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En la primavera de 1974, la marisma del Guadalquivir
era un ecosistema en equilibrio. Nadie en la Puebla del Río
ni en Isla Mayor podía imaginar que el gesto de un solo hombre
iba a transformar para siempre la geografía, la fauna y la
economía de Andalucía. Aquel año, el aristócrata y ganadero
Andrés Bores Saavedra decidió importar legalmente dos toneladas
de Procambarus clarkii —conocido popularmente como cangrejo
rojo americano— desde Luisiana (Estados Unidos). ¿El objetivo?
Una idea de negocio aparentemente brillante: introducir una
especie de rápido crecimiento para dinamizar la economía de
la zona y ofrecer una alternativa gastronómica. Lo que Bores
concibió como una granja controlada terminó convirtiéndose,
cinco décadas después, en la invasión biológica más destructiva
e irreversible de la historia de España. Los primeros ejemplares
se alojaron en instalaciones en La Puebla del Río. Sin embargo,
el cangrejo rojo no es una especie cualquiera. Capaz de caminar
fuera del agua, cavar galerías de más de un metro de profundidad
y resistir condiciones extremas de sequía y falta de oxígeno,
el crustáceo tardó muy poco en romper su confinamiento. Las
riadas habituales de la cuenca del Guadalquivir y la propia
biología del animal hicieron el resto. En cuestión de meses,
el cangrejo rojo inundó los canales de riego, los arrozales
y los lucios del Parque Nacional de Doñana. Sin depredadores
naturales capaces de frenar su avance y con una capacidad
reproductiva asombrosa —una sola hembra puede poner hasta
500 huevos por puesta—, la especie colonizó el sur peninsular
a velocidad de vértigo.
Cincuenta años después, el balance medioambiental
es devastador. La llegada del invasor transoceánico actuó
como un martillo neumático sobre la biodiversidad autóctona.
El americano era portador sano del hongo Aphanomyces astaci,
causante de la afanomicosis. Esta peste del cangrejo aniquiló
en pocos años las poblaciones del cangrejo de río ibérico
nativo (Austropotamobius pallipes), hoy virtualmente desaparecido
de la cuenca. Al ser una especie omnívora y voraz, desnudó
los fondos de las lagunas, dejando sin alimento ni refugio
a peces e invertebrados locales. Sus galerías subterráneas
desestabilizaron las motas de los arrozales y provocaron pérdidas
constantes de agua en los sistemas de riego.

Paradójicamente, la especie también provocó
un vuelco en la cadena trófica. Aves como la garza real, la
espátula o el amenazado águila imperial adaptaron su dieta
para alimentarse de este crustáceo abundante, convirtiéndose
en una fuente de comida clave durante las épocas de sequía.
A diferencia de otras invasiones biológicas
que solo generan pérdidas, el caso del Guadalquivir tomó un
rumbo insólito. Lo que empezó como un desastre medioambiental
terminó convirtiéndose en el sostén económico de municipios
enteros. Isla Mayor (Sevilla) se transformó en la capital
europea del cangrejo rojo. En la década de los 80 se consolidó
una industria procesadora y de pesca artesanal que hoy exporta
miles de toneladas de este crustáceo a países como Suecia,
Finlandia o Estados Unidos. Para cientos de familias de la
comarca, la plaga es, literalmente, su medio de vida. Este
factor socioeconómico generó un choque legal histórico cuando
en 2016 el Tribunal Supremo incluyó al cangrejo rojo en el
Catálogo de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohibía su
comercialización y posesión viva. La presión social y el riesgo
de colapso económico en la marisma obligaron a modificar la
Ley de Patrimonio Natural para permitir su pesca y procesamiento
bajo estrictas medidas de control sanitario e industrial.
Cincuenta años después de aquel desembarco en
1974, la ciencia coincide en un diagnóstico unánime: el cangrejo
rojo americano nunca desaparecerá del Guadalquivir. La erradicación
es técnicamente imposible. El capricho del aristócrata Andrés
Bores dejó una lección imborrable sobre los peligros de alterar
los ecosistemas. Doñana y la marisma hispalense aprendieron
a convivir con el invasor, transformando la madre de todas
las invasiones en un delicado equilibrio entre el desastre
ecológico y la supervivencia económica.
Hablamos de aciertos ... Y enormes cagadas.
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En el mismo 1974, Roland Lorkowsky, un pescador
de origen alemán, liberó miles de alevines de siluro (Silurus
glanis) en el embalse de Mequinenza con la intención de crear
una especie de trofeo para la pesca deportiva. Hoy, este voraz
gigante centroeuropeo es el dueño y señor de los cauces españoles.
Mientras que algunos ven esta situación como una tragedia
medioambiental, otros aprovechan su presencia en nuestros
ríos para potenciar la pesca deportiva. Por ejemplo, hace
algunos meses, el mismo río Ebro fue escenario de una nueva
marca en la pesca deportiva española. Abel Monreal, Fernando
Equiza, Santiago Ramírez y Óscar Gómara, pescadores navarros,
capturaron un siluro de 2,81 metros de longitud y unos 130
kilos de pes oen un tramo del río a la altura de Buñuel, Navarra.
El siluro no es un pez cualquiera. Se trata del pez de agua
dulce más grande de Europa, capaz de superar los 2,5 metros
de longitud y alcanzar pesos de hasta 200 kilogramos. Su capacidad
de adaptación, su longevidad y su apetito insaciable (se estima
que cada día come el 5% de su peso) lo convierten en un súperdepredador
imparable. A lo largo de estos 50 años, la especie ha colonizado
con éxito el Ebro y se ha expandido progresivamente hacia
otros grandes ríos y embalses de la geografía española. Su
dieta no discrimina: engulle desde otros peces e invertebrados
hasta anfibios, aves acuáticas e incluso pequeños mamíferos
que se aproximan a la orilla. El catedrático de zoología de
la Universidad de Córdoba Carlos Fernández Delgado, considera
su presencia en nuestros ríos como una “bomba de relojería
ecológica”.
El impacto ambiental de esta invasión es devastador.
Los ecosistemas fluviales españoles no estaban evolucionadamente
preparados para albergar a un depredador de semejante magnitud,
lo que ha llevado al borde del colapso a especies autóctonas
emblemáticas, muchas de ellas ya amenazadas por la pérdida
de hábitat y la contaminación. Pese a los esfuerzos de control
y a la normativa que prohíbe su suelta o transporte, la erradicación
del siluro se considera hoy prácticamente imposible debido
a su tamaño, su elevada tasa reproductiva y la complejidad
de los cauces fluviales donde habita. Cinco décadas después
de aquel cubo lleno de alevines, el gran titán de las aguas
dulces sigue consolidando su hegemonía en los ríos de España.

