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26 - Noviembre - 2022
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Retrato de Daria Kechenovska, de 16 años, dentro de su escuela destruida en Ucrania (2022).

Diego Ibarra, dentro de la selección de autores en JyV >> Fotografía >> Autores.

Kiev o Kyiv, ¿cómo llamar a la capital de Ucrania y por qué?

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Después de un fallido intento de golpe de Estado ocurrido en agosto, el 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov anunció su dimisión como presidente de la URSS y todas las instituciones soviéticas dejaron de funcionar a finales de ese año.

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8-Agosto-2023

La Madre Patria será la Madre Ucrania en breve. La estatua más emblemática de Kiev, de 62 metros de altura, está en proceso de desovietización. Ya no tiene grabada la hoz y el martillo, símbolo de la URSS, en su escudo, sino un tryzub o tridente ucraniano. Los trabajos ya están muy avanzados pero la puesta de largo del monumento tendrá lugar el 24 de agosto, cuando Ucrania celebra el Día de la Independencia. "Creemos que este cambio será el principio de una nueva era del renacimiento de nuestra cultura y nuestra identidad, el final de los símbolos y narrativas soviéticos y rusos", señala el Ministerio ucraniano de Cultura en un comunicado.

El monumento, de acero, se erigió en una colina en 1981 como parte de un memorial que conmemora la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial. De ahí que en la mano izquierda la mujer victoriosa llevara un escudo con la hoz y el martillo, y en la derecha una espada. La estatua mira hacia Moscú. El tryzub, que se incorporó al escudo de Ucrania en 1991, cuando se independizó de la URSS, dicen que representa la Santísima Trinidad, aunque otros ven un halcón en posición de caza. La mayor parte de los símbolos soviéticos, o relativos al Partido Comunista, se eliminaron en Ucrania en 2015, un año después de la anexión ilegítima de Crimea y del inicio de la guerra en el Donbás. De hecho, en el Maidán, en 2014, muchas estatuas de Lenin fueron derribadas. Sin embargo, este monumento a la Madre Patria se dejó tal cual por estar relacionado con la Segunda Guerra Mundial.

A finales de mayo, el Parlamento ucraniano votó a favor de suprimir todos los símbolos restantes del pasado soviético y del imperio ruso. A mediados de julio, la Inspección Estatal de Arquitectura y Planificación Urbanística facilitó el permiso para quitar la hoz y el martillo del monumento de la Madre Patria. El entonces ministro de Cultura Oleksander Tkachenko aseguró que el coste de esta operación, estimado en unos 700.000 euros, sería sufragado por empresas privadas. En concreto Metinvest Group, propiedad de Rinat Ajmetov, el hombre más rico de Ucrania, propietario del equipo de fútbol Shakhtar Donetsk, se ha hecho cargo del tridente.

Según una encuesta difundida por el Ministerio ucraniano de Cultura, que ha avalado el proyecto, un 85% de la población quería que se retiraran la hoz y el martillo del monumento. Sin embargo, hay voces discrepantes. Son muchos los que reprochaban al Ministerio este gasto cuando se podría empler en drones o en material necesario en el campo de batalla. De hecho, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, difundió un video el pasado 20 de julio en el que decía que las prioridades ahora pasan por prestar atención a lo que necesita la defensa del país. Tachenko acabó dimitiendo, aunque se defendió en un comunicado. "Algunos dicen que no es el momento para gastar dinero en cultura por la guerra. Pero, ¿por qué estamos luchado. ¿No estamos luchando por nuestra cultura, nuestra identidad, nuestra lengua, y nuestra historia. La cultura en la guerra es tan importante como los drones", dijo en un comunicado, poco antes de que el Parlamento aprobara su renuncia.

La invasión rusa de Ucrania, que ordenó el líder ruso, Vladimir Putin, el 24 de febrero de 2022, ha reafirmado el sentimiento nacionalista ucraniano, todo lo contrario de su propósito, y ha llevado a que aumente el rechazo a los símbolos relacionados con la URSS o con Rusia. El pasado soviético es sinónimo del imperialismo, un imperialismo que ha llevado a Putin a invadir a su país vecino, que solo concibe ligado a la Federación Rusa. En un comunicado sobre este cambio, en la web del museo se describe la hoz y el martillo como el símbolo de un régimen totalitario que "destruyó millones de vidas humanas... estamos desprendiéndonos de las marcas de nuestra pertenencia al espacio post soviético. No somos post nada, somos una Ucrania libre, independiente y soberana". También se prevé cambiar el nombre por el de Madre Ucrania, lo que ha enfurecido a los dirigentes del Kremlin. La portavoz del Ministerio ruso de Exteriores, María Zajarova, ha sido contundente. "Esto es a lo que se dedica el régimen de Kiev y sus ciborgs. No se puede renombrar a la Madre. Solo se la puede amar. Y ellos no saben cómo hacerlo", dijo Zajarova. Kiev, una ciudad donde proliferan las banderas gualdiazules, ha renombrado varios monumentos y calles en esta campaña para borrar el pasado soviético o ruso. El Puente de Moscú, una estructura de más de 800 metros sobre el Dniéper, se llama ahora Puente del Norte. La plaza de Andrei Ivanov rinde ahora homenaje a la vecina Letonia y la calle Ivan Kudrya cambió en 2019 el nombre por el de John McCain, en recuerdo del senador estadounidense, que siempre fue leal a la causa del pueblo ucraniano. La cuestión es que Kudrya fue un héroe soviético que destacó en la resistencia ucraniana al nazismo y sus colaboradores en Ucrania: provocó la muerte de soldados alemanes al atentar contra un teatro, hizo que descarrilaran trenes y no paró hasta que le atrapó la Gestapo y lo mató. Para justificar que su nombre se suprimiera se enfatizó su lucha contra los nacionalistas ucranianos

