las cuales se les prohíbe visitar el país. Este hecho convence a Miguel que la única manera de retornar a su querida patria es mediante el uso de un pasaporte falso, una profesión y una excusa falsas, y más aún, con una esposa falsa. Durante su visita, Littín, haciéndose pasar por un hombre de negocios uruguayo, dirige tres equipos de filmación para la realización de un documental sobre la vida en Chile bajo la dictadura. Filma entrevistas con chilenos comunes y corrientes y con gente de movimientos de la resistencia que operan en forma clandestina. Obtiene una entrevista con un líder de la insurgencia cuando es conducido con los ojos vendados hacia un hospital clandestino donde el líder se encuentra recluido después de haber sido rescatado de un hospital público por un escuadrón subversivo donde se reponía de la heridas causadas por un intento de asesinato orquestado por la policía secreta de Pinochet. Miguel tiene éxito en su misión y abandona Chile en un momento en que las autoridades habían descubierto su presencia y detectives lo vigilaban en el aeropuerto. La realización del documental tenía como propósito mostrar al mundo la brutal represión y avergonzar al régimen de Pinochet al revelar las redes de gente joven trabajando en Chile para tumbar la dictadura.

La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) es un libro de Gabriel García Márquez. Relata la visita clandestina del director de cine chileno Miguel Littín en 1985 a su país natal tras 12 años en el exilio.

El libro fue publicado en 1986. En febrero de 1987, el Ministerio del Interior reconoció haber quemado 15.000 copias de la primera edición de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile el 28 de noviembre de 1986 en Valparaíso por órdenes de Augusto Pinochet.

El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el Peban, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento. El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener. La respuesta oficial fue la que menos esperaba: "Los libros", específicamente, 15.000 ejemplares de "La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile", escrito por el ganador del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia. Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra -que publicaba los libros del Nobel en aquellos años- en Chile. El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973. Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental "Acta Central de Chile" en el Festival de Cine de Venecia del 86. Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de la Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció. "Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país", recuerda Arturo Navarro tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago. Navarro había regresado de un viaje por EE.UU. a visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: "Arturo, me dicen que los libros fueron quemados".

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente. Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura. En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente. "El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes", señala Navarro. "Sin embargo, lo que me preocupaba es que de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual".

La noticia apareció en el diario neerlandés NCR.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares. Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital. El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos. "En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima", señala. "Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo 'Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'". La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración. Para Navarro era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15.000 volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

Este es uno de los pocos documentos donde el régimen de Pinochet aceptó que había quemado libros.

"Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca", afirma Navarro. La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria. Entonces convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia. Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y Estados Unidos que hablan de los ejemplares calcinados. Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. "Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado". Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros. "Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme".

Miguel Ernesto Littín Cucumides es un director de cine, televisión, guionista y escritor chileno de orígenes palestino y griego.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de "La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile" se les impuso "una medida de censura previa" por considerar que el contenido "transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales". "Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos", relata Navarro. "Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria". El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca más: la cultura sería clave en el fin del régimen. "Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar No en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura", concluye.

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