El pasado año pescaron en el Ebro un
siluro "descomunal" de 2,81 metros y unos 130 kilos, "el más
grande de España".
Para capturar el ejemplar, que pescaron utilizando
pellets como cebo. “Era descomunal”, recordó Abel Monreal
Azcona, junto con sus amigos Fernando Equiza, Santiago Ramírez
y Óscar Gómara. Abel reconoció que “fue una pelea dura,
estuvimos mínimo 45 minutos. Y llevamos equipos potentes,
ibamos bien preparados”. Esa misma jornada de pesca, el propio
Abel había sacado previamente otro ejemplar importante, de
2,53 metros. “Hasta ese día, el mayor que habíamos sacado
era de 2,46 metros” dijo sobre esta especie invasora, introducida
de manera ilegal en la desembocadura del río Segre, debajo
de la presa de Mequinenza, en la década de los 70.
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Durante décadas, plantar árboles parecía la
mejor solución para combatir la desertificación en el Sáhara
y el Sahel, muchos proyectos no consiguieron los resultados
esperados. Sin embargo, un experimento protagonizado por 500
tortugas gigantes africanas demostró que restaurar un ecosistema
no siempre pasa por reforestar. Apenas cinco años después
del inicio del proyecto, comenzaron a aparecer zonas verdes
donde antes solo había arena. Los investigadores comprobaron
que estos animales desempeñaban un papel clave en la recuperación
natural del terreno, mejorando el suelo y favoreciendo el
regreso de la vegetación y de numerosas especies.
Durante décadas, distintos programas apostaron
por la plantación masiva de árboles para frenar el avance
de la desertificación en el Sahel, la franja de transición
situada entre el desierto del Sáhara y las sabanas africanas.
Sin embargo, muchos de estos intentos no lograron los resultados
esperados porque las condiciones del terreno dificultaban
enormemente la supervivencia de los árboles jóvenes. Uno de
los principales problemas era el estado del suelo. En numerosas
zonas, la superficie se había endurecido tanto que el agua
de lluvia apenas conseguía infiltrarse. En lugar de ser absorbida
por la tierra, el agua escurría rápidamente o se evaporaba
debido a las altas temperaturas, dejando a las semillas y
a los árboles recién plantados sin la humedad necesaria para
desarrollarse. A ello se sumaban otros factores, como las
escasas precipitaciones, el intenso calor y los elevados costes
de mantenimiento de los programas de reforestación. Sin un
riego constante y unas condiciones favorables durante los
primeros años, gran parte de los árboles terminaban muriendo
antes de consolidarse, reduciendo considerablemente la eficacia
de estas iniciativas.

El Sahel es una vasta zona ecoclimática y biogeográfica
del norte de África que funciona como una franja de transición
entre el desierto del Sáhara al norte y la sabana sudanesa
al sur.
La clave de este experimento no estaba en que
las tortugas plantaran vegetación, sino en el papel que desempeñan
dentro del ecosistema. A medida que se desplazaban por el
terreno, removían ligeramente la superficie y dispersaban
semillas a través de sus excrementos. Este proceso favorecía
que distintas especies vegetales pudieran colonizar áreas
donde antes apenas crecían plantas. Además, la materia orgánica
aportada por sus excrementos mejoraba progresivamente la fertilidad
del suelo. Con el paso del tiempo, la tierra fue reteniendo
mejor la humedad y ofreciendo unas condiciones mucho más favorables
para que germinaran semillas ya presentes en el entorno o
transportadas por las propias tortugas. Cinco años después
del inicio del proyecto, los investigadores observaron la
aparición de zonas verdes en lugares donde anteriormente predominaba
un paisaje prácticamente cubierto de arena. Aunque el experimento
no convirtió el Sáhara en un bosque, sí demostró que recuperar
determinadas funciones ecológicas puede acelerar la regeneración
natural del terreno y complementar otras estrategias de restauración
ambiental.
Una de las características más llamativas de
la tortuga espolada africana (Centrochelys sulcata) es su
capacidad para excavar madrigueras de entre 10 y 15 metros
de profundidad. Estos refugios le permiten escapar de las
temperaturas extremas del Sahel, donde el calor durante el
día puede ser asfixiante y las noches registran un fuerte
descenso de la temperatura. Sin embargo, estas excavaciones
tienen un efecto que va mucho más allá de la supervivencia
del animal. Al romper la costra endurecida que cubre el suelo,
las madrigueras facilitan que el agua de lluvia se infiltre
en profundidad en lugar de escurrirse por la superficie. Como
consecuencia, el terreno retiene la humedad durante más tiempo
y se crean pequeñas zonas con condiciones mucho más favorables
para el crecimiento de la vegetación. Este cambio también
genera un microhábitat donde comienzan a proliferar insectos,
microorganismos y otras formas de vida que apenas podían establecerse
en un suelo completamente seco. A medida que aumenta la actividad
biológica, las semillas encuentran un entorno más adecuado
para germinar y aparecen nuevas plantas que, con el tiempo,
atraen a aves y pequeños vertebrados. El resultado es una
recuperación progresiva de la biodiversidad en áreas que hasta
entonces apenas albergaban vida.

