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Los voraces incendios forestales en la zona
centro sur de Chile han dejado al menos 19 muertos y han arrasado
con cerca de 25.000 hectáreas. En el tercer día del calificado
como “megaincendio” por las autoridades está previsto que
la temperatura en la región de Biobío y la de Ñuble sea de
más de 30° celsius, lo que dificulta el control de las llamas.
En el último reporte del Gobierno de Gabriel Boric, se ha
informado que la cifra de muertos se mantiene en 19 (18 en
la región de Biobío y uno al Ñuble). Ambas zonas están en
condición de alerta roja y bajo Estado de excepción constitucional
de catástrofe. Ya son más de 1.500 damnificados y cientos
viviendas destruidas, que se estiman que llegarán al millar.
El ministro de Seguridad, Luis Cordero, ha informado
esta mañana que durante la noche hubo “focos de incendios
bastante controlados” debido a una baja en las temperaturas
en Ñuble y en Biobío. Sin embargo, ha apuntado que la proyección
de este lunes son temperaturas altas, por lo que la principal
preocupación es evitar nuevos focos de fuego porque” dadas
las condiciones climáticas, eso podría complejizar la situación
de los incendios que se encuentran activos". Cordero ha dicho
que la catástrofe es equivalente “en términos de intensidad,
como megaincendio” a los de 2017, 2023 o 2024. En el de 2024
fallecieron 135 personas, el más mortífero en una década.
En este caso, los fallecidos alcanzan los 19 (18 en la Región
del Biobío y una a Ñuble).
Desde Senapred, el ministro del Interior, Álvaro
Elizalde, reportó que hasta este lunes hay 1.533 personas
damnificadas, 325 viviendas destruidas y 1.140 viviendas en
evaluación.

Bomberos trabajan para apagar el fuego en los
incendios en la región del Biobío, en Chile, el 18 de enero
de 2026.
Las fiscalías regionales de Ñuble y Biobío han
instruido a las policías a resguardar lo posible los sitios
del suceso para llevar adelante investigaciones que permitan
conocer el origen de las llamas. El Fiscal Nacional Ángel
Valencia reveló este domingo que existen algunas hipótesis
preliminares que están siendo analizadas, las que mantendrán
en reserva. El ministro Cordero adelantó esta mañana que puede
tratarse de fallas eléctricas, conductas negligentes o acciones
intencionales. El gobernador del Biobío, Sergio Giacaman,
planteó en T13 radio que “es evidente que hay una intencionalidad”
en el origen de las llamas. “Los múltiples focos conectan
por la dirección del viento para que esto se transforme en
un gran foco”, añadió. El presidente Gabriel Boric, que suspendió
su viaje a Chiloé por el doble centenario de la isla, tiene
previsto reunirse con quien será su sucesor a partir del 11
de marzo, el republicano José Antonio Kast, en La Moneda a
las 11.00 horas. Boric explicó el domingo desde Concepción
que el trabajo de reconstrucción superará su Administración,
por lo que trabajará en conjunto con Kast, quien ha participado
de encuentros virtuales con parte del que será su Gabiente
y quienes están respondiendo a la catástrofe. Kast apuntó
esta mañana que la emergencia la tiene que asumir el Gobierno
de Boric y su Administración la reconstrucción de las vivienda
y de la infraestructura crítica.

