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24 - Agosto - 2026
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En la primavera de 1974, la marisma del Guadalquivir era un ecosistema en equilibrio. Nadie en la Puebla del Río ni en Isla Mayor podía imaginar que el gesto de un solo hombre iba a transformar para siempre la geografía, la fauna y la economía de Andalucía. Aquel año, el aristócrata y ganadero Andrés Bores Saavedra decidió importar legalmente dos toneladas de Procambarus clarkii —conocido popularmente como cangrejo rojo americano— desde Luisiana (Estados Unidos). ¿El objetivo? Una idea de negocio aparentemente brillante: introducir una especie de rápido crecimiento para dinamizar la economía de la zona y ofrecer una alternativa gastronómica. Lo que Bores concibió como una granja controlada terminó convirtiéndose, cinco décadas después, en la invasión biológica más destructiva e irreversible de la historia de España. Los primeros ejemplares se alojaron en instalaciones en La Puebla del Río. Sin embargo, el cangrejo rojo no es una especie cualquiera. Capaz de caminar fuera del agua, cavar galerías de más de un metro de profundidad y resistir condiciones extremas de sequía y falta de oxígeno, el crustáceo tardó muy poco en romper su confinamiento. Las riadas habituales de la cuenca del Guadalquivir y la propia biología del animal hicieron el resto. En cuestión de meses, el cangrejo rojo inundó los canales de riego, los arrozales y los lucios del Parque Nacional de Doñana. Sin depredadores naturales capaces de frenar su avance y con una capacidad reproductiva asombrosa —una sola hembra puede poner hasta 500 huevos por puesta—, la especie colonizó el sur peninsular a velocidad de vértigo.

Cincuenta años después, el balance medioambiental es devastador. La llegada del invasor transoceánico actuó como un martillo neumático sobre la biodiversidad autóctona. El americano era portador sano del hongo Aphanomyces astaci, causante de la afanomicosis. Esta peste del cangrejo aniquiló en pocos años las poblaciones del cangrejo de río ibérico nativo (Austropotamobius pallipes), hoy virtualmente desaparecido de la cuenca. Al ser una especie omnívora y voraz, desnudó los fondos de las lagunas, dejando sin alimento ni refugio a peces e invertebrados locales. Sus galerías subterráneas desestabilizaron las motas de los arrozales y provocaron pérdidas constantes de agua en los sistemas de riego.

Paradójicamente, la especie también provocó un vuelco en la cadena trófica. Aves como la garza real, la espátula o el amenazado águila imperial adaptaron su dieta para alimentarse de este crustáceo abundante, convirtiéndose en una fuente de comida clave durante las épocas de sequía.

A diferencia de otras invasiones biológicas que solo generan pérdidas, el caso del Guadalquivir tomó un rumbo insólito. Lo que empezó como un desastre medioambiental terminó convirtiéndose en el sostén económico de municipios enteros. Isla Mayor (Sevilla) se transformó en la capital europea del cangrejo rojo. En la década de los 80 se consolidó una industria procesadora y de pesca artesanal que hoy exporta miles de toneladas de este crustáceo a países como Suecia, Finlandia o Estados Unidos. Para cientos de familias de la comarca, la plaga es, literalmente, su medio de vida. Este factor socioeconómico generó un choque legal histórico cuando en 2016 el Tribunal Supremo incluyó al cangrejo rojo en el Catálogo de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohibía su comercialización y posesión viva. La presión social y el riesgo de colapso económico en la marisma obligaron a modificar la Ley de Patrimonio Natural para permitir su pesca y procesamiento bajo estrictas medidas de control sanitario e industrial.

Cincuenta años después de aquel desembarco en 1974, la ciencia coincide en un diagnóstico unánime: el cangrejo rojo americano nunca desaparecerá del Guadalquivir. La erradicación es técnicamente imposible. El capricho del aristócrata Andrés Bores dejó una lección imborrable sobre los peligros de alterar los ecosistemas. Doñana y la marisma hispalense aprendieron a convivir con el invasor, transformando la madre de todas las invasiones en un delicado equilibrio entre el desastre ecológico y la supervivencia económica.

Hablamos de aciertos ... Y enormes cagadas.

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En el mismo 1974, Roland Lorkowsky, un pescador de origen alemán, liberó miles de alevines de siluro (Silurus glanis) en el embalse de Mequinenza con la intención de crear una especie de trofeo para la pesca deportiva. Hoy, este voraz gigante centroeuropeo es el dueño y señor de los cauces españoles. Mientras que algunos ven esta situación como una tragedia medioambiental, otros aprovechan su presencia en nuestros ríos para potenciar la pesca deportiva. Por ejemplo, hace algunos meses, el mismo río Ebro fue escenario de una nueva marca en la pesca deportiva española. Abel Monreal, Fernando Equiza, Santiago Ramírez y Óscar Gómara, pescadores navarros, capturaron un siluro de 2,81 metros de longitud y unos 130 kilos de pes oen un tramo del río a la altura de Buñuel, Navarra. El siluro no es un pez cualquiera. Se trata del pez de agua dulce más grande de Europa, capaz de superar los 2,5 metros de longitud y alcanzar pesos de hasta 200 kilogramos. Su capacidad de adaptación, su longevidad y su apetito insaciable (se estima que cada día come el 5% de su peso) lo convierten en un súperdepredador imparable. A lo largo de estos 50 años, la especie ha colonizado con éxito el Ebro y se ha expandido progresivamente hacia otros grandes ríos y embalses de la geografía española. Su dieta no discrimina: engulle desde otros peces e invertebrados hasta anfibios, aves acuáticas e incluso pequeños mamíferos que se aproximan a la orilla. El catedrático de zoología de la Universidad de Córdoba Carlos Fernández Delgado, considera su presencia en nuestros ríos como una “bomba de relojería ecológica”.

