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5 - Mayo - 2020
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Trabajo físico extenuante, jornadas laborales interminables y malos tratos continuados que podían llegar a convertirse en verdaderas palizas. La imagen que tenemos de la esclavitud a través del relato de los propios esclavos emancipados y de las crónicas históricas ha encontrado una cruda confirmación forense gracias al reciente análisis de tres esqueletos del siglo XVI encontrados en un yacimiento de Ciudad de México.

Un estudio interdisciplinar llevado a cabo por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) y el Instituto Max Plank ha permitido saber un poco mejor el origen y cómo vivían los primeros esclavos africanos llegados al Virreinato de Nuevo México, pocos años después de la caída del imperio azteca en 1521 a manos de Hernán Cortés, un periodo poco conocido en la historia de la trata de esclavos. El estudio, que acaba de ser publicado en la revista Current Biology, combina trabajos de genética molecular, etnohistoria y bioarqueología.

El análisis forense de los restos ha puesto de manifiesto que los tres individuos sufrieron malos tratos continuados y jornadas de trabajo extenuantes. Por ejemplo, uno de ellos sobrevivió a varias heridas de bala mientras que los huesos del cráneo de este y los de un segundo individuo muestran un adelgazamiento asociado a la desnutrición y la anemia. Además, el esqueleto del tercer hombre muestra signos de estrés por un trabajo físico agotador, visible en las lesiones de las inserciones musculares, y una pierna rota mal curada.

Para los investigadores estos signos de abuso evidencian que los hombres fueron esclavos. Pero sus huesos no solo muestran las duras experiencias de estos tres anónimos desgraciados, también permiten establecer su nacimiento en África occidental y las enfermedades introducidas en América desde África.

Su origen ya fue intuido en la década de 1980, cuando se halló el yacimiento, una fosa común del antiguo Hospital Real de San José de los Naturales de la capital mexicana, construido alrededor de 1530 para pacientes indígenas. Los tres cuerpos pertenecían a hombres jóvenes, fallecidos alrededor de la treintena, se supone que víctimas de una epidemia. En este sentido, los investigadores recuerdan que en 1531 se propagó por la ciudad una plaga de sarampión que pudo ser la causa de la muerte de todos los individuos enterrados apresuradamente en esa fosa común.

Esclavos africanos en Sonsonate, en El Salvador.

Ya en su momento, los restos fueron clasificados como de origen africano al advertir en ellos unas modificaciones dentales características de los esclavos de ese continente que todavía se pueden observar en algunos grupos que viven en África occidental en la actualidad. Ahora, el análisis de ADN ha confirmado que los tres individuos pertenecían a un mismo linaje genético procedente de una región indeterminada del África subsahariana. Para los responsables del estudio no hay duda de que se trata de algunos de los primeros esclavos africanos en las Américas.

Los investigadores pudieron reconstruir dos genomas completos de patógenos a partir de las muestras de dientes de estos individuos: una cepa de la hepatitis B que se encuentra en África occidental en la actualidad, y otra de pián (enfermedad de la misma familia que la sífilis). Sería la primera evidencia directa de la introducción de cepas africanas de estas enfermedades como resultado de la trata transatlántica de esclavos, según los autores del estudio.

La presencia de esclavos africanos en la América española es un episodio poco conocido de la historia. Tan solo han llegado hasta nosotros unos pocos nombres de esclavos africanos, sobre todo los que acompañaron a los conquistadores en sus expediciones militares.

Entre los siglos XVI y XIX, doce millones de africanos fueron enviados a América como mano de obra forzosa. Hacinados en los barcos negreros, muchos perecieron en la travesía

El traslado de mano de obra esclava africana en Nueva España se inició casi al mismo tiempo que se fundaba el virreinato y miles de personas fueron transportadas a América a la fuerza tras ser secuestradas en su población natal. El grueso de la esclavitud se dedicó al principio a tareas en fincas urbanas para ser usados más adelante como mano de obra en las explotaciones agrarias y mineras. En las grandes ciudades llegaron a constituir casi un tercio de la población entonces, y en la actualidad su ascendencia genética forma parte del patrimonio humano de América. Los análisis forenses y genéticos pueden ayudar a trazar la historia de esta primera generación de africanos de América, olvidados en favor de reyes y navegantes.

