www.juezyverdugo.es --- contacto@juezyverdugo.es

 

25 - Agosto - 2026
>>>> Paisajismo > Un poco de todo

 

 

 

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Durante casi seis décadas, una inmensa mina a cielo abierto devoró el paisaje de As Pontes, en A Coruña, para alimentar una de las mayores centrales térmicas de España. Cuando dejó de extraer carbón, el enorme cráter que había dejado parecía condenado a convertirse en una extraña cicatriz. La solución fue justo la contraria a la que podríamos haber imaginado: llenarlo con cientos de miles de millones de litros de agua hasta transformarlo en un lago.

La historia comenzó en la década de 1940, cuando arrancó la explotación del lignito en As Pontes. Con el paso de los años, la mina acabó convirtiéndose en la mayor explotación de carbón a cielo abierto de España y abasteció a la central térmica de Endesa, que llegó a producir alrededor del 5% de toda la electricidad consumida en el país. Tras extraer unos 260 millones de toneladas de carbón, el terreno quedó convertido en un enorme hueco de más de 300 metros de profundidad. Cuando la explotación cerró en 2007, el reto ya no era seguir extrayendo carbón, sino decidir qué hacer con semejante vacío. En 2008 comenzó un proyecto de restauración ambiental tan ambicioso como inusual: inundar de forma controlada toda la antigua mina. Así, durante algo más de cuatro años se introdujeron alrededor de 547.000 millones de litros de agua, procedentes de las lluvias y del río Eume, hasta que en abril de 2012 el antiguo cráter había pasado a convertirse en uno de los mayores lagos artificiales de España.

Llenar un agujero de semejantes dimensiones era solo una pequeña parte del trabajo. Los ingenieros tuvieron que controlar el ritmo de llenado, estudiar la estabilidad de los taludes y vigilar constantemente la evolución química del agua. Los estudios posteriores demostraron que el lago desarrolló dos capas bien diferenciadas, separadas por una barrera invisible: una superior rica en oxígeno y otra profunda mucho más ácida y prácticamente sin oxígeno, resultado de la compleja mezcla de aguas y minerales.

Lo que durante décadas fue un paisaje dominado por excavadoras y montañas de estériles empezó a transformarse poco a poco en un ecosistema completamente distinto. Se plantaron cientos de miles de árboles, se restauraron más de mil hectáreas y la naturaleza terminó haciendo el resto. Hoy el entorno alberga centenares de especies vegetales y animales, mientras aves, peces y mamíferos han colonizado un espacio que hace apenas unas décadas era una inmensa explotación minera.

El cambio resulta todavía más llamativo al acercarse a la orilla. El lago ocupa unas 865 hectáreas, supera los cinco kilómetros de longitud y cuenta con una playa artificial de arena que desde 2021 luce la Bandera Azul por la calidad de sus aguas y sus servicios. Donde antes trabajaban gigantescas máquinas mineras, ahora hay familias bañándose, personas practicando kayak o paddle surf y senderistas recorriendo un perímetro de 18 kilómetros.

Seguimos con la extraordinaria historia del empresario británico Paul Lister, quien compró la finca de caza Alladale, en Escocia, y la transformó en un ejemplo de restauración ecológica. Tras plantar miles de árboles en tierras degradadas, logró recuperar una especie que hacía años no se veía en el terreno. En 2003, Lister adquirió una finca tradicional de 23.000 acres en Sutherland, al norte de Inverness. La tierra estaba severamente degradada por el sobrepastoreo de ciervos y ovejas. A lo largo de 23 años de trabajo, esta propiedad se ha convertido en la Reserva Natural de Alladale, consiguiendo que vuelva uno de los animales más amenazados. Durante los primeros 10 años tras la compra, plantó un millón de árboles nativos, como pinos silvestres, abedules y sauces, de manera irregular para imitar la regeneración natural de los bosques escoceses. Pero el verdadero cambio llegó en 2013, cuando la reserva se asoció con la organización benéfica de conservación Trees for Life para reintroducir la ardilla roja.

Esta especie había desaparecido del lugar porque el sobrepastoreo de ovejas y ciervos había eliminado buena parte del pino silvestre y el abedul. Sin árboles, las ardillas se quedaron sin alimento ni refugio. Se trasladaron exactamente 36 ardillas rojas, seleccionadas de poblaciones estables de distintas zonas de Escocia. Los ejemplares fueron tomados de varios sitios para evitar problemas de consanguinidad. Durante los primeros meses en la reserva recibieron alimentación artificial mientras se adaptaban y aprendían a desenvolverse en el nuevo bosque.

El regreso de la especie generó un círculo virtuoso. Estos animales entierran piñas, nueces y semillas para el invierno. Como olvidan la ubicación de muchos de sus escondites, terminan favoreciendo la regeneración natural del bosque y acelerando su expansión. Su reintroducción es fundamental, ya que la especie estuvo a punto de desaparecer de Gran Bretaña. Durante años, los guardabosques la mataron porque era considerada una plaga, mientras que la destrucción de su hábitat natural redujo aún más sus poblaciones. A esto se sumó un virus mortal transmitido por las ardillas grises invasoras, que ha dificultado su recuperación. Actualmente, las cámaras trampa confirman que la población se reproduce de forma saludable e incluso se está expandiendo fuera de los límites de la reserva. El sueño original de Paul Lister era cercar la propiedad para reintroducir lobos y osos, imitando el éxito del Parque Nacional de Yellowstone. Sin embargo, las regulaciones del gobierno escocés, las leyes de libre acceso a la naturaleza y el rechazo de los granjeros locales de la región han mantenido este plan congelado. Lister ha reconocido que debido a la escala territorial necesaria (necesitaría el doble de hectáreas), es probable que el regreso del lobo salvaje a Escocia quede en manos de futuras generaciones o de alianzas más grandes entre terratenientes.