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19-Enero-2024

La guerra en Ucrania ha impulsado una rehabilitación de la controvertida figura de Iósif Stalin que condujo a la Unión Soviética a la victoria sobre la Alemania nazi, maquillando, de esta manera, el lado oscuro del dictador. Dicha reparación a su reputación coincide con el centenario de la muerte de Vladímir Lenin, líder de la Revolución Bolchevique, este domingo 21 de enero y al que el actual jefe del Kremlin, Vladímir Putin, culpa de muchos de los males que desembocaron en la desintegración soviética. «Ahora el nombre de Stalin, el recuerdo de la guerra y la URSS se utilizan con un solo objetivo: convencer al pueblo ruso de que la operación militar especial en Ucrania es tan justa como la Gran Guerra Patria», ha declarado Yákov Dzhugashvili, bisnieto de Stalin.

Este blanqueamiento comienza con los libros de historia: los nuevos manuales para los estudiantes de los dos últimos cursos de la secundaria muestran una imagen del dictador totalmente diferente a la de los textos publicados tras la caída de la URSS. «Si en los libros financiados en los años 90 por la Fundación Soros, era un tirano, una bestia, un pésimo comandante (...), hoy en nuestro manual unificado el papel de Stalin se presenta de manera adecuada, es decir, objetivamente», explicó Mijaíl Miagkov, director de la Sociedad Histórico-Militar de Rusia.

Selim Bensaad, otro bisnieto de Stalin, llama a los españoles proucranianos "idiotas útiles" de Biden.

A pesar de que los manuales admiten las brutales purgas estalinistas, las enmarcan en una difícil situación internacional y en los temores a una conspiración trotskista, así como la aparición de una quinta columna. Al mismo tiempo, los textos destacan que, como el pueblo desconocía la «auténtica magnitud» de la represión, «la popularidad de Stalin entre la gente no sólo se redujo, sino que creció aún más».

No se hace referencia a los gulag, aunque admite el fusilamiento de más de 800.000 personas, y niega el genocidio por hambruna en Ucrania (Holodomor) durante la colectivización forzosa de la tierra, pero utiliza esa palabra para la matanza de judíos polacos a manos de los nacionalistas ucranianos. Stalin aprobó el pacto Mólotov-Ribbentrop no para repartirse esferas de influencia con Hitler, sino para aplazar la agresión alemana, debido a la política de apaciguamiento occidental de Berlín y para alejar la frontera soviética varios cientos de kilómetros de Moscú. Y concluye que el principal resultado de las acciones de Stalin, al que exculpan por purgar al generalato e invadir Finlandia, «fue la derrota de la Alemania hitleriana y de Japón, y la eliminación de la amenaza fascista para toda la humanidad».

Desde la llegada de Putin al poder en el año 2000 se han instalado casi un centenar de monumentos en honor de Stalin, tendencia que se aceleró desde la anexión de la península ucraniana de Crimea (2014) y se disparó en los últimos dos años.

La hija de Stalin, Svetlana Alliluyeva, había escapado de la URSS en 1966 aprovechando un viaje para asistir al funeral de su marido de hecho y solicitó asilo en la embajada de los Estados Unidos.

Aunque dos tercios de sus habitantes se opone a ello, las autoridades de Volgogrado se proponen recuperar la idea de celebrar un referéndum para devolverle el nombre de Stalingrado a la ciudad, consulta en la que podrán votar no sólo los residentes de la ciudad, sino de toda la región. En la patria chica del tirano georgiano también estalló estos días un escándalo por la aparición de un icono con su imagen en la catedral de Tiflis, que fue retirado posteriormente por la Iglesia, que negó un encuentro milagroso entre el dictador y la santa Matrona de Moscú.

«Lo importante no es Stalin sino la causa por la que dio su vida, la auténtica democracia que se llama Comunismo. ¿Acaso en Rusia alguien pretende rehabilitar la idea de la auténtica democracia, el comunismo?», insiste el bisnieto de Stalin.

17-Marzo-2024

El pueblo kirguís formaba parte de la Rusia Imperial, desde su conquista por esta a finales del siglo XIX. Tras la revolución rusa, queda bajo poder soviético desde 1918. El 14 de octubre de 1924 se establece el óblast autónomo de Kara-Kirguizia dentro de la RSFS de Rusia. El término kara-kirguizo se usaba para diferenciarlos de los kazajos, que hasta 1925, también eran llamados kirguizes. En 1925, se convierte en la república socialista soviética autónoma de Kirguistán todavía dentro de la RSFS de Rusia. El 5 de diciembre de 1936 se separa de Rusia, al adquirir rango de República Socialista Soviética dentro de la URSS. En diciembre de 1990 se renombra a República de Kirguistán, para el 31 de agosto de 1991, proclamarse independiente de la URSS.

Un primer ministro forzado a renunciar, un líder opositor recién liberado de la cárcel para remplazarlo como jefe de gobierno y un presidente dispuesto a dejar el poder era el inesperado saldo de las elecciones celebradas en 2020. A las pocas horas miles de personas salieron a protestar por la presunta manipulación de los comicios en la antigua república soviética y terminaron forzando la anulación de los mismos. Para ello los manifestantes tomaron varios edificios públicos, incluyendo el parlamento, y también liberaron a varias figuras opositoras que se encontraban en la cárcel. Uno de esos políticos liberados, Sadyr Japarov, fue juramentado como nuevo primer ministro de Kirguistán en lugar de Kubatbek Boronov, quien presentó su renuncia.

Según la encuesta de 2013 de Gallup, el 62 % de los kirguises dice que el colapso de la Unión Soviética perjudicó a su país, mientras que solo el 16 % dijo que el colapso lo benefició. La encuesta también mostró que las personas kirguisas bien educadas eran más propensas a decir que la ruptura perjudicó a su país.

