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13 - Agosto - 2020
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La Gran Muralla Verde, o Iniciativa para la Gran Muralla Verde del Sahara y el Sahel, (en francés: Grande Muraille Verte pour le Sahara et le Sahel), es la iniciativa insignia en África para ayudar a combatir los efectos del cambio climático y la desertificación. Liderada por la Unión Africana, esta iniciativa intenta transformar la vida de millones de personas creando un gran mosaico de paisajes verdes y productivos cubriendo África del Norte, el Sahel y el Cuerno de África. Partiendo de la idea inicial de una línea de árboles que atravesara el desierto de este a oeste, la visión de la Gran Muralla Verde ha evolucionado hacia un mosaico de intervenciones dirigidas a los retos a los que se enfrentan las poblaciones del Sahara y el Sahel. Tendrá una longitud de unos 8 mil kilómetros y 15 km de ancho. Considerada una herramienta de planificación para el desarrollo rural, el objetivo general es fortalecer la resiliencia de los habitantes y los ecosistemas mediante el uso de prácticas sólidas de gestión de ecosistemas, la protección del patrimonio rural, y la mejora de las condiciones de vida de las poblaciones locales.

Mediante una mejora en los ingresos de las comunidades locales, la Iniciativa para la Gran Muralla Verde del Sahara y el Sahel será también una respuesta global al efecto combinado de la degradación de los recursos naturales y la sequía en las zonas rurales. La Iniciativa es una asociación que apoya el esfuerzo de las comunidades locales en el uso y gestión sostenibles de los bosques, pasturas y otros recursos naturales en las tierras secas. Así mismo, contribuye a la adaptación y mitigación de los efectos del cambio climático, mejorando a la vez la seguridad alimentaria en el Sahara y el Sahel.

Evolución de la vegetación en África sub-sahariana.

Una cobertura forestal aporta numerosos elementos positivos para la población:

- Protección de los campos y de las aldeas contra el viento y la erosión. El muro vegetal constituye un filtro que limita la inhalación de polvo y otras partículas por parte de las poblaciones y por tanto las enfermedades que causan.

- Aporte de elementos nutritivos en un suelo casi muerto: las hojas muertas crean una capa que protege y regenera los suelos de los campos y los árboles ayudan igualmente aumentando la capacidad de los suelos para almacenar el agua.

- Aumento de la humedad y de la pluviometría local gracias a la evapotranspiración de los árboles plantados.

- Reserva de forraje de calidad para el ganado porque la hierba crece mejor a la sombra de los árboles.

Para contrarrestar dos grandes problemas de la región del Sáhara, y particularmente del Sahel, uno ecológico, la desertificación y la degradación de las tierras, y otro económico, causado por el éxodo rural y la pobreza de las poblaciones involucradas, once países de la región (Burkina Faso, Yibuti, Eritrea, Etiopía, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sudán y Chad) se comprometieron a luchar contra el avance del desierto, uniéndose para este fin en la séptima cumbre de jefes de estado del CEN-SAD (Comunidad de los Estados Sahelo-saharianos) el 1 y 2 de junio de 2005 en Ouagadougou. Más que un proyecto técnico ha de considerarse una iniciativa política llevada adelante por un grupo de países asolados por la falta de agua, que busca despertar el interés en los pobladores y cambiar su forma de pensar, impulsando prácticas agrícolas que frenen la erosión.

La iniciativa continúa las ideas inspiradas por la Premio Nobel de la Paz Wangari Maathai.

Wangari Muta Maathai (Nyeri, 1 de abril de 1940- Nairobi, 25 de septiembre de 2011) fue una política y ecologista keniana. Fue la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2004 por "su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz". En 1977 fundó el Movimiento Cinturón Verde (Green Belt Movement), por el que obtuvo en 1986 el Premio al Sustento Bien Ganado. Fue elegida miembro del Parlamento de Kenia (Cámara Baja de la Asamblea Nacional) donde ejerció como ayudante del ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales durante el gobierno del presidente Mwai Kibaki entre enero de 2003 y noviembre de 2005. También formó parte del Consejo de Honor del Consejo para el futuro del mundo.

Maathai fue también la primera mujer de África Oriental en obtener un doctorado.