El impacto ambiental de esta invasión es devastador. Los ecosistemas fluviales españoles no estaban evolucionadamente preparados para albergar a un depredador de semejante magnitud, lo que ha llevado al borde del colapso a especies autóctonas emblemáticas, muchas de ellas ya amenazadas por la pérdida de hábitat y la contaminación. Pese a los esfuerzos de control y a la normativa que prohíbe su suelta o transporte, la erradicación del siluro se considera hoy prácticamente imposible debido a su tamaño, su elevada tasa reproductiva y la complejidad de los cauces fluviales donde habita. Cinco décadas después de aquel cubo lleno de alevines, el gran titán de las aguas dulces sigue consolidando su hegemonía en los ríos de España.

El pasado año pescaron en el Ebro un siluro "descomunal" de 2,81 metros y unos 130 kilos, "el más grande de España".

Para capturar el ejemplar, que pescaron utilizando pellets como cebo. “Era descomunal”, recordó Abel Monreal Azcona, junto con sus amigos Fernando Equiza, Santiago Ramírez y Óscar Gómara. Abel reconoció que “fue una pelea dura, estuvimos mínimo 45 minutos. Y llevamos equipos potentes, ibamos bien preparados”. Esa misma jornada de pesca, el propio Abel había sacado previamente otro ejemplar importante, de 2,53 metros. “Hasta ese día, el mayor que habíamos sacado era de 2,46 metros” dijo sobre esta especie invasora, introducida de manera ilegal en la desembocadura del río Segre, debajo de la presa de Mequinenza, en la década de los 70.

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Durante décadas, plantar árboles parecía la mejor solución para combatir la desertificación en el Sáhara y el Sahel, muchos proyectos no consiguieron los resultados esperados. Sin embargo, un experimento protagonizado por 500 tortugas gigantes africanas demostró que restaurar un ecosistema no siempre pasa por reforestar. Apenas cinco años después del inicio del proyecto, comenzaron a aparecer zonas verdes donde antes solo había arena. Los investigadores comprobaron que estos animales desempeñaban un papel clave en la recuperación natural del terreno, mejorando el suelo y favoreciendo el regreso de la vegetación y de numerosas especies.

Durante décadas, distintos programas apostaron por la plantación masiva de árboles para frenar el avance de la desertificación en el Sahel, la franja de transición situada entre el desierto del Sáhara y las sabanas africanas. Sin embargo, muchos de estos intentos no lograron los resultados esperados porque las condiciones del terreno dificultaban enormemente la supervivencia de los árboles jóvenes. Uno de los principales problemas era el estado del suelo. En numerosas zonas, la superficie se había endurecido tanto que el agua de lluvia apenas conseguía infiltrarse. En lugar de ser absorbida por la tierra, el agua escurría rápidamente o se evaporaba debido a las altas temperaturas, dejando a las semillas y a los árboles recién plantados sin la humedad necesaria para desarrollarse. A ello se sumaban otros factores, como las escasas precipitaciones, el intenso calor y los elevados costes de mantenimiento de los programas de reforestación. Sin un riego constante y unas condiciones favorables durante los primeros años, gran parte de los árboles terminaban muriendo antes de consolidarse, reduciendo considerablemente la eficacia de estas iniciativas.

El Sahel es una vasta zona ecoclimática y biogeográfica del norte de África que funciona como una franja de transición entre el desierto del Sáhara al norte y la sabana sudanesa al sur.

La clave de este experimento no estaba en que las tortugas plantaran vegetación, sino en el papel que desempeñan dentro del ecosistema. A medida que se desplazaban por el terreno, removían ligeramente la superficie y dispersaban semillas a través de sus excrementos. Este proceso favorecía que distintas especies vegetales pudieran colonizar áreas donde antes apenas crecían plantas. Además, la materia orgánica aportada por sus excrementos mejoraba progresivamente la fertilidad del suelo. Con el paso del tiempo, la tierra fue reteniendo mejor la humedad y ofreciendo unas condiciones mucho más favorables para que germinaran semillas ya presentes en el entorno o transportadas por las propias tortugas. Cinco años después del inicio del proyecto, los investigadores observaron la aparición de zonas verdes en lugares donde anteriormente predominaba un paisaje prácticamente cubierto de arena. Aunque el experimento no convirtió el Sáhara en un bosque, sí demostró que recuperar determinadas funciones ecológicas puede acelerar la regeneración natural del terreno y complementar otras estrategias de restauración ambiental.

Una de las características más llamativas de la tortuga espolada africana (Centrochelys sulcata) es su capacidad para excavar madrigueras de entre 10 y 15 metros de profundidad. Estos refugios le permiten escapar de las temperaturas extremas del Sahel, donde el calor durante el día puede ser asfixiante y las noches registran un fuerte descenso de la temperatura. Sin embargo, estas excavaciones tienen un efecto que va mucho más allá de la supervivencia del animal. Al romper la costra endurecida que cubre el suelo, las madrigueras facilitan que el agua de lluvia se infiltre en profundidad en lugar de escurrirse por la superficie. Como consecuencia, el terreno retiene la humedad durante más tiempo y se crean pequeñas zonas con condiciones mucho más favorables para el crecimiento de la vegetación. Este cambio también genera un microhábitat donde comienzan a proliferar insectos, microorganismos y otras formas de vida que apenas podían establecerse en un suelo completamente seco. A medida que aumenta la actividad biológica, las semillas encuentran un entorno más adecuado para germinar y aparecen nuevas plantas que, con el tiempo, atraen a aves y pequeños vertebrados. El resultado es una recuperación progresiva de la biodiversidad en áreas que hasta entonces apenas albergaban vida.

Los resultados obtenidos con las tortugas refuerzan una idea que cada vez tiene más peso entre los expertos en restauración ambiental: recuperar un ecosistema no siempre consiste en plantar más árboles. En muchos casos, restablecer los procesos naturales que mantienen el equilibrio del terreno puede ser una estrategia más eficaz, económica y sostenible a largo plazo. La experiencia demuestra que determinadas especies animales desempeñan un papel fundamental en la regeneración del paisaje. Al dispersar semillas, aportar materia orgánica y modificar el suelo de forma natural, contribuyen a crear las condiciones necesarias para que la vegetación vuelva a establecerse sin una intervención humana constante. Este tipo de iniciativas también pone de manifiesto la importancia de adaptar las soluciones a las características de cada entorno. En regiones extremadamente áridas, donde las temperaturas son muy elevadas y las precipitaciones son escasas, las reforestaciones tradicionales pueden presentar un porcentaje de éxito muy reducido si no van acompañadas de medidas que favorezcan la recuperación del suelo y de los procesos ecológicos.