Los resultados obtenidos con las tortugas refuerzan
una idea que cada vez tiene más peso entre los expertos en
restauración ambiental: recuperar un ecosistema no siempre
consiste en plantar más árboles. En muchos casos, restablecer
los procesos naturales que mantienen el equilibrio del terreno
puede ser una estrategia más eficaz, económica y sostenible
a largo plazo. La experiencia demuestra que determinadas especies
animales desempeñan un papel fundamental en la regeneración
del paisaje. Al dispersar semillas, aportar materia orgánica
y modificar el suelo de forma natural, contribuyen a crear
las condiciones necesarias para que la vegetación vuelva a
establecerse sin una intervención humana constante. Este tipo
de iniciativas también pone de manifiesto la importancia de
adaptar las soluciones a las características de cada entorno.
En regiones extremadamente áridas, donde las temperaturas
son muy elevadas y las precipitaciones son escasas, las reforestaciones
tradicionales pueden presentar un porcentaje de éxito muy
reducido si no van acompañadas de medidas que favorezcan la
recuperación del suelo y de los procesos ecológicos.
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Construidos en su día para atravesar campos
de batalla, potencialmente bajo el fuego enemigo, 100 tanques
estadounidenses M60 terminaron en realidad su carrera militar
en un entorno mucho menos hostil: bajo las aguas frente a
las costas de Alabama. La inusual operación tuvo lugar en
1994 en el marco de REEF-EX, un programa concebido después
de que el ejército de EE. UU. comenzara a buscar formas de
desmilitarizar los tanques obsoletos. En lugar de convertir
todos los vehículos en chatarra, las autoridades llegaron
a la conclusión de que, con una preparación adecuada, podrían
servir como base para arrecifes artificiales. Los primeros
seis tanques se hundieron en el Golfo de México el 1 de junio.
En julio les siguieron otros 58, y los 36 finales se desplegaron
en septiembre.
Antes del despliegue, los vehículos se sometieron
a inspecciones en las que participaron la Agencia de Protección
Ambiental, la Guardia Costera y otros organismos federales
y estatales. Se retiraron aceites, combustible, fluidos hidráulicos,
munición, componentes radiactivos y otros materiales potencialmente
peligrosos. Los tanques limpios se ubicaron después en las
zonas de arrecifes artificiales Hugh Swingle y Don Kelley
North, a profundidades de entre 20 y 33 metros. Esa ubicación
no fue casual. Gran parte del fondo marino natural frente
a Alabama consta de arena o lodo relativamente planos, lo
que ofrece un refugio limitado para los animales de arrecife.
El casco, las aberturas y las partes elevadas de un tanque
aportan la estructura vertical que de otro modo faltaría.
Los organismos marinos van colonizando gradualmente el metal
expuesto. Esponjas, corales y otras especies incrustantes
se adhieren a la superficie, mientras que cangrejos, gusanos,
erizos de mar y peces pequeños ocupan los huecos disponibles.
Esos animales atraen a depredadores más grandes, lo que permite
que se desarrolle una red trófica más compleja alrededor de
la estructura. Los arrecifes artificiales frente a las costas
de Alabama albergan especies como el pargo rojo, el pez limón,
el ballesta gris y el pargo cunaro. Según el estado, este
hábitat adicional ha ayudado a incrementar la biomasa de peces
de arrecife, al tiempo que ha creado zonas idóneas para la
pesca y el buceo. En un principio se calculó que los tanques
tendrían una vida útil como arrecife de unos 50 años.


En Nueva York, miles de inodoros que estaban
destinados a convertirse en residuos terminaron debajo del
océano. La ciudad recicló la porcelana de antiguos sanitarios
retirados de escuelas públicas y la utilizó para construir
un arrecife artificial en Jamaica Bay. El objetivo ambicioso
de la ciudad era reducir la basura para crear una superficie
bajo el mar donde pudieran crecer ostras y ayudar a recuperar
un ecosistema que alguna vez fue abundante. El proyecto comenzó
cuando el Departamento de Protección Ambiental de Nueva York
(DEP) empezó a reemplazar sanitarios antiguos por modelos
de bajo consumo en las escuelas públicas. En lugar de enviar
la porcelana a un vertedero, la ciudad buscó una forma de
reutilizarla en el océano. Entre julio de 2015 y marzo de
2016, el DEP registró unas 6.500 instalaciones sanitarias
recicladas, que fueron trituradas y procesadas. El material
ocupó unos 125 metros cúbicos y posteriormente fue trasladado
en barcaza hasta Jamaica Bay. La idea era aprovechar una superficie
dura que normalmente terminaría como residuo y convertirla
en la base de un arrecife bajo el mar. La porcelana triturada
se mezcló con conchas de ostras y almejas para crear lo que
se conoce como un receiver reef, una estructura diseñada para
que las ostras jóvenes puedan asentarse y crecer. Los resultados
para el año 2026 maravillan.

Varsovia (Polonia) utiliza mejillones y almejas
de agua dulce como un sistema biohíbrido de alerta temprana
para supervisar la seguridad de su agua potable. En Alicante
(España), el proyecto Reviuramar colocó miles de ostras del
Pacífico en la bahía de San Gabriel para purificar las aguas
afectadas por vertidos y la actividad portuaria. En Nueva
York (EE. UU.), el Billion Oyster Project introduce millones
de ostras en el puerto para limpiar las aguas de la bahía
y recuperar los arrecifes naturales perdidos.
Porque estos moluscos cumplen una función ecológica
mucho mayor que la de producir alimento. Una ostra adulta
puede filtrar decenas de galones de agua por día, mientras
que los arrecifes ofrecen refugio y superficie para otros
organismos marinos. Además, las estructuras de arrecife ayudan
a reducir la energía de las olas del mar y pueden contribuir
a proteger humedales costeros. Jamaica Bay es un lugar especialmente
importante para este tipo de restauración. La bahía ocupa
aproximadamente 16.000 acres de aguas superficiales, además
de unas 3.000 acres de islas y marismas, y alberga una gran
variedad de ambientes costeros. Históricamente, sus aguas
también tuvieron importantes poblaciones de ostras, cuyos
arrecifes funcionaban como hábitat y ayudaban a filtrar el
agua, pero debido al cambio climático su plobación había descendido.
La ciudad comenzó a experimentar con la recuperación de ostras
en Jamaica Bay antes de incorporar la porcelana reciclada.
En 2010 colocó 10.000 ostras y estructuras de arrecife para
estudiar su crecimiento, supervivencia, reproducción y posibles
beneficios ambientales. En 2016, otro proyecto contempló la
instalación de 50.000 ostras sobre arrecifes construidos,
entre otros materiales, con porcelana procedente de sanitarios
reciclados.
A veces, echar cosas al mar no es buena idea
...
A lo largo de los años, las políticas orientadas
al cuidado del ambiente y a la lucha contra el cambio climático
han cobrado cada vez más fuerza. Sin embargo, aunque muchas
de estas iniciativas buscan proteger los océanos, no todas
han dado los resultados esperados. Uno de los ejemplos más
emblemáticos ocurrió en medio del océano. Se trata de una
política implementada en la década de 1970 que, pese a haber
sido concebida como una solución ambiental, terminó convirtiéndose
en un problema con el que las autoridades aún lidian en 2026.
Este histórico error ecológico se conoce como el Arrecife
Osborne, un proyecto desarrollado hace más de 50 años en el
que se arrojaron cerca de dos millones de neumáticos frente
a la costa de Fort Lauderdale, en Florida, con el objetivo
de crear un gran arrecife artificial en medio del océano.
La iniciativa fue impulsada por la empresa Broward
Artificial Reef Inc., que propuso utilizar los neumáticos
para ampliar un arrecife de hormigón ya existente. Sus promotores
sostenían que los corales colonizarían la superficie de caucho
y que, con el tiempo, se formaría un nuevo hábitat en medio
del mar. Convencido por esta idea, el gobierno de Estados
Unidos decidió respaldar el proyecto.

