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El cine, decía Tarkovski, trata de «esculpir
en el tiempo». La frase del maestro ruso describe perfectamente
el cine que nos deja otro maestro, el argentino Adolfo Aristarain,
fallecido este domingo 26 de abril a los 82 años. «Mis películas
tenían un objetivo claro, que era muy visible en La parte
del león [1978] o en Tiempo de revancha [1981]: atacar al
capitalismo, que es un sistema que considero salvaje. Hoy
pienso lo mismo. Este sistema nos destruye sin la más mínima
piedad y hay que cambiarlo, no queda otra», dijo en 2013 cuando
el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, BAFICI,
programó una retrospectiva de su obra. La parte del león narra
la historia de un hombre común que encuentra en un hotel el
dinero que ha sido robado de un banco. Como su matrimonio
está en crisis, el hombre ve en esta especie de regalo del
destino la posibilidad de salvarlo. Pronto descubre que los
billetes del botín están marcados y que no los va a poder
utilizar. También descubre que los ladrones del banco son
dos tipos muy peligrosos que no lo van a dejar en paz si se
enteran de que ha querido quedarse con su dinero.

Tiempo de revancha sigue a dos sindicalistas
que deciden producir una explosión que parezca accidental
con el fin de castigar a una minera corrupta. Pero el accidente
deviene real y uno de ellos muere. El otro, de apellido Bengoa
(Federico Luppi), sigue adelante con la simulación para cobrar
la indemnización de la minera, que era el plan original. La
empresa sospecha del engaño y se niega a pagar nada, pero
cuando en el juicio salen a la luz sus trapos sucios, sus
directivos le ofrecen a Bengoa medio millón de dólares para
que el juicio no vaya a más. El abogado que asesora al sindicalista
le dice que acepte. Él, sin embargo, dice que no. Como escribe
Gregorio Belinchón en el diario español El País, Tiempo de
revancha es «una película que juega con los simbolismos —habla
astutamente de desaparecidos y perseguidos— porque se estrenó
durante la dictadura militar». Luego cita estas palabras del
propio Aristarain hablando de ella: «Tengo el mérito de que
el guión no tenía nada que pudieras señalar y no tenías dónde
cortar. Si no te gustaba, la tenías que prohibir». Nacido
en 1943 en un barrio de Buenos Aires famoso por sus calles
circulares, desde su infancia Aristarain tuvo fama de lector
y cinéfilo impenitente. Al salir del colegio era capaz de
ver dos y hasta tres películas seguidas, en los tiempos en
que las salas de cine ofrecían programas dobles y triples.
También estudió inglés hasta convertir este idioma en su segunda
lengua y, aficionado a escribir relatos de ficción, llegó
a tener un programa en Radio Nacional en el que leía sus propias
traducciones del británico Dylan Thomas.

En el cine empezó trabajando como ayudante de
sonido en Río de Janeiro y ayudante de producción en Buenos
Aires. En 1967, huyendo de la dictadura militar encabezada
por el comandante del Ejército Juan Carlos Onganía, se instaló
en España, donde trabajó como ayudante de dirección de grandes
directores como Mario Camus, Vicente Aranda, Lewis Gilbert
y Sergio Leone. Tras regresar a Buenos Aires, su debut como
guionista y director fue justamente con La parte del león,
cinta a la que siguieron La playa del amor (1980), en la que
aparece un jovencísimo Ricardo Darín; La discoteca del amor
(1980), también con Darín como reclamo juvenil; Tiempo de
revancha; Últimos días de la víctima (1982); la serie Pepe
Carvalho (1986), inspirada en la famosa saga del novelista
español Manuel Vázquez Montalbán; The Stranger / Traición
y venganza (1987); Un lugar en el mundo (1992); La ley de
la frontera (1995); Martín (Hache) (1997); Lugares comunes
(2002), y Roma (2004). En Roma, los actores Juan Diego Botto
y José Sacristán encarnan a un escritor en dos etapas y dos
lugares de su vida: Argentina y España. De mayor, el escritor
contrata a un joven corrector literario para que lo ayude
a escribir su autobiografía. Al relatar sus experiencias,
revive el vínculo emocional con su pasado, su juventud en
la Argentina de los sesenta y setenta, la dictadura, la lucha
política y, sobre todo, la relación con su madre, Roma di
Toro. Aunque no volvió a rodar, Aristarain nunca sintió que
había colgado las botas. «Del cine nunca te retirás», decía.
«A mí las ganas me vienen cuando veo una historia que me gusta».
Una de esas historias fue recrear el genio de Astor Piazzola.
Consiguió los derechos del libro Astor, escrito por la hija
del músico, Diana Piazzola, pero nunca consiguió levantar
el presupuesto que necesitaba para filmar una historia así.
Según el escritor y cineasta Celín Cebrián, «lo que verdaderamente
le atraía era la relación del padre y la hija. También los
conciertos del compositor con su Quinteto. Todo eso era la
columna vertebral de aquella película que no llegó a hacer».

La Academia de Cine española ha recordado a
Aristarain con estas palabras: «Muy ligado al cine español,
el autor de Un lugar en el mundo (Goya a la Mejor Película
Iberoamericana) o Lugares comunes (Goya al Mejor Guión Adaptado)
recibió la Medalla de Oro de la Academia de Cine correspondiente
al año 2024. “El cine es un oficio despiadadamente traidor
para quien lo ejerce. Aunque uno intente esconder lo que uno
es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo
en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es”, dijo
entonces». Fue el primer director argentino en recibirla «por
ser uno de los nombres esenciales de la historia del cine
en español y un destacado representante del fundamental cine
argentino que tanto ha aportado a nuestra cinematografía».
Una distinción que «entendió que tenía mucho que ver con la
amistad y con su manera de ser, que era una Medalla mucho
más personal que un premio a sus películas. Y algo de verdad
hay en esa apreciación, porque es de admirar la accesibilidad,
cordialidad y conocimiento del cine de este lector empedernido
y amante de la música que siempre aseguró que se acabó dedicando
al cine tras no lograr convertirse en un buen trompetista».
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