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Construidos en su día para atravesar campos de batalla, potencialmente bajo el fuego enemigo, 100 tanques estadounidenses M60 terminaron en realidad su carrera militar en un entorno mucho menos hostil: bajo las aguas frente a las costas de Alabama. La inusual operación tuvo lugar en 1994 en el marco de REEF-EX, un programa concebido después de que el ejército de EE. UU. comenzara a buscar formas de desmilitarizar los tanques obsoletos. En lugar de convertir todos los vehículos en chatarra, las autoridades llegaron a la conclusión de que, con una preparación adecuada, podrían servir como base para arrecifes artificiales. Los primeros seis tanques se hundieron en el Golfo de México el 1 de junio. En julio les siguieron otros 58, y los 36 finales se desplegaron en septiembre.

Antes del despliegue, los vehículos se sometieron a inspecciones en las que participaron la Agencia de Protección Ambiental, la Guardia Costera y otros organismos federales y estatales. Se retiraron aceites, combustible, fluidos hidráulicos, munición, componentes radiactivos y otros materiales potencialmente peligrosos. Los tanques limpios se ubicaron después en las zonas de arrecifes artificiales Hugh Swingle y Don Kelley North, a profundidades de entre 20 y 33 metros. Esa ubicación no fue casual. Gran parte del fondo marino natural frente a Alabama consta de arena o lodo relativamente planos, lo que ofrece un refugio limitado para los animales de arrecife. El casco, las aberturas y las partes elevadas de un tanque aportan la estructura vertical que de otro modo faltaría. Los organismos marinos van colonizando gradualmente el metal expuesto. Esponjas, corales y otras especies incrustantes se adhieren a la superficie, mientras que cangrejos, gusanos, erizos de mar y peces pequeños ocupan los huecos disponibles. Esos animales atraen a depredadores más grandes, lo que permite que se desarrolle una red trófica más compleja alrededor de la estructura. Los arrecifes artificiales frente a las costas de Alabama albergan especies como el pargo rojo, el pez limón, el ballesta gris y el pargo cunaro. Según el estado, este hábitat adicional ha ayudado a incrementar la biomasa de peces de arrecife, al tiempo que ha creado zonas idóneas para la pesca y el buceo. En un principio se calculó que los tanques tendrían una vida útil como arrecife de unos 50 años.

En Nueva York, miles de inodoros que estaban destinados a convertirse en residuos terminaron debajo del océano. La ciudad recicló la porcelana de antiguos sanitarios retirados de escuelas públicas y la utilizó para construir un arrecife artificial en Jamaica Bay. El objetivo ambicioso de la ciudad era reducir la basura para crear una superficie bajo el mar donde pudieran crecer ostras y ayudar a recuperar un ecosistema que alguna vez fue abundante. El proyecto comenzó cuando el Departamento de Protección Ambiental de Nueva York (DEP) empezó a reemplazar sanitarios antiguos por modelos de bajo consumo en las escuelas públicas. En lugar de enviar la porcelana a un vertedero, la ciudad buscó una forma de reutilizarla en el océano. Entre julio de 2015 y marzo de 2016, el DEP registró unas 6.500 instalaciones sanitarias recicladas, que fueron trituradas y procesadas. El material ocupó unos 125 metros cúbicos y posteriormente fue trasladado en barcaza hasta Jamaica Bay. La idea era aprovechar una superficie dura que normalmente terminaría como residuo y convertirla en la base de un arrecife bajo el mar. La porcelana triturada se mezcló con conchas de ostras y almejas para crear lo que se conoce como un receiver reef, una estructura diseñada para que las ostras jóvenes puedan asentarse y crecer. Los resultados para el año 2026 maravillan.

Varsovia (Polonia) utiliza mejillones y almejas de agua dulce como un sistema biohíbrido de alerta temprana para supervisar la seguridad de su agua potable. En Alicante (España), el proyecto Reviuramar colocó miles de ostras del Pacífico en la bahía de San Gabriel para purificar las aguas afectadas por vertidos y la actividad portuaria. En Nueva York (EE. UU.), el Billion Oyster Project introduce millones de ostras en el puerto para limpiar las aguas de la bahía y recuperar los arrecifes naturales perdidos.

Porque estos moluscos cumplen una función ecológica mucho mayor que la de producir alimento. Una ostra adulta puede filtrar decenas de galones de agua por día, mientras que los arrecifes ofrecen refugio y superficie para otros organismos marinos. Además, las estructuras de arrecife ayudan a reducir la energía de las olas del mar y pueden contribuir a proteger humedales costeros. Jamaica Bay es un lugar especialmente importante para este tipo de restauración. La bahía ocupa aproximadamente 16.000 acres de aguas superficiales, además de unas 3.000 acres de islas y marismas, y alberga una gran variedad de ambientes costeros. Históricamente, sus aguas también tuvieron importantes poblaciones de ostras, cuyos arrecifes funcionaban como hábitat y ayudaban a filtrar el agua, pero debido al cambio climático su plobación había descendido. La ciudad comenzó a experimentar con la recuperación de ostras en Jamaica Bay antes de incorporar la porcelana reciclada. En 2010 colocó 10.000 ostras y estructuras de arrecife para estudiar su crecimiento, supervivencia, reproducción y posibles beneficios ambientales. En 2016, otro proyecto contempló la instalación de 50.000 ostras sobre arrecifes construidos, entre otros materiales, con porcelana procedente de sanitarios reciclados.

A veces, echar cosas al mar no es buena idea ...

