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11 - Marzo - 2020
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Hace un año la noticia de un hombre con VIH que, tras sufrir un cáncer, se había sometido a un trasplante de células madre de la médula ósea y parecía haberse curado de ambas enfermedades avivó la esperanza de que era posible encontrar una cura para este virus; si embargo, entonces, los científicos pedían cautela e insistían que aún era pronto para hablar de curación. Ahora, después de que el hombre, al que apodan ‘el Paciente de Londres’, lleve 30 meses sin tomar tratamiento antirretroviral y sin signos detectables del virus en el cuerpo, los investigadores consideran que sí, que se ha curado.

Se convierte así en la segunda persona en el mundo en haber logrado eliminar el VIH, después de que un primer individuo, el “Paciente de Berlín”, hace 12 años se sometiera también a dos trasplantes de células madre, en 2007 y 2008, para tratar un cáncer y lograra curarse de ambas enfermedades. Y podría haber una tercera persona curada, tal como publican los investigadores en The Lancet HIV. Se trata de un paciente de Düsseldorf que, por el momento, lleva ya 14 meses con el virus indetectable en ausencia de medicación.

El tratamiento antirretroviral es esencial para mantener la infección de VIH bajo control: reduce la concentración de virus en el organismo y el riesgo de transmisión; e impide que la infección por VIH acabe provocando SIDA, la enfermedad. Cuando una persona portadora del VIH interrumpe el tratamiento, el virus rebrota en las primeras cuatro semanas.

Que en los tres pacientes que han logrado curarse de VIH no hayan tenido rebrote del virus se debe a que recibieron un trasplante de células madre de donantes que tenían dos copias de una mutación que provoca que los glóbulos blancos, las células de defensa del organismo, sean resistentes al VIH. Al hacerles el trasplante, conforme las células del donante van reemplazando las de la persona con el virus disminuyen las posibilidades de que el VIH se replique y, por tanto, que pueda seguir infectando. Y, como demuestran estos tres casos, el virus acaba desapareciendo.

Los fármacos antirretrovirales o antirretrovíricos (TAR de Terapia AntirRetroviral) son medicamentos antivirales específicos para el tratamiento de infecciones por retrovirus como, por ejemplo, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), causante del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). Diferentes antirretrovirales se utilizan en varias etapas del ciclo vital del VIH. El conjunto de varias combinaciones de tres o cuatro fármacos se conoce como Terapia Antirretroviral de Gran Actividad (TARGA).

“Cuando se publicó el caso de Londres insistimos en no hablar de cura porque, aunque 18 meses invitaban mucho al optimismo porque no se había visto un intervalo tan largo desde el Paciente de Berlín, queríamos ser prudentes y no generar falsas expectativas”, afirma Javier Martínez-Picado, investigador Icrea en IrsiCaixa y co-coordinador de IciStem. El paciente de Londres, el segundo caso de persona con VIH curada, se llama Adam Castillejo, tiene 40 años y el lunes decidió hacer pública su identidad en una entrevista con el The New York Times, donde reveló que había convivido con el VIH desde 2003. En 2012 le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin, un cáncer que afecta a las células del sistema inmunitario, y en 2016 se sometió a un trasplante de células madre. Aquí la clave está en que los médicos eligieron a un donante con la mutación CCR5 Delta 32, que protege de forma natural frente al VIH puesto que impide la entrada del virus a las células diana del VIH, los linfocitos T CD4, un tipo de glóbulo blanco.

Dieciséis meses después, los médicos decidieron interrumpir el tratamiento retroviral y en marzo de 2019, tal como publicó este diario, la revista Nature ya recogía en un artículo que llevaba 18 meses sin virus detectable en sangre. Entonces era el segundo caso de remisión a largo plazo. Ahora, 30 meses después y coincidiendo con la celebración de la Conferencia de Retrovirus e Infecciones Oportunísticas, el congreso mundial más importante sobre sida, que debía celebrarse estos días en Boston (EE.UU.) pero que debido a la Covid-19 tiene lugar de forma virtual, los investigadores han anunciado que la carga viral en sangre continúa indetectable, también en líquido cerebro-espinal, tejido intestinal y linfático, y semen. Los científicos sí han detectado pequeñas señales de virus en tejidos linfoides; se trata de fragmentos del virus y no del genoma entero, por lo que “no es probable que sea capaz de generar una nueva partícula viral e infecte de nuevo el cuerpo del paciente”, señala Martínez-Picado.

Por lo que respecta al tercer paciente que podría haberse curado, de Düsseldorf, es un hombre de 50 años con VIH que en febrero de 2013 recibió un trasplante de células madre con la mutación CCR5 Delta 32 para tratar una leucemia mieloide aguda. En noviembre de 2018 los médicos decidieron interrumpir el tratamiento antirretroviral. Ahora, 14 meses después, continúa sin rebote viral y los investigadores consideran que podría tratarse del tercer caso del mundo de curación del VIH.

El trasplante de células madre es un tratamiento de alto riesgo y solo se usa como última opción para pacientes con VIH que padecen enfermedades hematológicas que ponen en riesgo su vida. Por tanto, no es una opción que podría ofrecerse se forma generalizada a pacientes que ya siguen un tratamiento antirretroviral con éxito.

Los trasplantes de células madre propias manipuladas mediante ingeniería genética abren la puerta a hallar nuevos tratamientos de cura del VIH.

¿Qué son las células madre? Las células madre son aquéllas que se encuentran en una fase temprana de su desarrollo, por lo que tienen el potencial de convertirse en diferentes tipos de células en el organismo. La mayoría de las células adultas del ser humano tienen un objetivo concreto que no puede modificarse. En cambio, en determinadas condiciones, las células madre pueden llegar a formar cualquiera de los tejidos y órganos del cuerpo humano, funcionando como un sistema reparador de éste. ¿Qué tipos de células madre hay? Los científicos diferencian dos tipos. Las células madre embrionarias proceden en general de embriones de sólo cuatro o cinco días creados en laboratorios y son las de mayor utilidad para los investigadores dado su pluripotente, es decir, pueden llegar a formar cualquier célula plenamente diferenciada del organismo. Pueden mantenerse de forma indefinida, ya sea en el embrión o en determinadas condiciones de cultivo, formando al dividirse una célula idéntica a ellas mismas, y manteniendo una población estable. Por su parte, las células madre adultas se originan en organismos ya maduros. Su función es mantener el organismo en un estado saludable y reparar daños, aunque su capacidad para convertirse en otro tipo de célula es más limitado que el de las embrionarias. ¿Por qué constituyen una revolución en la medicina? ¿Qué enfermedades permiten tratar? El estudio de estas células puede ayudar a explicar cómo se producen algunos cuadros serios tales como los defectos congénitos y el cáncer. Las investigaciones con células madre buscan el tratamiento de males que dañan o destruyen tejidos u órganos como la hepatitis, la diabetes, el Parkinson o la enfermedad de Alzheimer. Su utilidad científica también se extiende al estudio de enfermedades coronarias, derrames cerebrales, artritis, quemaduras y daños en la médula espinal.

¿Son realmente eficaces los tratamientos con células madre? La mayor parte de estas investigaciones se encuentran en fase experimental. Los científicos han realizado ensayos en animales, en los que se desencadena una enfermedad artificialmente a través de productos químicos, pero su eficacia no está comprobada al 100% en condiciones normales en los seres humanos. ¿Cuáles son los riesgos de estos tratamientos? Aunque estas terapias con células madre deberían resultar eficaces, dada su novedad pueden contar con efectos secundarios, puesto que estas células precursoras se pueden desarrollar de una manera impredecible, por ejemplo en células cancerosas, según subrayan sus detractores. ¿Por qué hay tanta controversia en torno a las células madre? Las dudas éticas que desde distintos sectores se han planteado sobre las terapias con células madre solamente se refieren a las células embrionarias cultivadas en laboratorio. Los críticos, con la Iglesia a la cabeza, consideran que éstas forman parte de embriones humanos que podrían haberse desarrollado en un ser humano si se hubiesen implantado en un útero. Por ello, estas voces subrayan que no es ético utilizar estas células con fines investigativos y luego destruirlas.

