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Durante casi seis décadas, una inmensa mina
a cielo abierto devoró el paisaje de As Pontes, en A Coruña,
para alimentar una de las mayores centrales térmicas de España.
Cuando dejó de extraer carbón, el enorme cráter que había
dejado parecía condenado a convertirse en una extraña cicatriz.
La solución fue justo la contraria a la que podríamos haber
imaginado: llenarlo con cientos de miles de millones de litros
de agua hasta transformarlo en un lago.
La historia comenzó en la década de 1940, cuando
arrancó la explotación del lignito en As Pontes. Con el paso
de los años, la mina acabó convirtiéndose en la mayor explotación
de carbón a cielo abierto de España y abasteció a la central
térmica de Endesa, que llegó a producir alrededor del 5% de
toda la electricidad consumida en el país. Tras extraer unos
260 millones de toneladas de carbón, el terreno quedó convertido
en un enorme hueco de más de 300 metros de profundidad. Cuando
la explotación cerró en 2007, el reto ya no era seguir extrayendo
carbón, sino decidir qué hacer con semejante vacío. En 2008
comenzó un proyecto de restauración ambiental tan ambicioso
como inusual: inundar de forma controlada toda la antigua
mina. Así, durante algo más de cuatro años se introdujeron
alrededor de 547.000 millones de litros de agua, procedentes
de las lluvias y del río Eume, hasta que en abril de 2012
el antiguo cráter había pasado a convertirse en uno de los
mayores lagos artificiales de España.

Llenar un agujero de semejantes dimensiones
era solo una pequeña parte del trabajo. Los ingenieros tuvieron
que controlar el ritmo de llenado, estudiar la estabilidad
de los taludes y vigilar constantemente la evolución química
del agua. Los estudios posteriores demostraron que el lago
desarrolló dos capas bien diferenciadas, separadas por una
barrera invisible: una superior rica en oxígeno y otra profunda
mucho más ácida y prácticamente sin oxígeno, resultado de
la compleja mezcla de aguas y minerales.
Lo que durante décadas fue un paisaje dominado
por excavadoras y montañas de estériles empezó a transformarse
poco a poco en un ecosistema completamente distinto. Se plantaron
cientos de miles de árboles, se restauraron más de mil hectáreas
y la naturaleza terminó haciendo el resto. Hoy el entorno
alberga centenares de especies vegetales y animales, mientras
aves, peces y mamíferos han colonizado un espacio que hace
apenas unas décadas era una inmensa explotación minera.
El cambio resulta todavía más llamativo al acercarse
a la orilla. El lago ocupa unas 865 hectáreas, supera los
cinco kilómetros de longitud y cuenta con una playa artificial
de arena que desde 2021 luce la Bandera Azul por la calidad
de sus aguas y sus servicios. Donde antes trabajaban gigantescas
máquinas mineras, ahora hay familias bañándose, personas practicando
kayak o paddle surf y senderistas recorriendo un perímetro
de 18 kilómetros.
Seguimos con la extraordinaria historia del
empresario británico Paul Lister, quien compró la finca de
caza Alladale, en Escocia, y la transformó en un ejemplo de
restauración ecológica. Tras plantar miles de árboles en tierras
degradadas, logró recuperar una especie que hacía años no
se veía en el terreno. En 2003, Lister adquirió una finca
tradicional de 23.000 acres en Sutherland, al norte de Inverness.
La tierra estaba severamente degradada por el sobrepastoreo
de ciervos y ovejas. A lo largo de 23 años de trabajo, esta
propiedad se ha convertido en la Reserva Natural de Alladale,
consiguiendo que vuelva uno de los animales más amenazados.
Durante los primeros 10 años tras la compra, plantó un millón
de árboles nativos, como pinos silvestres, abedules y sauces,
de manera irregular para imitar la regeneración natural de
los bosques escoceses. Pero el verdadero cambio llegó en 2013,
cuando la reserva se asoció con la organización benéfica de
conservación Trees for Life para reintroducir la ardilla roja.
Esta especie había desaparecido del lugar porque
el sobrepastoreo de ovejas y ciervos había eliminado buena
parte del pino silvestre y el abedul. Sin árboles, las ardillas
se quedaron sin alimento ni refugio. Se trasladaron exactamente
36 ardillas rojas, seleccionadas de poblaciones estables de
distintas zonas de Escocia. Los ejemplares fueron tomados
de varios sitios para evitar problemas de consanguinidad.
Durante los primeros meses en la reserva recibieron alimentación
artificial mientras se adaptaban y aprendían a desenvolverse
en el nuevo bosque.
El regreso de la especie generó un círculo virtuoso.
Estos animales entierran piñas, nueces y semillas para el
invierno. Como olvidan la ubicación de muchos de sus escondites,
terminan favoreciendo la regeneración natural del bosque y
acelerando su expansión. Su reintroducción es fundamental,
ya que la especie estuvo a punto de desaparecer de Gran Bretaña.
Durante años, los guardabosques la mataron porque era considerada
una plaga, mientras que la destrucción de su hábitat natural
redujo aún más sus poblaciones. A esto se sumó un virus mortal
transmitido por las ardillas grises invasoras, que ha dificultado
su recuperación. Actualmente, las cámaras trampa confirman
que la población se reproduce de forma saludable e incluso
se está expandiendo fuera de los límites de la reserva. El
sueño original de Paul Lister era cercar la propiedad para
reintroducir lobos y osos, imitando el éxito del Parque Nacional
de Yellowstone. Sin embargo, las regulaciones del gobierno
escocés, las leyes de libre acceso a la naturaleza y el rechazo
de los granjeros locales de la región han mantenido este plan
congelado. Lister ha reconocido que debido a la escala territorial
necesaria (necesitaría el doble de hectáreas), es probable
que el regreso del lobo salvaje a Escocia quede en manos de
futuras generaciones o de alianzas más grandes entre terratenientes.
En 2023, un equipo de expertos ambientales llevó
a cabo un experimento bastante inusual en el estado de Washington
para intentar salvar un ecosistema muy deteriorado. Durante
una jornada, utilizaron un helicóptero para soltar 90 pequeñas
islas flotantes sobre un humedal que estaba siendo asfixiado
por una planta invasora. Cada una de estas estructuras transportaba
especies autóctonas cuidadosamente seleccionadas con el objetivo
de devolver la vida a este entorno natural de una forma creativa
y respetuosa con el medio ambiente. Esta llamativa intervención
fue dirigida por el Departamento de Recursos Naturales de
las Tribus Tulalip, con el ecólogo Todd Gray y la bióloga
Michelle Bahnick al frente del equipo. Su principal objetivo
era frenar el avance de un pasto foráneo que había roto por
completo el equilibrio de la flora local y amenazaba la supervivencia
del humedal. Al colocar estas pequeñas islas, lograron que
las plantas nativas pudieran crecer sin tener que competir
directamente por el territorio contra la maleza invasora.
El uso del helicóptero permitió a los técnicos distribuir
las plataformas por rincones de muy difícil acceso sin necesidad
de introducir maquinaria pesada, lo que habría dañado aún
más este frágil terreno acuático. De este modo, consiguieron
cubrir una gran superficie en muy poco tiempo. Ahora, en pleno
2026, este proyecto, bautizado oficialmente como Oxbow Pallet
Project, atraviesa una de sus fases de vigilancia más importantes
para comprobar si la vegetación ha logrado echar raíces y
expandirse como se esperaba.
Los investigadores no solo prestan atención
al desarrollo de la flora. El éxito real del proyecto se mide
por la vuelta de los animales a la zona, y ya observan con
optimismo el regreso de diferentes insectos, anfibios y aves
que empiezan a utilizar estos refugios flotantes. Si consiguen
erradicar por completo el pasto perjudicial, los salmones
más jóvenes podrán volver a utilizar las aguas del humedal
de forma tranquila para alimentarse y ganar tamaño antes de
emprender su gran viaje migratorio hacia el océano abierto.