Eso ocurría con el presidente Sooronbai Jeenbekov formalmente en el cargo, aunque oculto. Dese su escondite, le dijo al servicio kirguiso de la BBC que estaba dispuesto a hacerse a un lado para solucionar la crisis.

Rusia celebra elecciones con el aniversario de la anexión de Crimea en la cabeza de muchos. En 2022 un camión bomba dañó la infraestructura por donde circulaban 40.000 coches por día y permitía el paso de 14 millones de pasajeros y 13 millones de toneladas de carga

Pero, a diferencia de lo ocurrido en Bielorrusia, las protestas en Kirguistán lograron la anulación de los comicios y cambios en el gobierno. ¿Cómo llegaron las cosas hasta ahí?

Un total de 16 partidos se disputaron los 120 escaños del parlamento kirguiso -el Jogorku Kenesh, o Consejo Supremo- pero según los resultados oficiales cuatro agrupaciones cercanas al presidente Jeenbekov cruzaron la barrera del 7% de votos que se requiere para tener representación. Esto hizo que los 12 partidos de oposición inmediatamente anunciaran que no reconocían los resultados de las elecciones parlamentarias, al tiempo que acusaban a las fuerzas oficialistas de compra de votos e intimidación. Las denuncias fueron calificadas como "creíbles" por observadores internacionales que dijeron había suficientes motivos de preocupación. Entre otros incidentes los observadores dijeron haber visto cómo a ciertos votantes con marcas en las mascarillas que utilizan para protegerse del coronavirus les habían entregado boletas ya llenas. También hubo reportes de votantes sobornados y trasladados a circunscripciones donde podían influir en el resultado de la elección.

Un día después de aquellos comicios unas 5.000 personas se reunieron en Ala-Too, una céntrica plaza de la capital kirguisa, Bishkek, para protestar contra los resultados electorales. La manifestación se mantuvo fundamentalmente pacífica hasta llegada la noche, cuando un pequeño grupo trató de ingresar por la fuerza al parlamento.

Es la plaza central en Biskek, la capital de Kirguistán. Construida en 1984 para celebrar el 60 aniversario de la RSS de Kirguistán (una de las repúblicas constituyentes de la antigua Unión Soviética), momento en el cual se colocó una enorme estatua de Lenin en el centro de la plaza. La estatua de Lenin se trasladó en 2003 a un parte más pequeña en la ciudad , y una nueva estatua llamada Erkindik (Libertad) se instaló en su lugar. Más tarde, en 2011 fue sustituida por una estatua de Manas, para celebrar el 20 aniversario de la independencia de Kirguistán. La plaza sirve como un lugar para eventos estatales y celebraciones. En 2008, fue el escenario de una ceremonia en memoria de escritor kirguís de renombre mundial Chinghiz Aitmatov.

La policía reaccionó utilizando cañones de agua, granadas de aturdimiento y gases lacrimógenos para dispersar a la multitud de la plaza y calles aledañas. Pero los manifestantes eventualmente se impusieron y en imágenes de video compartidas a través de las redes sociales se les puede ver ingresando al complejo, algunos saltando las verjas y otros forzando los portones. En los videos también se puede ver humo saliendo del edificio, conocido como "la Casa Blanca". Manifestantes también entraron por la fuerza en la alcaldía de Bishkek y en la sede del Comité Nacional de Seguridad, de donde liberaron al expresidente y ex primer ministro Almazbek Atambayev, quien había sido arrestado en 2019 acusado de corrupción. Otro ex primer ministro, Sapar Isakov, también acusado de corrupción, fue liberado de una colonia penal en las afueras de Bishkek.

Y lo mismo ocurrió con el ahora nuevo primer ministro Sadyr Japarov, quien estaba sirviendo una sentencia de 11 años de cárcel por el secuestro de un gobernador regional durante una protesta "ilegal" de la oposición hace siete años. Según datos del Ministerio de Salud, unas 700 personas resultaron heridas durante los acontecimientos y nueve de ellas acabaron en cuidados intensivos. Un joven de 19 años perdió la vida.

Con los manifestantes todavía en control de varios edificios gubernamentales, la Comisión Central Electoral anunció la invalidación de los resultados electorales "en consideración de la situación política en el país". Y el primer ministro, Kubatbek Boronov, también presentó su renuncia, lo que permitió la juramentación de Japarov el martes 6 de octubre.

Boronov sirvió como primer ministro de Kirguistán desde el 17 de junio hasta el 6 de octubre de 2020.

Ese mismo día, según reportes de medios kirguisos, la Corte Suprema de Justicia suspendió la sentencia en contra del nuevo jefe de gobierno y ordenó una nueva investigación. Mientras que el presidente, Sooronbai Jeenbekov, le dijo a la BBC que estaba dispuesto a presentar su renuncia para ayudar a solucionar la crisis. "El objetivo principal de los manifestantes no era anular los resultados de las elecciones, sino sacarme del poder ", dijo en una entrevista telefónica exclusiva desde un escondite. "Para resolver este problema, estoy dispuesto a dar la responsabilidad a líderes fuertes, sin importar a qué grupo pertenezcan. Incluso estoy dispuesto a ayudarlos", agregó el mandatario.

Jeenbekov, quien fue elegido en 2017, perdió toda influencia y miles de kirguisos volvieron a salir a las calles para exigir su dimisión. Los líderes de oposición crearon un Consejo de Coordinación, con informes que indicaban división y lucha por las posiciones gubernamentales influyentes.