¿Qué dice la ley de la investigación con células madre? La Convención Europea para la Protección de los Derechos Humanos y de la Dignidad del Ser Humano prohíbe la "creación de embriones humanos para fines de investigación". No obstante, el parlamento de cada país tiene autonomía para asignar individualmente las normas y marcos éticos en la investigación con células madre de embriones humanos. El Reino Unido, los países nórdicos, Holanda y Bélgica son los países que cuentan que tienen una legislación más aperturista en este sentido.

En España, la legislación permite la investigación con células madre procedentes de embriones congelados sobrantes de los procesos de fecundación asistida, siempre y cuando las parejas autoricen su utilización con fines científicos. En EE UU, Barack Obama puso fin a los límites que el anterior mandatario George W. Bush había fijado en 2001 a la investigación con células madre procedentes de embriones humanos. ¿Cuál es el estado de las investigaciones en España? Hasta ahora, los investigadores españoles han realizado ensayos clínicos controlados de aplicación de células madre en pacientes con enfermedades cardiacas, como el infarto de miocardio, y en el tratamiento de fístulas del tubo digestivo.

A finales de 2011 Sevibe Cells inauguraba, de manera oficial, el primer laboratorio privado de procesamiento de células madre en Cataluña.

Tanto el Paciente de Londres como el de Düsseldorf forman parte del consorc io IciStem, coordinado por el Instituto de Investigación del Sida IrsiCaixa ye l Centro Médico Universitario de Utrech (Holanda). Está integrado por unos 200 investigadores en Europa, Estados Unidos y Canadá, y han analizado cinco millones de personas para identificar potenciales donantes de médula ósea y cordón umbilicalcon dos copias de la alteración genética que resulta protectora frente al virus.

“Nuestros resultados muestran que el éxito del trasplante de células madre, como una cura para el VIH, se puede replicar”, asegura Ravindra Kumar Gupta, de la Universidad de Cambridge y coautor de este trabajo. “Es importante señalar que este tratamiento es de alto riesgo y solo se usa como última opción para pacientes con VIH que padecen enfermedades hematológicas que ponen en riesgo su vida. Por tanto, no es una opción que podría ofrecerse se forma generalizada a pacientes que ya siguen un tratamiento antirretroviral con éxito”, puntualiza. El peligro radica, explica Martínez Picado, en el hecho de usar células madre de donantes, porque pueden provocar reacciones graves en el organismo, como por ejemplo que estas células ataquen a los órganos del receptor. Por eso, en el consorcio IciStem se está investigando la posibilidad de realizar trasplantes autólogos, esto es de las propias células. “Se trata de usar la ingeniería genética para tomar células madre de las personas con VIH, modificarlas en el laboratorio para que dejen de expresar el receptor del virus, y reinfundirlas en sangre en el paciente”, explica Martínez-Picado.

Este tipo de trasplantes de células madre propias manipuladas mediante ingeniería genética abre la puerta a hallar nuevos tratamientos de cura del VIH. En el futuro, inciden los investigadores, podría ser una terapia con aplicabilidad a gran escala, cuando la tecnología se abarate. En este sentido, por ejemplo, la Fundación Bill y Melinda Gates, una de las mayores fundaciones filantrópicas del mundo, tiene un programa de terapia génica aplicado al VIH que quiere implementar en países en vías de desarrollo.

La era del sida empezó oficialmente el 5 de junio de 1981, cuando los CDC (Centers for Disease Control and Prevention (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades) de Estados Unidos convocaron una conferencia de prensa donde describieron cinco casos de neumonía por Pneumocystis carinii en Los Ángeles. Al mes siguiente se constataron varios casos de sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer de piel. Las primeras constataciones de estos casos fueron realizadas por el Dr. Michael Gottlieb de San Francisco.

Pese a que los médicos conocían tanto la neumonía por Pneumocystis carinii como el sarcoma de Kaposi, la aparición conjunta de ambos en varios pacientes les llamó la atención. La mayoría de estos pacientes eran hombres homosexuales sexualmente activos, muchos de los cuales también sufrían de otras enfermedades crónicas que más tarde se identificaron como infecciones oportunistas. Las pruebas sanguíneas que se les hicieron a estos pacientes mostraron que carecían del número adecuado de un tipo de células sanguíneas llamadas T CD4+. La mayoría de estos pacientes murieron en pocos meses. Por la aparición de unas manchas de color rosáceo en el cuerpo del infectado, la prensa comenzó a llamar al sida, la «peste rosa», causando una confusión, atribuyéndola a los homosexuales, aunque pronto se hizo notar que también la padecían los inmigrantes haitianos en Estados Unidos, los usuarios de drogas inyectables y los receptores de transfusiones sanguíneas, lo que llevó a hablar de un club de las cuatro haches que incluía a todos estos grupos considerados de riesgo para adquirir la enfermedad. En 1982, la nueva enfermedad fue bautizada oficialmente con el nombre de Acquired Immune Deficiency Syndrome (AIDS), nombre que sustituyó a otros propuestos como Gay-related immune deficiency (GRID).

Hasta 1984 se sostuvieron distintas teorías sobre la posible causa del sida. La teoría con más apoyo planteaba que el sida era una enfermedad básicamente, epidemiológica. En 1983 un grupo de nueve hombres homosexuales con sida de Los Ángeles, que habían tenido parejas sexuales en común, incluyendo a otro hombre en Nueva York que mantuvo relaciones sexuales con tres de ellos, sirvieron como base para establecer un patrón de contagio típico de las enfermedades infecciosas. Otras teorías sugieren que el sida surgió a causa del excesivo uso de drogas y de la alta actividad sexual con diferentes parejas. También se planteó que la inoculación de semen en el recto durante la práctica de sexo anal, combinado con el uso de inhalantes con nitrito llamados poppers, producía supresión del sistema inmune. Pocos especialistas tomaron en serio estas teorías, aunque algunas personas todavía las promueven y niegan que el sida sea producto de la infección del VIH.

Un sobrecargo canadiense al que se atribuyó en la década de 1980 el haber introducido y difundido el virus del sida en Estados Unidos, apodado el "Paciente Cero", no desempeñó en realidad ese papel, determinó un equipo de investigadores estadounidenses. Redimido 30 años después, en 2016.

"No hay prueba biológica ni histórica de que el 'Paciente Cero' fuese el primer caso en Estados Unidos", según concluyó un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Tucson (Arizona) y presentado en una conferencia en Boston. El equipo, dirigido por el profesor de biología Michael Worobey, analizó el genoma del virus contenido en ocho muestras de sangre de enfermos estadounidenses, que eran parte de los nueve genomas más antiguos recuperados en el mundo hasta ese momento, obtenidos en 1978-1979, así como el del "Paciente Cero", conseguido en 1983. Este último, el sobrecargo canadiense Gaétan Dugas, había sido designado por el periodista Randy Shilts en su libro "And the band played on" (Y la banda tocó, de 1987) como el hombre que había introducido el VIH a Estados Unidos y como quien lo diseminó con sus múltiples viajes y su vida disipada, recuerda la revista Science. Pero al combinar los análisis moleculares, filogenéticos (lazos de parentesco entre organismos vivos que permiten componer un árbol genético) e históricos, el equipo del profesor Worobey estableció que el virus había sido transferido desde Africa al Caribe (Haití principalmente) entre 1964 y 1970 (probablemente antes de 1967), antes de entrar a Estados Unidos por Nueva York entre 1969 y 1973 (probablemente antes de 1971). El virus, cuyo genoma muta con cada duplicación permitiendo crear una historia geográfica, a continuación fue transportado a San Francisco (antes de 1975) "con una importante mezcla geográfica en Estados Unidos y otros lugares poco después", según el resumen.

Gracias al árbol genealógico realizado, los científicos determinaron que el genoma del "Paciente Cero" no se situaba en el comienzo del árbol genealógico de los primeros años de la epidemia en Estados Unidos, sino "casi al medio", indicó la revista Science. Esto demuestra "claramente" que Gaétan Dugas, fallecido 1984, no introdujo el sida en Estados Unidos, concluyó la revista.

