|
La tierra no dio tregua. En poco más de 60 minutos,
el norte de Venezuela experimentó un fenómeno que desafía
la intuición popular pero que habita en la memoria de los
registros geológicos: un doblete sísmico. Dos temblores de
gran magnitud — uno de 7.2 y otro de 7.5, según los datos
preliminares del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS)
— quebraron la aparente calma tectónica de una región que
no registraba un evento de tal envergadura desde hacía más
de un siglo. Un evento que ha atraído la atención de los científicos.
Las profundidades de la ruptura, oscilando apenas entre los
10 y los 20 kilómetros de la superficie, multiplicaron el
pánico en centros urbanos altamente poblados como Caracas,
donde los ciudadanos rememoraron la fragilidad de vivir sobre
una frontera de placas.
La ingeniera civil y sismóloga Gina Paola Villalobos
Escobar, investigadora de la Universidad Autónoma de Tamaulipas,
desmenuza el comportamiento de estos sismos. Para la experta,
el evento no puede tildarse de anómalo, sino de estrictamente
“esperable” dentro de los tiempos de la Tierra. El gran problema,
apunta, no yace en el subsuelo, sino en la superficie: en
la vejez y fragilidad de los códigos de construcción de las
ciudades latinoamericanas. La noción popular de que la Tierra
es un organismo vivo que acumula una presión insoportable
hasta que estalla tiene un correlato científico preciso. Villalobos
lo explica despojando a la sismología de tecnicismos áridos,
recurriendo a un principio físico elemental. “A mí me gusta
mucho explicarlo en clase con un ejemplo sencillo: imaginen
que agarran una pasta, un espagueti crudo, y lo empiezan a
doblar poco a poco”, detalla la científica. “La pasta se deforma,
pero no se rompe de inmediato. El esfuerzo se sigue acumulando
hasta que, de repente, de manera súbita, se oye un chasquido
seco y la pasta se quiebra. Eso es, en esencia, un terremoto”.
En el norte de Venezuela, las placas Sudamericana y del Caribe
llevan millones de años empujándose mutuamente en una fricción
silenciosa e invisible.

Las propiedades mecánicas del terreno actúan
como ese espagueti crudo, soportando tensiones colosales hasta
que superan el límite de su propia resistencia. Cuando el
material cede, la energía acumulada durante generaciones se
libera de golpe en forma de ondas elásticas. La escala temporal
humana suele jugar en contra de la prevención. Los 126 años
transcurridos desde el último gran cataclismo en la zona —ocurrido
en 1900— son un parpadeo para la geología. “Nosotros no podemos
medir las escalas geológicas en tiempos antropológicos”, advierte
Villalobos. “Cada falla tiene sus propias tasas de recurrencia.
Mientras que en la costa mexicana del Pacífico ocurren sismos
mayores cada 15, 20 o 30 años, otros sistemas geológicos son
mucho más lentos para acumular esa energía”.
Lo que ha vuelto particularmente desconcertante
este día para la población venezolana ha sido la duplicidad
del desastre. Un primer sismo severo fue seguido, apenas una
hora después, por una réplica que superó en magnitud al evento
inicial. Científicamente, esto se denomina un “doblete sísmico”.
“No hay una explicación física única o predictiva para esto.
A veces la liberación de energía ocurre en un solo punto y
otras veces se da en dos”, puntualiza la sismóloga. Para ilustrarlo,
Villalobos echa mano de otra analogía cotidiana: “Es como
cuando sufres una caída y te tuerces un tobillo; a veces se
fractura un solo hueso, pero otras veces el impacto es tal
que se rompe en dos partes distintas, una más arriba y otra
más abajo. Con las fallas pasa igual: un sismo inicial sumamente
violento sacude e incomoda a otros segmentos de la misma falla
o a fallas contiguas que ya estaban al límite de su resistencia.
Digamos que el primer temblor terminó de desacomodar lo que
ya estaba a punto de romperse”.

La ocurrencia de dobletes, aunque menos frecuente
que el clásico esquema de un gran sismo seguido de réplicas
menores decrecientes, cuenta con precedentes claros en la
región. La región norte de Venezuela ya se encontraba en un
estado de madurez sísmica inminente; el primer quiebre sirvió
de detonante para el segundo. A medida que el terreno busca
un nuevo equilibrio tras la deformación permanente de sus
estratos profundos, las réplicas continuarán manifestándose
durante los próximos días, semanas e incluso meses. Este reacomodo
geológico impone un desafío colosal para las autoridades de
gestión de riesgos en áreas metropolitanas. “Los terremotos
no matan gente. Si a ti te agarra un sismo de magnitud 7,5
en medio de una cancha de fútbol o en un terreno baldío, la
vibración te tumbará al suelo, pero el riesgo de perder la
vida es mínimo. El peligro real reside en las estructuras
civiles; son los edificios que no cumplen con los requerimientos
de ingeniería sismorresistente los que colapsan y provocan
las tragedias humanas”, recuerda la experta.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------













--------------------------------------------------------------------------------------------------------------
|