A lo largo de los años, las políticas orientadas al cuidado del ambiente y a la lucha contra el cambio climático han cobrado cada vez más fuerza. Sin embargo, aunque muchas de estas iniciativas buscan proteger los océanos, no todas han dado los resultados esperados. Uno de los ejemplos más emblemáticos ocurrió en medio del océano. Se trata de una política implementada en la década de 1970 que, pese a haber sido concebida como una solución ambiental, terminó convirtiéndose en un problema con el que las autoridades aún lidian en 2026. Este histórico error ecológico se conoce como el Arrecife Osborne, un proyecto desarrollado hace más de 50 años en el que se arrojaron cerca de dos millones de neumáticos frente a la costa de Fort Lauderdale, en Florida, con el objetivo de crear un gran arrecife artificial en medio del océano.

La iniciativa fue impulsada por la empresa Broward Artificial Reef Inc., que propuso utilizar los neumáticos para ampliar un arrecife de hormigón ya existente. Sus promotores sostenían que los corales colonizarían la superficie de caucho y que, con el tiempo, se formaría un nuevo hábitat en medio del mar. Convencido por esta idea, el gobierno de Estados Unidos decidió respaldar el proyecto.

Más de dos millones de llantas al mar para fijar corales a ellos y propiciar vida marina, sin embargo, no funcionó y en 2007 el Departamento de Control Ambiental de los Estados Unidos inició con la limpieza que durará cerca de 20 años para retirar todas las llantas.

Para construir el arrecife, los cerca de dos millones de neumáticos fueron agrupados en bloques de tres o cuatro unidades. Cada conjunto se aseguró con bandas de nailon y clips de acero galvanizado. Sin embargo, las llantas no fueron rellenadas con hormigón, por lo que permanecieron llenas de aire y agua, lo que las hacía relativamente ligeras bajo el mar. El problema apareció pocos años después. El agua salada corroyó por completo los clips de acero, mientras que el movimiento constante de las olas del mar desgastó y terminó cortando las bandas de nailon al rozar contra el caucho. Como consecuencia, la estructura se desintegró y millones de neumáticos quedaron dispersos por el fondo del océano, dañando los arrecifes naturales y afectando a numerosas especies. En 2026, más de cinco décadas después del inicio del proyecto, el problema sigue sin resolverse. Según estimaciones de la organización 4ocean, todavía permanecen más de 500.000 neumáticos en el fondo marino. Para acelerar las tareas de limpieza, los equipos de restauración ecológica incorporan drones submarinos y sistemas de mapeo aéreo, tecnologías que permiten localizar con mayor precisión las llantas dispersas dentro de los planes coordinados por el Departamento de Protección Ambiental de Florida (DEP).

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12.000 toneladas de cáscaras de naranja convirtieron un terreno estéril en un bosque tropical en Costa Rica. ¿Cómo? Una investigación titulada “Orange peels as an organic amendment for tropical forest restoration”, desarrolla como en el Área de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica, una zona de bosque tropical seco degradada por décadas de actividad ganadera. La idea se puso en marcha entre 1997 y 1998. Los investigadores regresaron unos 16 años después para comprobar los resultados y publicaron el estudio en 2017. ¿A quién se le ocurrió? A los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, dos de los científicos más reconocidos de Costa Rica en materia de conservación tropical. Trabajaban desde hacía años en Guanacaste y observaron que la empresa de zumos Del Oro generaba enormes cantidades de residuos de naranja. Entonces plantearon un acuerdo innovador: la empresa donaría terreno forestal al parque y el parque aceptaría las cáscaras y pulpa de naranja para que se degradaran de forma natural. Para ello, vertieron unas 12.000 toneladas métricas, transportadas en cerca de 1.000 camiones. Las cáscaras cubrieron unas tres hectáreas de terreno prácticamente estéril. En pocos meses comenzaron a descomponerse y a transformarse en un suelo negro muy rico en nutrientes. Cuando los investigadores volvieron más de una década después, encontraron algo sorprendente. Mucha más cobertura vegetal. Más variedad de árboles. Mayor fertilidad del suelo. Un aumento del 176% de la biomasa forestal respecto a la zona de control.

Los doctores Winnie Hallwachs y Dan Janzen.

La idea convirtió un residuo agrícola que normalmente supone un coste para la industria en una herramienta de restauración ecológica. Según los investigadores, se recuperó bosque tropical degradado, se mejoró el suelo, se favoreció la captura de carbono, y se hizo con un coste muy bajo.

El proyecto se paralizó porque una empresa rival, TicoFruit, denunció el vertido alegando que se estaba dañando un parque nacional. El experimento quedó olvidado durante años hasta que los científicos regresaron y descubrieron que el antiguo pastizal se había transformado en un bosque exuberante.

Sin dejar Costa Rica, año 2018, dos investigadores deciden hacer algo bastante poco intuitivo con un antiguo pastizal ganadero del sur de Costa Rica: cubrirlo con unos 30 camiones cargados de pulpa de café. No plantaron miles de árboles ni removieron el terreno con maquinaria. Simplemente extendieron sobre una parcela degradada una capa de aproximadamente medio metro de aquel residuo húmedo y maloliente de la industria cafetera, mientras dejaban otra parcela contigua exactamente como estaba. Al parecer, el terreno llevaba años explotándose para cultivar café o alimentar ganado antes de ser abandonado a su suerte, pero dejar de utilizarlo no significó que el bosque tropical regresara. El lugar había quedado dominado por gramíneas invasoras, especialmente una especie africana utilizada como pasto capaz de alcanzar unos cinco metros de altura. Así, sin animales que la mantuvieran a raya, esta especie formaba una barrera extraordinariamente eficaz contra la regeneración, una que competía por la luz y los nutrientes e impedía que las semillas de árboles nativos consiguieran establecerse. Dicho de otra forma, el bosque (ahora páramo) podía necesitar fácilmente décadas para recuperar el espacio por sí solo.