En 2023, un equipo de expertos ambientales llevó a cabo un experimento bastante inusual en el estado de Washington para intentar salvar un ecosistema muy deteriorado. Durante una jornada, utilizaron un helicóptero para soltar 90 pequeñas islas flotantes sobre un humedal que estaba siendo asfixiado por una planta invasora. Cada una de estas estructuras transportaba especies autóctonas cuidadosamente seleccionadas con el objetivo de devolver la vida a este entorno natural de una forma creativa y respetuosa con el medio ambiente. Esta llamativa intervención fue dirigida por el Departamento de Recursos Naturales de las Tribus Tulalip, con el ecólogo Todd Gray y la bióloga Michelle Bahnick al frente del equipo. Su principal objetivo era frenar el avance de un pasto foráneo que había roto por completo el equilibrio de la flora local y amenazaba la supervivencia del humedal. Al colocar estas pequeñas islas, lograron que las plantas nativas pudieran crecer sin tener que competir directamente por el territorio contra la maleza invasora. El uso del helicóptero permitió a los técnicos distribuir las plataformas por rincones de muy difícil acceso sin necesidad de introducir maquinaria pesada, lo que habría dañado aún más este frágil terreno acuático. De este modo, consiguieron cubrir una gran superficie en muy poco tiempo. Ahora, en pleno 2026, este proyecto, bautizado oficialmente como Oxbow Pallet Project, atraviesa una de sus fases de vigilancia más importantes para comprobar si la vegetación ha logrado echar raíces y expandirse como se esperaba.

Los investigadores no solo prestan atención al desarrollo de la flora. El éxito real del proyecto se mide por la vuelta de los animales a la zona, y ya observan con optimismo el regreso de diferentes insectos, anfibios y aves que empiezan a utilizar estos refugios flotantes. Si consiguen erradicar por completo el pasto perjudicial, los salmones más jóvenes podrán volver a utilizar las aguas del humedal de forma tranquila para alimentarse y ganar tamaño antes de emprender su gran viaje migratorio hacia el océano abierto.

La isla de Looe es un pequeño paraíso natural de nueve hectáreas situado a una milla de distancia de la ciudad de Looe, en Cornualles, en el extremo suroccidental de Inglaterra. A diferencia de su homónima continental, que suele estar a rebosar de turistas y visitantes, la isla es un remanso de paz gracias a su declaración como reserva marina protegida. Y todo gracias a dos hermanas.

Utilizada a menudo por los contrabandistas entre los siglos XVII y XVIII, la isla de Looe ha estado habitada esporádicamente con pequeños asentamientos gracias a la cercanía de la costa británica y la actividad cristiana que trató de convertirla en lugar de peregrinaje en base a la leyenda de que el niño Jesús había visitado la isla con su tío, José de Arimatea. Pero no fue hasta mediados del siglo XX cuando la también conocida como isla de San Jorge cobró verdadero protagonismo. Fue en 1965 cuando las hermanas Roselyn «Babs» Atkins y Evelyn «Attie» Atkins invirtieron sus ahorros en cumplir un sueño muy particular, poner en práctica una especie de experimento vital basado en sus propias experiencias viviendo en la isla. Así, se hicieron con la propiedad exclusiva de la isla pagando 25.000 libras, equivalentes a unas 525.000 libras actuales (unos 614.700 euros), y plasmaron sus vivencias en dos libros, We Bought An Island y su secuela Tales From Our Cornish Island. Su vida conjunta no comenzaría realmente hasta casi once años después, pues Babs esperó a jubilarse para poder instalarse de forma permanente, aunque sí acudía cada fin de semana para ayudar a su hermana en la construcción de la finca donde pasarían las últimas décadas de su vida. Evelyn murió en 1997 a la edad de 87 años; Babs continuó viviendo en la isla hasta su muerte en 2004, con 86 años.

Las hermanas legaron la isla a la tutela de la organización Cornwall Wildlife Trust, estableciendo como condición que fuera declarada reserva natural marina protegida a perpetuidad. Y así permanece hasta el día de hoy.

La isla de Looe solo está habitada por dos guardias de la organización, aunque recibe ocasionales visitas de naturistas, excursionistas y algún que otro turista que busca la calma de un islote que casi parece desierto y aislado del mundo. Desierto de vida humana, pero no de vida silvestre. La pareja de guardias encargada de cuidar de esta reserva se dedica a vigilar y hacer seguimiento de las especies animales y vegetales que forman su pequeño pero muy nutrido ecosistema, informando regularmente a diversas asociaciones y grupos de investigación de la naturaleza. También regulan la llegada de visitantes, muy controlada y limitada en pequeños grupos para minimizar el impacto humano. Aunque pequeña, la isla de Looe es un crisol de biodiversidad gracias a su variedad geográfica, formada por pequeños bosques, pastizales marítimos, arenales, suelos de guijarros y arrecifes rocosos. Es lugar de anidamiento de numerosas aves marinas, destacando la presencia de cormoranes y gaviotas de espalda negra, y también alberga una gran comunidad de focas. La energía que se utiliza proviene de paneles solares y turbinas eólicas, elaboran compost y se mantiene un fértil huerto donde incluso florecen cultivos tropicales como el kiwi.