La isla de Looe es un pequeño paraíso natural
de nueve hectáreas situado a una milla de distancia de la
ciudad de Looe, en Cornualles, en el extremo suroccidental
de Inglaterra. A diferencia de su homónima continental, que
suele estar a rebosar de turistas y visitantes, la isla es
un remanso de paz gracias a su declaración como reserva marina
protegida. Y todo gracias a dos hermanas.
Utilizada a menudo por los contrabandistas entre
los siglos XVII y XVIII, la isla de Looe ha estado habitada
esporádicamente con pequeños asentamientos gracias a la cercanía
de la costa británica y la actividad cristiana que trató de
convertirla en lugar de peregrinaje en base a la leyenda de
que el niño Jesús había visitado la isla con su tío, José
de Arimatea. Pero no fue hasta mediados del siglo XX cuando
la también conocida como isla de San Jorge cobró verdadero
protagonismo. Fue en 1965 cuando las hermanas Roselyn «Babs»
Atkins y Evelyn «Attie» Atkins invirtieron sus ahorros en
cumplir un sueño muy particular, poner en práctica una especie
de experimento vital basado en sus propias experiencias viviendo
en la isla. Así, se hicieron con la propiedad exclusiva de
la isla pagando 25.000 libras, equivalentes a unas 525.000
libras actuales (unos 614.700 euros), y plasmaron sus vivencias
en dos libros, We Bought An Island y su secuela Tales From
Our Cornish Island. Su vida conjunta no comenzaría realmente
hasta casi once años después, pues Babs esperó a jubilarse
para poder instalarse de forma permanente, aunque sí acudía
cada fin de semana para ayudar a su hermana en la construcción
de la finca donde pasarían las últimas décadas de su vida.
Evelyn murió en 1997 a la edad de 87 años; Babs continuó viviendo
en la isla hasta su muerte en 2004, con 86 años.

Las hermanas legaron la isla a la tutela de
la organización Cornwall Wildlife Trust, estableciendo como
condición que fuera declarada reserva natural marina protegida
a perpetuidad. Y así permanece hasta el día de hoy.
La isla de Looe solo está habitada por dos guardias
de la organización, aunque recibe ocasionales visitas de naturistas,
excursionistas y algún que otro turista que busca la calma
de un islote que casi parece desierto y aislado del mundo.
Desierto de vida humana, pero no de vida silvestre. La pareja
de guardias encargada de cuidar de esta reserva se dedica
a vigilar y hacer seguimiento de las especies animales y vegetales
que forman su pequeño pero muy nutrido ecosistema, informando
regularmente a diversas asociaciones y grupos de investigación
de la naturaleza. También regulan la llegada de visitantes,
muy controlada y limitada en pequeños grupos para minimizar
el impacto humano. Aunque pequeña, la isla de Looe es un crisol
de biodiversidad gracias a su variedad geográfica, formada
por pequeños bosques, pastizales marítimos, arenales, suelos
de guijarros y arrecifes rocosos. Es lugar de anidamiento
de numerosas aves marinas, destacando la presencia de cormoranes
y gaviotas de espalda negra, y también alberga una gran comunidad
de focas. La energía que se utiliza proviene de paneles solares
y turbinas eólicas, elaboran compost y se mantiene un fértil
huerto donde incluso florecen cultivos tropicales como el
kiwi.
El objetivo es mantener la isla como lo que
concibieron las hermanas, un santuario para la vida marina
y costera donde la biodiversidad pueda prosperar con la mínima
intervención humana.