Porque la clave del experimento no consistía simplemente en echar abono. Los ecólogos Rebecca Cole y Rakan Zahawi, investigadores vinculados a la Universidad de Hawái en Manoa, extendieron una capa extraordinariamente gruesa de pulpa durante la estación seca. Al descomponerse, aquella masa rica en carbohidratos y proteínas generó calor y dejó las gramíneas enterradas sin luz ni aire: según Zahawi, las raíces y rizomas acabaron prácticamente "cocinándose" bajo ella. Después ocurrió la segunda parte del proceso. Los restos de las hierbas se mezclaron con la pulpa en descomposición y el suelo aumentó su contenido en carbono, nitrógeno y fósforo, creando unas condiciones radicalmente distintas para las plantas que llegaran después.

Una vez eliminada la barrera de hierba invasora, los investigadores no necesitaron plantar el nuevo bosque árbol por árbol. El viento y los animales llevaron semillas desde la vegetación cercana, mientras insectos y aves empezaron a frecuentar el terreno. Al cabo de dos años, no podían creer lo que veían. La densidad de tallos leñosos era unas 20 veces mayor que en la parcela de control, el área basal leñosa unas 30 veces superior y la altura media del dosel se había multiplicado aproximadamente por cuatro. De hecho, algunos árboles jóvenes rondaban ya los 4,5 metros. Cole había pensado inicialmente que el experimento quizá solo produciría una zona de hierba algo más verde, pero lo que encontró fueron los primeros pasos de una nueva selva tropical.

La idea tiene además una segunda parte: la materia utilizada para conseguirlo era un problema en sí misma. El grano que termina en una taza es la semilla de la cereza del café, y durante su procesamiento hay que retirar piel, pulpa y otras partes del fruto. Hasta aproximadamente la mitad del peso cosechado puede terminar como subproducto en las plantas de procesamiento, donde gestionarlo y compostarlo cuesta dinero. Los investigadores obtuvieron gratuitamente la pulpa y prácticamente su principal gasto consistió en contratar los camiones para transportarla. Convertir un residuo agrícola abundante en una herramienta para recuperar tierras degradadas planteaba así una especie de intercambio perfecto: menos residuos para los productores y una regeneración potencialmente mucho más rápida para el bosque. ué duda cabe, el resultado fue espectacular, pero los propios investigadores insisten en que aquel experimento, aunque asombroso, era pequeño y no demuestra que la receta pueda repetirse sin más en cualquier lugar. Una acumulación semejante de pulpa huele, atrae insectos y contiene grandes cantidades de nutrientes que podrían contaminar ríos y lagos si alcanzasen el agua. No solo eso, también importa aplicarla en terrenos adecuados y durante una estación seca que permita que la capa actúe sobre las gramíneas.

De hecho, en otros ecosistemas podría incluso favorecer plantas invasoras en lugar de especies autóctonas. Quizás por ello, lo extraordinario del experimento en Costa Rica no fue tanto descubrir un fertilizante milagroso, sino comprobar hasta qué punto puede cambiar un paisaje cuando se elimina el obstáculo que impedía recuperarse: en 2018 descargaron 30 camiones de residuos de café sobre un pastizal degradado y, apenas dos años después, aquel terreno abierto estaba cubierto en más de un 80% por las copas de un bosque que había empezado a reconstruirse prácticamente solo. En la parcela sin café, la cobertura apenas alcanzaba el 20%.

En 1988, el agricultor inglés Hugh White tomó una decisión que acabaría cambiando por completo el futuro de sus tierras: dejó de cultivar trigo en Strawberry Hill, una finca de 152 hectáreas situada en Bedfordshire, Inglaterra. Lo que entonces eran campos agrícolas comenzó a transformarse con el paso de los años hasta convertirse en un espacio de gran valor para la fauna. Sin cultivos ni el trabajo constante de la maquinaria agrícola, la vegetación fue recuperando terreno. Praderas, matorrales y árboles jóvenes fueron ocupando poco a poco la finca y creando nuevos hábitats para distintas especies. Casi cuatro décadas después, Strawberry Hill alberga una importante población de ruiseñores, además de tórtolas, currucas, pequeños mamíferos, insectos y hasta 11 especies de murciélagos.

Cuando dejaron de ararse y cultivarse los terrenos, la vegetación comenzó a ocupar progresivamente el espacio que antes estaba destinado a la agricultura. Las antiguas parcelas de cultivo dieron paso a una combinación de praderas, matorrales y zonas con árboles jóvenes. Este proceso permitió crear un mosaico de hábitats muy diferente al que ofrecían los campos agrícolas. En lugar de una superficie dominada por un único cultivo, el terreno pasó a contar con distintos ambientes en los que podían instalarse especies con necesidades muy diferentes. El cambio fue especialmente importante para las aves. Los registros realizados en Strawberry Hill señalan la presencia de ruiseñores, tórtolas, currucas y otras especies, además de numerosos insectos y pequeños mamíferos. Uno de los datos más llamativos tiene que ver precisamente con los ruiseñores. Según los estudios y observaciones realizados en la zona, una proporción muy significativa de los ejemplares reproductores de Bedfordshire se concentra en estas tierras. El terreno también se ha convertido en un espacio interesante para los murciélagos. Se han identificado 11 especies diferentes, junto a una amplia variedad de flores silvestres.

La transformación de Strawberry Hill no fue inmediata. La recuperación ecológica se produjo durante décadas, a medida que la vegetación se desarrollaba y los animales encontraban nuevas condiciones para establecerse. El resultado demuestra cómo un terreno agrícola puede experimentar una profunda transformación cuando cambia su uso. Las praderas proporcionan alimento y zonas abiertas, mientras que los arbustos y los árboles jóvenes ofrecen lugares donde diferentes especies pueden refugiarse o reproducirse. En este caso, además, la extensión de la finca permitió que el proceso tuviera una dimensión considerable. 152 hectáreas equivalen a una superficie suficientemente grande como para que se desarrollen distintos tipos de hábitat y para que la fauna disponga de zonas conectadas entre sí. La historia de Strawberry Hill también pone el foco en una cuestión cada vez más relevante: qué ocurre con los terrenos agrícolas cuando dejan de utilizarse de forma intensiva. El abandono por sí solo no garantiza que cualquier espacio se convierta automáticamente en un ecosistema de alto valor, pero determinadas condiciones pueden favorecer una recuperación natural de la vegetación y de la fauna. En esta finca inglesa, el paso del tiempo permitió precisamente que surgiera un entorno con un notable interés para la conservación.