El objetivo es mantener la isla como lo que concibieron las hermanas, un santuario para la vida marina y costera donde la biodiversidad pueda prosperar con la mínima intervención humana.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

El 1 de enero de 2000, un grupo de voluntarios llegó a un valle casi sin árboles en el sur de Escocia y plantó apenas 100 ejemplares. No sabían entonces que esas primeras plantas serían el comienzo de una de las experiencias de restauración ecológica comunitaria más importantes del Reino Unido. Más de 25 años después, este valle tiene alrededor de 750.000 árboles nativos. El lugar es Carrifran Glen, en las Moffat Hills, en el sur de Escocia. Durante siglos, el pastoreo de ganado había transformado el paisaje. Casi todos los árboles habían desaparecido y las laderas estaban fuertemente degradadas. El objetivo de quienes impulsaron el proyecto era recuperar un ecosistema parecido al que había existido allí antes de la intensa intervención humana. La iniciativa había comenzado a tomar forma durante la década de 1990, liderada entre otros por el zoólogo Philip Ashmole. Para comprar las aproximadamente 660 hectáreas del valle, los impulsores recurrieron a una campaña de financiación colectiva que reunió a unas 600 personas, muchas de las cuales aportaron algunos cientos de libras. La gestión quedó posteriormente vinculada a la organización conservacionista Borders Forest Trust. Pero plantar árboles no fue suficiente. Una de las primeras decisiones fue retirar la presión del pastoreo para permitir que la vegetación pudiera recuperarse. El proyecto también se apoyó en estudios de suelo, vegetación y muestras de turba que permitieron reconstruir cómo había sido el paisaje miles de años atrás. La idea era utilizar especies nativas y recuperar diferentes ambientes, desde bosques hasta zonas de turbera.

El cambio comenzó a hacerse visible con el paso del tiempo. Donde antes predominaban las laderas desnudas comenzaron a crecer árboles y arbustos nativos. También regresaron las flores silvestres y se recuperaron sectores de turbera. Ahora las águilas reales pueden verse sobre los acantilados y el valle se convirtió en refugio para una mayor diversidad de especies. Antes de este proyecto, muchos científicos dudaban de que un ecosistema tan degradado y erosionado por siglos de pastoreo de ovejas pudiera recuperarse por sí mismo. Carrifran demostró que al eliminar la presión humana (el ganado) y reintroducir especies clave, la naturaleza recupera su equilibrio con una rapidez asombrosa.

En Kent, Reino Unido, específicamente en Blean Woods, un bosque presentaba graves problemas ecológicos debido a décadas de explotación forestal comercial. El área estaba dominada por plantaciones densas de pinos y castaños, con una estructura vegetal muy diferente a la de un bosque natural. El dosel de los árboles estaba tan cerrado en algunas zonas que la llegada de luz al suelo era limitada, dificultando el crecimiento de la vegetación del sotobosque. Como consecuencia, se había reducido la variedad de plantas y de especies que dependen de ellas, afectando también a insectos, aves y otros animales. En lugar de depender exclusivamente de maquinaria pesada y de trabajos manuales para modificar la vegetación, los conservacionistas introdujeron bisontes europeos en un área protegida del bosque. El objetivo era aprovechar el comportamiento natural de estos animales. El pastoreo, el pisoteo y el movimiento de esta especie ayudan a abrir claros, modificar la vegetación y crear nuevos espacios para otras especies. En 2022, fueron introducidos los primeros bisontes europeos en Blean Woods, después de siglos de ausencia de la especie en Reino Unido. El proyecto comenzó con tres hembras, a las que posteriormente se incorporó un macho. Desde entonces, la población se ha reproducido de forma natural dentro de la reserva. Pero, ¿Cómo evolucionó el bosque cuatro años después de la introducción de estos animales?

¿Tienes algún problema?

Al frotar sus cuerpos contra los árboles pesados y descortezar selectivamente algunos ejemplares (principalmente pinos invasivos), los bisontes han derribado árboles de forma natural. Esto generó claros de luz en el suelo que permitieron el renacimiento de plantas nativas del sotobosque. Así mismo, al rodar por el suelo para quitarse parásitos, los bisontes crean depresiones de tierra batida. Estos huecos acumulan agua de lluvia y funcionan como micro-humedales ideales para anfibios y plantas pioneras. Al frotarse contra los troncos y consumir la corteza de hasta 40 ejemplares al día, los bisontes han eliminado pinos comerciales densos sin necesidad de motosierras humanas. Esto ha creado árboles de madera muerta en pie que son vitales para el ecosistema.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

En 1962, más de 350 jóvenes forestales de China llegaron a Saihanba, una región situada en la provincia de Hebei, unos 300 kilómetros al norte de Pekín. Su misión era recuperar una zona que había perdido gran parte de su vegetación y que se había convertido en una fuente de arena y polvo para el norte del país. Con el tiempo, el lugar terminaría convertido en el Parque Forestal Nacional de Saihanba, considerado por organismos oficiales chinos como el mayor bosque creado artificialmente del mundo. Saihanba es uno de los grandes proyectos de reforestación que forman parte de la historia de la lucha contra la desertificación en el norte del país.