La teoría más reconocida actualmente, sostiene que el VIH proviene de un virus llamado «virus de inmunodeficiencia en simios» (SIV, en inglés), el cual es idéntico al VIH y causa síntomas similares al sida en otros primates. En 1984, dos científicos franceses, Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier del Instituto Pasteur, aislaron el virus de sida y lo purificaron. El dr. Robert Gallo, estadounidense, pidió muestras al laboratorio francés, y adelantándose a los franceses lanzó la noticia de que había descubierto el virus y que había realizado la primera prueba de detección y los primeros anticuerpos para combatir a la enfermedad. Después de diversas controversias legales, se decidió compartir patentes, pero el descubrimiento se le atribuyó a los dos investigadores originales que aislaron el virus, y solo a ellos dos se les concedió el Premio Nobel conjunto, junto a otro investigador en el 2008, reconociéndolos como auténticos descubridores del virus, aceptándose que Robert Gallo se aprovechó del material de otros investigadores para realizar todas sus observaciones. En 1986 el virus fue denominado VIH (virus de inmunodeficiencia humana). El descubrimiento del virus permitió el desarrollo de un anticuerpo, el cual se comenzó a utilizar para identificar dentro de los grupos de riesgo a los infectados. También permitió empezar investigaciones sobre posibles tratamientos y una vacuna.

En esos tiempos las víctimas del sida eran aisladas por la comunidad, los amigos e incluso la familia. Los niños que tenían sida no eran aceptados por las escuelas debido a las protestas de los padres de otros niños; éste fue el caso del joven estadounidense Ryan White. La gente temía acercarse a los infectados ya que pensaban que el VIH podía contagiarse por un contacto casual como dar la mano, abrazar, besar o compartir utensilios con un infectado. En un principio la comunidad homosexual fue culpada de la aparición y posterior expansión del sida en Occidente. Incluso algunos grupos religiosos llegaron a decir que el sida era un castigo de Dios a los homosexuales (esta creencia aún es popular entre ciertas minorías de creyentes cristianos y musulmanes).

El cantante británico Elton John (1947–) fue uno de los apoyos de Ryan White en su lucha contra el sida.

Otros señalaban que el estilo de vida «depravado» de los homosexuales era responsable de la enfermedad. Aunque en un principio el sida se expandió más deprisa a través de las comunidades homosexuales, y que la mayoría de los que padecían la enfermedad en Occidente eran homosexuales, esto se debía, en parte, a que en esos tiempos no era común el uso del condón entre homosexuales, por considerarse que éste era sólo un método anticonceptivo. Por otro lado, la difusión del mismo en África fue principalmente por vía heterosexual.

Jeanne White-Ginder, madre de Ryan, con Obama en su etapa presidencial.

Ryan White fue un referente para las personas con sida en los Estados Unidos durante la década de 1980 y los primeros años de la década de 1990. Fue además una de las primeras personas que mostraron públicamente su enfermedad, a los que se unirían personajes famosos, como los hermanos Ray, el jugador de baloncesto Magic Johnson o Kimberly Bergalis, para ayudar a cambiar la percepción pública de su enfermedad y a sensibilizar al público de la magnitud de la epidemia. Tras la muerte de White se realizaron numerosas actividades benéficas. Uno de sus amigos, Jill Steward, se reunió con el asesor de la Universidad de Indiana y acordaron organizar un maratón de baile para continuar con la lucha iniciada por White. Steward, junto con otros doce estudiantes, organizó el evento que fue celebrado el 18 de octubre de 1991 y en el que se realizaron 36 horas de juegos, bailes y otras actividades. Los fondos recaudados, 11.000 dólares, fueron donados al Centro de Enfermedades Infecciosas Ryan White del hospital infantil James Whitcomb Riley. A partir de entonces, el evento se celebra todos los años y lleva recaudados unos seis millones de dólares.

En 1992, la madre de White, Jeanne, creó una fundación a la que bautizó con el nombre de su hijo. Su trabajo se basó en incrementar la concienciación social sobre el VIH y el sida, ofreciendo una ayuda especial a los hemofílicos infectados como White, a los adolescentes cuyos padres estaban enfermos y a las familias que cuidan de sus parientes con sida. La fundación permaneció abierta durante la década de 1990, con donaciones que superaron los 300.000 dólares en 1997. Sin embargo, entre 1997 y 2000, las donaciones a nivel nacional disminuyeron en un 21% y la recaudación bajó a 100.000 dólares al año. En 2000, la madre de White cerró la fundación y fusionó sus activos con AIDS Action, una gran organización benéfica. A pesar de ello, continuó su lucha contra el sida, convirtiéndose en portavoz para el activismo de la enfermedad.

La muerte de White motivó a Elton John para crear la Fundación Elton John contra el Sida. Además, el cantante donó los ingresos de su canción The last song, incluida dentro de su álbum de estudio The One para el Centro de Enfermedades Infecciosas Ryan White del hospital Riley. White también sirvió de inspiración para otras canciones populares. Michael Jackson le dedicó el tema Gone too soon, del álbum Dangerous, mientras que la cantante de la década de 1980 Tiffany le dedicó Here in my heart, del álbum New Inside. En noviembre de 2007, el The Children's Museum of Indianapolis inauguró una exposición titulada «The Power of Children: Making a Difference» (‘El poder de la infancia: marcando la diferencia’) que mostraba una comparación de Ryan White con Anne Frank y Ruby Bridges.

En agosto de 1991, cuatro meses después de la muerte de Ryan White, el Congreso de Estados Unidos promulgó el acta Ryan White CARE (Comprehensive AIDS Resource Emergency, traducido al español como «Recursos globales de emergencia contra el sida»), un programa federal que proporcionó ayuda financiera de emergencia a las comunidades afectadas por la epidemia del sida, dotando de fondos a programas para mejorar la disponibilidad de asistencia a personas con bajos recursos, sin cobertura sanitaria y con una cobertura sanitaria deficiente al enfermo, incluyendo a sus familias. Los programas siguen la filosofía «pagar como último recurso» y subvencionan el tratamiento cuando no hay otros recursos disponibles. La ley se reformó en 1996, 2000 y 2006 y todavía permanece vigente parte del articulado. El programa provee de algún tipo de cuidados a alrededor 500.000 personas al año y, en 2004, donó fondos a 2.567 organizaciones. El programa subvenciona y proporciona asistencia a servicios médicos locales y estatales, proporcionando recursos, suministros y programas de formación.

El sida pudo expandirse rápidamente al concentrarse la atención sólo en los homosexuales, esto contribuyó a que la enfermedad se extendiera sin control entre heterosexuales, particularmente en África, el Caribe y luego en Asia. Gracias a la disponibilidad de tratamiento antirretrovirales, las personas con VIH pueden llevar una vida normal, la correspondiente a una enfermedad crónica, sin las infecciones oportunistas características del sida no tratado. Los antirretrovirales están disponibles mayormente en los países desarrollados. Su disponibilidad en los países en desarrollo está creciendo, sobre todo en América Latina; pero en África, Asia y Europa Oriental muchas personas todavía no tienen acceso a esos medicamentos, por lo cual desarrollan las infecciones oportunistas y mueren algunos años después de la seroconversión.

En las primeras semanas de la infección, el VIH desencadena el síndrome retroviral agudo, un estado con manifestaciones inespecíficas y variables. Luego, sobreviene un período de varios años en el que la mayoría de los casos no presentan manifestaciones clínicas, pero el sistema de defensas se deteriora de manera gradual. Posteriormente, pueden surgir una serie de síntomas o enfermedades, cuya presencia indica una alteración en el sistema inmunitario celular y que se consideran síntomas de la infección por VIH. En una etapa tardía de la infección –8 a 10 años después– podrían aparecer las enfermedades definitorias de sida, las cuales eventualmente podrían provocar la muerte tras un tiempo variable, por lo general de dos a cuatro años. De acuerdo con la evolución de la infección por VIH, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades en Estados Unidos (CDC, según sus siglas en inglés) definió una clasificación basada en ciertas condiciones clínicas y en el recuento de linfocitos T CD4+. Hay tres categorías clínicas: A, que incluye la infección asintomática, la primoinfección aguda y la linfadenopatía generalizada persistente; B, que abarca síntomas y signos de enfermedades que se asocian con una inmunidad celular afectada, pero que no entran en la categoría C, y las condiciones cuyo curso clínico o manejo terapéutico se ven complicados por la infección por VIH, y por último la categoría C, en la que se encuentran las enfermedades definitorias de sida. Una vez que se está en la categoría B o C, aunque la condición se revierta, la clasificación no puede volver a la categoría anterior.

