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20 - Diciembre - 2025
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Durante muchísimos años, las alternativas a la carne se movieron entre dos polos: las proteínas vegetales tradicionales, baratas pero poco atractivas para muchos consumidores, y las carnes cultivadas en laboratorio, prometedoras pero todavía caras y complejas. Un nuevo estudio procedente de China introduce un tercer actor con más fuerza de la esperada: un hongo comestible editado genéticamente que produce mucha más proteína utilizando significativamente menos recursos. El avance no proviene, como uno pensaría, de una startup ni de una estrategia comercial agresiva, sino de un trabajo académico liderado por investigadores de la Jiangnan University, publicado en revistas científicas especializadas en biotecnología y ciencia de los alimentos. Su propuesta es tan sencilla como disruptiva: modificar con CRISPR dos genes clave de Fusarium venenatum, un hongo utilizado desde hace décadas para crear micoproteína, base de productos como Quorn.

El hongo Fusarium venenatum no es nuevo. Se cultiva industrialmente desde los años sesenta y fue aprobado para consumo humano en el Reino Unido en los años ochenta. Su principal ventaja siempre fue su estructura fibrosa natural, capaz de imitar de manera muy cercana la textura de la carne. Su principal límite: el coste de producción y una digestibilidad mejorable. El equipo chino no introdujo ADN externo ni “añadió” características artificiales. Utilizó CRISPR para desactivar dos genes. El resultado fue una nueva cepa, denominada FCPD, capaz de generar un 88 % más de proteína consumiendo un 44 % menos de nutrientes. En términos industriales, esa relación insumo-rendimiento es crucial: azúcar y nitrógeno representan una parte importante del coste final de la micoproteína.

Uno de los grandes problemas de las alternativas cárnicas no es nutricional, sino sensorial. Textura, cohesión y sensación en boca siguen siendo barreras clave. En este punto, el estudio introduce un dato relevante: la cepa FCPD presenta una textura notablemente más cercana a la pechuga de pollo. Según los análisis realizados por el equipo, la reducción de quitina adelgaza las paredes celulares del hongo, mientras que un ligero aumento del contenido graso mejora la jugosidad y elimina el característico efecto “esponjoso” de muchas micoproteínas. Las pruebas incluyeron análisis mecánicos y ensayos de masticación humana para medir cómo se descompone el alimento durante el consumo. No es un detalle menor: la aceptación del consumidor suele depender más de la experiencia al comer que de la etiqueta nutricional.

Los propios investigadores subrayan que esta micoproteína editada no supera a las legumbres en términos de sostenibilidad absoluta. Sin embargo, sí mejora de forma clara frente a la proteína animal y frente al propio hongo no modificado.En comparaciones realizadas con sistemas productivos chinos, la cepa FCPD mostró un 70 % menos de uso de tierra que la producción de pollo, un 78 % menos de riesgo de contaminación de agua dulce y menor huella ambiental que la carne cultivada en laboratorio. Esto sitúa a la micoproteína optimizada en un espacio intermedio totalmente clave: más atractiva culturalmente que las legumbres, pero con un impacto ambiental muy inferior al de la ganadería.

Varios expertos en micoproteína coinciden en que mejoras de esta magnitud serían prácticamente imposibles mediante selección genética clásica. CRISPR permite ajustes precisos, rápidos y acumulativos. Aquí aparece, sin embargo, que es el principal freno: la percepción pública. Aunque la edición genética sin ADN externo se regula de forma distinta a los transgénicos tradicionales en países como Estados Unidos, la aceptación social sigue siendo desigual. En 2016, por ejemplo, EE. UU. autorizó la comercialización de una seta editada con CRISPR sin requerir revisión adicional, sentando un precedente relevante. Europa, en cambio, avanza con mayor cautela, aunque la presión climática y alimentaria está reabriendo el debate regulatorio.

Rosalind Franklin y el descubrimiento de la estructuea del ADN.

Este hongo no pretende reemplazar por completo a la carne ni a las proteínas vegetales. Su valor está en otra parte: diversificar el sistema alimentario con opciones que reduzcan presión sobre la ganadería sin exigir cambios radicales en los hábitos de consumo. La ciencia no promete milagros, pero sí herramientas. En este caso, una bastante concreta: más proteína, menos recursos y una textura que ya no obliga a cerrar los ojos para imaginar que estamos comiendo carne. Lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción empieza a tomar forma en fermentadores industriales. Y esta vez, el cambio no llega con ruido, sino con precisión quirúrgica.

Pásate por los destacados en Julio de 2021.

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