El problema no había comenzado en el siglo XX. Saihanba había sido una zona de bosques y pastizales utilizada durante siglos por los emperadores de la dinastía Qing como territorio de caza y refugio. Sin embargo, la tala, los incendios y los conflictos provocaron una progresiva pérdida de cobertura vegetal de este territorio de China. Para la década de 1960, apenas quedaba alrededor del 10 % de la superficie cubierta por bosque. La degradación tenía consecuencias para regiones mucho más pobladas. Los vientos podían transportar arena desde las zonas áridas hacia el sur y contribuir a las tormentas de polvo que afectaban a China. Por eso, la recuperación de Saihanba no consistía solamente en plantar árboles. También buscaba crear una barrera vegetal capaz de frenar el avance de la arena y proteger las áreas situadas al sur.

Los primeros años fueron especialmente difíciles. Los trabajadores tuvieron que construir sus propios refugios y producir alimentos mientras soportaban inviernos en los que las temperaturas podían descender hasta aproximadamente -40 °C. Muchos árboles jóvenes no sobrevivieron debido al frío, los fuertes vientos y la falta de agua. Los forestales tuvieron que experimentar con diferentes especies y técnicas hasta encontrar las que podían adaptarse al terreno. Para evitar que las raíces de los brotes de los árboles se congelaran o se deshidrataran instantáneamente al ser introducidas en la tierra helada, desarrollaron un método para introducir las raíces desnudas en una mezcla densa de lodo protector y nutrientes justo antes de la siembra. Uno de los descubrimientos que los alentó fue encontrar un alerce de unos 200 años que había sobrevivido en medio de la zona degradada. Demostraba que, pese a las condiciones extremas, los árboles todavía podían crecer allí. Durante las décadas siguientes, tres generaciones continuaron el trabajo. La cobertura forestal pasó de aproximadamente 10 % en los años 60 a cerca del 80 %, y el área forestada llegó a unas 75.000 hectáreas.

Uno de los desiertos más grandes y áridos del planeta está experimentando una importante transformación ambiental. Tras casi cinco décadas de trabajos de restauración vegetal, algunas zonas del desierto de Taklamakán, en el noroeste de China, parecen estar absorbiendo más dióxido de carbono del que liberan. La iniciativa comenzó en 1978 como parte del ambicioso programa conocido como la Gran Muralla Verde de China. En un principio, el objetivo no era combatir el cambio climático, sino frenar la desertificación, estabilizar las dunas y proteger las zonas habitadas y agrícolas frente a las tormentas de arena.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Durante décadas, los árboles que caían dentro del río Murray eran retirados porque se consideraban obstáculos para la navegación y el manejo del cauce. El problema fue que esos troncos, conocidos en Australia como “snags”, cumplían una función fundamental Estos eran parte del hábitat donde se refugiaban, alimentaban y reproducían los peces. En 2006, Australia decidió hacer exactamente lo contrario, volver a poner árboles muertos dentro del río. El proyecto formó parte del programa The Living Murray, impulsado por la Murray-Darling Basin Authority. Entre 2007 y 2010 se incorporaron 4.450 grandes piezas de madera, la mayoría de más de una tonelada, en un tramo de aproximadamente 110 kilómetros del Murray, entre Lake Hume y Lake Mulwala. Los troncos procedían de árboles naturales recuperados durante la construcción de una gran carretera. La razón era que tronco sumergido en el río no es simplemente madera bajo el agua. Puede crear zonas de menor corriente, refugios y superficies donde distintos organismos encuentran alimento o protección. Para especies nativas como el Murray cod, uno de los peces emblemáticos de Australia, esos lugares pueden ser especialmente importantes. La eliminación histórica de estos elementos había sido reconocida como uno de los factores relacionados con el deterioro del hábitat y la disminución de poblaciones de peces nativos.

Pero esta vez los investigadores no quisieron quedarse con la idea de que “más árboles significa más peces”. Antes de la restauración comenzaron a recopilar datos y después siguieron las poblaciones durante siete años, comparando el tramo intervenido con sectores del río donde no se habían colocado troncos. Estudiaron especialmente al Murray cod y al golden perch, además de otras especies nativas. En el tramo restaurado, la población de Murray cod aumentó aproximadamente tres veces, mientras que en los sectores utilizados como control las poblaciones disminuyeron o fluctuaron. La densidad del golden perch también aumentó, aproximadamente al doble. El estudio científico publicado en Ecological Applications concluyó que recuperar el hábitat estructural podía aumentar la abundancia de peces a escala poblacional en un río grande.

Cuando Don Adams llegó a Lady Elliot Island a finales de los años 60 encontró algo muy distinto de lo que hoy emerge en el extremo sur de la Gran Barrera de Coral. La extracción de guano había arrancado buena parte del suelo fértil y prácticamente toda la vegetación, mientras unas cabras introducidas en la isla impedían que las plantas volvieran a establecerse. Adams vio una oportunidad donde otros veían un pedazo de coral prácticamente estéril.