Según la plataforma de inteligencia geopolítica Stratfor, aquella crisis política en Kirguistán tuvo sus raíces en una intensa competencia por el poder dentro de la facción gobernante que se remonta a 2010. Ese año una combinación de dificultades económicas y acusaciones de corrupción atizó un levantamiento que terminó derrocando al entonces presidente Kurmanbek Bakiyev. El país inició entonces una reforma constitucional para cambiar el sistema político del país de uno presidencialista a un sistema parlamentario. Pero eso terminó creando "un panorama político tumultuoso, con frecuentes luchas internas entre los principales actores de los partidos gobernantes", asegura Stratfor. Según la consultora, el ascenso del presidente Jeenbekov al poder -inicialmente como primer ministro en 2016 y luego como presidente en 2017- estuvo acompañado de esfuerzos por marginar a Atambayev e Isakov, sus predecesores y antiguos aliados.

El Bazar Osh es uno de los bazares más grandes en Biskek.

"La mayoría de los protagonistas de la crisis de Kirguistán provienen del mismo Partido Socialdemócrata de Kirguistán, que ha sido la fuerza dominante en el parlamento desde la reforma constitucional de 2010", explicó en su momento la consultora. Y aunque durante la última década las divisiones y el nacimiento de nuevos partidos han generado una competencia cada vez mayor entre facciones, estas "no varían mucho en términos de sus agendas económicas y de política exterior", agregaba. Esto significa que los estrechos vínculos de Kirguistán con Rusia, así como la cada vez mayor integración económica del país con la Unión Económica Euroasiática y la apertura a las inversiones de la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de China muy seguramente se mantendrán.

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El conflicto kirguís-tayiko de 2022 inició el 14 de septiembre de 2022 cuando estallaron enfrentamientos significativos entre Kirguistán y Tayikistán después de un período de enfrentamientos de baja escala desde el 27 de enero de 2022. La lucha es la continuación no consecutiva de una serie de enfrentamientos en la primavera y el verano de 2021 entre los dos países. Los territorios que comprenden los actuales Kirguistán y Tayikistán fueron conquistados por el Imperio Ruso en el siglo XIX. En la década de 1920, la Unión Soviética impuso una delimitación en las dos regiones que resultó en enclaves.

Ambos países se independizaron en 1991 cuando se disolvió la URSS. Ambos países también son miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO) y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO).

Kirguistán y Tayikistán pactaron un alto a las hostilidades en 2021.

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La invasión de Ucrania que tanto temía la OTAN y la UE desde inicios de año se materializó este jueves. Los bombardeos y ataques militares por tierra y mar ya han supuesto decenas de muertos y centenares de heridos, pero esta no es la primera vez que Rusia entra en un conflicto armado, ya que durante las tres últimas décadas, Moscú ha realizado más de una "operación militar" en tierras extranjeras.

Como deciamos, se celebra la anexión de Crimea. Desde la disolución de la Unión Soviética en 1991 Rusia ha intervenido militarmente en varios conflictos, todos salvo el caso de Siria en el territorio de países que formaban parte de la antigua URSS, como sucede en la ofensiva que lanzó sobre Ucrania. Como suele suceder en las guerras, estos conflictos han supuesto numerosos daños, éxodos y grandes crisis migratorias.

Tras la desintegración de la URSS y la declaración de Georgia como república independiente, dos regiones situadas en su territorio, Osetia del Sur y Abjasia, rechazaron integrarse en ella y proclamaron su autonomía, que no fue aceptada por Georgia. La creciente tensión desembocó en sendos conflictos armados: el de Osetia del Sur se desarrolló entre 1990 y 1991 y se saldó con 2.000 muertos y el de Abjasia, entre 1992 y 1993, costó más de 10.000 vidas y el éxodo de 300.000 georgianos que vivían en la región.En ambos casos los separatistas contaron con el apoyo de Rusia. En agosto de 2008 tropas georgianas atacaron Tsjinval, capital de Osetia del Sur, y otras localidades, lo que desencadenó la intervención de fuerzas militares rusas en apoyo de las milicias surosetas y obligó a retirarse a los georgianos. El conflicto se prolongó durante cinco días y causó más de 600 muertos. Dos semanas después Rusia reconoció la independencia de los dos territorios.

Un georgino llora sobre el cadáver de un familiar después de un bombardeo ruso en Gori (a 80 km de Tiflis), el 9 de agosto de 2008.

Rusia ha intervenido en las dos sangrientas guerras secesionistas que ha sufrido Chechenia y que ha dejado decenas de miles de muertos. Las hostilidades comenzaron en 1994 cuando Moscú irrumpió en este territorio que había proclamado su independencia en 1991, apenas un mes antes de que el último líder soviético, Mijaíl Gorbachov, firmara la defunción de la URSS. La intervención finalizó en 1996 con la retirada del Ejército ruso, el desarme de la guerrilla y la posibilidad de iniciar un proceso de autodeterminación, que se frustró en 1999 con la llegada de Vladimir Putin al poder y una cadena de atentados en Rusia y en la vecina república rusa de Daguestán, que Moscú atribuyó a terroristas chechenos. En febrero de 2000 Rusia se apoderó de Grozni, mientras continuaron las hostilidades que el Kremlin dio por oficialmente finalizadas en 2009.

El Gobierno de provisional de Kirguizistán pidió a Rusia en 2012 el envío de fuerzas de paz para controlar la situación en la ciudad kirguís de Osh, donde se habían producido choques armados entre kirguises y uzbekos que se habían saldado con decenas de muertos y cientos de heridos. Las tropas rusas se han mantenido en Kirguizistán desde entonces y Rusia es el principal aliado de la república centroasiática desde que las autoridades de ese país ordenaran el cierre en 2013 de la base aérea estadounidense situada en el aeropuerto internacional de Manás. En 2017 los dos países acordaron prolongar la presencia rusa otros 15 años.