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El 1 de enero de 2000, un grupo de voluntarios
llegó a un valle casi sin árboles en el sur de Escocia y plantó
apenas 100 ejemplares. No sabían entonces que esas primeras
plantas serían el comienzo de una de las experiencias de restauración
ecológica comunitaria más importantes del Reino Unido. Más
de 25 años después, este valle tiene alrededor de 750.000
árboles nativos. El lugar es Carrifran Glen, en las Moffat
Hills, en el sur de Escocia. Durante siglos, el pastoreo de
ganado había transformado el paisaje. Casi todos los árboles
habían desaparecido y las laderas estaban fuertemente degradadas.
El objetivo de quienes impulsaron el proyecto era recuperar
un ecosistema parecido al que había existido allí antes de
la intensa intervención humana. La iniciativa había comenzado
a tomar forma durante la década de 1990, liderada entre otros
por el zoólogo Philip Ashmole. Para comprar las aproximadamente
660 hectáreas del valle, los impulsores recurrieron a una
campaña de financiación colectiva que reunió a unas 600 personas,
muchas de las cuales aportaron algunos cientos de libras.
La gestión quedó posteriormente vinculada a la organización
conservacionista Borders Forest Trust. Pero plantar árboles
no fue suficiente. Una de las primeras decisiones fue retirar
la presión del pastoreo para permitir que la vegetación pudiera
recuperarse. El proyecto también se apoyó en estudios de suelo,
vegetación y muestras de turba que permitieron reconstruir
cómo había sido el paisaje miles de años atrás. La idea era
utilizar especies nativas y recuperar diferentes ambientes,
desde bosques hasta zonas de turbera.
El cambio comenzó a hacerse visible con el paso
del tiempo. Donde antes predominaban las laderas desnudas
comenzaron a crecer árboles y arbustos nativos. También regresaron
las flores silvestres y se recuperaron sectores de turbera.
Ahora las águilas reales pueden verse sobre los acantilados
y el valle se convirtió en refugio para una mayor diversidad
de especies. Antes de este proyecto, muchos científicos dudaban
de que un ecosistema tan degradado y erosionado por siglos
de pastoreo de ovejas pudiera recuperarse por sí mismo. Carrifran
demostró que al eliminar la presión humana (el ganado) y reintroducir
especies clave, la naturaleza recupera su equilibrio con una
rapidez asombrosa.
En Kent, Reino Unido, específicamente en Blean
Woods, un bosque presentaba graves problemas ecológicos debido
a décadas de explotación forestal comercial. El área estaba
dominada por plantaciones densas de pinos y castaños, con
una estructura vegetal muy diferente a la de un bosque natural.
El dosel de los árboles estaba tan cerrado en algunas zonas
que la llegada de luz al suelo era limitada, dificultando
el crecimiento de la vegetación del sotobosque. Como consecuencia,
se había reducido la variedad de plantas y de especies que
dependen de ellas, afectando también a insectos, aves y otros
animales. En lugar de depender exclusivamente de maquinaria
pesada y de trabajos manuales para modificar la vegetación,
los conservacionistas introdujeron bisontes europeos en un
área protegida del bosque. El objetivo era aprovechar el comportamiento
natural de estos animales. El pastoreo, el pisoteo y el movimiento
de esta especie ayudan a abrir claros, modificar la vegetación
y crear nuevos espacios para otras especies. En 2022, fueron
introducidos los primeros bisontes europeos en Blean Woods,
después de siglos de ausencia de la especie en Reino Unido.
El proyecto comenzó con tres hembras, a las que posteriormente
se incorporó un macho. Desde entonces, la población se ha
reproducido de forma natural dentro de la reserva. Pero, ¿Cómo
evolucionó el bosque cuatro años después de la introducción
de estos animales?

¿Tienes algún problema?
Al frotar sus cuerpos contra los árboles pesados
y descortezar selectivamente algunos ejemplares (principalmente
pinos invasivos), los bisontes han derribado árboles de forma
natural. Esto generó claros de luz en el suelo que permitieron
el renacimiento de plantas nativas del sotobosque. Así mismo,
al rodar por el suelo para quitarse parásitos, los bisontes
crean depresiones de tierra batida. Estos huecos acumulan
agua de lluvia y funcionan como micro-humedales ideales para
anfibios y plantas pioneras. Al frotarse contra los troncos
y consumir la corteza de hasta 40 ejemplares al día, los bisontes
han eliminado pinos comerciales densos sin necesidad de motosierras
humanas. Esto ha creado árboles de madera muerta en pie que
son vitales para el ecosistema.
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En 1962, más de 350 jóvenes forestales de China
llegaron a Saihanba, una región situada en la provincia de
Hebei, unos 300 kilómetros al norte de Pekín. Su misión era
recuperar una zona que había perdido gran parte de su vegetación
y que se había convertido en una fuente de arena y polvo para
el norte del país. Con el tiempo, el lugar terminaría convertido
en el Parque Forestal Nacional de Saihanba, considerado por
organismos oficiales chinos como el mayor bosque creado artificialmente
del mundo. Saihanba es uno de los grandes proyectos de reforestación
que forman parte de la historia de la lucha contra la desertificación
en el norte del país.
El problema no había comenzado en el siglo XX.
Saihanba había sido una zona de bosques y pastizales utilizada
durante siglos por los emperadores de la dinastía Qing como
territorio de caza y refugio. Sin embargo, la tala, los incendios
y los conflictos provocaron una progresiva pérdida de cobertura
vegetal de este territorio de China. Para la década de 1960,
apenas quedaba alrededor del 10 % de la superficie cubierta
por bosque. La degradación tenía consecuencias para regiones
mucho más pobladas. Los vientos podían transportar arena desde
las zonas áridas hacia el sur y contribuir a las tormentas
de polvo que afectaban a China. Por eso, la recuperación de
Saihanba no consistía solamente en plantar árboles. También
buscaba crear una barrera vegetal capaz de frenar el avance
de la arena y proteger las áreas situadas al sur.