Lady Elliot Island había acumulado durante siglos enormes cantidades de excrementos de aves marinas, un material extraordinariamente rico en nutrientes que en el siglo XIX se convirtió en un valioso fertilizante. La explotación comenzó en 1863 y durante los años siguientes los trabajadores retiraron aproximadamente un metro de suelo rico en guano y eliminaron casi todos los árboles. Cuando la minería terminó en 1874, había desaparecido buena parte del mecanismo natural que permitía sobrevivir a aquel pequeño cayo coralino: menos vegetación significaba menos aves, menos guano nuevo y todavía menos nutrientes para que crecieron nuevas plantas.

Don Adams cuando inauguró Lady Elliot Island.

Don Adams era aviador y vio, además, posibilidades turísticas en aquel paisaje degradado. En 1969 obtuvo una concesión del Gobierno australiano, construyó una pista de aterrizaje sobre el coral y levantó alojamientos básicos para recibir visitantes, pero al mismo tiempo comenzó a intentar devolver la vegetación a Lady Elliot. El problema era elemental: apenas había suelo fértil y faltaba agua dulce, así que Adams cargaba su avión con bidones de unos 18 litros y los transportaba hasta la isla para regar personalmente las primeras plantaciones.

No solo eso. Adams y su familia introdujeron miles de plantas y árboles, entre ellos casuarinas, pandanus y otras especies capaces de soportar las difíciles condiciones del cayo. El proceso fue lento, pero la vegetación comenzó a estabilizar el terreno y las aves marinas regresaron para descansar y reproducirse entre los árboles. Con ellas volvió también el guano: los nutrientes se mezclaban con la materia vegetal, penetraban en el poroso subsuelo coralino y ayudaban a reconstruir precisamente el ciclo ecológico que la minería había interrumpido un siglo antes.

Rl piloto vendió su concesión en 1977 y Lady Elliot pasó por diferentes gestores hasta que Peter Gash, su familia y varios socios consiguieron el alquiler en 2005. Partiendo del trabajo iniciado décadas antes, intensificaron la restauración, eliminaron especies invasoras y plantaron más de 10.000 ejemplares de especies autóctonas. La isla que Gash había conocido décadas antes como una extensión de coral desnudo terminó cubierta por árboles y arbustos donde anidan aves marinas, mientras pandanus y otras plantas estabilizan las zonas utilizadas por tortugas verdes y bobas para poner sus huevos.

La isla en la actualidad.

La recuperación produjo un efecto que inicialmente no resultaba tan evidente. Las aves atraídas por los nuevos árboles depositan guano rico en nitrógeno y fósforo, y esos nutrientes atraviesan lentamente el terreno poroso de la isla y llegan al océano en pequeñas concentraciones que pueden beneficiar a los corales cercanos. Lady Elliot alberga hoy una extraordinaria diversidad de aves y sus aguas protegidas reciben tortugas, tiburones de arrecife y cientos de especies de peces, además de una población de mantarrayas que puede alcanzar unos 700 ejemplares durante los meses de invierno.

Lady Elliot es hoy también un experimento de turismo sostenible: más de 900 paneles solares abastecen el complejo, una desalinizadora proporciona agua, las aguas residuales se reutilizan para regar y los restos de comida se convierten en compost que vuelve a alimentar la vegetación. En 2018, de hecho, fue elegida además como primer enclave de una iniciativa destinada a convertir determinadas islas de la Gran Barrera de Coral en refugios frente al cambio climático. Don Adams no reconstruyó solo todo este ecosistema, pero sí fue el hombre que puso en marcha algo extraordinario en 1969: aterrizó en una isla devastada con árboles y bidones de agua y comenzó un proceso que, más de 50 años después, ha conseguido que aquel pedazo de coral desnudo sea prácticamente irreconocible.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Durante décadas, Kuwait resolvió uno de los residuos más difíciles de gestionar de la forma más simple posible: enterrándolo en el desierto. Lo que comenzó como una solución logística acabó transformándose en uno de los mayores cementerios de neumáticos del planeta, una enorme mancha negra que podía distinguirse desde los satélites y que obligó al país a emprender una operación gigantesca para borrar del mapa un problema que ellos mismos habían creado. La historia comenzó sin hacer mucho ruido. Año tras año, millones de neumáticos usados fueron acumulándose en enormes fosas excavadas en la región de Sulaibiya, a pocos kilómetros de zonas habitadas. Con el paso del tiempo dejaron de ser simples vertederos para convertirse en auténticas montañas de caucho: hablamos de entre 42 y 50 millones de ruedas apiladas en pleno desierto, formando una mancha oscura monstruosa de varios kilómetros cuadrados que destacaba incluso en las imágenes de satélite.

Con el paso del tiempo, la magnitud del depósito dejó de ser un problema exclusivamente local. Desde la órbita terrestre, el contraste entre el color del desierto y la inmensa acumulación de neumáticos hacía que el lugar resultara perfectamente reconocible sin necesidad de ampliar la imagen o hacer zoom. Así, lo que durante años había permanecido escondido en mitad del desierto terminó siendo uno de los ejemplos más llamativos y potentes del impacto que puede dejar una mala gestión de residuos. La montaña de neumáticos no solo era enorme, también era extremadamente peligrosa. De hecho, contaba Reuters que entre 2012 y 2020 el vertedero sufrió varios incendios de grandes dimensiones, fuego que terminó liberando gigantescas columnas de humo negro y sustancias tóxicas derivadas del petróleo. Los neumáticos son muy difíciles de prender, pero una vez arden pueden hacerlo durante días o incluso semanas, contaminando el aire, el suelo y las aguas cercanas mientras las llamas resultan casi imposibles de controlar.