Los cautivos africanos eran instalados en el entrepuente de los navíos y sufrían pésimas condiciones higiénicas y de alimentación hasta su llegada al Nuevo Mundo. Los traficantes, negros o árabes, se internaban en África en busca de esclavos. Éstos podían ser prisioneros de guerra, delincuentes, personas secuestradas o gente pobre que se entregaba a un amo para que los alimentara. Se los llevaba hasta la costa en hileras, encadenados mediante una suerte de horcas con el mango que reposaba en el hombro de quien iba delante.

Tras abolir el tráfico de esclavos en 1807, los británicos se consideraban autorizados para apresar a cualquier barco negrero que encontraran. En 1838 capturaron el Diligente, un navío portugués que llevaba unos 400 esclavos. La acuarela bajo estas líneas, realizada por un tripulante, muestra la cubierta del barco atestada por un centenar de cautivos, vigilados por nueve tripulantes.

Cape Coast, en la actual Ghana, fue un importante centro del tráfico de esclavos. En su castillo se encerraba a los cautivos antes de embarcarlos.

A finales del siglo XV, los exploradores españoles y portugueses que llegaban a África no buscaban esclavos: el oro era su objeto del deseo. Tanto es así que hasta 1700 fue el oro, y no los esclavos, el producto africano más codiciado por los europeos. Pero la situación cambió con el desarrollo de las plantaciones de caña de azúcar. Los europeos buscaron esclavos para trabajar en esos cultivos, primero en las islas atlánticas orientales, como Madeira y Santo Tomé, y luego en el Nuevo Mundo. El cultivo del azúcar requería una numerosa mano de obra dedicada a una actividad incesante y ardua, sobre todo durante la cosecha. Era un trabajo muy duro que los trabajadores libres europeos se negaban a realizar. De este modo, la creciente producción de azúcar favoreció el trabajo forzado.

Los asalariados europeos y los trabajadores forzosos empleados en la producción de azúcar solían sucumbir a las enfermedades endémicas de los climas tropicales donde crece la caña de azúcar. Por otra parte, las infecciones llevadas por los europeos a América habían diezmado la población indígena, lo que privó a los colonizadores de la mano de obra autóctona que deseaban, y que buscaron en África. En el siglo XVIII, el 40 por ciento de los esclavos estaba empleado en plantaciones azucareras.

Pero el predominio de la mano de obra esclava africana no se produjo de repente. Los esclavos africanos o los descendientes de africanos se convirtieron en la fuerza de trabajo mayoritaria en las plantaciones brasileñas únicamente a partir de 1600. Antes de esta fecha, los amerindios fueron la principal fuerza de trabajo en las tierras dedicadas al azúcar. Y en 1690 había en el Caribe británico más trabajadores forzados europeos y amerindios que descendientes de africanos. La transición final hacia una fuerza de trabajo que en su mayor parte descendía de africanos debe atribuirse, en parte, al descenso demográfico de las poblaciones esclavas en América. El número de defunciones superaba al de nacimientos en todas partes excepto en América del Norte, de manera que se necesitaba un flujo constante de nuevas capturas para mantener en funcionamiento lo que el historiador Philip Curtin llamó el «complejo de plantación».

La esclavitud ha estado presente en muchos períodos de la Historia. De hecho, todavía persiste en algunos lugares donde las leyes miran para otro lado. Pero durante la Edad Antigua la esclavitud fue el modelo económico presente. Por ejemplo, los espartanos dependían de los esclavos ilotas en la batalla de las Termópilas para poder dedicarse por completo a la vida militar y el tamaño de algunos alzamientos en época romana pone de manifiesto el peso demográfico de quienes eran objeto de la trata de esclavos.

Durante la Edad Media la esclavitud en Europa se fue reduciendo hasta ser testimonial debido a que el modelo del feudalismo y la servidumbre acabó imponiéndose. Sin embargo, la Edad Moderna vio un nuevo auge del comercio de esclavos con las posibilidades de explotación económica derivadas del descubrimiento de América. Y este comercio de esclavos africanos hizo ricos a muchos negreros. Y se cobró la vida de millones de personas.