La concesión del Premio Nobel de la Paz la cogió trabajando. Era un día de octubre de 2004 y para celebrarlo hizo lo que llevaba años alentando -y realizando-: plantó un árbol. Otro más. Al despedirse del mundo en un hospital de Nairobi, quedaban más de 47 millones de árboles plantados gracias a su impulso. Su herencia incluye también una lección: la lucha por el medio ambiente es una suma de luchas. Murió en 2011, la bióloga keniana que aunó bajo el mismo paraguas el desarrollo sostenible y los derechos humanos.

"La paz en la Tierra depende de nuestra capacidad para asegurar el medio ambiente. Maathai se sitúa al frente de la lucha en la promoción del desarrollo económico, cultural y ecológicamente viable en Kenia y en África". Así argumentó el comité del Nobel de la Paz la concesión, la primera a una africana. Al recibirlo en Oslo, la que algunos bautizaron como la mujer árbol lanzó un alegato: "La industria y las instituciones internacionales deben comprender que la justicia económica, la equidad y la integridad ecológica valen más que los beneficios a toda costa".

Wangari Maathai tuvo una vida muy poco común para una africana de su generación. Aunque como casi todas las niñas iba a por agua -"muy limpia, no contaminada"-, ella logró estudiar. Primero con las monjas. Luego, gracias a una beca, se licenció en Biología en Estados Unidos. Volvió a Kenia con la independencia recién estrenada e inició una carrera docente que la conduciría por los peldaños del activismo.

La primera doctora universitaria en África del Este -en 1971- comenzó por dar la batalla en defensa de la libertad de cátedra en un país que se encaminaba hacia el autoritarismo y la corrupción. Recaló en la Asociación de Mujeres Universitarias, donde amplió su lucha y se lanzó en contra de la discriminación salarial de las profesoras frente a sus colegas masculinos. En el escalón del feminismo entró en contacto con las mujeres del campo, cada vez más deforestado. "Hablaban de cosas que vi relacionadas: inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos", explicó en 2004. "Yo les dije: 'Si no tenéis leña, plantad árboles". Corría el año 1977 y surgía el Movimiento Cinturón Verde (GBM, en sus siglas en inglés). Las mujeres empezaron a gestionar semillas y a plantarlas. Primero en sus parcelas, luego en los terrenos públicos con el apoyo -y un pequeño pago si el árbol sobrevivía- del GBM.

Cuando Wangari recibió el Nobel su movimiento tenía organizados 3.000 viveros, atendidos por 35.000 mujeres.

La imagen de aquel arroyo limpio de la infancia siguió siempre en la mente de la bióloga. Ya no estaba limpio. Las batallas llevaron varias veces a la cárcel a esta activista cuya lucha -y la de sus miles de seguidores- evitaron que se construyera un rascacielos en el mayor parque de Nairobi o que se privatizara un espacio natural de la capital keniana para construir chalés. El presidente Daniel Arap Moi llegó a calificar a Maathai como una "amenaza para la seguridad del Estado". Pero el mandatario cayó por fin y en 2002, Maathai fue nombrada viceministra de Medio Ambiente. Era el momento de pasar al otro lado para esta luchadora que se convirtió en diputada. Sus consejos volaron a España. En el programa electoral del PSOE en 2008 se incluyó su propuesta de plantar árboles -uno por cada ciudadano-. Unos meses después, el Partido Popular prometió que multiplicaría esa cifra por 10, hasta llegar a la utópica cifra de 500 millones de árboles.

Un cáncer de ovarios arrebató la vida a la premio Nobel. Una mujer que tuvo que soportar que en su sentencia de divorcio el juez la calificara de "cabezota, triunfadora, con mucho nivel educativo, demasiado fuerte y muy difícil de controlar". Ella, que nunca se rindió ante los abusos, lo dejó dicho: "La experiencia me ha enseñado que servir a los otros tiene sus recompensas. Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos". Como ella.

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La gran muralla verde de China es un proyecto lanzado a fines de los años 1970, que pretende forestar, hasta 2074, una longitud de 4480 km y una anchura, según las zonas, entre 236 y 537 m, para frenar el avance del desierto de Gobi. La especie predominante, dada su adaptabilidad, es el árbol Enterolobium cyclocarpum, y otras plantas de la familia de las fabáceas. Intentos con otros organismos o grupos de árboles han fracasado. El proyecto avanzó desde que se realizó una reestructuración de este a finales de 1996, planteando la introducción de Enterolobium cyclocarpum.