Tomando como definición de exclusión social la que hace el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de España: “La exclusión social es entendida, como la ausencia, para unos, del conjunto de oportunidades vitales que otros sí tienen, como la imposibilidad o dificultad muy intensa de acceder a los mecanismos de desarrollo personal e inserción sociocomunitaros y, a los sistemas preestablecidos de protección, y citando los ámbitos de exclusión y colectivo de afectados, donde se enumeran los principales ejes que configuran la exclusión social, entre los que se citan:

- Pobreza en el sentido de ingresos económicos.

- Dificultad en la inserción laboral.

- Dificultad o acceso a la educación.

- Carencia de salud, de capacidad psicofísica y de asistencia sanitaria.

- Ausencia o insuficiencia de apoyos familiares o comunitarios.

- Ámbitos de marginación social.

- Falta de sensibilización y movilización de la población en general ante la exclusión social.

La mayoría de las personas infectadas por el VIH se encuentran inmersos en un círculo cerrado en el que están incluidos todos los puntos citados, y que presumiblemente, en este caso, unos lleven a otros completando un círculo sin fin que sólo en determinadas ocasiones se rompe, cuando el apoyo social y la solidaridad hacen su entrada. Desgraciadamente, no siempre ocurre esto, y es en la mayoría de los casos cuando la enfermedad se convierte en un estigma social y los enfermos son tratados como los leprosos en la antigüedad, que eran señalados y apartados de la sociedad por miedo al contagio. La exclusión social a causa del sida se expresa de múltiples maneras, algunas muy sutiles y otras demasiado evidentes para dejar de verlas. Pero todas las formas de exclusión social coinciden en un hecho que, aunque se conoce, es inadmisible para cualquier sociedad o país democrático: la violación de los derechos humanos esenciales de las personas que viven o padecen la enfermedad, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos suscritos y ratificados por la inmensa mayoría de los países del mundo (el derecho a la vida, a la salud, a la igualdad, al trabajo y a la educación).

El VIH y el sida no afectan de la misma manera a las personas de distinta condición socioeconómica. Hay una marcada tendencia a “castigar” más a quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Se produce, entonces, una especie de sobre-exclusión, es decir, la exclusión social de los ya excluidos por otras razones (homosexuales, drogadictos, prostitución, etc).

¿Qué diferencia hay entre VIH y SIDA? El VIH es el virus que destruye al sistema inmunitario mientras que el SIDA es la etapa final de la infección. No es lo mismo estar infectado por el VIH que tener SIDA.

Existen informaciones que indican que la pobreza y el analfabetismo son dos factores que tienden a elevar el riesgo de adquirir ETS, incluyendo el sida. Algunos ejemplos específicos sugieren que las personas de bajos ingresos no pueden pagar preservativos ni el tratamiento de una ETS. Algo parecido sucede con las personas con bajos niveles educativos, éstos no tienen acceso a la información preventiva o bien la misma no se realiza de forma que puedan comprenderla con facilidad. La cultura y la religión podrían jugar un papel de prevención, pero en la práctica sucede todo lo contrario. Ambos elementos contribuyen a la exclusión de los infectados por VIH. Algunas características socioculturales, asociadas a la infección se expresan en los planos de la inequidad de género por ejemplo, la sociedad gitana, donde el machismo está muy presente. Los hombres pueden tener múltiples parejas y el uso del condón presenta una baja frecuencia, y las mujeres carecen de autonomía para tomar decisiones sobre su sexualidad y por lo tanto para protegerse de la enfermedad. Hay otros factores de vulnerabilidad que enfatizan la doble exclusión que sufren las personas con VIH y sida. Se trata de personas que por una u otra causa, sufren la violación de sus derechos humanos. Por ejemplo: población desarraigada, población con problemas de drogadicción, grupos con preferencias y prácticas sexuales distintas a las socialmente aceptadas. La estigmatización social de la enfermedad amplifica las exclusiones en los espacios laborales, en los servicios de salud y hasta en el seno de las unidades familiares.

El VIH/sida tiene muchos aspectos comunes con otras enfermedades que han producido pánico en la historia: carácter contagioso, resultado fatal a largo plazo, extensión rápida hasta constituir una verdadera pandemia. Pero junto a estos caracteres, el VIH tiene un elemento que hace de esta dolencia algo específicamente distinto: su transmisión va ligada a menudo a comportamientos reprobados por la moral, como son el consumo de drogas, la conducta homosexual y la promiscuidad sexual. Si estableciéramos alguna comparación entre el sida y alguna otra enfermedad reciente, la referencia podría ser la sífilis antes del descubrimiento de los antibióticos. Por su carácter incurable, al menos hoy por hoy, hay un aspecto del VIH que lo convierte en algo singular: por la responsabilidad moral que puede suponer el haberlo contraído y el poderlo transmitir a otras personas, se cae en la cuenta de las consecuencias del ejercicio de la libertad. Además, el VIH y el sida plantean ante nuestra civilización dos cuestiones adicionales, con una intensidad que hoy no es en absoluto frecuente: por un lado, lo inevitable de la muerte; por otro, las limitaciones de la ciencia y de la técnica, que no tienen respuesta eficaz para todo. Por un comprensible mecanismo psicológico, mientras existe posibilidad de curación el hombre tiende a alejar de sí la perspectiva de la muerte y basa su seguridad en la eficacia de la ciencia y de la técnica. Pero el VIH confronta con la necesidad de admitir que la naturaleza plantea límites morales: es propio de la verdad de la libertad humana el asumir las consecuencias, a veces irreparables, de los propios actos; la muerte es la perspectiva vital de todos, y la ciencia y la técnica no son la panacea que lo resuelva todo. De ahí el pánico generalizado que el VIH y el sida producen en nuestros días, y que plantea la necesidad de reflexionar sobre lo correcto o erróneo de algunos elementos culturales que configuran la mentalidad contemporánea.

Isaac Asimov murió en 1992, por culpa de una enfermedad que fue "secreta" hasta casi diez años después de su muerte. El miedo al rechazo social y el desconocimiento están detrás del silencio. Isaak Yúdovich Ozímov, infinitamente más conocido como Isaac Asimov probablemente sea el autor de ciencia ficción (y uno de los autores en general) más prolífico de la historia. Pero su personalidad se proyectaba mucho más allá de sus obras: excéntrico, intelectual, progresista, polémico y humanista, Asimov era muy consciente de quién o qué era.

Esta enfermedad no era otra que el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, o sida. Así lo hizo saber su viuda, Janet Asimov (y segunda esposa), en la biografía Ha sido una buena vida. Meses antes de su publicación, Janet explicó para la revista Locus las circunstancias de la enfermedad. Según esta, aunque el propio Asimov quería revelar su estado, nunca lo hizo.

"Nos dijeron que si lo hacíamos público, la gente sentiría prejuicios contra nosotros [...] en aquellos días, yo oía decir incluso a la gente muy culta que sentían temor de tan sólo tocar a un enfermo de sida", explicaba Janet. Según Locus, ambos decidieron no revelar la condición. Pero la cuestión no es tan sencilla. Poco después de publicarse la entrevista, la propia viuda pedía a la revista una corrección con respecto a sus palabras: "Espero que nadie crea que, de acuerdo con el artículo de Locus, Isaac Asimov 'quiso revelar que tenía sida, pero que su segunda esposa, Janet Jeppson, le quitó importancia' (sic)". "Unos años después de la cirugía de bypass, Isaac tenía algunos síntomas que me hicieron leer las revistas médicas", explicaba Janet Asimov, "y luego quise que se hiciera la prueba del VIH. El internista y el cardiólogo me dijeron que estaba equivocada. Las pruebas solo se realizaron cuando Isaac estaba gravemente enfermo y en el hospital. La cirugía [de corazón], entonces, fue cancelada, y los doctores nos dijeron que no reveláramos el sida de Isaac", afirmaba en 2002. "Discutí con los médicos en privado sobre este secreto, pero nunca cedieron, incluso después de que Isaac muriera. Los médicos ahora también están muertos, y cuando la editorial Prometheus me pidió que escribiera Ha sido una buena vida, la hija de Isaac y yo acordamos hacer público lo del VIH".