Los Estados europeos pensaron que el monopolio era el medio más eficaz para controlar el tráfico de esclavos. Para organizar este comercio se sirvieron de compañías comerciales dotadas de cartas de privilegio, como la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Estas empresas acabaron por actuar como intermediarias, supervisando a los comerciantes privados europeos y regulando su interacción con los africanos. Pero no todos los países europeos tuvieron puestos comerciales en la costa africana. España, por ejemplo, renunció a tener bases en África de acuerdo con el tratado de Tordesillas (1494), que otorgaba a los portugueses el dominio sobre el hemisferio oriental en el que se encontraba África. Por ello, para abastecer de esclavos su imperio americano, España recurrió, hasta 1640, a comerciantes portugueses y luego a holandeses, franceses y británicos.

Los traficantes europeos llegaban a las costas africanas cargados de mercancías para intercambiarlas por esclavos. Éstas eran muy variadas. En gran parte eran textiles, con frecuencia procedentes del Asia meridional, pero el alcohol, las armas de fuego, las herramientas y los utensilios manufacturados también eran importantes medios de pago, al igual que las conchas de un caracol marino, el cauri, usadas como moneda. En el siglo XVIII, los comerciantes holandeses e ingleses llegaron a importar hasta 40 millones de conchas al año.

Los europeos se aventuraron pocas veces en el interior de África en busca de esclavos. Se veían confinados en la costa por decisión de los soberanos africanos y también por la presencia de enfermedades letales. Los africanos controlaban el tráfico de esclavos de la costa hacia el interior, mientras que los europeos se limitaban al embarque. De este modo, los dirigentes africanos dominaban las relaciones comerciales, controlaban el destino de los cautivos y exigían a los europeos el pago de elevados impuestos por la compra y exportación de los esclavos. Los agentes africanos eran responsables, asimismo, de la esclavización y el transporte de los capturados hasta la costa. Los prisioneros de guerra representaban la mayor fuente de esclavos, pero también había personas acusadas de delitos como asesinato, brujería, deudas o robo, o que, simplemente, habían caído en desgracia.

Abram Gannibal, el esclavo africano que llegó a ser ingeniero militar, general del ejército ruso y bisabuelo del escritor Aleksandr Pushkin.

La esclavitud era general en África antes de la trata atlántica (el comercio de esclavos por el océano Atlántico), de manera que los comerciantes europeos se introdujeron en un mercado que ya existía. Antes de 1600, sólo un cuarto de todos los esclavos que salieron de África lo hicieron como parte de la trata atlántica. Fue en el siglo XVII cuando el tráfico de esclavos atlántico llegó a los dos tercios del total del comercio de esclavos africano. En definitiva, los europeos únicamente controlaban la dimensión oceánica del tráfico de esclavos en África.

El viaje en barco, conocido como middle passage o «pasaje medio», duraba entre dos y tres meses, dependiendo de los puertos de salida y llegada. El abolicionista británico William Wilberforce (1759-1833) declaró que «nunca se vio tanta miseria condensada en un pequeño espacio como en un barco negrero durante el middle passage». En una de estas naves podían hacinarse más de cuatrocientos cautivos, separados en tres grupos: hombres; adultos jóvenes, y mujeres y niños. A las mujeres se les entregaba ropa ligera, y a menudo sufrían violaciones por parte de la tripulación y el capitán. Los hombres permanecían desnudos cuando hacía buen tiempo y por la noche se los trababa juntos bajo la cubierta.

Las condiciones del viaje eran pésimas y las tasas de mortalidad llegaron al doce por ciento a lo largo de cuatro siglos, pese a los esfuerzos de los esclavistas para preservar el valor de sus cargamentos conservando la salud de los esclavos. Un medio para conseguirlo era el ejercicio físico. Se forzaba a los cautivos a subir a cubierta para que cantasen y bailasen, y si se negaban a participar en estas actividades podían ser golpeados. Pero los esclavos morían pese a la seudociencia y a las supersticiones europeas. La disentería y otros trastornos intestinales eran las causas de muerte más comunes, aunque también se cobraban muchas vidas las enfermedades transmitidas por los mosquitos, como la malaria y la fiebre amarilla, junto al escorbuto y las dolencias respiratorias.

A algunos cautivos se los obligaba a menudo a trabajar en tareas como limpiar los habitáculos de sus compañeros bajo cubierta o vaciar los calderos de materia orgánica y fecal endurecida y otros fluidos corporales. Las mujeres se ocupaban sobre todo de la preparación de la comida, basada en arroz, ñame y cereales, que constituían los componentes básicos de la dieta a bordo. En alguna ocasión, se podía recompensar a los que realizaban estas tareas añadiendo un poco de licor o tabaco como extra a las exiguas raciones de alimentos.