Durante los últimos años, China ha perdido anualmente unos 3200 km² de praderas como consecuencia del avance del desierto de Gobi. Cada año las tempestades de arena invaden 2300 km² de tierras agrícolas, y este proceso no cesa de acelerarse año a año. Las tormentas destruyen las tierras agrícolas y provocan serios inconvenientes en los centros poblados, incluso en Japón, Corea del Norte y Corea del Sur. El proyecto tiene por finalidad elevar la cobertura de bosques en el norte de China del 5 al 15 % y así reducir las zonas desertificadas. En 2018 la superficie forestal en el norte de China había aumentado al 12,4 %, y las tormentas de arena primaverales en Pekín se habían reducido en un 70 % de 2008 a 2018.

Caída de polvo en Pekín.

La desertificación es un proceso de degradación ecológica en el que el suelo fértil y productivo pierde total o parcialmente el potencial de producción. Las causas de la desertificación son la deforestación y destrucción de la cubierta vegetal, la subsiguiente erosión de los suelos, la sobreexplotación de acuíferos, la sobreirrigación y consecuente salinización de las tierras o la falta de agua. Con frecuencia el ser humano favorece e incrementa este proceso como consecuencia de actividades como el cultivo y el pastoreo excesivos o la deforestación. El cambio climático también puede ser una causa de la desertificación mediante la reducción o las alteraciones en los patrones de las precipitaciones, lo cual provoca un mayor estrés hídrico y largos periodos de sequía en distintas zonas de África, Europa y Asia. Esta escasez de lluvias tendría también efecto directo en los cultivos de secano provocando una reducción de producción de los mismos. Estos aumentos de temperatura y la reducción de las cantidades de lluvia provocarán la desaparición de gran parte de los bosque de América Latina. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el 35 % de la superficie de los continentes puede considerarse como áreas desérticas. Dentro de estos territorios sobreviven millones de personas en condiciones de persistente sequía y escasez de alimentos. Entre muchos otros factores, se considera que la expansión de estos desiertos se debe a acciones humanas.

La desertificación puede ser causa o efecto del proceso de aridización. Originalmente esto pasa en las zonas que son fértiles, donde se practica la agricultura secuencial. El aumento de la población obliga a una explotación intensiva del terreno hasta que se produzca su agotamiento. La segunda etapa comienza cuando el suelo deja de ser fértil y se encuentra despojada de su cubierta vegetal, el agua y el viento lo erosionan más rápido hasta llegar a la roca. En la mayor parte de las zonas de cultivo el suelo se erosiona mucho más deprisa de lo que demora en formarse. Podrían necesitarse décadas o siglos para que el paisaje volviera a cubrirse de verde. este ecosistema puede acabar convirtiéndose en un desierto.

La Estepa de la Patagonia es un importante hábitat para muchas especies en peligro de extinción. La mayor parte está tendiendo hacia la desertificación debido al pastoreo sin control, mostrando muchas zonas una grave erosión.

A lo largo de los años se han estudiado diversos métodos para recuperar terrenos desertizados, muchas veces con éxito. Un método que ha tenido mucha aceptación es la reforestación progresiva de las zonas afectadas. Realizando un estudio dentro de cada caso, se van introduciendo especies de plantas que soporten los niveles de sequía en la zona, aumentando los niveles de humedad y progresivamente introduciendo nuevas especies ganando terreno sobre las zonas afectadas. Existe un caso práctico que se ha llevado a cabo en la década de 1930, con éxito en Villa Gesell, una pequeña ciudad del litoral de Argentina.

En Israel, el científico León Brenig presentó el proyecto Geshem (lluvia en hebreo), con el que pretende crear lluvia artificial. La lluvia artificial se basa en la denominada isla de calor, definida como región de una determinada superficie con una temperatura significativamente superior a la de sus alrededores, aproximadamente unos 6 °C por encima de esta, en la cual se atrapa el vapor de agua contenido en la atmósfera hasta una altura superior a 1 km, donde empieza a condensarse para, a continuación, provocar precipitaciones. Este método ha creado cierta expectativa en el mundo científico, y va a ser probado por primera vez en Israel en el desierto del Néguev, a 150 km de la costa, una vez se disponga del material necesario para evitar la contaminación, y sea lo suficientemente barato para que su aplicación sea rentable. El proceso de investigación se puede prolongar hasta cinco años y no tendrá consecuencias negativas para el ambiente por lo que lograría resolver los problemas de flora y fauna que los trasvases y la desalinización provocan. Otros países como España siguen muy de cerca el desarrollo de este proyecto. Los esfuerzos para aliviar la pobreza de las comunidades locales a través de grupos de autoayuda, los gobiernos nacionales a través de los planes de desarrollo y la comunidad internacional a través de asistencia para el desarrollo son a menudo inferiores a la sequía y la desertificación.