Los primeros años fueron especialmente difíciles.
Los trabajadores tuvieron que construir sus propios refugios
y producir alimentos mientras soportaban inviernos en los
que las temperaturas podían descender hasta aproximadamente
-40 °C. Muchos árboles jóvenes no sobrevivieron debido al
frío, los fuertes vientos y la falta de agua. Los forestales
tuvieron que experimentar con diferentes especies y técnicas
hasta encontrar las que podían adaptarse al terreno. Para
evitar que las raíces de los brotes de los árboles se congelaran
o se deshidrataran instantáneamente al ser introducidas en
la tierra helada, desarrollaron un método para introducir
las raíces desnudas en una mezcla densa de lodo protector
y nutrientes justo antes de la siembra. Uno de los descubrimientos
que los alentó fue encontrar un alerce de unos 200 años que
había sobrevivido en medio de la zona degradada. Demostraba
que, pese a las condiciones extremas, los árboles todavía
podían crecer allí. Durante las décadas siguientes, tres generaciones
continuaron el trabajo. La cobertura forestal pasó de aproximadamente
10 % en los años 60 a cerca del 80 %, y el área forestada
llegó a unas 75.000 hectáreas.
Uno de los desiertos más grandes y áridos del
planeta está experimentando una importante transformación
ambiental. Tras casi cinco décadas de trabajos de restauración
vegetal, algunas zonas del desierto de Taklamakán, en el noroeste
de China, parecen estar absorbiendo más dióxido de carbono
del que liberan. La iniciativa comenzó en 1978 como parte
del ambicioso programa conocido como la Gran Muralla Verde
de China. En un principio, el objetivo no era combatir el
cambio climático, sino frenar la desertificación, estabilizar
las dunas y proteger las zonas habitadas y agrícolas frente
a las tormentas de arena.
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Durante décadas, los árboles que caían dentro
del río Murray eran retirados porque se consideraban obstáculos
para la navegación y el manejo del cauce. El problema fue
que esos troncos, conocidos en Australia como “snags”, cumplían
una función fundamental Estos eran parte del hábitat donde
se refugiaban, alimentaban y reproducían los peces. En 2006,
Australia decidió hacer exactamente lo contrario, volver a
poner árboles muertos dentro del río. El proyecto formó parte
del programa The Living Murray, impulsado por la Murray-Darling
Basin Authority. Entre 2007 y 2010 se incorporaron 4.450 grandes
piezas de madera, la mayoría de más de una tonelada, en un
tramo de aproximadamente 110 kilómetros del Murray, entre
Lake Hume y Lake Mulwala. Los troncos procedían de árboles
naturales recuperados durante la construcción de una gran
carretera. La razón era que tronco sumergido en el río no
es simplemente madera bajo el agua. Puede crear zonas de menor
corriente, refugios y superficies donde distintos organismos
encuentran alimento o protección. Para especies nativas como
el Murray cod, uno de los peces emblemáticos de Australia,
esos lugares pueden ser especialmente importantes. La eliminación
histórica de estos elementos había sido reconocida como uno
de los factores relacionados con el deterioro del hábitat
y la disminución de poblaciones de peces nativos.

Pero esta vez los investigadores no quisieron
quedarse con la idea de que “más árboles significa más peces”.
Antes de la restauración comenzaron a recopilar datos y después
siguieron las poblaciones durante siete años, comparando el
tramo intervenido con sectores del río donde no se habían
colocado troncos. Estudiaron especialmente al Murray cod y
al golden perch, además de otras especies nativas. En el tramo
restaurado, la población de Murray cod aumentó aproximadamente
tres veces, mientras que en los sectores utilizados como control
las poblaciones disminuyeron o fluctuaron. La densidad del
golden perch también aumentó, aproximadamente al doble. El
estudio científico publicado en Ecological Applications concluyó
que recuperar el hábitat estructural podía aumentar la abundancia
de peces a escala poblacional en un río grande.

Cuando Don Adams llegó a Lady Elliot Island
a finales de los años 60 encontró algo muy distinto de lo
que hoy emerge en el extremo sur de la Gran Barrera de Coral.
La extracción de guano había arrancado buena parte del suelo
fértil y prácticamente toda la vegetación, mientras unas cabras
introducidas en la isla impedían que las plantas volvieran
a establecerse. Adams vio una oportunidad donde otros veían
un pedazo de coral prácticamente estéril.
Lady Elliot Island había acumulado durante siglos
enormes cantidades de excrementos de aves marinas, un material
extraordinariamente rico en nutrientes que en el siglo XIX
se convirtió en un valioso fertilizante. La explotación comenzó
en 1863 y durante los años siguientes los trabajadores retiraron
aproximadamente un metro de suelo rico en guano y eliminaron
casi todos los árboles. Cuando la minería terminó en 1874,
había desaparecido buena parte del mecanismo natural que permitía
sobrevivir a aquel pequeño cayo coralino: menos vegetación
significaba menos aves, menos guano nuevo y todavía menos
nutrientes para que crecieron nuevas plantas.