Es importante recordar que los marineros europeos también sufrieron en los barcos negreros. Para ellos, la costa occidental africana era el peor de todos los destinos posibles, y con frecuencia se enrolaban tan sólo por la desesperación y debido a la falta de otras opciones. Un comerciante de esclavos del siglo XVIII consideraba a su tripulación «esclavos blancos», llamándolos de forma despectiva «la hez de la comunidad». La mitad de los europeos que viajaron al África occidental en el siglo XVIII perecieron, sobre todo debido a la malaria y la fiebre amarilla. Los marineros europeos que sobrevivieron colaboraron activamente en el control de su cargamento humano. Solían mantener el orden entre los esclavos, aplacando el descontento y administrando castigos corporales. La amenaza de rebeliones era algo real, y las medidas para prevenir las insurrecciones cuando los barcos negreros debían transportar una carga humana mayor de lo habitual incrementaban el coste total del viaje.

Asimismo, los marineros debían preparar a los esclavos para su venta. Cuando el barco se aproximaba a su destino, los marineros quitaban los grilletes de los esclavos para curar las rozaduras, limpiar y afeitar a los hombres, suprimir los cabellos blancos o teñirlos de negro (para acentuar la virilidad y juventud) y untarles el cuerpo con aceite de palma.

Los beneficios del comercio de esclavos han sido objeto de grandes debates. Algunos historiadores, como Eric Williams, opinan que estas ganancias fueron la base de la Revolución Industrial europea. Sin embargo, otros autores afirman que los beneficios medios de cada viaje negrero individual suponían tan sólo, de media, de un 5 a un 10 por ciento. Un punto de vista diferente sobre esta cuestión consistiría en examinar cuántas vidas y cuántos negocios se basaron en el tráfico de esclavos y en la esclavitud, desde los agentes de seguros de los barcos, el capitán y la tripulación, pasando por los suministradores de alimentos para el viaje y, finalmente, los propietarios de esclavos y los intermediarios que vendían los productos producidos por los esclavos.

Desde esta perspectiva, la importancia del comercio de esclavos atlántico para la economía global fue extraordinaria y afectó a todos los sectores económicos europeos, incluso en los países que no poseyeron colonias ni esclavos. Pero el coste en vidas humanas y sufrimientos fue incalculable y terrorífico, y su pernicioso legado ha repercutido hasta hoy en la mayoría de las sociedades de África, Europa y el Nuevo Mundo.

Olaudah Equiano nunca tuvo clara la fecha de su nacimiento en una región africana que hoy corresponde a Nigeria ni contó cómo transcurrieron sus primeros años de vida junto a su familia en la aldea africana. Su vida cambió cuando a los 11 años lo secuestraron junto a sus hermanos para pasar a convertirse en esclavos. De ahí en adelante, primero por obligación, tras ser comprado por diversos europeos, y después por convicción, para unirse a movimientos abolicionistas y luchar contra la esclavitud, viajó por numerosos países, aunque la clave de todo fue la formación que adquirió y que le permitió ser el primer africano esclavo en escribir sus memorias y contar en primera persona las penurias y humillaciones que sufrían a manos de sus dueños.

A Olaudah Equiano se le conoce por ser un escritor africano del siglo XVIII, pero también marinero y activista del movimiento abolicionista. Él mismo afirmaba haber nacido en 1745 en un pueblo lejano de cualquier sitio llamado Essaka, en lo que es hoy la región de habla Igbo en Nigeria. A los 11 años de edad fue tomado como esclavo junto a sus hermanos y llevado América para ser vendido allí. Pasó por diversas manos, desde comerciantes de esclavos europeos, hasta viajar después a Barbados y acabar en las plantaciones de la colonia británica de Virginia. De aquellos años escribiría después que estaba tan impresionado por su experiencia que trató de lavarse el color de su rostro en un intento de escapar de su posición como esclavo.