Después de la muerte de Hugh White y de su esposa, sus hijos se enfrentaron a una decisión importante: qué hacer con unas tierras que habían cambiado radicalmente desde que dejaron de cultivarse. La familia optó por mantener el terreno en su estado natural y evitar que Strawberry Hill regresara al modelo de agricultura intensiva. De esta manera, el paisaje que se había desarrollado durante décadas podía seguir ofreciendo un espacio para la fauna. La decisión permitió conservar el resultado de un proceso iniciado en 1988. Durante los siguientes 38 años, las tierras habían pasado de ser una explotación agrícola a convertirse en un lugar de especial interés para la biodiversidad local. Pero mantener una superficie de estas dimensiones también requiere recursos. Por eso, la conservación definitiva del terreno acabó vinculándose a una campaña impulsada por Wildlife Trust for Bedfordshire, Cambridgeshire and Northamptonshire, una organización dedicada a la protección de la naturaleza en la región.

La organización puso en marcha una campaña para recaudar 1,5 millones de libras con los que garantizar la protección de las partes de Strawberry Hill que todavía no estaban aseguradas. La respuesta ciudadana permitió reunir una parte importante de esa cantidad. Más de 3.800 personas realizaron donaciones que sumaron alrededor de 500.000 libras, mientras que el resto del dinero procedió de diferentes fondos, organizaciones y una aportación privada de gran importancia. Con la financiación reunida, el Wildlife Trust pudo adquirir definitivamente el terreno y asegurar su conservación como reserva natural. De esta forma, la historia de Strawberry Hill terminó dando un giro inesperado. Lo que comenzó en 1988 como la decisión de un agricultor de dejar de cultivar trigo acabó convirtiéndose en un proyecto de conservación de la naturaleza casi cuatro décadas después. La finca es ahora un ejemplo de cómo el cambio en el uso de un territorio puede favorecer la recuperación de determinados hábitats y crear nuevas oportunidades para la fauna. Ruiseñores, murciélagos, insectos, pequeños mamíferos y plantas silvestres han encontrado en estas antiguas tierras agrícolas un espacio donde desarrollarse.

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La Reserva Dimbangombe, se encuentra en las cercanías de las Cataratas Victoria en Zimbabue. El área de demostración tiene unas 3.200 hectáreas y desde 1992 funciona como uno de los principales sitios donde se aplica el manejo holístico del ganado. Aquí un río clave se enfrentaba a la degradación de su cuenca. Sin embargo, el manejo del ganado comenzó a cambiar la forma en que el terreno retenía el agua. Las vacas fueron utilizadas dentro de un sistema de pastoreo planificado que busca reproducir algunos de los patrones de movimiento de los grandes herbívoros africanos. Allan Savory es un ecologista, ganadero y consultor zimbabuense, conocido principalmente por desarrollar y promover el concepto de manejo holístico de tierras y ganado. Consideraba que el ganado puede utilizarse como una herramienta para recuperar determinados ecosistemas degradados, si los animales se concentran y se trasladan siguiendo un plan de pastoreo.

En lugar de mantener a las vacas pastando continuamente en el mismo lugar, el método busca imitar el comportamiento de grandes manadas de herbívoros salvajes. Muchos animales juntos durante períodos relativamente cortos, seguidos por períodos de descanso del terreno. Cuando Savory adquirió la propiedad, Dimbangombe tenía alrededor de 100 vacas, pero el terreno estaba deteriorado y se realizaban quemas frecuentes. Durante los años posteriores, el ganado se concentraba principalmente en las zonas con mejores suelos aluviales, lo que agravaba el deterioro. El cambio comenzó a tomar forma cuando, entre 1998 y 1999, se reintrodujeron unas 70 vacas con el objetivo de demostrar que un manejo diferente del ganado podía ayudar a recuperar el terreno. Para 2009, el rodeo había superado las 300 cabezas. Luego se incorporaron cabras en 2006 y ovejas en 2009.

La Reserva Dimbangombe en Zimbabue implementa pastoreo planificado desde 1992 para recuperar cuencas degradadas. Disminuyó el suelo desnudo un 31% y aumentó la vegetación, mejorando la retención de agua. El río Dimbangombe ahora retiene agua por más tiempo en la estación seca y muestra más pozas permanentes.

Funciona porque las vacas no permanecen siempre en el mismo lugar. Se concentran durante períodos cortos y después se trasladan, dejando que el terreno descanse. Su pisoteo, estiércol y restos vegetales ayudan a cubrir y enriquecer el suelo. Con más vegetación y menos suelo desnudo, el agua de lluvia se infiltra mejor, se reduce la erosión y el terreno conserva humedad durante más tiempo. La idea es imitar el movimiento de las grandes manadas de herbívoros africanos, como búfalos o cebras. Durante ese período, el suelo desnudo disminuyó un 31%, mientras que la cobertura de hojarasca y material vegetal aumentó un 56%. También se registró un incremento del 12% en las plantas perennes, una disminución del 21% en las gramíneas anuales consideradas menos deseables y una reducción del 17% en el movimiento del suelo. El monitoreo realizado en los 9 sitios de la reserva permitió observar así un cambio concreto en el paisaje. El río Dimbangombe también mostró señales de recuperación. Comenzó a mantener agua durante más tiempo durante la estación seca en años de precipitaciones promedio y aumentó la presencia de pozas permanentes.