Más de dos millones de llantas al mar para fijar
corales a ellos y propiciar vida marina, sin embargo, no funcionó
y en 2007 el Departamento de Control Ambiental de los Estados
Unidos inició con la limpieza que durará cerca de 20 años
para retirar todas las llantas.
Para construir el arrecife, los cerca de dos
millones de neumáticos fueron agrupados en bloques de tres
o cuatro unidades. Cada conjunto se aseguró con bandas de
nailon y clips de acero galvanizado. Sin embargo, las llantas
no fueron rellenadas con hormigón, por lo que permanecieron
llenas de aire y agua, lo que las hacía relativamente ligeras
bajo el mar. El problema apareció pocos años después. El agua
salada corroyó por completo los clips de acero, mientras que
el movimiento constante de las olas del mar desgastó y terminó
cortando las bandas de nailon al rozar contra el caucho. Como
consecuencia, la estructura se desintegró y millones de neumáticos
quedaron dispersos por el fondo del océano, dañando los arrecifes
naturales y afectando a numerosas especies. En 2026, más de
cinco décadas después del inicio del proyecto, el problema
sigue sin resolverse. Según estimaciones de la organización
4ocean, todavía permanecen más de 500.000 neumáticos en el
fondo marino. Para acelerar las tareas de limpieza, los equipos
de restauración ecológica incorporan drones submarinos y sistemas
de mapeo aéreo, tecnologías que permiten localizar con mayor
precisión las llantas dispersas dentro de los planes coordinados
por el Departamento de Protección Ambiental de Florida (DEP).
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12.000 toneladas de cáscaras de naranja convirtieron
un terreno estéril en un bosque tropical en Costa Rica. ¿Cómo?
Una investigación titulada “Orange peels as an organic amendment
for tropical forest restoration”, desarrolla como en el Área
de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica,
una zona de bosque tropical seco degradada por décadas de
actividad ganadera. La idea se puso en marcha entre 1997 y
1998. Los investigadores regresaron unos 16 años después para
comprobar los resultados y publicaron el estudio en 2017.
¿A quién se le ocurrió? A los ecólogos Daniel Janzen y Winnie
Hallwachs, dos de los científicos más reconocidos de Costa
Rica en materia de conservación tropical. Trabajaban desde
hacía años en Guanacaste y observaron que la empresa de zumos
Del Oro generaba enormes cantidades de residuos de naranja.
Entonces plantearon un acuerdo innovador: la empresa donaría
terreno forestal al parque y el parque aceptaría las cáscaras
y pulpa de naranja para que se degradaran de forma natural.
Para ello, vertieron unas 12.000 toneladas métricas, transportadas
en cerca de 1.000 camiones. Las cáscaras cubrieron unas tres
hectáreas de terreno prácticamente estéril. En pocos meses
comenzaron a descomponerse y a transformarse en un suelo negro
muy rico en nutrientes. Cuando los investigadores volvieron
más de una década después, encontraron algo sorprendente.
Mucha más cobertura vegetal. Más variedad de árboles. Mayor
fertilidad del suelo. Un aumento del 176% de la biomasa forestal
respecto a la zona de control.

Los doctores Winnie Hallwachs y Dan Janzen.
La idea convirtió un residuo agrícola que normalmente
supone un coste para la industria en una herramienta de restauración
ecológica. Según los investigadores, se recuperó bosque tropical
degradado, se mejoró el suelo, se favoreció la captura de
carbono, y se hizo con un coste muy bajo.
El proyecto se paralizó porque una empresa rival,
TicoFruit, denunció el vertido alegando que se estaba dañando
un parque nacional. El experimento quedó olvidado durante
años hasta que los científicos regresaron y descubrieron que
el antiguo pastizal se había transformado en un bosque exuberante.
Sin dejar Costa Rica, año 2018, dos investigadores
deciden hacer algo bastante poco intuitivo con un antiguo
pastizal ganadero del sur de Costa Rica: cubrirlo con unos
30 camiones cargados de pulpa de café. No plantaron miles
de árboles ni removieron el terreno con maquinaria. Simplemente
extendieron sobre una parcela degradada una capa de aproximadamente
medio metro de aquel residuo húmedo y maloliente de la industria
cafetera, mientras dejaban otra parcela contigua exactamente
como estaba. Al parecer, el terreno llevaba años explotándose
para cultivar café o alimentar ganado antes de ser abandonado
a su suerte, pero dejar de utilizarlo no significó que el
bosque tropical regresara. El lugar había quedado dominado
por gramíneas invasoras, especialmente una especie africana
utilizada como pasto capaz de alcanzar unos cinco metros de
altura. Así, sin animales que la mantuvieran a raya, esta
especie formaba una barrera extraordinariamente eficaz contra
la regeneración, una que competía por la luz y los nutrientes
e impedía que las semillas de árboles nativos consiguieran
establecerse. Dicho de otra forma, el bosque (ahora páramo)
podía necesitar fácilmente décadas para recuperar el espacio
por sí solo.
Porque la clave del experimento no consistía
simplemente en echar abono. Los ecólogos Rebecca Cole y Rakan
Zahawi, investigadores vinculados a la Universidad de Hawái
en Manoa, extendieron una capa extraordinariamente gruesa
de pulpa durante la estación seca. Al descomponerse, aquella
masa rica en carbohidratos y proteínas generó calor y dejó
las gramíneas enterradas sin luz ni aire: según Zahawi, las
raíces y rizomas acabaron prácticamente "cocinándose" bajo
ella. Después ocurrió la segunda parte del proceso. Los restos
de las hierbas se mezclaron con la pulpa en descomposición
y el suelo aumentó su contenido en carbono, nitrógeno y fósforo,
creando unas condiciones radicalmente distintas para las plantas
que llegaran después.
Una vez eliminada la barrera de hierba invasora,
los investigadores no necesitaron plantar el nuevo bosque
árbol por árbol. El viento y los animales llevaron semillas
desde la vegetación cercana, mientras insectos y aves empezaron
a frecuentar el terreno. Al cabo de dos años, no podían creer
lo que veían. La densidad de tallos leñosos era unas 20 veces
mayor que en la parcela de control, el área basal leñosa unas
30 veces superior y la altura media del dosel se había multiplicado
aproximadamente por cuatro. De hecho, algunos árboles jóvenes
rondaban ya los 4,5 metros. Cole había pensado inicialmente
que el experimento quizá solo produciría una zona de hierba
algo más verde, pero lo que encontró fueron los primeros pasos
de una nueva selva tropical.