Un capitán de la Marina Real fue su primer dueño y quien le dio el nombre de Gustavus Vassa en honor al rey sueco del mismo nombre. Posteriormente fue comprado por Michael Pascal, un marinero en la Royal Navy, por lo que Equiano perfeccionó el arte de la marinería y tuvo que seguir a su maestro en la batalla durante la Guerra de los Siete Años de Gran Bretaña con Francia. El trabajo que tuvo encomendado Equiano durante las batallas fue la de suministrador de pólvora para los disparos. El joven Olaudah Equiano supo ganarse el respeto de su maestro y después de viajar extensamente, Pascal lo envío a Inglaterra para recibir una educación básica. Pascal escribió más tarde que Equiano era “un niño muy merecedor”. Durante este tiempo, en 1759, también se convirtió al cristianismo, algo que adquirió gran protagonismo en su vida, hasta el punto de utilizar como su regla de oro el mensaje cristiano de “trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”.

La libertad que Pascal le había prometido al joven Olaudah alguna vez no acaba de llegar y, por el contrario, fue vendido a Robert King, un marinero de Filadelfia, y de nuevo al capitán James Doran en el Caribe, que le continuó inculcando la lectura y la escritura a la vez que lo educó en la fe cristiana. Gracias a su poder de ahorro en las actividades comerciales que le encomendaba Doran, Equiano logró comprar su libertad ayudado por el propio Doran que lo asesoró, y empezó una nueva vida que él mismo definió como “el día más feliz del mundo; por la mañana era esclavo y por la tarde mi propio maestro”. Inicialmente Equiano se quedó en Estados Unidos para ayudar a Doran como socio comercial pero en numerosas ocasiones intentaron secuestrarlo y devolverlo a la esclavitud. Sin embargo, siempre fue capaz de escapar al poder demostrar su educación y bagaje cultural, aunque no tardó en regresar a Gran Bretaña por su inseguridad. Más tarde, escribiría que “la posición de los esclavos libres era poco mejor que los esclavos debido al terrible trato que recibían los hombres negros”.

En Inglaterra conoció a muchas personas que apoyaban la abolición del comercio de esclavos y el movimiento abolicionista crecía en esos años sin parar. Animado en parte por ellos, Equiano dio testimonio en primera persona sobre la vida como esclavo con ‘La interesante narrativa de la vida de Olaudah Equiano o Gustavus Vassa, el africano’. Publicado en 1789, la obra fue recibida con entusiasmo y no sólo se vendió bien, sino que además tuvo muchas ediciones. Ese libro autobiográfico de Equiano sirvió para que mucha gente tuviera las primeras noticias sobre el sufrimiento de los esclavos y se animara a apoyar la causa abolicionista. Las buenas críticas que recibió hacían referencia no sólo a la dureza de los contenidos, sino a la calidad de la escritura, el estilo y la habilidad en las descripciones.

Jorge III del Reino Unido, rey de Gran Bretaña y de Irlanda en aquellos años. Será recordado por la pérdida de las colonias, que formarían el núcleo de los futuros EE. UU. Sufrió de una recurrente y finalmente permanente enfermedad mental. Se piensa ahora que padeció de desórdenes mentales y nerviosos como una consecuencia de la enfermedad sanguínea llamada porfiria, que ha afectado a varios monarcas británicos. El dramaturgo Alan Bennett escribió una obra de éxito sobre este tema, y el director Nicholas Hytner la llevó al cine con el título La locura del rey Jorge.

La fama por su libro le sirvió a Equiano para poder pedirle al rey en Inglaterra el fin de la esclavitud, a la vez que ayudó a desmitificar muchos de los mitos y prejuicios sobre los pueblos africanos. Los ingresos por las ventas de libros permitieron a Equiano vivir de manera desahogada y dedicar más tiempo a hacer campaña contra la esclavitud y a la causa de sus hermanos negros, ya que fue también líder de la comunidad negra pobre de Londres, descendientes de esclavos que luchaban por sobrevivir económicamente. En 1792 Olaudah Equiano se casó con Susan Cullen, una chica británica, y el matrimonio tuvo dos hijas. Anna Maria en 1793 y Joanna en 1795. Equiano, con su matrimonio, sostuvo su teoría de que la unión entre blancos y negros podría servir para disminuir la segregación racial hacia los africanos y unificar a los seres humanos. Susannah falleció en febrero de 1796 y Olaudah lo hizo al año siguiente, el 31 de marzo de 1797. Poco después, la hija mayor falleció a los cuatro años de edad, dejando a Joanna como única heredera de la fortuna de su padre.

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