Detrás de esta historia existe un tema mucho más peliagudo y delicado. ¿Cómo se contagió Isaac Asimov con el VIH? La respuesta sorprende por muchas cuestiones: según admitieron los médicos en su momento, el contagio ocurrió en 1983 por culpa de una transfusión de sangre, cuando se le practicó una cirugía coronaria al autor. ¿Cómo es posible? Por desgracia, el VIH es un virus muy conocido ahora, pero no lo era antes. En los años ochenta su expansión alcanzó cotas muy importantes, iniciando una epidemia en los Estados Unidos que levantó todas las alarmas. Por aquel entonces, mucho se desconocía del sida. Y muchas personas sufrieron contagios por accidente. Eso por no hablar del ostracismo y el rechazo social.

Pero volviendo al problema del contagio, Isaac Asimov contrajo el virus en 1983 mediante una transfusión porque no fue hasta 1985 que comenzaron a hacerse los análisis a estas de forma rutinaria para buscar al VIH en los donantes. Así, Asimov fue una víctima del desconocimiento de la época.

Pero también fue uno de los ejemplos que ayudó a que cambiara este hecho para siempre. Isaac Asimov, además de pasar a la historia como uno de los personajes más importantes que ha muerto por sida, también es un ejemplo, como en otros aspectos de su vida, ya que el quería que su enfermedad se conociese, tal y como contaba su viuda. Fue la presión de los médicos y la sociedad lo que frenó sus deseos de contarle al mundo que tenía una enfermedad estigmatizada por la sociedad.

A día de hoy esto es prácticamente imposible en los países con medios técnicos adecuados. Se estima que solo un 1% de los infectados con VIH se han contagiado por culpa de una transfusión. Desde 1981 se han registrado solo 175 casos de sida producidos por una transfusión. Y en la última década este número se ha reducido prácticamente a cero. Si tenemos en cuenta los millones de transfusiones que se realizan en un año, podemos entender lo seguras que resultan. Según los expertos, los mínimos riesgos de una transfusión de sangre no son considerables en comparación con los enormes beneficios para la salud, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se realizan.

Tubos de ensayo con muestras de sangre centrifugada en un Centro de Transfusión.

Actualmente se realiza una intensa batería de pruebas tanto a los donantes como a la sangre donada para asegurar su calidad y sus parámetros. Entre dichas pruebas se encuentra una detección con anticuerpos del VIH. Como otros virus, este puede ser resaltado con los test adecuados, que son relativamente sencillos y rápidos. Además de estos test, los donantes son "filtrados" antes de llegar a donar para evitar que se done sangre potencialmente contaminada, por lo que las transfusiones cuentan con varios niveles de seguridad. Y todo esto, el cuidado y la mejora técnica para asegurar la seguridad de la sangre se la debemos en gran medida a todos los desafortunados que sufrieron un contagio inesperado. Desafortunados como Isaac Asimov, a quien perdimos, tras una prolífica vida, por un virus que no conocíamos lo suficientemente bien.

¿Puede decirse, pues, que en el problema del VIH y el sida existe un aspecto que podríamos llamar cultural? Sí, por dos razones: la primera es que, en las sociedades desarrolladas, la enfermedad y la muerte se consideran como poco menos que fracasos de los que hay que huir a todo trance, y, en estas condiciones, se tiende a poner en la ciencia y la técnica toda la esperanza; pero el VIH/sida pone de manifiesto que eso no es suficiente: aunque los avances científicos y técnicos ayuden mucho a la calidad de vida y al bienestar social, tienen unos límites y no pueden anular la responsabilidad del hombre, que debe asumir las consecuencias de sus actos. La segunda razón es que, al no conocerse para este mal un tratamiento curativo médico eficaz, surge la idea de que sólo puede ser combatido con medidas preventivas tendentes a lograr cambios en la conducta personal; lo cual plantea la cuestión de los valores éticos, es decir, de los criterios últimos de lo que se puede hacer y lo que no se debe hacer. Eso pone en cuestión algunos prejuicios de la cultura moderna como un ejercicio de la libertad sin restricciones ni valores, la irrelevancia social de algunos comportamientos que se llaman privados, etc. En este sentido, el VIH, además de una enfermedad, produce un fenómeno cultural que incita a la sociedad contemporánea a replantearse todo un sistema de valores que algunos daban por supuestos. Los criterios necesarios en materia de conductas preventivas del VIH parecen afectar así, de una forma peculiar, a algunas de las consideradas libertades individuales.

Los que viven en sociedades desarrolladas ya no están acostumbrados a imponerse auto-limitaciones en su conducta ni siquiera para evitar poner en peligro su vida o su salud, especialmente en lo que se suele llamar libertad sexual. La auto-limitación en las conductas personales como medida preventiva sólo se acepta en materia de accidentes (seguros, cinturones de seguridad, casco para motoristas, mineros o trabajadores de la construcción, etc.), y en algunos comportamientos muy concretos, como el hábito de fumar. Pero en el caso del VIH, el autocontrol en algunos comportamientos con finalidad profiláctica -rechazo del consumo de ciertas drogas y, sobre todo, de las prácticas homosexuales o de la promiscuidad sexual- se considera por algunos una intromisión inaceptable en la autonomía del individuo.

¿Por qué la exclusión de conductas de riesgo se considera en unos casos como una intromisión, y en otros, no? Porque el consumo de drogas y los comportamientos sexuales están considerados por quienes participan de esta mentalidad como una manifestación primigenia y absoluta de la libertad que define al hombre y, por lo tanto, como esenciales a la autonomía del individuo. En consecuencia, esta mentalidad dificulta una actitud coherente de lucha social contra la transmisión del virus ligada al consumo de drogas, ya que muchos legitiman el consumo privado aunque sean partidarios de perseguir su tráfico. En cuanto a la transmisión por vía sexual, se tiende a negar que existan criterios objetivos para juzgar que determinadas conductas sexuales implican riesgos para la salud.

¿Y no sería lógico que la extensión del mal diera origen a un cambio profundo en la mentalidad social, y que las conductas de riesgo -como la promiscuidad sexual o el consumo de drogas- fueran rechazadas mayoritariamente? En efecto, así parece. Pero la relación que se establece entre las "conductas de riesgo" de la transmisión del VIH y las libertades individuales (como el ejercicio de la autodeterminación en materia sexual), hacen que cualquier intervención de los poderes públicos que tienda a reducir la práctica de las primeras se considere una extralimitación o, en su caso, una vulneración de la neutralidad ética exigible -según esta mentalidad- al Estado. Este planteamiento de la cuestión hace del VIH/sida una enfermedad que suscita problemas sociales muy singulares y distintos de los que se producen con otras enfermedades. El VIH/sida y toda la problemática social y el debate que llevan consigo sólo pueden comprenderse en este peculiar contexto cultural en las sociedades occidentales a finales del Siglo XX. Además, las personas que tienen conductas de riesgo tienden a centrar su vida en dichas conductas y a desatender irresponsablemente el riesgo que corren y en el que ponen a otros. Y hay que considerar que se da un intervalo de tiempo frecuentemente largo entre la contaminación por el virus y el descubrimiento de la misma. Durante ese tiempo ha podido infectar a muchas personas sin saberlo. La peculiar epidemiología del VIH hace que sea una auténtica pesadilla para la prevención, porque el período desde que el paciente se infecta hasta que empiece a ser contagioso es sólo de días, mientras que el de incubación, antes de que se desarrollen los síntomas (portador sano), que puede durar unos 10 años o más.