La idea tiene además una segunda parte: la materia
utilizada para conseguirlo era un problema en sí misma. El
grano que termina en una taza es la semilla de la cereza del
café, y durante su procesamiento hay que retirar piel, pulpa
y otras partes del fruto. Hasta aproximadamente la mitad del
peso cosechado puede terminar como subproducto en las plantas
de procesamiento, donde gestionarlo y compostarlo cuesta dinero.
Los investigadores obtuvieron gratuitamente la pulpa y prácticamente
su principal gasto consistió en contratar los camiones para
transportarla. Convertir un residuo agrícola abundante en
una herramienta para recuperar tierras degradadas planteaba
así una especie de intercambio perfecto: menos residuos para
los productores y una regeneración potencialmente mucho más
rápida para el bosque. ué duda cabe, el resultado fue espectacular,
pero los propios investigadores insisten en que aquel experimento,
aunque asombroso, era pequeño y no demuestra que la receta
pueda repetirse sin más en cualquier lugar. Una acumulación
semejante de pulpa huele, atrae insectos y contiene grandes
cantidades de nutrientes que podrían contaminar ríos y lagos
si alcanzasen el agua. No solo eso, también importa aplicarla
en terrenos adecuados y durante una estación seca que permita
que la capa actúe sobre las gramíneas.
De hecho, en otros ecosistemas podría incluso
favorecer plantas invasoras en lugar de especies autóctonas.
Quizás por ello, lo extraordinario del experimento en Costa
Rica no fue tanto descubrir un fertilizante milagroso, sino
comprobar hasta qué punto puede cambiar un paisaje cuando
se elimina el obstáculo que impedía recuperarse: en 2018 descargaron
30 camiones de residuos de café sobre un pastizal degradado
y, apenas dos años después, aquel terreno abierto estaba cubierto
en más de un 80% por las copas de un bosque que había empezado
a reconstruirse prácticamente solo. En la parcela sin café,
la cobertura apenas alcanzaba el 20%.
En 1988, el agricultor inglés Hugh White tomó
una decisión que acabaría cambiando por completo el futuro
de sus tierras: dejó de cultivar trigo en Strawberry Hill,
una finca de 152 hectáreas situada en Bedfordshire, Inglaterra.
Lo que entonces eran campos agrícolas comenzó a transformarse
con el paso de los años hasta convertirse en un espacio de
gran valor para la fauna. Sin cultivos ni el trabajo constante
de la maquinaria agrícola, la vegetación fue recuperando terreno.
Praderas, matorrales y árboles jóvenes fueron ocupando poco
a poco la finca y creando nuevos hábitats para distintas especies.
Casi cuatro décadas después, Strawberry Hill alberga una importante
población de ruiseñores, además de tórtolas, currucas, pequeños
mamíferos, insectos y hasta 11 especies de murciélagos.
Cuando dejaron de ararse y cultivarse los terrenos,
la vegetación comenzó a ocupar progresivamente el espacio
que antes estaba destinado a la agricultura. Las antiguas
parcelas de cultivo dieron paso a una combinación de praderas,
matorrales y zonas con árboles jóvenes. Este proceso permitió
crear un mosaico de hábitats muy diferente al que ofrecían
los campos agrícolas. En lugar de una superficie dominada
por un único cultivo, el terreno pasó a contar con distintos
ambientes en los que podían instalarse especies con necesidades
muy diferentes. El cambio fue especialmente importante para
las aves. Los registros realizados en Strawberry Hill señalan
la presencia de ruiseñores, tórtolas, currucas y otras especies,
además de numerosos insectos y pequeños mamíferos. Uno de
los datos más llamativos tiene que ver precisamente con los
ruiseñores. Según los estudios y observaciones realizados
en la zona, una proporción muy significativa de los ejemplares
reproductores de Bedfordshire se concentra en estas tierras.
El terreno también se ha convertido en un espacio interesante
para los murciélagos. Se han identificado 11 especies diferentes,
junto a una amplia variedad de flores silvestres.