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En el año 2001, tras décadas de investigación y pruebas de laboratorio, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) aprobó la liberación controlada del escarabajo de la hoja del tamarisco (Diorhabda spp.). El objetivo era noble y urgente. El enemigo a batir era el tamarisco (o taray), un árbol originario de Eurasia introducido en Norteamérica en el siglo XIX como planta ornamental y para frenar la erosión. El tamarisco resultó ser un colono implacable: se extendió por millones de hectáreas de riberas de ríos en el árido Oeste, consumiendo ingentes cantidades de agua, salinizando el suelo para impedir que crecieran plantas nativas y aumentando el riesgo de incendios. Era una plaga verde que parecía imparable con métodos químicos o mecánicos. Entran en escena los científicos del USDA. Tras buscar por todo el mundo a los enemigos naturales del tamarisco, identificaron a este pequeño escarabajo de la familia Chrysomelidae. Las pruebas de cuarentena fueron rigurosas: los insectos demostraron ser especialistas extremos. Se alimentaban y reproducían exclusivamente en el tamarisco. No tocaban los sauces, ni los álamos, ni los cultivos. La liberación en 2001 fue recibida con optimismo. Era un control biológico clásico: introducir un depredador para equilibrar una plaga sin usar pesticidas. Y en muchos aspectos, el éxito fue visualmente espectacular. En pocos años, millones de escarabajos se extendieron por Nevada, Utah, Colorado y otros estados, defoliando masivamente miles de hectáreas de tamariscos. Los árboles marrones y secos se convirtieron en una estampa habitual a lo largo de corredores fluviales.

Cincuenta años antes, la historia habría acabado aquí, como un éxito de la gestión ambiental. Pero el ecosistema del Oeste ya no era el mismo. Había cambiado su dinámica. Mientras los tamariscos invadían las orillas, una especie de ave nativa, el atrapamoscas de sauce suroccidental (Empidonax traillii extimus), veía cómo su hábitat tradicional —los densos bosques de sauces y álamos— desaparecía debido a la regulación de los ríos, la agricultura y la propia competencia del tamarisco. Acorralada, el ave hizo algo extraordinario: se adaptó. Empezó a usar el tamarisco para anidar. Para finales del siglo XX, grandes poblaciones de esta subespecie, ya catalogada en peligro federal de extinción, dependían casi exclusivamente de los densos matorrales del invasor para sobrevivir durante la época de cría. Aquí es donde el plan perfecto se desmoronó. Los científicos del USDA sabían que el ave usaba el tamarisco, pero sus modelos y pruebas de laboratorio indicaron que los escarabajos no se propagarían hacia el sur, hacia las zonas de anidación críticas del ave en Arizona, Nuevo México y el sur de California, debido a un desajuste en el fotoperiodo (las horas de luz que activan su ciclo reproductivo). Estaban equivocados. Los escarabajos mostraron una sorprendente plasticidad genética y se adaptaron rápidamente al clima del sur. En cuestión de una década, los insectos llegaron a las zonas críticas de anidación del atrapamoscas.

La tragedia no fue que los escarabajos comieran sauces o álamos (no lo hacen). Fue que arrasaron la especie equivocada de tamarisco en el momento equivocado. Los escarabajos no matan al árbol de inmediato; solo lo defolian, a veces varias veces por temporada. Pero si la defoliación ocurre durante la primavera y principios del verano, coincidiendo exactamente con la temporada de anidación del atrapamoscas, las consecuencias son catastróficas para el ave: se desata la exposición al calor, sus nidos quedan expuestos a la vista de los depredadores y el nuevo hábitat defoliado soporta menos insectos, la comida base del atrapamoscas. En ríos como el Virgin (Nevada) o el bajo Colorado, se ha documentado la pérdida de hasta el 94% del hábitat de anidación del atrapamoscas debido a la actividad del escarabajo. Un dilema sin solución sencilla tras 25 años Hoy, el programa de liberación del escarabajo está suspendido federalmente en las zonas de anidación críticas, pero el insecto sigue extendiéndose y adaptándose por su cuenta.

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A finales del siglo XX, China se enfrentó a un enemigo implacable y silencioso: la expansión del desierto del Gobi. Año tras año, las dunas avanzaban sobre tierras agrícolas, reduciendo la superficie cultivable y provocando enormes tormentas de arena que llegaban hasta Pekín. Esta situación se convirtió en un grave problema ambiental, económico y social, lo que llevó al Gobierno a poner en marcha en 1978 uno de los proyectos ecológicos más ambiciosos de la historia. La Gran Muralla Verde, como se le llamó, tenía un objetivo monumental: crear un inmenso cinturón forestal de unos 4800 kilómetros de longitud para proteger el norte del país mediante la plantación de millones de árboles a lo largo de varias décadas. El plan continúa en marcha y aún faltan unos 24 años para su finalización prevista.

Tras casi medio siglo, este experimento ha proporcionado una gran cantidad de datos sobre cómo responden los ecosistemas a la reconstrucción humana a gran escala. Un estudio reciente de la Universidad de Pekín, basado en imágenes por satélite, reveló que los bosques plantados desarrollan su masa foliar, la superficie cubierta por hojas vista desde el espacio, un 66 % más rápido que los bosques naturales.

Este rápido crecimiento demuestra el potencial transformador de la reforestación en un corto periodo de tiempo. Sin embargo, los científicos descubrieron que este impulso tiene un límite: cuando las plantaciones alcanzan entre 30 y 40 años, su crecimiento se ralentiza. En cambio, los bosques naturales crecen a un ritmo más lento, pero mantienen este ritmo durante periodos mucho más largos, lo que les permite almacenar carbono de forma más estable y ofrecer mayores beneficios ecológicos a largo plazo. La experiencia también ha demostrado que plantar árboles, por sí solo, no es suficiente para detener la desertificación. El éxito del proyecto se debe en gran medida al esfuerzo continuo de mantenimiento, riego y gestión que ha acompañado a las plantaciones durante décadas. Este conocimiento no se obtuvo de inmediato, sino que fue el resultado de numerosos errores que obligaron a modificar la estrategia repetidamente.

Algunos de estos fracasos fueron particularmente costosos. Por ejemplo, en la región de Ningxia, en 1991, fue necesario talar y quemar aproximadamente 24 millones de árboles después de que las especies seleccionadas favorecieran una grave plaga. En Jingbian, ocurrió algo similar: apenas dos décadas después del inicio de las plantaciones, casi el 70 % de los álamos utilizados por el programa habían desaparecido. Además, su elevado consumo de agua agravó la escasez hídrica de la zona, acelerando precisamente el proceso de desertificación que se pretendía combatir.