Varios de sus futuros ministros, como Iván
Poduje, de Vivienda, Martín Arrau, de Obras Públicas y María
José Wulf, de Desarrollo Social lo están acompañando “para
ir interiorizándose y recabando antecedentes”. “La reconstrucción
tiene que ser muy rápida y eficaz y eso requiere un trabajo
previo”, agregó el presidente electo, quien subrayó que es
el Gobierno actual el que tiene que hacer el levantamiento
de lo que ha ocurrido.
En la Patagonia, Hernán Mondino no logra borrar
de la retina de la memoria la imagen de la ladera ardiendo.
El Parque Nacional Los Alerces, en la Patagonia andina norte
argentina, se incendiaba ante sus ojos. “Vi un torbellino
de humo formarse, había oleajes en el lago. Todo era impresionante
y a una velocidad que nunca antes había visto”, dice el brigadista
de 41 años, mientras camina con la mirada clavada en lo alto,
atenta a detectar cualquier foco de fuego que lo obligue a
reactivarse junto a sus más de 70 compañeros.
Desde el 9 de diciembre, una serie de incendios
forestales iniciados por rayos durante tormentas eléctricas
afecta a la Patagonia norte argentina. Los focos se expandieron
a las provincias de Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz,
y ya arrasaron más de 25.000 hectáreas, según cifras oficiales,
un tamaño un poco más grande de lo que abarca todo Buenos
Aires. El impacto más grave se concentra en Chubut, donde
el fuego consumió al menos 22.000 hectáreas y continúa activo
dentro del Parque Nacional Los Alerces, donde trabaja Mondino.
“El fuego vuela”, describe. En uno de los episodios más extremos,
el incendio llegó a recorrer 25 kilómetros en un solo día.
Esa aceleración está directamente vinculada al cambio climático,
que modifica el régimen del fuego en la región. Según Thomas
Kitzberger, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (Conicet) y especialista en ecología
de bosques andino-patagónicos, “estamos teniendo sequías más
prolongadas, inviernos con mucha menos nieve, temperaturas
más altas y una mayor frecuencia de tormentas eléctricas.
Todo eso genera condiciones mucho más propicias para incendios
grandes”.

Un bombero en la provincia de Chubut, durante
los incendios en la Patagonia.
Kitzberger analiza, estudia y hace cálculos.
Trabaja con modelos climáticos desarrollados por climatólogos,
incluidos los del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio
Climático), que proyectan distintos escenarios futuros de
temperatura y precipitaciones. “Nosotros lo que hacemos es
proyectar esos escenarios climáticos en la región y preguntarle
al modelo cuánto fuego va a haber”, explica. Bajo un escenario
plausible de aumento de 2 °C en la temperatura global promedio
para finales de siglo, la probabilidad de incendios se cuadruplicaría
en la Patagonia norte. Las jornadas de los brigadistas se
extienden cada vez más. Mondino se fue a descansar a las 3
de la madrugada y volvió a activarse pocas horas después:
el fuego ya no da tregua. Ese cambio también está ligado a
la complejidad del escenario climático. Décadas atrás, cuando
predominaban condiciones más húmedas y frescas, los incendios
solían ser más pequeños y manejables. Hoy, en cambio, son
más agresivos y veloces. “Las temperaturas nocturnas son más
altas, los vientos no amainan de noche y estos fuegos continúan
su actividad. Cuando trazamos una línea del área quemada anual
de los últimos 50 años, vemos una tendencia cada vez más creciente”,
resume Kitzberger.
En un mapa interactivo de imágenes satelitales
del programa Copernicus, los puntos rojos muestran cómo el
fuego pasó de un foco mínimo a una expansión continua sobre
un mosaico de terreno y especies —alerces milenarios, coihues,
lengas, cipreses y ñires— que sostienen el equilibrio ecológico
del bosque andino-patagónico. “Si se queman los alerces (Fitzroya
cupressoides), estamos perdiendo historia”, advierte Javier
Grosfeld, biólogo y exdirector regional de Conservación de
Parques Nacionales en Patagonia Norte, que ha estudiado estos
árboles durante años. Al nombrarlos, transmite no solo información,
sino también emoción.