La transformación de Strawberry Hill no fue
inmediata. La recuperación ecológica se produjo durante décadas,
a medida que la vegetación se desarrollaba y los animales
encontraban nuevas condiciones para establecerse. El resultado
demuestra cómo un terreno agrícola puede experimentar una
profunda transformación cuando cambia su uso. Las praderas
proporcionan alimento y zonas abiertas, mientras que los arbustos
y los árboles jóvenes ofrecen lugares donde diferentes especies
pueden refugiarse o reproducirse. En este caso, además, la
extensión de la finca permitió que el proceso tuviera una
dimensión considerable. 152 hectáreas equivalen a una superficie
suficientemente grande como para que se desarrollen distintos
tipos de hábitat y para que la fauna disponga de zonas conectadas
entre sí. La historia de Strawberry Hill también pone el foco
en una cuestión cada vez más relevante: qué ocurre con los
terrenos agrícolas cuando dejan de utilizarse de forma intensiva.
El abandono por sí solo no garantiza que cualquier espacio
se convierta automáticamente en un ecosistema de alto valor,
pero determinadas condiciones pueden favorecer una recuperación
natural de la vegetación y de la fauna. En esta finca inglesa,
el paso del tiempo permitió precisamente que surgiera un entorno
con un notable interés para la conservación.
Después de la muerte de Hugh White y de su esposa,
sus hijos se enfrentaron a una decisión importante: qué hacer
con unas tierras que habían cambiado radicalmente desde que
dejaron de cultivarse. La familia optó por mantener el terreno
en su estado natural y evitar que Strawberry Hill regresara
al modelo de agricultura intensiva. De esta manera, el paisaje
que se había desarrollado durante décadas podía seguir ofreciendo
un espacio para la fauna. La decisión permitió conservar el
resultado de un proceso iniciado en 1988. Durante los siguientes
38 años, las tierras habían pasado de ser una explotación
agrícola a convertirse en un lugar de especial interés para
la biodiversidad local. Pero mantener una superficie de estas
dimensiones también requiere recursos. Por eso, la conservación
definitiva del terreno acabó vinculándose a una campaña impulsada
por Wildlife Trust for Bedfordshire, Cambridgeshire and Northamptonshire,
una organización dedicada a la protección de la naturaleza
en la región.

La organización puso en marcha una campaña para
recaudar 1,5 millones de libras con los que garantizar la
protección de las partes de Strawberry Hill que todavía no
estaban aseguradas. La respuesta ciudadana permitió reunir
una parte importante de esa cantidad. Más de 3.800 personas
realizaron donaciones que sumaron alrededor de 500.000 libras,
mientras que el resto del dinero procedió de diferentes fondos,
organizaciones y una aportación privada de gran importancia.
Con la financiación reunida, el Wildlife Trust pudo adquirir
definitivamente el terreno y asegurar su conservación como
reserva natural. De esta forma, la historia de Strawberry
Hill terminó dando un giro inesperado. Lo que comenzó en 1988
como la decisión de un agricultor de dejar de cultivar trigo
acabó convirtiéndose en un proyecto de conservación de la
naturaleza casi cuatro décadas después. La finca es ahora
un ejemplo de cómo el cambio en el uso de un territorio puede
favorecer la recuperación de determinados hábitats y crear
nuevas oportunidades para la fauna. Ruiseñores, murciélagos,
insectos, pequeños mamíferos y plantas silvestres han encontrado
en estas antiguas tierras agrícolas un espacio donde desarrollarse.
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La Reserva Dimbangombe, se encuentra en las
cercanías de las Cataratas Victoria en Zimbabue. El área de
demostración tiene unas 3.200 hectáreas y desde 1992 funciona
como uno de los principales sitios donde se aplica el manejo
holístico del ganado. Aquí un río clave se enfrentaba a la
degradación de su cuenca. Sin embargo, el manejo del ganado
comenzó a cambiar la forma en que el terreno retenía el agua.
Las vacas fueron utilizadas dentro de un sistema de pastoreo
planificado que busca reproducir algunos de los patrones de
movimiento de los grandes herbívoros africanos. Allan Savory
es un ecologista, ganadero y consultor zimbabuense, conocido
principalmente por desarrollar y promover el concepto de manejo
holístico de tierras y ganado. Consideraba que el ganado puede
utilizarse como una herramienta para recuperar determinados
ecosistemas degradados, si los animales se concentran y se
trasladan siguiendo un plan de pastoreo.
En lugar de mantener a las vacas pastando continuamente
en el mismo lugar, el método busca imitar el comportamiento
de grandes manadas de herbívoros salvajes. Muchos animales
juntos durante períodos relativamente cortos, seguidos por
períodos de descanso del terreno. Cuando Savory adquirió la
propiedad, Dimbangombe tenía alrededor de 100 vacas, pero
el terreno estaba deteriorado y se realizaban quemas frecuentes.
Durante los años posteriores, el ganado se concentraba principalmente
en las zonas con mejores suelos aluviales, lo que agravaba
el deterioro. El cambio comenzó a tomar forma cuando, entre
1998 y 1999, se reintrodujeron unas 70 vacas con el objetivo
de demostrar que un manejo diferente del ganado podía ayudar
a recuperar el terreno. Para 2009, el rodeo había superado
las 300 cabezas. Luego se incorporaron cabras en 2006 y ovejas
en 2009.

La Reserva Dimbangombe en Zimbabue implementa
pastoreo planificado desde 1992 para recuperar cuencas degradadas.
Disminuyó el suelo desnudo un 31% y aumentó la vegetación,
mejorando la retención de agua. El río Dimbangombe ahora retiene
agua por más tiempo en la estación seca y muestra más pozas
permanentes.
Funciona porque las vacas no permanecen siempre
en el mismo lugar. Se concentran durante períodos cortos y
después se trasladan, dejando que el terreno descanse. Su
pisoteo, estiércol y restos vegetales ayudan a cubrir y enriquecer
el suelo. Con más vegetación y menos suelo desnudo, el agua
de lluvia se infiltra mejor, se reduce la erosión y el terreno
conserva humedad durante más tiempo. La idea es imitar el
movimiento de las grandes manadas de herbívoros africanos,
como búfalos o cebras. Durante ese período, el suelo desnudo
disminuyó un 31%, mientras que la cobertura de hojarasca y
material vegetal aumentó un 56%. También se registró un incremento
del 12% en las plantas perennes, una disminución del 21% en
las gramíneas anuales consideradas menos deseables y una reducción
del 17% en el movimiento del suelo. El monitoreo realizado
en los 9 sitios de la reserva permitió observar así un cambio
concreto en el paisaje. El río Dimbangombe también mostró
señales de recuperación. Comenzó a mantener agua durante más
tiempo durante la estación seca en años de precipitaciones
promedio y aumentó la presencia de pozas permanentes.