Don Adams cuando inauguró Lady Elliot Island.
Don Adams era aviador y vio, además, posibilidades
turísticas en aquel paisaje degradado. En 1969 obtuvo una
concesión del Gobierno australiano, construyó una pista de
aterrizaje sobre el coral y levantó alojamientos básicos para
recibir visitantes, pero al mismo tiempo comenzó a intentar
devolver la vegetación a Lady Elliot. El problema era elemental:
apenas había suelo fértil y faltaba agua dulce, así que Adams
cargaba su avión con bidones de unos 18 litros y los transportaba
hasta la isla para regar personalmente las primeras plantaciones.
No solo eso. Adams y su familia introdujeron
miles de plantas y árboles, entre ellos casuarinas, pandanus
y otras especies capaces de soportar las difíciles condiciones
del cayo. El proceso fue lento, pero la vegetación comenzó
a estabilizar el terreno y las aves marinas regresaron para
descansar y reproducirse entre los árboles. Con ellas volvió
también el guano: los nutrientes se mezclaban con la materia
vegetal, penetraban en el poroso subsuelo coralino y ayudaban
a reconstruir precisamente el ciclo ecológico que la minería
había interrumpido un siglo antes.
Rl piloto vendió su concesión en 1977 y Lady
Elliot pasó por diferentes gestores hasta que Peter Gash,
su familia y varios socios consiguieron el alquiler en 2005.
Partiendo del trabajo iniciado décadas antes, intensificaron
la restauración, eliminaron especies invasoras y plantaron
más de 10.000 ejemplares de especies autóctonas. La isla que
Gash había conocido décadas antes como una extensión de coral
desnudo terminó cubierta por árboles y arbustos donde anidan
aves marinas, mientras pandanus y otras plantas estabilizan
las zonas utilizadas por tortugas verdes y bobas para poner
sus huevos.

La isla en la actualidad.
La recuperación produjo un efecto que inicialmente
no resultaba tan evidente. Las aves atraídas por los nuevos
árboles depositan guano rico en nitrógeno y fósforo, y esos
nutrientes atraviesan lentamente el terreno poroso de la isla
y llegan al océano en pequeñas concentraciones que pueden
beneficiar a los corales cercanos. Lady Elliot alberga hoy
una extraordinaria diversidad de aves y sus aguas protegidas
reciben tortugas, tiburones de arrecife y cientos de especies
de peces, además de una población de mantarrayas que puede
alcanzar unos 700 ejemplares durante los meses de invierno.
Lady Elliot es hoy también un experimento de
turismo sostenible: más de 900 paneles solares abastecen el
complejo, una desalinizadora proporciona agua, las aguas residuales
se reutilizan para regar y los restos de comida se convierten
en compost que vuelve a alimentar la vegetación. En 2018,
de hecho, fue elegida además como primer enclave de una iniciativa
destinada a convertir determinadas islas de la Gran Barrera
de Coral en refugios frente al cambio climático. Don Adams
no reconstruyó solo todo este ecosistema, pero sí fue el hombre
que puso en marcha algo extraordinario en 1969: aterrizó en
una isla devastada con árboles y bidones de agua y comenzó
un proceso que, más de 50 años después, ha conseguido que
aquel pedazo de coral desnudo sea prácticamente irreconocible.
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Durante décadas, Kuwait resolvió uno de los
residuos más difíciles de gestionar de la forma más simple
posible: enterrándolo en el desierto. Lo que comenzó como
una solución logística acabó transformándose en uno de los
mayores cementerios de neumáticos del planeta, una enorme
mancha negra que podía distinguirse desde los satélites y
que obligó al país a emprender una operación gigantesca para
borrar del mapa un problema que ellos mismos habían creado.
La historia comenzó sin hacer mucho ruido. Año tras año, millones
de neumáticos usados fueron acumulándose en enormes fosas
excavadas en la región de Sulaibiya, a pocos kilómetros de
zonas habitadas. Con el paso del tiempo dejaron de ser simples
vertederos para convertirse en auténticas montañas de caucho:
hablamos de entre 42 y 50 millones de ruedas apiladas en pleno
desierto, formando una mancha oscura monstruosa de varios
kilómetros cuadrados que destacaba incluso en las imágenes
de satélite.
Con el paso del tiempo, la magnitud del depósito
dejó de ser un problema exclusivamente local. Desde la órbita
terrestre, el contraste entre el color del desierto y la inmensa
acumulación de neumáticos hacía que el lugar resultara perfectamente
reconocible sin necesidad de ampliar la imagen o hacer zoom.
Así, lo que durante años había permanecido escondido en mitad
del desierto terminó siendo uno de los ejemplos más llamativos
y potentes del impacto que puede dejar una mala gestión de
residuos. La montaña de neumáticos no solo era enorme, también
era extremadamente peligrosa. De hecho, contaba Reuters que
entre 2012 y 2020 el vertedero sufrió varios incendios de
grandes dimensiones, fuego que terminó liberando gigantescas
columnas de humo negro y sustancias tóxicas derivadas del
petróleo. Los neumáticos son muy difíciles de prender, pero
una vez arden pueden hacerlo durante días o incluso semanas,
contaminando el aire, el suelo y las aguas cercanas mientras
las llamas resultan casi imposibles de controlar.