Después del último gran incendio, Kuwait asumió que el problema ya no podía seguir enterrándose más. En el año 2021 puso en marcha una operación logística descomunal para vaciar el vertedero: miles de viajes de camión trasladaron decenas de millones de neumáticos hasta nuevas plantas de tratamiento y reciclaje. Allí comenzaron a triturarse para fabricar pavimentos de caucho o someterse a procesos de pirólisis capaces de transformarlos en combustibles y otras materias primas industriales. Las imágenes satelitales confirmaron meses más tarde que aquel gigantesco cementerio había desaparecido prácticamente por completo. De hecho, el Gobierno anunció poco después un ambicioso proyecto para construir unas 25.000 viviendas sobre los terrenos recuperados, presentándolo como la prueba de que era posible convertir una catástrofe ambiental en una oportunidad urbanística.

¿Qué ocurrió? Que resultó una utopía. Incluso los últimos satélites han mostrado que ese deseado desarrollo sigue sin materializarse y que el antiguo vertedero continúa esperando un nuevo uso. Se calcula que cada año se generan alrededor de mil millones de neumáticos usados en el mundo y miles de millones permanecen almacenados en vertederos o depósitos similares. El caso de Kuwait demuestra que esconder los residuos puede parecer una solución rápida, pero también que el coste de corregir ese error décadas después puede ser mucho mayor. Aquella gigantesca mancha negra ha desaparecido del desierto, aunque sigue siendo uno de los ejemplos más claros de cómo un problema aparentemente resuelto puede acabar creciendo hasta hacerse visible desde el espacio.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Francia prohibió el uso de la clordecona en su territorio continental en 1990. Sin embargo, tres años antes de que desapareciera definitivamente de las Antillas francesas, ya existían advertencias sobre su toxicidad e incluso Estados Unidos la había vetado desde 1976. El resultado fue una de las mayores crisis ambientales y sanitarias de la historia reciente del país: un pesticida pensado para proteger las plantaciones de plátano acabó contaminando el suelo durante siglos y marcando la vida de casi toda la población de Martinica y Guadalupe.

A comienzos de la década de 1970, las plantaciones de plátano de Martinica y Guadalupe se enfrentaban a un enemigo temible: el picudo del plátano. La respuesta fue la clordecona, un insecticida considerado extremadamente eficaz contra la plaga. Entre 1972 y 1993 se utilizaron cientos de toneladas del producto sobre los cultivos, una decisión que en aquel momento parecía garantizar el futuro de una de las industrias más importantes de las islas.

Las primeras señales de alarma llegaron muy pronto. Estados Unidos prohibió la clordecona en 1976 tras comprobar sus efectos tóxicos, y las investigaciones científicas seguían acumulando evidencias sobre sus riesgos para la salud y el medio ambiente. Pese a ello, Francia mantuvo autorizaciones excepcionales para seguir utilizándola en Martinica y Guadalupe incluso después de prohibirla en la Francia continental, prolongando su uso hasta 1993 por la presión de la industria bananera y el temor a las consecuencias económicas.

Paisaje tìpico en Martinica.

La tragedia comenzó cuando se comprendió que la clordecona no desaparecía. El pesticida penetró en los suelos, alcanzó ríos y sedimentos y terminó extendiéndose por toda la cadena alimentaria. Su persistencia es extraordinaria: distintos estudios estiman que puede permanecer en el terreno durante alrededor de seis siglos, convirtiendo una decisión agrícola de unas pocas décadas en un problema ambiental que afectará a numerosas generaciones.

La contaminación dejó de ser un problema exclusivo de los trabajadores agrícolas. Las verduras cultivadas en terrenos afectados, el ganado que pastaba sobre ellos e incluso parte del pescado y el marisco incorporaron restos de clordecona. Con el paso de los años, las investigaciones revelaron que cerca del 90% de los habitantes de Martinica y Guadalupe presentaban trazas del pesticida en la sangre, una exposición muy superior a la que inicialmente se había imaginado.

Las consecuencias sanitarias tardaron años en hacerse visibles. Numerosos estudios vincularon la exposición a la clordecona con un incremento significativo del riesgo de cáncer de próstata, una enfermedad cuya incidencia en ambas islas figura entre las más altas del mundo.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

El equilibrio de la naturaleza es fácil de romper, y el siguiente caso es un claro ejemplo de ello. Unas pocas ovejas transformaron por completo una isla de Nueva Zelanda. Todo comenzó en 1895, cuando el gobierno neozelandés arrendó la Isla Campbell para la ganadería ovina. Los animales destruyeron la flora nativa única, conocida como "megaherbas", y pisotearon los nidos de albatros. El negocio fracasó y fue abandonado en 1931, pero miles de ovejas quedaron en libertad. Con el paso de los años se volvieron salvajes y se multiplicaron sin control, agravando el deterioro ambiental. El proceso de gestión ambiental para erradicar a las ovejas en la isla se desarrolló por etapas y tomó décadas. Fue liderado por el Servicio de Conservación de Nueva Zelanda y comenzó en la década de 1970. Como primer paso, los científicos buscaron medir qué tan rápido se recuperaría la flora si desaparecían estos animales, por lo que instalaron una cerca de alta resistencia que dividió la isla en dos.