Además del conflicto en el Donbás, en marzo de 2014 Rusia se anexionó la península de Crimea, que había formado parte de la antigua república soviética de Ucrania y se mantuvo bajo domino ucraniano cuando este país se constituyó como república independiente. El 22 de febrero de 2014 y después de tres meses de protestas del Euromaidan fue derrocado el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, que se refugió en Rusia. Grupos armados prorrusos tomaron entonces las sedes del Gobierno y la Rada crimeos. La anexión de Rusia se produjo después de un referéndum en la península no reconocido por Ucrania ni la comunidad internacional que se celebró en marzo de ese año en medio de una intervención militar rusa incruenta. El presidente de Ucrania, Vladimir Zelenski, elegido en 2019, anunció el 23 de agosto de 2021 la "cuenta atrás" para la desocupación de Crimea por parte de Rusia.

Víktor Fiódorovich Yanukóvich fue gobernador del óblast de Donetsk entre 1997 y 2002; primer ministro de Ucrania —en dos períodos—; y presidente entre 2010 y 2014.

El 2 de enero de 2022 Kazajistán fue escenario de multitudinarias protestas, las más graves de su historia postsoviética, debido a la subida del precio del gas licuado de petróleo, que derivaron en violentos disturbios con epicentro en la mayor ciudad de país, Almaty, que fueron reprimidas por las fuerzas kazajas dejando un balance de 240 muertos, 4.600 heridos y 10.000 detenidos. El presidente del país, Kasim-Yomart Tokáyev, solicitó ayuda el día 5 a la alianza militar postsoviética liderada por Rusia, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), para sofocar la "amenaza terrorista", como calificó las protestas violentas. Los miembros de la organización, en lo que fue su primera intervención en veinte años, enviaron 2.000 soldados, la mayoría rusos, que abandonaron el país días después, una vez restablecido el orden.

En 2015 el presidente sirio, Bachar al Asad, tras cuatro años de guerra civil, pidió ayuda militar a Rusia, que el 30 de septiembre de ese año comenzó una intervención con ataques aéreos contra las posiciones del Estado Islámico. El curso de la guerra cambió desde entonces con sucesivas derrotas de los yihadistas y facciones rebeldes al presidente Asad. En diciembre de 2017 Putin anunció la derrota del Estado Islámico en Siria al ser destruidas las últimas posiciones yihadistas a ambos lados del río Éufrates. El 11 de diciembre viajó a Siria y ordenó el comienzo de la retirada de las tropas rusas. Rusia sigue presente en Siria, donde tiene dos bases militares, en el aeródromo de Hmeimim y el puerto de Tartus.

29-Marzo-2024

El nombre de Lavrenti Beria, nacido hace hoy 125 años, todavía evoca los crímenes más estremecedores de la historia soviética. Stalin llegó a referirse a él como “nuestro Himmler”, asumiendo que la figura de su lugarteniente era tan siniestra como la del jefe de las SS. Sin embargo, la leyenda negra de Beria creció tras su muerte. Los testimonios sobre su sadismo, crueldad y depravación sexual, aunque no carentes de fundamento, se exageraron para justificar la necesidad de haber acabado con el “monstruo del Kremlin”. Las alternativas a ese retrato apenas han contrarrestado el peso abrumador del mito sobre la maldad diabólica de Beria, relegando otras lecturas sobre el personaje, como la del papel desempeñado en los últimos tres meses de su carrera política. Fue entonces, desaparecido Stalin, cuando se mostró como el liquidador de su herencia, un reformador audaz del orbe soviético, cuyas iniciativas, décadas después, hubieran hecho suyas los defensores más entusiastas de la perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Beria era georgiano como Stalin, aunque veinte años más joven que él. En circunstancias normales, su formación como ingeniero le hubiera deparado un futuro prometedor en la industria petrolera del Cáucaso, pero, en medio de la vorágine de la revolución y la guerra civil, fue reclutado por los bolcheviques para trabajar en la temible Cheka, sus servicios de inteligencia, donde descubrió sus aptitudes para la intriga y el espionaje.

Compensó su modesto pedigrí revolucionario con el fuste de líder, y, a inicios de los años treinta, sin dejar el control de la policía secreta, estaba al frente de los comunistas georgianos. En Moscú pronto se fijaron en aquel funcionario enérgico, administrador eficaz y al que no le temblaba la mano a la hora de reprimir. Persuadido por su valía, Stalin lo quiso en su equipo, pero aguardó al momento propicio para llamarlo junto a él. En 1938, en el punto álgido de las purgas del Gran Terror, llegó la hora.

Stalin pensó en él como recambio de Nikolái Yezhov, jefe del NKVD (el KGB de la época), quien había desatado una orgía de sangre que paralizó al ejército y debilitó al partido. Stalin temía que las purgas reventaran las costuras del país si no se relajaban. Beria puso fin al Gran Terror, depuró a fondo los servicios de seguridad y se adueñó del NKVD. Sabía que en aquel puesto la esperanza de vida solía ser breve y que para sobrevivir necesitaría astucia e inteligencia, pero de ambas estaba sobradamente dotado. A partir de entonces, se reveló como el lugarteniente más apto de Stalin, el ejecutor que coronaba con éxito sus órdenes, por brutales que fuesen. El asesinato de su archienemigo Trotski, la masacre de la oficialidad polaca en Katyn, o la deportación genocida de tártaros y chechenos, entre otros pueblos soviéticos, figuran en su hoja de servicios.

Gente de Vínnitsa en busca de parientes entre las víctimas exhumadas de la masacre ocurrida en 1937. La Gran Purga, aunque más comúnmente conocida en la Rusia actual como Gran Terror, fue el nombre dado a la serie de campañas de represión y persecución políticas llevadas a cabo en la Unión Soviética a finales de la década de 1930.