Una aeronave tira agua en Epuyén, el 11 de enero
de 2026.
“Entrar a un bosque de alerces es como entrar
a una catedral”, sintetiza. Son árboles, formaciones compuestas
por individuos milenarios, de una escala y una presencia que
imponen silencio y respeto. Los alerces pueden vivir hasta
mil años y superar los 40 metros de altura, distribuidos como
individuos únicos dentro del bosque, con un rol ecológico
irremplazable. Esa longevidad los vuelve altamente resistentes
a condiciones extremas de relieve y suelo, siempre que se
mantenga la humedad que caracteriza a estos ambientes. En
ese marco, los alerces maduros pueden resistir incendios de
baja intensidad: tienen copas altas y desarrollan cortezas
muy gruesas, de 10 a 15 centímetros, lo que los hace térmicamente
aislantes, de modo que el fuego puede pasar muy cerquita sin
dañarlos gravemente. Esa resistencia queda registrada en el
propio tronco: se forma una especie de cicatriz y, con el
tiempo, el árbol empieza a cerrar ese daño. “Como cada año
se produce un anillo, uno puede datar perfectamente cuándo
ocurrió un incendio a partir de esas cicatrices”, explica
Grosfeld. Pero esa resistencia tiene un límite. Según explica
Kitzberger, cada especie del bosque andino-patagónico está
adaptada a tolerar incendios solo dentro de un determinado
intervalo temporal entre incendios. “Cada especie tiene la
capacidad de tolerar una determinada frecuencia de incendios”,
señala. Cuando el fuego vuelve con mayor frecuencia que la
que esos bosques pueden soportar, los árboles no alcanzan
a crecer ni a reproducirse, los ciclos de regeneración se
interrumpen y la persistencia del bosque, por ejemplo, el
alerzal, comienza a quedar comprometida.
En el extremo opuesto aparecen las lengas (Nothofagus
pumilio), árboles nativos de altura que cubren gran parte
de la Patagonia andina argentina, desde Neuquén y Río Negro
hasta Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Crecen por encima
de los mil metros, en ambientes históricamente fríos y húmedos.
Bajo climas normales, el fuego no lograba avanzar sobre los
lengales: su alto contenido de humedad frenaba los incendios.
Pero ese equilibrio cambió con el cambio climático. Hoy muchos
incendios entran en los lengales y la lenga —con cortezas
muy delgadas—, y no logran sobrevivir ni regenerarse. El impacto
queda visible en el paisaje como “mordeduras”: sectores donde
el bosque fue quemado y ya no vuelve a cerrarse. “Bajo cambio
climático y aumento de la cantidad de incendios, la lenga
es la gran perdedora”, resume Kitzberger.
Más allá del combate directo del fuego, especialistas,
brigadistas, activistas y vecinos coinciden en que el mayor
desafío está en cómo se gestionan las políticas públicas y
la acción comunitaria para prevenir los incendios. En Argentina,
la respuesta sigue concentrada casi exclusivamente en apagar
el fuego, mientras la prevención, la planificación y la coordinación
avanzan con mucha más lentitud. “Los organismos de combate
logran apagar casi todos los focos a tiempo, pero cuando alguno
se escapa, aparecen las tragedias”, señala Grosfeld. Los rayos
no se pueden evitar, pero muchas otras causas sí.

Árboles consumidos por el fuego en la provincia
de Chubut.
La prevención hecha política, concientización
y práctica ciudadana puede avanzar hacia una silvicultura
de la prevención que permita, por ejemplo, retirar material
vegetal inflamable y aprovecharlo para calefacción con pellets
o leña durante los inviernos patagónicos. “Nunca hicimos esto
a gran escala en Argentina, pero si no empezamos, no lo vamos
a hacer”, resume. En ese mismo sentido, Kitzberger pone también
el foco en la gestión de la biomasa vegetal —viva y muerta—
que se acumula en bosques y zonas habitadas y que, si no se
maneja, alimenta incendios cada vez más intensos. El problema
no es solo ambiental. “Sucede que los cambios ecológicos están
ocurriendo más rápido que los sociales y eso es lo que está
produciendo problemas”, dice el científico. Parte de la prevención,
subraya, pasa por comprender cómo el fuego se propaga en la
vida cotidiana, incluso a escala doméstica: la continuidad
de la vegetación puede permitir que el incendio alcance las
viviendas. Mondino lo resume desde el territorio y al final
de su jornada: “No se trata solo de cuidar la naturaleza,
sino también de cuidarnos entre nosotros. En definitiva, es
sostener la casa de todos”.
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