Después del último gran incendio, Kuwait asumió
que el problema ya no podía seguir enterrándose más. En el
año 2021 puso en marcha una operación logística descomunal
para vaciar el vertedero: miles de viajes de camión trasladaron
decenas de millones de neumáticos hasta nuevas plantas de
tratamiento y reciclaje. Allí comenzaron a triturarse para
fabricar pavimentos de caucho o someterse a procesos de pirólisis
capaces de transformarlos en combustibles y otras materias
primas industriales. Las imágenes satelitales confirmaron
meses más tarde que aquel gigantesco cementerio había desaparecido
prácticamente por completo. De hecho, el Gobierno anunció
poco después un ambicioso proyecto para construir unas 25.000
viviendas sobre los terrenos recuperados, presentándolo como
la prueba de que era posible convertir una catástrofe ambiental
en una oportunidad urbanística.
¿Qué ocurrió? Que resultó una utopía. Incluso
los últimos satélites han mostrado que ese deseado desarrollo
sigue sin materializarse y que el antiguo vertedero continúa
esperando un nuevo uso. Se calcula que cada año se generan
alrededor de mil millones de neumáticos usados en el mundo
y miles de millones permanecen almacenados en vertederos o
depósitos similares. El caso de Kuwait demuestra que esconder
los residuos puede parecer una solución rápida, pero también
que el coste de corregir ese error décadas después puede ser
mucho mayor. Aquella gigantesca mancha negra ha desaparecido
del desierto, aunque sigue siendo uno de los ejemplos más
claros de cómo un problema aparentemente resuelto puede acabar
creciendo hasta hacerse visible desde el espacio.
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Francia prohibió el uso de la clordecona en
su territorio continental en 1990. Sin embargo, tres años
antes de que desapareciera definitivamente de las Antillas
francesas, ya existían advertencias sobre su toxicidad e incluso
Estados Unidos la había vetado desde 1976. El resultado fue
una de las mayores crisis ambientales y sanitarias de la historia
reciente del país: un pesticida pensado para proteger las
plantaciones de plátano acabó contaminando el suelo durante
siglos y marcando la vida de casi toda la población de Martinica
y Guadalupe.
A comienzos de la década de 1970, las plantaciones
de plátano de Martinica y Guadalupe se enfrentaban a un enemigo
temible: el picudo del plátano. La respuesta fue la clordecona,
un insecticida considerado extremadamente eficaz contra la
plaga. Entre 1972 y 1993 se utilizaron cientos de toneladas
del producto sobre los cultivos, una decisión que en aquel
momento parecía garantizar el futuro de una de las industrias
más importantes de las islas.
Las primeras señales de alarma llegaron muy
pronto. Estados Unidos prohibió la clordecona en 1976 tras
comprobar sus efectos tóxicos, y las investigaciones científicas
seguían acumulando evidencias sobre sus riesgos para la salud
y el medio ambiente. Pese a ello, Francia mantuvo autorizaciones
excepcionales para seguir utilizándola en Martinica y Guadalupe
incluso después de prohibirla en la Francia continental, prolongando
su uso hasta 1993 por la presión de la industria bananera
y el temor a las consecuencias económicas.

Paisaje tìpico en Martinica.
La tragedia comenzó cuando se comprendió que
la clordecona no desaparecía. El pesticida penetró en los
suelos, alcanzó ríos y sedimentos y terminó extendiéndose
por toda la cadena alimentaria. Su persistencia es extraordinaria:
distintos estudios estiman que puede permanecer en el terreno
durante alrededor de seis siglos, convirtiendo una decisión
agrícola de unas pocas décadas en un problema ambiental que
afectará a numerosas generaciones.
La contaminación dejó de ser un problema exclusivo
de los trabajadores agrícolas. Las verduras cultivadas en
terrenos afectados, el ganado que pastaba sobre ellos e incluso
parte del pescado y el marisco incorporaron restos de clordecona.
Con el paso de los años, las investigaciones revelaron que
cerca del 90% de los habitantes de Martinica y Guadalupe presentaban
trazas del pesticida en la sangre, una exposición muy superior
a la que inicialmente se había imaginado.
Las consecuencias sanitarias tardaron años en
hacerse visibles. Numerosos estudios vincularon la exposición
a la clordecona con un incremento significativo del riesgo
de cáncer de próstata, una enfermedad cuya incidencia en ambas
islas figura entre las más altas del mundo.
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El equilibrio de la naturaleza es fácil de romper,
y el siguiente caso es un claro ejemplo de ello. Unas pocas
ovejas transformaron por completo una isla de Nueva Zelanda.
Todo comenzó en 1895, cuando el gobierno neozelandés arrendó
la Isla Campbell para la ganadería ovina. Los animales destruyeron
la flora nativa única, conocida como "megaherbas", y pisotearon
los nidos de albatros. El negocio fracasó y fue abandonado
en 1931, pero miles de ovejas quedaron en libertad. Con el
paso de los años se volvieron salvajes y se multiplicaron
sin control, agravando el deterioro ambiental. El proceso
de gestión ambiental para erradicar a las ovejas en la isla
se desarrolló por etapas y tomó décadas. Fue liderado por
el Servicio de Conservación de Nueva Zelanda y comenzó en
la década de 1970. Como primer paso, los científicos buscaron
medir qué tan rápido se recuperaría la flora si desaparecían
estos animales, por lo que instalaron una cerca de alta resistencia
que dividió la isla en dos.
En el sector sin ovejas, la vegetación nativa
comenzó a regenerarse casi de inmediato, demostrando que la
erradicación total era la única alternativa para salvar la
isla. Durante la década de 1980, equipos especializados recorrieron
el territorio de manera sistemática, mientras perros rastreadores
localizaron los rebaños ocultos en los valles. En 1984 se
retiraron unas 3.400 ovejas de la mitad norte y, finalmente,
en 1991 fueron cazados los últimos ejemplares de la mitad
sur, dejando la isla oficialmente libre del rebaño pero no
libre de problemas.