El verdugo implacable fue, además, un excelente organizador, como demostró durante la Segunda Guerra Mundial. Fue él quien evacuó las fábricas de armamento más allá de los Urales para evitar que cayeran en manos nazis, y quien fortaleció la musculatura del Ejército Rojo supervisando la producción y el envío al frente de armas, municiones y pertrechos. Acabada la guerra, era insustituible en el equipo de Stalin. Sin embargo, fue apartado de la mayoría de sus responsabilidades, perdiendo incluso su feudo más preciado: los servicios de seguridad. Su estrella declinaba y comenzó a temer por su vida, pero el éxito en la dirección del programa nuclear lo mantuvo a salvo.

Stalin creía inevitable un nuevo conflicto y necesitaba con urgencia armamento nuclear. El encargo para fabricarlo recayó en el único capaz, y Beria asumió el desafío consciente de las consecuencias de un fracaso. En 1949, después de tres años de trabajo infatigable, y diez antes de lo previsto por el espionaje occidental, la Unión Soviética detonó su primera bomba atómica.

Lavrenti Beria, entre Voroshílov y Malenkov, en el funeral de Stalin, 8 de marzo de 1953.

La muerte de Stalin, el 5 de marzo de 1953, libró a Beria de una purga que parecía inminente. A la espera de la lucha por la sucesión, sus herederos se repartieron el poder en una dirección colegiada: Gueorgui Malenkov fue jefe de gobierno y Nikita Jruschov del partido; Nikolái Bulganin estuvo al frente de las fuerzas armadas, y la diplomacia en manos de Viacheslav Mólotov. Mientras que Beria recuperó el control de todos los órganos de la seguridad del Estado. La euforia por haber sobrevivido a Stalin hizo creer a los herederos que, a partir de entonces, todo sería diferente. Quien más lo creyó fue Beria, el único con un plan para que así fuera, un programa de reformas elaborado a partir del conocimiento de las arbitrariedades y rigideces del estalinismo, y de su experiencia en la dirección de Georgia.

En aquella época consiguió evitar las tensiones que se dieron en otras repúblicas con medidas que aseguraron cierta paz social, como la relajación en la colectivización del campo o la restauración de la libertad de comercio. Precedentes del espíritu reformador que lo guio en los cien días que transcurrieron hasta su detención. En la dirección colegiada había consenso sobre la necesidad de aplicar cambios, pero no sobre cuáles ni sobre su profundidad. Ante la indecisión, Beria tomó la iniciativa y aplicó la política de hechos consumados. La amnistía más grande conocida, con más de un millón de liberados del Gulag, fue una de sus primeras decisiones.

En primer término con Svetlana. Stalin al fondo. 1935.

Le siguieron la reducción de castigos y penas, la liquidación del trabajo forzoso y la prohibición de la tortura. Medidas que anticipaban la reforma integral de un sistema penitenciario que había contribuido a dotar de mano de obra semiesclava a los proyectos faraónicos de construcción de infraestructuras, y que Beria decidió paralizar. También colocó en el punto de mira otro emblema del estalinismo: las granjas colectivas, pero no tuvo tiempo para desmantelarlas. Sí lo tuvo, en cambio, para poner fin a la anomalía de los pasaportes internos, las ciudades cerradas y las zonas prohibidas, devolviendo a la ciudadanía la libertad de movimiento por todo el territorio.

Su aversión hacia Stalin, fraguada durante años, cristalizó en la censura de su culto y, hasta la caída de Beria, el nombre de Stalin desapareció de los titulares de la prensa, y su imagen fue excluida en las grandes celebraciones. Enemigo de la rusificación forzada, alentó la identidad nacional de las repúblicas, en especial las de Ucrania y Lituania, proponiendo que sus lenguas tuvieran consideración oficial, y que funcionarios autóctonos, en lugar de rusos, ocuparan los puestos de máxima responsabilidad. Aquel alud de medidas y propuestas debilitaría el control social del partido y la hegemonía de Moscú sobre el conjunto de repúblicas, lo que a la postre conduciría al colapso del régimen soviético, como preveían alarmados Malenkov, Jruschov y compañía. Sin embargo, no reaccionaron, paralizados por el temor a que Beria utilizase en su contra la información comprometedora que había atesorado durante años como jefe del espionaje. Solo un temor mayor los empujaría a actuar.

Lavrenti Beria, Nikita Jruschov y el líder armenio Aghasi Khanchian en 1935.

En 1949, en el sector soviético de la Alemania ocupada, se fundó la República Democrática de Alemania (RDA), piedra angular en la estructura de defensa de la periferia soviética. La construcción acelerada del socialismo no había dado buenos resultados y el descontento de la población derivó en una crisis explosiva durante aquellos cien días. Para atajarla, la mayoría de la dirección colegiada aconsejó a los dirigentes de la joven república que ralentizaran la sovietización del país, con la excepción de Beria, que optó por una solución drástica: renunciar a la RDA y apostar por una Alemania unificada y neutral. Más pragmático que ideólogo, calculó que un paso hacia la distensión, como propiciar la reunificación alemana, tendría recompensa de Occidente en forma de créditos para sacar a la Unión Soviética de la autarquía.

Un beneficio superior a los costes de enquistar el problema de las dos Alemanias y de mantener la respiración asistida a la economía de la RDA, en donde dudaba que el socialismo pudiera germinar.

Beria, protagonista de la portada de 'Time' en 1953, pocos meses después de la muerte de Stalin.

Con su plan para la RDA Beria había traspasado una línea roja. Ninguno de sus compañeros en la dirección colegiada estaba dispuesto a renunciar al mayor trofeo de la guerra y la herencia más valiosa de Stalin: el Imperio soviético. El pavor a que lo desmembrara los convenció de que debían deshacerse de él. Durante aquellos cien días, Beria maniobró con tanto exceso de confianza como de menosprecio hacia la capacidad de respuesta de sus rivales. Pese a controlar los servicios de inteligencia fue incapaz de detectar el golpe palaciego que tramaba Jruschov, y que puso fin a su breve perestroika. De haberse consumado, probablemente hubiera acelerado el final de la guerra fría y hoy hablaríamos de otro orden mundial.