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En el año 2001, tras décadas de investigación
y pruebas de laboratorio, el Departamento de Agricultura de
Estados Unidos (USDA) aprobó la liberación controlada del
escarabajo de la hoja del tamarisco (Diorhabda spp.). El objetivo
era noble y urgente. El enemigo a batir era el tamarisco (o
taray), un árbol originario de Eurasia introducido en Norteamérica
en el siglo XIX como planta ornamental y para frenar la erosión.
El tamarisco resultó ser un colono implacable: se extendió
por millones de hectáreas de riberas de ríos en el árido Oeste,
consumiendo ingentes cantidades de agua, salinizando el suelo
para impedir que crecieran plantas nativas y aumentando el
riesgo de incendios. Era una plaga verde que parecía imparable
con métodos químicos o mecánicos. Entran en escena los científicos
del USDA. Tras buscar por todo el mundo a los enemigos naturales
del tamarisco, identificaron a este pequeño escarabajo de
la familia Chrysomelidae. Las pruebas de cuarentena fueron
rigurosas: los insectos demostraron ser especialistas extremos.
Se alimentaban y reproducían exclusivamente en el tamarisco.
No tocaban los sauces, ni los álamos, ni los cultivos. La
liberación en 2001 fue recibida con optimismo. Era un control
biológico clásico: introducir un depredador para equilibrar
una plaga sin usar pesticidas. Y en muchos aspectos, el éxito
fue visualmente espectacular. En pocos años, millones de escarabajos
se extendieron por Nevada, Utah, Colorado y otros estados,
defoliando masivamente miles de hectáreas de tamariscos. Los
árboles marrones y secos se convirtieron en una estampa habitual
a lo largo de corredores fluviales.

Cincuenta años antes, la historia habría acabado
aquí, como un éxito de la gestión ambiental. Pero el ecosistema
del Oeste ya no era el mismo. Había cambiado su dinámica.
Mientras los tamariscos invadían las orillas, una especie
de ave nativa, el atrapamoscas de sauce suroccidental (Empidonax
traillii extimus), veía cómo su hábitat tradicional —los densos
bosques de sauces y álamos— desaparecía debido a la regulación
de los ríos, la agricultura y la propia competencia del tamarisco.
Acorralada, el ave hizo algo extraordinario: se adaptó. Empezó
a usar el tamarisco para anidar. Para finales del siglo XX,
grandes poblaciones de esta subespecie, ya catalogada en peligro
federal de extinción, dependían casi exclusivamente de los
densos matorrales del invasor para sobrevivir durante la época
de cría. Aquí es donde el plan perfecto se desmoronó. Los
científicos del USDA sabían que el ave usaba el tamarisco,
pero sus modelos y pruebas de laboratorio indicaron que los
escarabajos no se propagarían hacia el sur, hacia las zonas
de anidación críticas del ave en Arizona, Nuevo México y el
sur de California, debido a un desajuste en el fotoperiodo
(las horas de luz que activan su ciclo reproductivo). Estaban
equivocados. Los escarabajos mostraron una sorprendente plasticidad
genética y se adaptaron rápidamente al clima del sur. En cuestión
de una década, los insectos llegaron a las zonas críticas
de anidación del atrapamoscas.
La tragedia no fue que los escarabajos comieran
sauces o álamos (no lo hacen). Fue que arrasaron la especie
equivocada de tamarisco en el momento equivocado. Los escarabajos
no matan al árbol de inmediato; solo lo defolian, a veces
varias veces por temporada. Pero si la defoliación ocurre
durante la primavera y principios del verano, coincidiendo
exactamente con la temporada de anidación del atrapamoscas,
las consecuencias son catastróficas para el ave: se desata
la exposición al calor, sus nidos quedan expuestos a la vista
de los depredadores y el nuevo hábitat defoliado soporta menos
insectos, la comida base del atrapamoscas. En ríos como el
Virgin (Nevada) o el bajo Colorado, se ha documentado la pérdida
de hasta el 94% del hábitat de anidación del atrapamoscas
debido a la actividad del escarabajo. Un dilema sin solución
sencilla tras 25 años Hoy, el programa de liberación del escarabajo
está suspendido federalmente en las zonas de anidación críticas,
pero el insecto sigue extendiéndose y adaptándose por su cuenta.
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A finales del siglo XX, China se enfrentó a
un enemigo implacable y silencioso: la expansión del desierto
del Gobi. Año tras año, las dunas avanzaban sobre tierras
agrícolas, reduciendo la superficie cultivable y provocando
enormes tormentas de arena que llegaban hasta Pekín. Esta
situación se convirtió en un grave problema ambiental, económico
y social, lo que llevó al Gobierno a poner en marcha en 1978
uno de los proyectos ecológicos más ambiciosos de la historia.
La Gran Muralla Verde, como se le llamó, tenía un objetivo
monumental: crear un inmenso cinturón forestal de unos 4800
kilómetros de longitud para proteger el norte del país mediante
la plantación de millones de árboles a lo largo de varias
décadas. El plan continúa en marcha y aún faltan unos 24 años
para su finalización prevista.
Tras casi medio siglo, este experimento ha proporcionado
una gran cantidad de datos sobre cómo responden los ecosistemas
a la reconstrucción humana a gran escala. Un estudio reciente
de la Universidad de Pekín, basado en imágenes por satélite,
reveló que los bosques plantados desarrollan su masa foliar,
la superficie cubierta por hojas vista desde el espacio, un
66 % más rápido que los bosques naturales.
Este rápido crecimiento demuestra el potencial
transformador de la reforestación en un corto periodo de tiempo.
Sin embargo, los científicos descubrieron que este impulso
tiene un límite: cuando las plantaciones alcanzan entre 30
y 40 años, su crecimiento se ralentiza. En cambio, los bosques
naturales crecen a un ritmo más lento, pero mantienen este
ritmo durante periodos mucho más largos, lo que les permite
almacenar carbono de forma más estable y ofrecer mayores beneficios
ecológicos a largo plazo. La experiencia también ha demostrado
que plantar árboles, por sí solo, no es suficiente para detener
la desertificación. El éxito del proyecto se debe en gran
medida al esfuerzo continuo de mantenimiento, riego y gestión
que ha acompañado a las plantaciones durante décadas. Este
conocimiento no se obtuvo de inmediato, sino que fue el resultado
de numerosos errores que obligaron a modificar la estrategia
repetidamente.