En el sector sin ovejas, la vegetación nativa comenzó a regenerarse casi de inmediato, demostrando que la erradicación total era la única alternativa para salvar la isla. Durante la década de 1980, equipos especializados recorrieron el territorio de manera sistemática, mientras perros rastreadores localizaron los rebaños ocultos en los valles. En 1984 se retiraron unas 3.400 ovejas de la mitad norte y, finalmente, en 1991 fueron cazados los últimos ejemplares de la mitad sur, dejando la isla oficialmente libre del rebaño pero no libre de problemas.

Aunque las ovejas habían desaparecido de la isla, las ratas marrones, introducidas por barcos balleneros, continuaban devorando los huevos de las aves marinas. En 2001, Nueva Zelanda puso en marcha la mayor operación de erradicación de roedores del mundo hasta ese momento. Para ello utilizó helicópteros equipados con tecnología GPS que esparcieron 120 toneladas de cebo envenenado con una precisión milimétrica. Dos años después, la Isla Campbell fue declarada oficialmente libre de plagas. En 2026, la Isla Campbell se consolida como uno de los mayores éxitos de restauración ecológica del planeta y se ha transformado en un laboratorio vivo completamente recuperado. Tras más de dos décadas sin ovejas ni ratas, el ecosistema subantártico muestra un notable resurgimiento de la biodiversidad, con la recuperación de la flora nativa y el regreso de numerosas especies de aves que habían estado al borde del colapso.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Cuando se habla de restauración ecológica, plantar árboles suele parecer una de las soluciones más evidentes para recuperar un paisaje degradado. Sin embargo, en ecosistemas frágiles, una intervención pensada para ayudar puede terminar generando nuevos problemas si no se tienen en cuenta las relaciones entre especies, agua y suelo. Eso ocurrió con el árbol tamarisco, una planta que durante décadas fue considerada una aliada en algunas zonas áridas del oeste de Estados Unidos. Introducida principalmente durante el siglo XIX y principios del XX, esta especie parecía tener todas las características necesarias para combatir la erosión de los ríos. Resistía altas temperaturas, toleraba suelos salinos y podía crecer en lugares donde otras plantas tenían dificultades para sobrevivir.

En un principio, la presencia de este árbol parecía beneficiosa. Sus raíces ayudaban a estabilizar las orillas de los ríos y proteger terrenos vulnerables. Pero con el paso del tiempo, el tamarisco comenzó a expandirse rápidamente y a ocupar grandes sectores de las riberas, desplazando a especies nativas como los álamos y sauces que históricamente formaban parte de esos ecosistemas. El problema no fue únicamente la llegada de este árbol, sino las condiciones de los ríos donde logró prosperar. Durante el siglo XX, muchos cursos de agua del oeste estadounidense fueron transformados por la construcción de presas, la extracción de agua y la modificación de los ciclos naturales de inundación. Según investigaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), estos cambios alteraron las condiciones ambientales y favorecieron al tamarisco frente a varias especies nativas que dependían de las crecidas naturales de los ríos para regenerarse.

Durante años, este árbol fue señalado como una de las grandes responsables de la pérdida de agua en zonas áridas. Esa idea impulsó campañas para eliminarla con el argumento de que su desaparición permitiría recuperar recursos hídricos para los ecosistemas, la agricultura y las ciudades. Sin embargo, estudios posteriores mostraron que la relación entre el tamarisco y el consumo de agua era mucho más compleja de lo que se creía inicialmente. En 2001, las autoridades estadounidenses comenzaron a utilizar un método de control biológico mediante la liberación del escarabajo de la hoja del tamarisco (Diorhabda spp.). Este insecto fue elegido porque se alimenta del árbol y podía reducir su crecimiento sin depender exclusivamente de maquinaria pesada o productos químicos. El resultado volvió a demostrar que los ecosistemas no funcionan como una ecuación simple. El escarabajo logró expandirse por distintas regiones del suroeste de Estados Unidos y el norte de México, reduciendo la cobertura del tamarisco en algunos sectores. Pero los científicos todavía estudian sus consecuencias a largo plazo, ya que cualquier especie introducida para controlar otra puede generar nuevos efectos inesperados.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Cuando los científicos intentan proteger un ecosistema, las soluciones aparentemente más simples pueden desencadenar consecuencias inesperadas. Eso ocurrió en la Isla Marion, un remoto territorio subantártico perteneciente a Sudáfrica, donde un intento por controlar una plaga terminó provocando una de las mayores crisis ecológicas. En 1949, una estación meteorológica instalada en la isla llevó cinco gatos domésticos con el objetivo de controlar una creciente población de ratones que afectaba las instalaciones. La idea era utilizar un depredador natural para reducir una plaga. Sin embargo, los felinos encontraron un ecosistema sin defensas frente a ellos y, con el paso de las décadas, transformaron por completo el equilibrio de este territorio.

Los gatos comenzaron a reproducirse sin control y pasaron de ser animales domésticos a convertirse en una población salvaje. Al no tener depredadores naturales, llegaron a alcanzar cerca de 2.000 ejemplares en la década de 1970. Pero el problema no fueron los ratones. Los felinos descubrieron que las aves marinas eran una presa mucho más fácil. La Isla Marion era un refugio de numerosas especies de aves que habían evolucionado durante miles de años en ausencia de mamíferos depredadores terrestres. Especies como los petreles y el albatros errante construían sus nidos en el suelo o dentro de madrigueras, por lo que no tenían comportamientos de defensa frente a un cazador como el gato doméstico.