El 26 de junio de 1953, Lavrenti Beria fue detenido en el Kremlin y encerrado en el búnker de un presidio moscovita. En vano pidió clemencia a sus antiguos compañeros. A mediados de diciembre comenzó su juicio, al más puro estilo estalinista: sin defensa ni derecho a apelación. Acusado de traición por intentar liquidar el régimen soviético y restaurar el capitalismo, el 23 de diciembre fue condenado a muerte y ejecutado.  En el año 2000, ya en la Rusia de Putin, la Corte Suprema se negó a la revisión del juicio solicitada por sus familiares.

4-Mayo-2024

Viacheslav Skryabin escogió como nombre de guerra Mólotov, del ruso “molot”, que quiere decir martillo. El joven revolucionario confiaba en que el toque industrial y proletario del apodo lo acercaría a las masas obreras a las que debía arengar. Mucho tiempo después, cuando alcanzó la cima de la jerarquía soviética, su sobrenombre se ajustaba perfectamente al carácter implacable y tenaz del que sería el más fiel lugarteniente de Stalin. Ambos se conocieron en 1912, en la redacción de Pravda, el diario bolchevique. Tuvieron que transcurrir diez años hasta que comenzaran a colaborar estrechamente. Stalin era entonces secretario general del partido, y Mólotov, su adjunto. En aquel cargo sobresalió como un administrador concienzudo y leal. En la lucha por el poder que siguió a la muerte de Lenin tomó partido por Stalin, quien recompensó generosamente su fidelidad. En 1926, con la promoción al selecto club del Politburó, y, cuatro años después, con la jefatura del gobierno.

Si hacemos caso a Trotski, aquel ascenso representaba el triunfo de una generación de burócratas mediocres, ajenos a la estirpe heroica de los viejos bolcheviques y más celosos del rigor administrativo que de las convicciones ideológicas. Crítica al margen, lo cierto es que, a lo largo de los años treinta, Stalin y Mólotov formaron el tándem que moldeó la sociedad soviética. El primero definía desde la dirección del partido las líneas maestras de la política, mientras el segundo supervisaba su ejecución controlando la acción de gobierno. No hubo iniciativa, por traumática que fuera, sin el respaldo absoluto de Mólotov. Por eso fue tan responsable como Stalin de las consecuencias calamitosas de la colectivización del campo, y cómplice en las matanzas durante las grandes purgas. Los archivos atestiguan los cientos de listas de condenas a muerte firmadas por ambos.

Molotov forma el pacto germano soviético de no agresión, ante Stalin y el ministro alemán Bon Ribbentrop, de pie a la izquierda.

A mediados de 1939, sin apenas experiencia diplomática, asumió la cartera de Exteriores. A partir de entonces, fue el alter ego de Stalin en las mesas de negociación y defendió su voluntad con dosis infinitas de firmeza y paciencia. Cerró el pacto de no agresión con los nazis que retrasó casi dos años la invasión alemana. Y cuando esta se produjo, tejió la alianza con británicos y norteamericanos que aseguró la victoria.

Al acabar el conflicto estaba en el cenit de su carrera. Solo Stalin superaba su proyección internacional, y su estatura como hombre de Estado era reconocida en las principales cancillerías. Sin embargo, su famosa tenacidad a la hora de negociar poco pudo hacer por mantener la colaboración con Londres y Washington en la construcción del orden de la posguerra. La gran alianza se desvaneció dando paso a la división del mundo en dos bloques. La guerra fría había estallado.

El político y diplomático soviético Viacheslav Mólotov en su etapa como ministro de Exteriores, 1941.

1948 fue su annus horribilis. Lo peor no fue que se quedara con la miel en los labios tras ser nominado al Nobel de la Paz, sino el arresto de su esposa. Polina Zhemchúzhina, ferviente estalinista que había ocupado altos cargos en el gobierno, estaba desde hacía tiempo en el punto de mira de Stalin. Su origen judío sirvió de pretexto para acusarla falsamente de espiar para Israel. Condenada a cinco años en un campo de trabajo, Mólotov nada hizo para salvarla de la cárcel. Incluso acató el divorcio que le impuso Stalin, porque antes que el amor por ella estaba la obediencia ciega al partido y la devoción sin límites a su líder, quien, no satisfecho con esa humillación, lo destituyó como ministro de Exteriores al año siguiente.

Polina Zhemchúzhina Molotova.

No se detuvo ahí su caída a los infiernos. En 1952, Stalin lo excluyó, primero, del Politburó, y, luego, de su círculo más íntimo. Sospechaba sin fundamentos que su lugarteniente más leal era un traidor. Su vida pendía de un hilo. Aunque el 5 de marzo de 1953 debió de respirar con alivio al conocer la muerte de Stalin, fue el único de sus colaboradores que se mostró visiblemente emocionado durante el funeral de quien creía un gigante irremplazable. El poder pasó entonces a una dirección colegiada, con Gueorgui Malenkov como primer ministro, Lavrenti Beria al frente de la seguridad del Estado, y el control del partido en manos de Nikita Jruschov.

Mólotov recuperó la jefatura de la diplomacia. Con sesenta y tres años era el más veterano del grupo, y, para la mayoría, el digno sucesor de Stalin. Pero estaba demasiado acostumbrado a ser el número dos y no mostró intención alguna de querer desafiar el liderazgo colectivo. Al contrario, no dudó en secundar a Jruschov para deshacerse de Beria cuando sus iniciativas amenazaron los equilibrios de poder en el grupo. Hasta 1955 buscó con ahínco la distensión con Occidente, intentando dar forma a un sistema de seguridad colectiva que pusiera fin a la guerra fría. El escollo era el futuro de la Alemania dividida. Ante el temor a que la parte occidental se rearmara, integrándose en la OTAN, estuvo dispuesto a aceptar una Alemania unida y neutral.