Entre los años 60 y 70 se desarrolla en esas sociedades (y, como eco, en muchas otras) la denominada "revolución sexual". Su idea central es la separación radical de los conceptos de amor conyugal y sexualidad humana, de sexualidad y procreación. Se piensa, erróneamente, en una libertad separada de todas las tendencias naturales, de modo que el cuerpo humano no tendría un valor moral propio, sino que el hombre sólo sería libre cuando reelabora el significado de tales tendencias según sus preferencias, imponiendo sobre las leyes de la naturaleza su propio arbitrio. Eliminado el aspecto procreativo, propio de la verdad moral del amor conyugal y de la biología y naturaleza sexual, su verdad completa queda falseada, como ocurriría si se redujese el amor sexual al mero aspecto reproductor. De esta manera, la homosexualidad o la promiscuidad sexual pasan a constituir opciones alternativas equiparables al ejercicio de la sexualidad en el matrimonio, en lugar de ser conductas contrarias a las leyes de la sexualidad humana. Este modo de pensar elimina la diferencia moral entre actos naturales, conformes con la dignidad de la persona humana, y actos no naturales, contrarios a esa dignidad y a la naturaleza del ser humano. Elimina, en consecuencia, toda referencia ética acerca de cualquier conducta sexual, de forma que ya no es posible establecer ninguna distinción entre lo que está bien y lo que está mal en esta materia. En estas condiciones, al legitimar cualquier conducta sólo por responder a la libertad entendida como mera ausencia de restricciones, la sociedad se auto-desarma, porque ha renunciado a las claves que permiten hacer un juicio sobre la ética de las conductas personales, y queda paralizada a la hora de luchar contra la raíz moral de lo que ya es una verdadera pandemia, porque sólo puede actuar contra algunas de sus manifestaciones periféricas. Este desarme moral de la sociedad se traduce en la impotencia de los poderes públicos para actuar. El resultado inevitable de esta situación es que la infección no cesa de extenderse.

Aunque el consumo de sustancias estupefacientes o alucinógenas viene de muy atrás y formó parte de los usos de algunas antiguas civilizaciones (orientales e indígenas americanas, principalmente), los fundamentos culturales de su uso en nuestros días y en países económicamente desarrollados no provienen de aquellos tiempos remotos, sino que se insertan en el marco que acabamos de considerar. Pretender erróneamente afirmar la propia libertad frente a toda tendencia natural, junto a una mentalidad según la cual sentirse bien y triunfar en las situaciones más competitivas son los principales objetivos de la vida, constituyen el caldo de cultivo para la extensión de la drogadicción. Debido a las consecuencias económicas y sociales que acarrea la drogadicción (puerta de muchos delitos, degradación física y psicológica de los adictos, graves problemas familiares, etc.), los poderes públicos encuentran más apoyo social para luchar contra este fenómeno, y lo hacen con más intensidad que contra los efectos socialmente perniciosos de la irresponsabilidad sexual; pero, al igual que en este caso, sólo lo hacen por sus consecuencias y en algunos aspectos circunstanciales, no contra sus causas profundas, que, como queda dicho, son efecto de este clima social proclive a considerar cualquier actitud ante la vida como opción alternativa, tan respetable como cualquier otra. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la drogadicción, por sí misma, no es un vehículo de transmisión del VIH, sino que lo es sólo el intercambio de jeringuillas en el uso de drogas administradas por vía endovenosa. Pero en la medida en que se extiende este tipo de drogas, aumenta sin remedio también el riesgo de transmisión del VIH.

España, años 80 del pasado siglo.

Entonces, ¿cómo se combate socialmente el VIH en la actualidad? Se combate, o, mejor dicho, se pretende combatir, desde un modelo que podría calificarse de ideológico, que se inspira básicamente en una supuesta neutralidad absoluta del Estado en todo lo concerniente a las conductas privadas de los individuos, por funestas que sean socialmente sus consecuencias. Y cuando éstas se dejan sentir visible y dramáticamente, los poderes públicos no pueden con facilidad e incluso no quieren, volverse atrás en la ideológica aceptación igualitaria de todos los comportamientos en la sociedad. Aun conociéndose claramente y sin lugar a dudas las conductas de riesgo que deberían desterrarse para evitar la transmisión del virus (drogadicción, promiscuidad sexual), los gobernantes se limitan a recomendar estrategias o técnicas que permitan continuar con esos hábitos, pero con menor riesgo: por ejemplo, no intercambiar jeringuillas o utilizar preservativos.

Y esto, ¿es suficiente, o no lo es? Es por completo insuficiente, porque de esta manera se intenta poner una especie de remiendo al problema que, sin embargo, no se resuelve en verdad. Además, es gravemente peligroso para la sociedad, como se encarga de demostrarlo la pura estadística, que acredita que después de las campañas masivas y las inversiones crecientes de fondos públicos que conocemos, no cesa de aumentar el número de personas infectadas. Y quizás no es exagerado decir que este modo de concebir la lucha contra el VIH/sida es responsable, en buena medida, de la expansión de la epidemia.

¿Significa todo esto que la sociedad tendría que considerar necesaria no sólo la prevención de los efectos, sino también de las conductas o los comportamientos irregulares que dan origen a la expansión del VIH? Así debería ser en buena lógica. Pero la conexión que fácilmente surge entre conductas de riesgo y comportamientos considerados tradicionalmente como inmorales en virtud de convicciones religiosas, hace que cualesquiera medidas de censura social o legislativa respecto de estas conductas sean interpretadas en nuestro presente contexto cultural como la imposición de una moral o una religión particular y, en consecuencia, como un intento de regreso a épocas inquisitoriales o de defensa de fundamentalismos ideológicos intransigentes. ¿Y es correcta esta forma de enfocar la prevención del VIH? No, porque decir que ciertas conductas relacionadas con el sexo o las drogas suponen un riesgo para la vida, en ocasiones se acompaña de afirmaciónes morales o religiosas, y no como la constatación de algo evidente. Por sorprendente o absurdo que pueda parecer, en muchas de las polémicas sobre la prevención del VIH no subyace otra cosa que la obstinación en el error de negar las evidencias y los datos, ya que éstos van arraigados con prejuicios de la sociedad actual.

Stanley Ngara, aferrado a sus cajas de preservativos, recorre las embarradas callejuelas del suburbio keniano de Kibera. El autoproclamado “rey de los condones de África” evoca el drama de 15 millones de muertos: el número de fallecidos por enfermedades relacionadas con el sida en todo el continente. Para Ngara “cada día es el Día Mundial contra el Sida “ y no solo este domingo 1 de diciembre. “Kenia estaba mal, el estigma era algo real. Enterrábamos ataúdes en papel de nailon y ya sabes que en la cultura africana debes ver el cuerpo, debes pasar una noche con el cuerpo...Pero el estigma era muy fuerte”, recuerda sobre los temibles años 80 este incansable predicador de un único mensaje: la necesidad de protegerse contra el VIH y el sida.

“Muchas personas se suicidaron. Muchas infectaron a otras bajo el lema ‘no voy a morir solo’. Hubo mucha venganza. Los antirretrovirales costaban unos 6.000 chelines (unos 53 euros actuales) y pocos podían pagarlos. Fue algo terrible y doloroso”, regurgita Ngara, quien contra todo pronóstico -y de la mano de la oenegé LVCT Health- logró convertir ese dolor en su objeto de lucha.

Desde hace veinte años -siete de ellos bajo una especie de uniforme de gala militar rojo y negro cuyas letras doradas en el pecho lo identifican como el “rey de los condones de África”-, recorre los barrios más empobrecidos de Nairobi, sus universidades, bares y calles de prostitutas regalando a todo el que se cruza preservativos y consejos sobre salud sexual. “¿Quién mantiene relaciones sexuales extramatrimoniales?”, pregunta el “rey” en uno de los escondidos bares de Laini Saba, una de las trece localidades en las que se divide el enorme asentamiento informal de Kibera, donde viven cientos de miles de personas. Casi todos los presentes -muchos ya ebrios pese a que solo es mediodía- levantan unos brazos pesados, pero pocos los mantienen cuando Ngara repregunta quién usa preservativos en esas relaciones.

Al menos 1,6 millones de personas en Kenia viven con el virus transmisor del sida (VIH). Solo en 2018 se diagnosticaron 46.000 nuevas infecciones de VIH en este país y 25.000 personas murieron como por enfermedades relacionadas con el sida, según ONUSIDA.

En todo el mundo, más de 37 millones de personas viven con VIH, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2018, mientras que el continente africano acoge a uno de cada 25 adultos infectados por este virus que puede llegar a causar sida. “A la gente no le gusta el aceite que llevan los condones, y con ellos puedes contraer sida, no sirven. Yo soy cristiano y creo que lo mejor es abstenerse”, susurra un vecino de Kibera con la incredulidad característica de un analfabeto en materia sexual. En un extremo del círculo de murmullos, Ngara demuestra -con un pene y una vagina de plástico y color negro- qué es y cómo se usa un preservativo femenino.