Algunos de estos fracasos fueron particularmente
costosos. Por ejemplo, en la región de Ningxia, en 1991, fue
necesario talar y quemar aproximadamente 24 millones de árboles
después de que las especies seleccionadas favorecieran una
grave plaga. En Jingbian, ocurrió algo similar: apenas dos
décadas después del inicio de las plantaciones, casi el 70
% de los álamos utilizados por el programa habían desaparecido.
Además, su elevado consumo de agua agravó la escasez hídrica
de la zona, acelerando precisamente el proceso de desertificación
que se pretendía combatir.
A pesar de los avances, la lucha está lejos
de haber terminado. Las tormentas de arena siguen afectando
periódicamente a Pekín, recordándonos que controlar procesos
naturales de esta magnitud es una tarea extremadamente compleja.
Aunque el desierto ha reducido ligeramente su superficie,
del 27,33 % al 26,8 % del territorio chino en apenas una década,
esta cifra es menos impresionante que hablar de decenas de
miles de millones de árboles plantados. Sin embargo, la lección
más valiosa que deja la Gran Muralla Verde es que la restauración
de un ecosistema no depende únicamente de plantar árboles,
sino de comprender cómo funciona la naturaleza y adaptarse
a ella durante generaciones.

La Gran Muralla Verde de África es un ambicioso
proyecto ecológico y de desarrollo rural liderado por la Unión
Africana que busca frenar la desertificación y restaurar tierras
degradadas a lo largo del Sahel.
Pásate por Destacado >> Agosto
2020.
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En la década de 1870, los propietarios de plantaciones
de caña de azúcar del Caribe tenían un problema aparentemente
sencillo: las ratas devoraban y dañaban sus cultivos. La solución
fue importar desde India a un pequeño depredador que parecía
perfecto para el trabajo, la mangosta india. Puerto Rico fue
uno de los lugares donde se introdujo. Un siglo y medio después,
la industria azucarera que debía proteger prácticamente ha
desaparecido de la isla, pero las mangostas siguen allí. Y
se convirtieron en una especie invasora.
La caña de azúcar llegó a ocupar un lugar central
en la economía puertorriqueña y las ratas constituían una
importante plaga para las plantaciones. Durante el siglo XIX,
propietarios de plantaciones del Caribe comenzaron a importar
pequeñas mangostas indias para utilizarlas como una forma
primitiva de control biológico: en lugar de combatir las ratas
directamente, introducirían un depredador que hiciera el trabajo.
Puerto Rico adoptó aquella estrategia en la década de 1870.
Sobre el papel tenía lógica; en el ecosistema real, el experimento
salió de una forma muy diferente. Las mangostas se extendieron
con rapidez, pero nunca resolvieron del todo el problema que
había justificado su llegada. Una de las explicaciones resulta
casi absurda vista siglo y medio después: las mangostas son
fundamentalmente diurnas, mientras que las ratas de los cañaverales
son principalmente nocturnas. Depredador y presa podían compartir
territorio sin coincidir durante buena parte de sus periodos
de actividad. Las ratas continuaron siendo una plaga y Puerto
Rico se quedó, además, con una nueva especie perfectamente
capaz de sobrevivir por su cuenta.
La mangosta encontró alternativas con facilidad.
Aves, reptiles, anfibios y otros pequeños animales que habían
evolucionado sin enfrentarse a aquel depredador pasaron a
formar parte de su dieta, un patrón que se repitió en numerosas
islas caribeñas donde había sido introducida. Lo que había
llegado como herramienta agrícola terminó considerado una
especie invasora y una amenaza para la fauna nativa. Era el
primer gran efecto bumerán de aquella decisión del siglo XIX,
pero no sería el último.

Ocho décadas después de la introducción llegó
la consecuencia sanitaria. En 1950 se produjo en Puerto Rico
el primer gran brote de rabia confirmado en laboratorio entre
estas mangostas, y con las décadas el virus se asentó en la
población. Los animales acabaron convirtiéndose en el principal
reservorio de rabia de la fauna terrestre de la isla y han
llegado a representar más del 70% de los casos animales notificados,
y el CDC situó históricamente esa proporción cerca del 75%.
Una especie importada para proteger los campos de azúcar se
había transformado en el animal que mantiene circulando una
de las enfermedades más letales de Puerto Rico. La magnitud
exacta es difícil de medir porque detectar anticuerpos no
significa que un animal tenga rabia activa, pero los estudios
muestran una exposición considerable. Una investigación encontró
anticuerpos neutralizantes contra el virus en aproximadamente
el 39% de las mangostas analizadas.
Estudios posteriores en más lugares obtuvieron
porcentajes menores, alrededor del 17%, demostrando que la
exposición varía mucho según el hábitat y la zona. El problema
tampoco queda encerrado entre animales: los investigadores
calculaban una media de unos 280 puertorriqueños mordidos
por mangostas cada año.
Un hombre de 54 años del sureste de Puerto Rico
fue mordido por una mangosta mientras atendía un gallinero
y no buscó tratamiento médico. Semanas después comenzó a sufrir
fiebre, dificultad para tragar, parestesias y otros síntomas.
Regresó al hospital cuando su estado empeoró y murió poco
después de sufrir una parada cardiaca. Los análisis realizados
tras su muerte confirmaron rabia y vincularon el virus con
la variante caribeña asociada a las mangostas. Fue la primera
muerte documentada en Puerto Rico provocada directamente por
la mordedura de una mangosta y el primer caso de este tipo
registrado en Estados Unidos o sus territorios.
El problema ha cerrado un círculo peculiar.
Investigadores estadounidenses llevan años estudiando densidades
de población, movimientos y cebos con los que algún día podría
desplegarse una vacunación oral contra la rabia similar a
la utilizada con otros animales en Estados Unidos. Los ensayos
llegaron incluso a probar distintos sabores y descubrieron
que las mangostas preferían los cebos de queso a los de coco
o pescado. El objetivo actual ya no es conseguir que estos
animales controlen una plaga, sino encontrar una forma de
controlar las consecuencias que dejó su propia introducción.
Puerto Rico ya no es la potencia azucarera que
era cuando alguien decidió que importar un depredador asiático
podía solucionar el problema de las ratas. Las plantaciones
retrocedieron, pero las mangostas colonizaron la isla, atacaron
fauna nativa y encontraron en Puerto Rico un lugar donde permanecer
generación tras generación. Unos 150 años después, siguen
obligando a científicos y autoridades sanitarias a dedicar
recursos a vigilar mordeduras, estudiar la transmisión del
virus y buscar formas de vacunarlas. La solución concebida
para una plaga agrícola del siglo XIX terminó sobreviviendo
al problema que pretendía resolver y creando otro que Puerto
Rico todavía intenta solucionar.
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