Fue una concesión que Jruschov, que se perfilaba como el hombre fuerte del régimen, rechazó de plano. Como resultado, la guerra fría se enquistó. En 1955 la República Federal de Alemania ingresó en la OTAN, y, al año siguiente, su hermana comunista lo hizo en el Pacto de Varsovia.

Quizá no hubo dos personalidades más antagónicas en el grupo dirigente que las del secretario general y el jefe de la diplomacia. Jruschov, expansivo, impetuoso y algunas veces errático, estaba en las antípodas del autocontrol y refinamiento del siempre inescrutable Mólotov, que despreciaba a Jruschov por su tosquedad. Aquellas diferencias de carácter, a buen seguro, acentuaron las discrepancias políticas que preludiaron su enfrentamiento final. Mólotov censuró con dureza que Jruschov cediera a Ucrania la península de Crimea, un territorio históricamente ruso. También criticó el despilfarro absurdo de su campaña para cultivar extensas zonas baldías del país.

De izqd. a dcha. llevan el féretro de Stalin: Beria, Malenkov, Vasili Stalin, Mólotov, Bulganin, Kaganovich y Shvernik, 1953.

Jruschov, por su parte, aprovechó las reticencias de Mólotov al acercamiento a la Yugoslavia de Tito para acusarlo de mantener concepciones anticuadas de las relaciones internacionales. A la postre, detrás de aquellas disputas subyacía el conflicto entre dos modelos políticos: el estalinismo, que representaba Mólotov, y su superación, por la que apostaba Jruschov. La ruptura definitiva llegó cuando Jruschov decidió atacar a la figura de Stalin. Mólotov aceptaba que su jefe hubiera cometido errores, pero también exigía el reconocimiento de sus méritos. Nada de aquello sucedió durante el vigésimo congreso del partido, celebrado en febrero de 1956, y que inició la desestalinización.

El famoso informe secreto de Jruschov, leído a puerta cerrada, horrorizó a los delegados al revelar la magnitud de los crímenes de Stalin. Mólotov no fue el único en el partido que interpretó aquella maniobra como una traición. Entre bastidores hubo quien le pidió que diera un paso al frente y tomara las riendas del país.

Mólotov (izquierda) con Jruschov (segundo desde la derecha) y el Presidente del Consejo de Ministros Nikolái Bulganin (a la izquierda de Jruschov) en 1955.

La desestalinización avanzaba. Tras el congreso, se creó una comisión para investigar los juicios que, en los años treinta, eliminaron a la vieja guardia bolchevique, así como el asesinato de Serguéi Kírov, el jefe del partido de Leningrado, detonante de las grandes purgas. Jruschov confiaba en que los resultados de la investigación apuntarían a Stalin como promotor del magnicidio, lo que debilitaría a sus fieles en el partido. Pero las conclusiones de la comisión, presidida por Mólotov, ratificaron la culpabilidad de los ejecutados, y descartaron que Stalin urdiera complot alguno contra Kírov. Aquel revés a la ofensiva antiestalinista de Jruschov no evitó la destitución de Mólotov como ministro de Exteriores, aunque conservó su puesto en el Politburó, desde donde continuó su oposición al secretario general.

En el otoño de 1956, la crisis en los regímenes comunistas de Polonia y Hungría agudizó aún más las tensas relaciones en la cúpula dirigente. Jruschov cometió la imprudencia de airear fuera del partido las desavenencias internas. Aquel error, que traspasaba una línea roja de la ética bolchevique, unido al estilo egocéntrico de Jruschov en la toma de decisiones, contraviniendo las normas de la dirección colegiada, convencieron a Mólotov de la necesidad de destituirlo. Gueorgui Malenkov y Lázar Kaganóvich, antiguos lugartenientes de Stalin, se sumaron a la iniciativa. Los partidarios del golpe eran mayoría en el Politburó, y desde aquel órgano lanzaron su ataque. En junio de 1957 tuvo lugar la acalorada reunión del Politburó en la que Jruschov, después de recibir un aluvión de críticas y acusaciones, presentó su renuncia. El triunfo parecía de Mólotov, pero pronto fue neutralizado. Para que la renuncia fuera efectiva debía ratificarla el Comité Central, y la proporción de delegados favorables al secretario general era abrumadora.

Mólotov, con el ministro francés de Exteriores, Antoine Pinay, en 1955.

La victoria de Jruschov estaba cantada. El Comité Central se reunió durante una semana. Sus sesiones no solo restituyeron en su puesto a Jruschov, encumbrándolo como líder absoluto, también se convirtieron en un juicio político contra los promotores de la intentona golpista, denominados entonces Grupo Antipartido. Mólotov y sus aliados habían querido poner fin a la desestalinización, pero acabaron siendo sus víctimas. Fueron acusados de atentar contra la unidad del partido y de ser cómplices de los crímenes de Stalin. La derrota los despojó de sus cargos y selló el final de sus carreras políticas.

Con la caída vino el ostracismo. Mólotov fue destinado a Mongolia como embajador. Luego a Austria, con un puesto de menor relieve. La distancia no lo silenció, y continuó denunciando el revisionismo de Jruschov y su traición a Stalin, lo que le valió la expulsión del partido en 1962. El peor castigo. Alejado desde entonces de toda actividad política, solicitó reiteradamente su reingreso, hasta que lo obtuvo en 1984. Falleció dos años después, al inicio de la perestroika de Gorbachov. Su muerte pasó casi inadvertida. No era momento oportuno para el reconocimiento póstumo a un estalinista inquebrantable.

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