A pesar de los avances, la lucha está lejos de haber terminado. Las tormentas de arena siguen afectando periódicamente a Pekín, recordándonos que controlar procesos naturales de esta magnitud es una tarea extremadamente compleja. Aunque el desierto ha reducido ligeramente su superficie, del 27,33 % al 26,8 % del territorio chino en apenas una década, esta cifra es menos impresionante que hablar de decenas de miles de millones de árboles plantados. Sin embargo, la lección más valiosa que deja la Gran Muralla Verde es que la restauración de un ecosistema no depende únicamente de plantar árboles, sino de comprender cómo funciona la naturaleza y adaptarse a ella durante generaciones.

La Gran Muralla Verde de África es un ambicioso proyecto ecológico y de desarrollo rural liderado por la Unión Africana que busca frenar la desertificación y restaurar tierras degradadas a lo largo del Sahel.

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En la década de 1870, los propietarios de plantaciones de caña de azúcar del Caribe tenían un problema aparentemente sencillo: las ratas devoraban y dañaban sus cultivos. La solución fue importar desde India a un pequeño depredador que parecía perfecto para el trabajo, la mangosta india. Puerto Rico fue uno de los lugares donde se introdujo. Un siglo y medio después, la industria azucarera que debía proteger prácticamente ha desaparecido de la isla, pero las mangostas siguen allí. Y se convirtieron en una especie invasora.

La caña de azúcar llegó a ocupar un lugar central en la economía puertorriqueña y las ratas constituían una importante plaga para las plantaciones. Durante el siglo XIX, propietarios de plantaciones del Caribe comenzaron a importar pequeñas mangostas indias para utilizarlas como una forma primitiva de control biológico: en lugar de combatir las ratas directamente, introducirían un depredador que hiciera el trabajo. Puerto Rico adoptó aquella estrategia en la década de 1870. Sobre el papel tenía lógica; en el ecosistema real, el experimento salió de una forma muy diferente. Las mangostas se extendieron con rapidez, pero nunca resolvieron del todo el problema que había justificado su llegada. Una de las explicaciones resulta casi absurda vista siglo y medio después: las mangostas son fundamentalmente diurnas, mientras que las ratas de los cañaverales son principalmente nocturnas. Depredador y presa podían compartir territorio sin coincidir durante buena parte de sus periodos de actividad. Las ratas continuaron siendo una plaga y Puerto Rico se quedó, además, con una nueva especie perfectamente capaz de sobrevivir por su cuenta.

La mangosta encontró alternativas con facilidad. Aves, reptiles, anfibios y otros pequeños animales que habían evolucionado sin enfrentarse a aquel depredador pasaron a formar parte de su dieta, un patrón que se repitió en numerosas islas caribeñas donde había sido introducida. Lo que había llegado como herramienta agrícola terminó considerado una especie invasora y una amenaza para la fauna nativa. Era el primer gran efecto bumerán de aquella decisión del siglo XIX, pero no sería el último.

Ocho décadas después de la introducción llegó la consecuencia sanitaria. En 1950 se produjo en Puerto Rico el primer gran brote de rabia confirmado en laboratorio entre estas mangostas, y con las décadas el virus se asentó en la población. Los animales acabaron convirtiéndose en el principal reservorio de rabia de la fauna terrestre de la isla y han llegado a representar más del 70% de los casos animales notificados, y el CDC situó históricamente esa proporción cerca del 75%. Una especie importada para proteger los campos de azúcar se había transformado en el animal que mantiene circulando una de las enfermedades más letales de Puerto Rico. La magnitud exacta es difícil de medir porque detectar anticuerpos no significa que un animal tenga rabia activa, pero los estudios muestran una exposición considerable. Una investigación encontró anticuerpos neutralizantes contra el virus en aproximadamente el 39% de las mangostas analizadas.

Estudios posteriores en más lugares obtuvieron porcentajes menores, alrededor del 17%, demostrando que la exposición varía mucho según el hábitat y la zona. El problema tampoco queda encerrado entre animales: los investigadores calculaban una media de unos 280 puertorriqueños mordidos por mangostas cada año.

Un hombre de 54 años del sureste de Puerto Rico fue mordido por una mangosta mientras atendía un gallinero y no buscó tratamiento médico. Semanas después comenzó a sufrir fiebre, dificultad para tragar, parestesias y otros síntomas. Regresó al hospital cuando su estado empeoró y murió poco después de sufrir una parada cardiaca. Los análisis realizados tras su muerte confirmaron rabia y vincularon el virus con la variante caribeña asociada a las mangostas. Fue la primera muerte documentada en Puerto Rico provocada directamente por la mordedura de una mangosta y el primer caso de este tipo registrado en Estados Unidos o sus territorios.

El problema ha cerrado un círculo peculiar. Investigadores estadounidenses llevan años estudiando densidades de población, movimientos y cebos con los que algún día podría desplegarse una vacunación oral contra la rabia similar a la utilizada con otros animales en Estados Unidos. Los ensayos llegaron incluso a probar distintos sabores y descubrieron que las mangostas preferían los cebos de queso a los de coco o pescado. El objetivo actual ya no es conseguir que estos animales controlen una plaga, sino encontrar una forma de controlar las consecuencias que dejó su propia introducción.

Puerto Rico ya no es la potencia azucarera que era cuando alguien decidió que importar un depredador asiático podía solucionar el problema de las ratas. Las plantaciones retrocedieron, pero las mangostas colonizaron la isla, atacaron fauna nativa y encontraron en Puerto Rico un lugar donde permanecer generación tras generación. Unos 150 años después, siguen obligando a científicos y autoridades sanitarias a dedicar recursos a vigilar mordeduras, estudiar la transmisión del virus y buscar formas de vacunarlas. La solución concebida para una plaga agrícola del siglo XIX terminó sobreviviendo al problema que pretendía resolver y creando otro que Puerto Rico todavía intenta solucionar.

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