Las jóvenes africanas constituyen uno de los grupos más afectados. En el este y el sur de África, el 79% de las nuevas infecciones de VIH se correspondieron con niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años, según cifras de ONUSIDA de 2017. Mientras que ese mismo año, más del 90% de las muertes de adolescentes en todo el mundo relacionadas con el sida se concentraron en África subsahariana. “El uso del preservativo ha caído, todavía tienes personas jóvenes que se infectan todos los días”, reflexiona el “rey” después de repartir unos 14.000 condones en bares y otros puntos de Kibera. “Por eso, queremos normalizar el conversar sobre sexo y el uso de condones, para abandonar la retórica de ‘yo soy cristiano’ y elegir la de estar a salvo”, añade.

En micromundos como el de Kibera, una de cada cuatro adolescentes -entre 15 y 19 años- ha pasado por un embarazo no deseado, según la ONG Witness, lo que se traduce en una alta tasa de abandono escolar (30 %) y en una imparable transmisión de VIH de madre a hijo; con más de 50.000 bebés infectados cada año en toda Kenia. “Las violaciones son algo común, aunque han caído. Los hombres beben demasiado, no controlan y a menudo se involucran en relaciones sexuales de riesgo”, resume el trabajador sanitario Simon Mukuha, nativo de Kibera y quien acompaña y protege a Ngara en su recorrido. “A esto hay que sumar la falta de trabajo y que muchas jóvenes se ganan la vida practicando sexo”, añade este sanitario formado por la ONG keniana Amref. “Yo siempre le digo a la gente que el sexo son sentimientos y emociones, mientras que el VIH/sida y los embarazos son hechos”, recita el “rey” casi de memoria, “si tienes relaciones sexuales sin condón y la otra persona es seropositiva: ¡hecho! Contraerás VIH”. “¡Quizá no podemos controlar qué sentimos ni quién nos atrae, pero sí podemos poner un condón de por medio!”, exclama.

Decenas de miles de profilácticos que el Gobierno keniano facilita sin coste a Ngara y que él reparte siguiendo la filosofía 3D: “Debatir-Demostrar-Distribuir”. Esto es, involucrar a las personas de a pie en una pequeña charla sobre salud sexual, mostrarles cómo pueden protegerse y, solo entonces regalarles los preservativos. “Creo que la mayoría de quienes murieron (de sida) lo hicieron porque desconocían la verdad, no sabían nada que tuviera que ver con el VIH”, medita Ngara, orgulloso de avances como el desarrollo de nuevos fármacos y el abaratamiento de los anticonceptivos. “Por eso, insisto en que todos los días son días de concienciación sobre el VIH. Y en que todos los días son días de distribución de condones, ya que todos los días hay nuevas infecciones”, zanja este “rey” sin reinado que carga sobre sus hombros el legado de quienes ya se fueron.

¿Cuál podría ser entonces un enfoque correcto de la lucha social contra el SIDA? De entrada, además de combatir científica, clínica y humanamente la enfermedad, es preciso aceptar, como un hecho, que en la gran mayoría de casos existe una interdependencia entre infección por el virus del VIH y determinados comportamientos o estilos de vida. Todos los ciudadanos deben sentirse implicados en la prevención de esta grave pandemia. Y especialmente los grupos y personas considerados de mayor riesgo de poder ser infectados. ¿Se puede concretar la prevención social contra el VIH? Hay dos tipos de prevención, que deberían conjugarse armónicamente. Por una parte, la que podríamos llamar prevención primaria fundamental, orientada a prevenir el arraigo de la enfermedad, que debe inspirarse en una visión de la sexualidad humana acorde con el bien integral de la persona y que incluye: a) la educación y formación, sobre todo en la adolescencia, en la integración de la dimensión sexual y la libertad en el conjunto de la personalidad; y b) el respeto a uno mismo y a los demas, y la evitación de riesgos para la propia salud y para la propia vida. Esta visión, necesariamente, ha de poner en valor las implicaciones sociales de las distintas conductas de la persona. Esta es la prevención social básica del problema del VIH, la más descuidada por los poderes públicos en nuestros días.

No esperaba aquel rígido director de instituto la respuesta unánime de los chavales cuando interrumpió la clase de gimnasia para buscar al 'culpable'. «He encontrado esto en el vestuario. ¿De quién es?», interrogaba mientras sujetaba con la mano en alto la prueba del delito, un preservativo. Uno de los chavales dijo que era suyo, y luego otra, y otro... todos. Una respuesta «inspirada en una escena de la película 'Espartaco'» en la que todos se autoacusaban diciendo que era suyo. El mensaje era claro y directo. La campaña del 'Póntelo, pónselo' fue una iniciativa de los ministerios de Sanidad y Consumo y de Asuntos Sociales de España. Por esas fechas la mitad de las farmacias no vendían preservativos. Y una asociación ultracatólica hasta denunció la campaña. Fue un auténtico escándalo, pero ese escándalo amplificó el eco. El spot de la agencia Contrapunto rompió todos los esquemas de la sociedad española y provocó críticas desde diferentes sectores. Seguía la estela del famoso SiDA / NoDa de 1988.

En 2019 se cumplieron 30 años del ‘Póntelo, pónselo’: “Fue un exitazo, pero se armó un pollo de colores”, en palabras de Luis Felipe Moreno, uno de los artífice de esta campaña.

Este anuncio fue emitido en televisión hace 30 años, un aniversario que se celebró el pasado año con la exposición organizada por el Ministerio de Sanidad y que recogía diversas campañas públicas para la prevención del sida a lo largo de las últimas tres décadas. Sin embargo, pese a la sencillez con la que la agencia de publicidad Contrapunto lo había planteado, su ejecución no fue tan fácil. Para empezar por los escrúpulos que hubo desde la propia administración pública, que era la que había hecho el encargo. Y para terminar, por todas las consecuencias que trajo consigo.

La pieza estaba dirigida a adolescentes y como indica el publicista, “estábamos todavía finales de los ochenta. Era bastante heavy, porque para el hombre aún era un viacrucis ir a la farmacia a por condones. Y mucho más para una mujer. Y luego estaba la cuestión del ‘pónselo’. Había mucha gente que decía, ¿que mi hija va a tener relaciones con un desconocido? ¿Y que lleva ella el condón en el bolso?”.

De hecho, dentro de la administración hubo numerosos reparos ante el planteamiento de la campaña. Eran tres ministerios los que se encargaban de coordinar todo el asunto: Sanidad, Educación y Asuntos Sociales. En un principio la historia se iba a desarrollar dentro de un aula, pero como confiesa Moreno, “Javier Solana, que era el ministro de Educación, dijo que ni de coña en un aula. Al final ahí la persona valiente fue Matilde Fernández, que era la ministra de Asuntos Sociales. Gracias a ella salió adelante, aunque tuviéramos que cambiar el escenario por un gimnasio. Pero el tema llegó incluso al Consejo de Ministros”.

El rodaje también tuvo sus obstáculos. Por aquella época aunque España estaba considerada una potencia mundial en publicidad todavía estaba bastante verde en cuanto a la cultura narrativa. Apenas se hacían anuncios que contaran una historia y no había ni actores y directores que supieran manejar este tipo de spots. Por otra parte, tampoco se querían actores conocidos, ya que aquello podía rebajar el mensaje. Finalmente se decidió que el anuncio se grabara en Londres con actores extranjeros. Así, la gran paradoja es que uno de los spots españoles más famosos, en realidad está rodado en inglés y doblado al español.

La emisión no dejó indiferente a nadie. Hubo críticas desde numerosos sectores. Y la población no dejaba de comentar aquello del póntelo, pónselo que incluso apareció en sketch humorísticos. “Se armó la Dios es Cristo. Desde la madre que se quejaba hasta la Iglesia. Se rompían las vallas publicitarias del metro. Tuvimos amenazas de todo tipo y aunque ahora nos ríamos, nosotros las pasamos canutas. Parecía que nos iban a excomulgar a todos”, señala Moreno, quien, no obstante, insiste en que “aquella campaña si algo hizo fue sobre todo liberalizar mucho a la mujer”.