Aunque las ovejas habían desaparecido de la
isla, las ratas marrones, introducidas por barcos balleneros,
continuaban devorando los huevos de las aves marinas. En 2001,
Nueva Zelanda puso en marcha la mayor operación de erradicación
de roedores del mundo hasta ese momento. Para ello utilizó
helicópteros equipados con tecnología GPS que esparcieron
120 toneladas de cebo envenenado con una precisión milimétrica.
Dos años después, la Isla Campbell fue declarada oficialmente
libre de plagas. En 2026, la Isla Campbell se consolida como
uno de los mayores éxitos de restauración ecológica del planeta
y se ha transformado en un laboratorio vivo completamente
recuperado. Tras más de dos décadas sin ovejas ni ratas, el
ecosistema subantártico muestra un notable resurgimiento de
la biodiversidad, con la recuperación de la flora nativa y
el regreso de numerosas especies de aves que habían estado
al borde del colapso.
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Cuando se habla de restauración ecológica, plantar
árboles suele parecer una de las soluciones más evidentes
para recuperar un paisaje degradado. Sin embargo, en ecosistemas
frágiles, una intervención pensada para ayudar puede terminar
generando nuevos problemas si no se tienen en cuenta las relaciones
entre especies, agua y suelo. Eso ocurrió con el árbol tamarisco,
una planta que durante décadas fue considerada una aliada
en algunas zonas áridas del oeste de Estados Unidos. Introducida
principalmente durante el siglo XIX y principios del XX, esta
especie parecía tener todas las características necesarias
para combatir la erosión de los ríos. Resistía altas temperaturas,
toleraba suelos salinos y podía crecer en lugares donde otras
plantas tenían dificultades para sobrevivir.
En un principio, la presencia de este árbol
parecía beneficiosa. Sus raíces ayudaban a estabilizar las
orillas de los ríos y proteger terrenos vulnerables. Pero
con el paso del tiempo, el tamarisco comenzó a expandirse
rápidamente y a ocupar grandes sectores de las riberas, desplazando
a especies nativas como los álamos y sauces que históricamente
formaban parte de esos ecosistemas. El problema no fue únicamente
la llegada de este árbol, sino las condiciones de los ríos
donde logró prosperar. Durante el siglo XX, muchos cursos
de agua del oeste estadounidense fueron transformados por
la construcción de presas, la extracción de agua y la modificación
de los ciclos naturales de inundación. Según investigaciones
del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), estos cambios
alteraron las condiciones ambientales y favorecieron al tamarisco
frente a varias especies nativas que dependían de las crecidas
naturales de los ríos para regenerarse.

Durante años, este árbol fue señalado como una
de las grandes responsables de la pérdida de agua en zonas
áridas. Esa idea impulsó campañas para eliminarla con el argumento
de que su desaparición permitiría recuperar recursos hídricos
para los ecosistemas, la agricultura y las ciudades. Sin embargo,
estudios posteriores mostraron que la relación entre el tamarisco
y el consumo de agua era mucho más compleja de lo que se creía
inicialmente. En 2001, las autoridades estadounidenses comenzaron
a utilizar un método de control biológico mediante la liberación
del escarabajo de la hoja del tamarisco (Diorhabda spp.).
Este insecto fue elegido porque se alimenta del árbol y podía
reducir su crecimiento sin depender exclusivamente de maquinaria
pesada o productos químicos. El resultado volvió a demostrar
que los ecosistemas no funcionan como una ecuación simple.
El escarabajo logró expandirse por distintas regiones del
suroeste de Estados Unidos y el norte de México, reduciendo
la cobertura del tamarisco en algunos sectores. Pero los científicos
todavía estudian sus consecuencias a largo plazo, ya que cualquier
especie introducida para controlar otra puede generar nuevos
efectos inesperados.
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Cuando los científicos intentan proteger un
ecosistema, las soluciones aparentemente más simples pueden
desencadenar consecuencias inesperadas. Eso ocurrió en la
Isla Marion, un remoto territorio subantártico perteneciente
a Sudáfrica, donde un intento por controlar una plaga terminó
provocando una de las mayores crisis ecológicas. En 1949,
una estación meteorológica instalada en la isla llevó cinco
gatos domésticos con el objetivo de controlar una creciente
población de ratones que afectaba las instalaciones. La idea
era utilizar un depredador natural para reducir una plaga.
Sin embargo, los felinos encontraron un ecosistema sin defensas
frente a ellos y, con el paso de las décadas, transformaron
por completo el equilibrio de este territorio.
Los gatos comenzaron a reproducirse sin control
y pasaron de ser animales domésticos a convertirse en una
población salvaje. Al no tener depredadores naturales, llegaron
a alcanzar cerca de 2.000 ejemplares en la década de 1970.
Pero el problema no fueron los ratones. Los felinos descubrieron
que las aves marinas eran una presa mucho más fácil. La Isla
Marion era un refugio de numerosas especies de aves que habían
evolucionado durante miles de años en ausencia de mamíferos
depredadores terrestres. Especies como los petreles y el albatros
errante construían sus nidos en el suelo o dentro de madrigueras,
por lo que no tenían comportamientos de defensa frente a un
cazador como el gato doméstico.