La situación obligó a implementar uno de los programas de erradicación de gatos más complejos realizados hasta ese momento. En 1977 comenzó una estrategia que combinó diferentes métodos, incluido el uso del virus de la panleucopenia felina como herramienta de control biológico y campañas intensivas de captura y caza nocturna. Después de años de trabajo, el último gato fue eliminado de la isla en 1991. Pero la historia de esta isla todavía tenía otro capítulo. Tras la desaparición de los felinos, los científicos descubrieron que los ratones introducidos originalmente también representaban una amenaza para el ecosistema. Sin depredadores que los controlaran, comenzaron a atacar huevos, polluelos e incluso aves adultas heridas, afectando nuevamente a las especies nativas. Por eso, en 2026 las autoridades sudafricanas desarrollaron un ambicioso proyecto para eliminar los roedores de la isla. El plan contempla la utilización de helicópteros equipados con sistemas de navegación GPS para distribuir cebos con veneno por toda la superficie del territorio, una técnica utilizada en otras islas del mundo para erradicar especies invasoras.

En la década de 1950, buena parte de Europa recurrió a grandes programas de reforestación para frenar la erosión y abastecer de madera a una economía en reconstrucción. Portugal, por ejemplo, apostó por un árbol australiano que parecía perfecto para sujetar sus suelos y alimentar su industria papelera. Ocho décadas después, esa decisión sigue escrita sobre el terreno: cambió para siempre la forma en que el fuego se propaga por el país. Para entender la crisis actual hay que viajar hasta el Portugal de los años cincuenta. El país sufría graves problemas de erosión, amplias zonas rurales se estaban despoblando y la dictadura de Salazar buscaba impulsar una industria forestal capaz de generar riqueza. Aquella fue la razón principal de que el eucalipto pareciera reunir todas las cualidades imaginables: crecía muy deprisa, fijaba terrenos degradados y proporcionaba una materia prima excelente para la fabricación de papel. Lo que entonces parecía una decisión casi incuestionable terminaría alterando el comportamiento de los incendios durante generaciones. El verdadero cambio no fue introducir una especie nueva, sino rediseñar el territorio. Allí donde antes existía un mosaico de cultivos, pastos y bosques diversos comenzaron a extenderse enormes superficies continuas de pinos y, especialmente, de eucaliptos. Ese nuevo paisaje era mucho más rentable desde el punto de vista económico, pero también eliminó muchas de las barreras naturales que antes dificultaban el avance del fuego. Sin saberlo, Portugal había creado un escenario en el que las llamas podían recorrer kilómetros con mucha mayor facilidad.

Eucaliptos plantados en Portugal.

Uno de los mayores errores consiste en pensar que el árbol es el origen del problema. Los incendios pueden comenzar por múltiples causas, pero el eucalipto modifica radicalmente su comportamiento una vez aparecen las llamas. Sus aceites esenciales son extremadamente inflamables y, cuando alcanzan suficiente temperatura, hacen que el árbol arda con enorme intensidad. A ello se suma una corteza fibrosa que se desprende fácilmente y que el viento transporta convertida en pequeñas brasas capaces de cruzar carreteras, ríos o cortafuegos y originar nuevos focos a cientos de metros del incendio principal. Las plantaciones industriales de crecimiento rápido tienen poco que ver con un bosque maduro y diverso. Al estar formadas prácticamente por una sola especie, almacenan menos carbono a largo plazo y ofrecen mucha menos resistencia al avance del fuego que ecosistemas donde conviven árboles de distintas características y un sotobosque más húmedo. El resultado es un círculo vicioso: los incendios regresan una y otra vez a las mismas zonas, dificultando que el paisaje recupere la diversidad que precisamente ayudaría a frenar futuros grandes fuegos.

Las olas de calor cada vez más frecuentes y las sequías prolongadas han multiplicado el riesgo que ya presentaba ese modelo forestal. Este año y al igual que en España, Portugal vuelve a enfrentarse a una de sus peores campañas de incendios, con decenas de miles de hectáreas arrasadas y miles de intervenciones de los servicios de emergencia. La magnitud de la situación ha obligado incluso al Gobierno portugués a activar el Mecanismo Europeo de Protección Civil para solicitar ayuda internacional, consciente de que algunos incendios superan ya la capacidad de respuesta de un solo país. Los expertos coinciden en que combatir las llamas será insuficiente mientras el paisaje siga favoreciendo su propagación. El reto pasa por recuperar bosques mixtos, reintroducir actividades agrícolas y ganaderas que fragmenten la continuidad del combustible vegetal y diversificar las especies forestales. Se trata, en definitiva, de reconstruir poco a poco un territorio que durante décadas fue diseñado pensando en la productividad y no en la resiliencia frente al fuego.

La historia del eucalipto portugués demuestra que algunas decisiones políticas transforman un país mucho más allá de lo que imaginaban quienes las impulsaron. Lo que comenzó como un ambicioso programa para proteger los suelos y fortalecer la economía acabó modificando la propia dinámica de los incendios forestales. Ochenta años después, el gran desafío ya no consiste únicamente en apagar los fuegos del verano, sino en revertir un paisaje cuya configuración favorece que cada nueva ola de calor encuentre un terreno cada vez más preparado para arder.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

NUBE DE

ETIQUETAS

FILMOGRAFÍA

RELACIONADA

NOVEDADES EDITORIALES