¿Sabías que el territorio de Israel es 50% desierto y prácticamente no tiene de agua? Con estas condiciones tan áridas, ¿cómo produce alimentos para su población? La respuesta está en sus científicos que crearon soluciones para utilizar de forma eficiente el poco suelo cultivable que tienen. Israel produce 70% de los alimentos que consume actualmente, pero no siempre fue así. Desde la década de los 50, los científicos israelíes trabajan en tecnologías que sirven a su agricultura y también a la del resto del mundo que adopta sus prácticas. Sus innovaciones son la clave para cultivar en el desierto y su éxito es tal, que los productos agrícolas representan la mayor parte de sus exportaciones.

El profesor Danny Zamir, de la Facultad de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de la Universidad Hebrea, con una variedad híbrida de tomates de gran rendimiento que se han hecho muy populares en los mercados de California.

El sector agrícola local está tecnificado casi en su totalidad gracias a que desde la década de los 2000, implementaron programas de Investigación y Desarrollo (I+D), una política pública que impulsó el gobierno en sus instituciones y universidades. La tecnología desarrollada incluye sistemas para mantener sus granos frescos, controladores biológicos de plagas, software de asesoramiento para los agricultores, además del uso de semillas más resistentes a las condiciones ambientales extremas.

Gobierno, instituciones académicas, industria privada y productores de todos los tamaños de Israel unieron sus esfuerzos para solucionar los desafíos de esta zona y, como consecuencia, la agricultura ahora es el medio de subsistencia para gran parte de la población, sobre todo en Aravá, el valle que sirve de frontera con el desierto del Néguev, al sur del país.

Niños corren por campos de cultivo en el Valle de Jezreel, en el centro de Israel.

Uno de los mayores logros del sector agrícola de Israel es la eficiencia en sus procesos de riego. Al introducir mejor tecnología, la producción aumentó casi cinco veces en los últimos 30 años. Esto, sin hacer casi ningún cambio en la cantidad de agua que utilizaban, pero ¿cómo lo hicieron? Gracias a la irrigación por goteo, la planta obtiene directamente sólo el agua que necesita. Además, usan sistemas computarizados de irrigación que reducen el consumo hasta 70% comparado con la irrigación por gravedad. Las reservas de agua que tiene Israel al año suman aproximadamente 1,600 millones de metros cúbicos y 75% de estas reservas son destinadas a la agricultura. Para utilizar el recurso de forma eficiente, los científicos israelíes trabajaron en un proceso de irrigación miniatura con flujos de 100 a 200 centímetros cúbicos por hora para crear relaciones óptimas de aire y agua que mejoraran la capacidad de ahorro. Además, desarrollaron microrociadores y microaspersores.

Trigal cerca a Latrun, a mitad de camino entre Jerusalén y Tel Aviv.

Los sistemas de riego son multifuncionales. Por ejemplo, el fertirriego computarizado que se encarga de fertilizar a través del sistema de riego, controlando la temperatura y humedad. Los agricultores israelíes utilizan productos adaptados a sus condiciones. Toman las ventajas de la luz solar, aprovechan la temperatura alta, la tierra abundante y, a partir de esto, cultivan con menor gasto de energía. En Néguev, por ejemplo, introdujeron nuevas variedades de cítricos que aumentaron el rendimiento entre 50 y 100%. También están los olivares regados con agua salobre que tienen más sales disueltas que el agua dulce pero menos que la de mar, con un rendimiento seis veces mayor al del agua de lluvia en otros países. Sus técnicos también desarrollaron máquinas especializadas para cada etapa de la cadena de suministro, incluyendo la clasificación de los productos, empaque, almacenamiento y transporte. Gracias a la implementación de esta tecnología, Israel ahora es uno de los principales exportadores de materia prima y herramientas para producir alimentos.

La Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación es una herramienta, a disposición de locales, comunidades y organizaciones de la sociedad civil, gobiernos locales y nacionales y subregionales y las instituciones regionales, para ayudar a consolidar estas ganancias. Mediante la utilización de los indicadores diseñados para supervisar y evaluar los cambios ambientales actores y medios de vida a todos los niveles pueden potenciar a sí mismos y tomar decisiones basadas en la evidencia.

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