La situación obligó a implementar uno de los
programas de erradicación de gatos más complejos realizados
hasta ese momento. En 1977 comenzó una estrategia que combinó
diferentes métodos, incluido el uso del virus de la panleucopenia
felina como herramienta de control biológico y campañas intensivas
de captura y caza nocturna. Después de años de trabajo, el
último gato fue eliminado de la isla en 1991. Pero la historia
de esta isla todavía tenía otro capítulo. Tras la desaparición
de los felinos, los científicos descubrieron que los ratones
introducidos originalmente también representaban una amenaza
para el ecosistema. Sin depredadores que los controlaran,
comenzaron a atacar huevos, polluelos e incluso aves adultas
heridas, afectando nuevamente a las especies nativas. Por
eso, en 2026 las autoridades sudafricanas desarrollaron un
ambicioso proyecto para eliminar los roedores de la isla.
El plan contempla la utilización de helicópteros equipados
con sistemas de navegación GPS para distribuir cebos con veneno
por toda la superficie del territorio, una técnica utilizada
en otras islas del mundo para erradicar especies invasoras.

En la década de 1950, buena parte de Europa
recurrió a grandes programas de reforestación para frenar
la erosión y abastecer de madera a una economía en reconstrucción.
Portugal, por ejemplo, apostó por un árbol australiano que
parecía perfecto para sujetar sus suelos y alimentar su industria
papelera. Ocho décadas después, esa decisión sigue escrita
sobre el terreno: cambió para siempre la forma en que el fuego
se propaga por el país. Para entender la crisis actual hay
que viajar hasta el Portugal de los años cincuenta. El país
sufría graves problemas de erosión, amplias zonas rurales
se estaban despoblando y la dictadura de Salazar buscaba impulsar
una industria forestal capaz de generar riqueza. Aquella fue
la razón principal de que el eucalipto pareciera reunir todas
las cualidades imaginables: crecía muy deprisa, fijaba terrenos
degradados y proporcionaba una materia prima excelente para
la fabricación de papel. Lo que entonces parecía una decisión
casi incuestionable terminaría alterando el comportamiento
de los incendios durante generaciones. El verdadero cambio
no fue introducir una especie nueva, sino rediseñar el territorio.
Allí donde antes existía un mosaico de cultivos, pastos y
bosques diversos comenzaron a extenderse enormes superficies
continuas de pinos y, especialmente, de eucaliptos. Ese nuevo
paisaje era mucho más rentable desde el punto de vista económico,
pero también eliminó muchas de las barreras naturales que
antes dificultaban el avance del fuego. Sin saberlo, Portugal
había creado un escenario en el que las llamas podían recorrer
kilómetros con mucha mayor facilidad.

Eucaliptos plantados en Portugal.
Uno de los mayores errores consiste en pensar
que el árbol es el origen del problema. Los incendios pueden
comenzar por múltiples causas, pero el eucalipto modifica
radicalmente su comportamiento una vez aparecen las llamas.
Sus aceites esenciales son extremadamente inflamables y, cuando
alcanzan suficiente temperatura, hacen que el árbol arda con
enorme intensidad. A ello se suma una corteza fibrosa que
se desprende fácilmente y que el viento transporta convertida
en pequeñas brasas capaces de cruzar carreteras, ríos o cortafuegos
y originar nuevos focos a cientos de metros del incendio principal.
Las plantaciones industriales de crecimiento rápido tienen
poco que ver con un bosque maduro y diverso. Al estar formadas
prácticamente por una sola especie, almacenan menos carbono
a largo plazo y ofrecen mucha menos resistencia al avance
del fuego que ecosistemas donde conviven árboles de distintas
características y un sotobosque más húmedo. El resultado es
un círculo vicioso: los incendios regresan una y otra vez
a las mismas zonas, dificultando que el paisaje recupere la
diversidad que precisamente ayudaría a frenar futuros grandes
fuegos.
Las olas de calor cada vez más frecuentes y
las sequías prolongadas han multiplicado el riesgo que ya
presentaba ese modelo forestal. Este año y al igual que en
España, Portugal vuelve a enfrentarse a una de sus peores
campañas de incendios, con decenas de miles de hectáreas arrasadas
y miles de intervenciones de los servicios de emergencia.
La magnitud de la situación ha obligado incluso al Gobierno
portugués a activar el Mecanismo Europeo de Protección Civil
para solicitar ayuda internacional, consciente de que algunos
incendios superan ya la capacidad de respuesta de un solo
país. Los expertos coinciden en que combatir las llamas será
insuficiente mientras el paisaje siga favoreciendo su propagación.
El reto pasa por recuperar bosques mixtos, reintroducir actividades
agrícolas y ganaderas que fragmenten la continuidad del combustible
vegetal y diversificar las especies forestales. Se trata,
en definitiva, de reconstruir poco a poco un territorio que
durante décadas fue diseñado pensando en la productividad
y no en la resiliencia frente al fuego.
La historia del eucalipto portugués demuestra
que algunas decisiones políticas transforman un país mucho
más allá de lo que imaginaban quienes las impulsaron. Lo que
comenzó como un ambicioso programa para proteger los suelos
y fortalecer la economía acabó modificando la propia dinámica
de los incendios forestales. Ochenta años después, el gran
desafío ya no consiste únicamente en apagar los fuegos del
verano, sino en revertir un paisaje cuya configuración favorece
que cada nueva ola de calor encuentre un terreno cada vez
más preparado para arder.
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