Apenas un año antes en Contrapunto ya se habían enfrentado a otras críticas por otro spot encargado por el Ministerio de Sanidad. Fue el también famosísimo del SiDa / NoDa con aquellos dibujos animados redondos que aparecían pinchándose jeringuillas, manteniendo relaciones sexuales y bebiendo de litronas.

Eran tiempos duros con la enfermedad. Una época en la que tener el VIH era sinónimo de muerte. Desde Sanidad se quería concienciar a la población y también aclarar cuáles eran las circunstancias en las que se podía transmitir la enfermedad y cuáles no, puesto que aún había bastante confusión al respecto. “Era una campaña con una función super didáctica y por eso tenía que ser muy gráfica. Los dibujos se eligieron porque quitaban hierro a la visualización real de cómo se transmite el sida. Ver a un yonki metiéndose un chute en la vena era muy fuerte, pero el dibujo lo rebajaba y hasta lo hacía simpático. Y no se perdía la función didáctica”, explica Moreno. La música, las risitas de los propios dibujos también le otorgaban un tono mucho más dulce al asunto.

Pero en un principio a TVE no le gustó la idea. Sanidad había destinado a ella 96.500.000 pesetas, de los cuales 93 millones se habían pagado para la emisión de los cuatro spots previstos. “Estábamos en democracia, pero había cosas que todavía se hacían bola a mucha gente. Además, a la gerencia de publicidad de TVE le sobraban entonces los anuncios y era la reina del mambo por lo que podía permitirse desestimarlos. También había una comisión de censura en TVE. Los anuncios eran visionados previamente por esa comisión y me imagino a esa comisión viendo a aquellos muñecos y no queriendo líos”, cuenta Moreno. Finalmente, “una llamada desde la Administración a TVE despejó el terreno”, indica el publicista. Y los muñequitos, tan denostados por la cadena pública, salieron al aire para quedarse en el imaginario colectivo de toda la sociedad.

Después de esta campaña y del Póntelo, pónselo, Contrapunto no hizo más relacionadas con este tipo de asuntos para Sanidad. Tampoco volvió a haber ninguna tan rompedora. “Porque no han querido. En esa época se juntó una administración valiente y una ministra valiente como Matilde Fernández. Fue ella la que le echó el arrojo que había que echarle. Ahora bien, aquello funcionaba entonces. Hoy serían anuncios totalmente infantiles”, remacha el publicista.

Hay después un procedimiento de reducción del daño: se trata de una posición médico-epidemiológica que, sin recusar la bondad y la lógica de la prevención primaria, sostiene que en situaciones de posible transmisión y cuando sean ineficaces los planteamientos de autodominio, se pueden utilizar medios que, aunque no modifican los comportamientos , a pesar del riesgo, puedan disminuir sus efectos. ¿Se podría concretar más la prevención primaria fundamental del VIH? Una prevención primaria debe abordar dos tipos de medidas. Unas primeras, orientadas a los grupos de mayor riesgo, pero ampliables a toda la población, que informen de forma correcta e integral acerca de las causas del VIH y de las circunstancias que lo promueven y difunden. Esta información ha de ser veraz y real, lo que exige no reducirla ni manipularla con la intención de defender o atacar los tabúes y los mitos ideológicos de la revolución sexual. Por tanto, en estas campañas informativas debe decirse que, salvo en los casos accidentales (transfusión de sangre contaminada, por ejemplo) o en la transmisión del virus de la madre al hijo aún no nacido, el VIH es una enfermedad que se adquiere si no se ponen los medios adecuados para impedir la transmisión. Debemos insistir en que la mejor manera de prevenir el VIH es tener una educación sexual integral y cientifica y conocimiento de las ETS y la manera de prevenirlas.

Tras convertirse en un rotundo éxito en taquilla, la reconocieron como la película definitiva sobre el mundo del sida. Nunca antes un estudio en Hollywood se había atrevido con un tema tan temido como escabroso para una sociedad netamente conservadora como la estadounidense en los años 90. Philadelphia, protagonizada hace 25 años por Tom Hanks y Denzel Washington, representó un giro para la industria en la forma de abordar el tema. Ayudó a entender mejor la trastienda del virus y la etapa final de la infección, el estigma alrededor y las parejas homosexuales que tuvieron que enfrentarse al brutal rechazo entonces.El filme de Jonathan Demme, el valiente realizador que se atrevió con el tema respaldado por el éxito de El silencio de los corderos dos años antes, se hizo con cuatro nominaciones al Oscar y se llevó dos premios, el de Hanks como mejor actor, y el de Bruce Springsteen por la inolvidable Streets of Philadephia, asociada de forma inherente al filme. Ellos dos, junto con Washington y Banderas, quedaron marcados para siempre por la película, de cuyo rodaje se ha cumplió hace dos años un cuarto de siglo.

Hanks se llevó el Oscar a Mejor Actor por su papel en el filme de Jonathan Demme. CORDON

Para el actor malagueño supuso abrirse un hueco en Hollywood con una cinta relevante que generó mucho debate en la sociedad americana. Ese año trabajó en La casa de los espíritus, junto a Meryl Streep y Jeremy Irons, pero nada como la repercusión de la cinta de Demme en la que hacía de Miguel, el novio del abogado Andrew Beckett (Hanks). En total recaudó 200 millones de dólares en todo el mundo, una cifra superlativa para una historia con poco tirón comercial.Poco le importó a Banderas el qué dirán a la hora de medirse al proyecto. "Entonces existía el miedo de que si hacías de gay te podían identificar con la homosexualidad, pero no me dejé llevar por algo así", explicó en un programa de televisión británico en 2015. "He hecho de asesino en serie y eso no me convierte en uno".

A raíz de semejante exposición, llegaron otras oportunidades como Entrevista con el vampiro o Desperado, preludio de una carrera extraordinaria en Hollywood durante más de dos décadas. Divorciado de Melanie Griffith, Banderas parece ahora más alejado de la meca del cine y sus vicisitudes.

Denzel Washington, Tom Hanks y Antonio Banderas, en unas imágenes promocionales de 'Philadelphia'. CORDON

Para hacer de su compañero sentimental en Philadelphia, Demme pensó en Hanks como el instrumento idóneo para convencer a las masas americanas que el sida no era una enfermedad que se contagiaba con un leve roce de mangas o por darse un beso en la mejilla a un portador del VIH. Conocido hasta entonces por cintas como Big o Esta casa es una ruina, Hanks pasó a ser algo más.Su papel del brillante abogado que se va consumiendo poco a poco por la enfermedad desmontó de un plumazo la resistencia de una legión de detractores que hasta ese entonces le asociaban con el actor de comedia bobalicona de los 80 y los 90.Philadephia le dio a Hanks otra dimensión, de actor serio y capaz. Un año después, al lograr repetir experiencia por su rol en Forrest Gump, entró en una liga a la altura de muy pocos mortales. Dos, en realidad, Spencer Tracy y él, los únicos actores que han ganado dos Oscar de forma consecutiva.

Washington, por su parte, pasó a representar el estigma fuera de pantalla. Dudó mucho en aceptar el rol de abogado defensor de Beckett, Joe Miller, un homófobo y aterrado por la enfermedad que entonces bautizaron como el "cáncer gay". Se acabó convirtiendo en uno de los roles más celebrados de un actor que es sinónimo de admiración y respeto dentro y fuera de la pantalla.A los Oscar acudió de nuevo como nominado como mejor actor por su papel en Roman J. Israel, Esq., acompañado por la mujer con la que se casó hace 35 años, Pauletta Pearson, un hombre alejado de escándalos y grandes titulares."Es curioso lo poco que sabíamos entonces del tema, especialmente gente como el personaje que yo interpretaba, que le daba miedo darle la mano a un enfermo", recordaba el actor el año pasado, parte fundamental de un largometraje que llegó en el momento adecuado, que personalizó y humanizó una enfermedad, despertando empatía entre una multitud."Nos unimos y tratamos de lograr una película que ayudara a encontrar una cura y salvar vidas", el aporte de Demme en vida a la causa, el trabajo de un hombre compasivo y arrepentido de sus propios prejuicios ante la enfermedad.

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