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Durante años, estos nobles caballos vivieron privados de la luz
del sol y del aire fresco, confinados en la oscuridad de las minas
subterráneas. Eran conocidos como “conogons”, y compartían la ardua
y peligrosa vida de los mineros humanos, trabajando codo a codo
con ellos en condiciones extremas. A finales del siglo XIX, estos
caballos fueron exportados desde las islas Shetland a Inglaterra
debido a su tamaño compacto y gran fuerza, cualidades que los hacían
ideales para arrastrar las pesadas vagonetas llenas de carbón en
las minas. Nacidos, criados y destinados a una vida en la penumbra,
soportaron un trabajo agotador y extenuante. No era inusual que
un solo caballo arrastrara hasta ocho vagones de carbón, cargados
al máximo. A pesar de las duras circunstancias, estos caballos mantuvieron
su dignidad y demostraron una notable inteligencia. Sabían cuándo
una carga era demasiado pesada y se negaban a moverse hasta que
se aligeraba.

También poseían un increíble sentido del tiempo, sabiendo exactamente
cuándo terminaba su jornada laboral y encontrando el camino de regreso
a los establos, incluso en la más profunda oscuridad. Esta vergonzosa
explotación continuó hasta 1972, cuando la tecnología finalmente
reemplazó su labor, marcando el fin de una era. El 3 de diciembre
de ese año, Ruby, el último de los caballos mineros, emergió a la
superficie en un evento simbólico. Acompañada por una orquesta y
adornada con una corona de flores, Ruby salió de la oscuridad, poniendo
fin a la era de los conogons y sus compañeros de trabajo. Para honrar
su sacrificio y conmemorar su arduo trabajo compartido bajo tierra,
se erigió una escultura llamada “Conogon” en el Museo-Reserva “Red
Hill”, como un recordatorio perdurable de la lealtad y valentía
de estos caballos que dieron tanto en las minas.
La fotografía, tomada por Manuel Ferrol el 27 de noviembre de 1957
en el puerto de Ferrol, España, muestra a Ángel Calo Marcote, de
29 años, y a su hijo Juan Jesús Calo López, de 8, despidiéndose
con lágrimas de Josefina López, madre del niño, mientras esta embarca
en el barco Juan de Garay con destino a Buenos Aires, Argentina,
junto con su hermano y su madre (el tío y la abuela del niño). Muestra
la realidad de la migración europea a América, que dividió a muchas
familias sabiendo que sería la última vez que se sabrían el uno
del otro. Más de 50 millones de personas emigraron de Europa a América
entre las décadas de 1820 y 1980. Manuel, el fotógrafo, tuvo que
tomar la foto ocultando la cámara en su gabardina para no intimidar
a las familias con su cámara. La fotografía, titulada "O home e
o neno" (literalmente "El hombre y el niño" en gallego), fue censurada
en España durante la dictadura y su autor permaneció en el anonimato
hasta la democratización de España en 1975. El papa Francisco recibió
una copia en 2021.

Ángel, el padre, falleció en 2006 a los 80 años tras dedicar el
resto de su vida a la navegación antes de emigrar a Suiza. Juan
Jesús, el niño, falleció en 2024 a los 75 años tras años de lucha
contra una enfermedad crónica. Dedicó su vida a la pesca. No se
sabe nada de la madre, su hermano y su madre, salvo que el barco
llegó sano y salvo a Argentina.
València fue paradigma y complejo espejo de la España de la Guerra
Civil y de los años más duros de la posguerra. Mirar atrás a la
ciudad es inabarcable, y doloroso y fascinante a partes iguales.
Y sobre todo es infinito, siempre hay una voz nueva y útil que rescatar:
ahora, el MuVIM propone echar la vista atrás a aquel tiempo desde
las imágenes de quien estuvo allí, cámara en mano, documentando
tanto los grandes acontecimientos políticos como la vida cotidiana
de una ciudad sometida a la derrota, la represión y la escasez.
Y esa mirada tiene nombre y apellidos: Luis Vidal Corella. Impulsada
por la Delegación de Memoria Democrática de la Diputació de València,
la muestra reúne cerca de 200 fotografías —alrededor de 80 de ellas
inéditas— y recupera la figura de uno de los fotoperiodistas valencianos
más activos del siglo XX y, paradójicamente, uno de los menos reconocidos.
Sus imágenes recorren un amplio arco cronológico, de 1914 a 1959,
y permiten reconstruir visualmente la proclamación de la Segunda
República, la Guerra Civil, la victoria franquista y la larga posguerra
en València. La exposición no solo funciona como homenaje, sino
también como una reivindicación del fotoperiodismo español, a menudo
eclipsado por los grandes nombres internacionales que cubrieron
el conflicto. “En España hay grandes fotoperiodistas, hicieron un
trabajo enorme y fantástico, pero al final siempre se habla de los
mismos de siempre”, señala el co-comisario de la exposición, Luis
Vidal Ayala, que es además nieto del fotógrafo y actual responsable
del archivo familiar. “Mi abuelo estaba aquí, trabajando con muchísimas
menos facilidades técnicas, y aun así las fotografías no tienen
nada que envidiar a las de ningún fotógrafo extranjero”.

Imagen de la Cárcel Modelo de València.
Tras el final de la guerra, su vinculación con El Mercantil Valenciano
le obligó a extremar la precaución. “Realmente, tenía miedo por
su vida”, recuerda Vidal Ayala. Ese temor explica la desaparición
de parte del archivo original, placas que el propio fotógrafo destruyó
o dispersó para evitar represalias. Muchas de ellas han sido ahora
localizadas en la Biblioteca Nacional o en el Archivo General de
la Administración de Alcalá de Henares y se muestran por primera
vez al público. El recorrido expositivo se articula en tres grandes
ámbitos. El primero se detiene en una València cotidiana y alejada
del encargo periodístico, y permite entender la formación del fotógrafo,
marcada por la figura de su padre, Martín Vidal, el primer fotógrafo
de la saga, pionero en la disciplina en la ciudad. El segundo núcleo
reúne las fotografías inéditas de la Guerra Civil, imágenes tomadas
con cámaras de placas de vidrio —mucho más pesadas y limitadas que
las Leica de carrete— que documentan frentes y localidades como
Teruel, Quinto o Belchite. La tercera sección, la más extensa, se
adentra en la posguerra valenciana: es decir, la omnipresencia de
la simbología fascista, los actos multitudinarios organizados por
el régimen y, al mismo tiempo, la dureza de la vida cotidiana —el
hambre, la pobreza y la represión. Fotografías de la cárcel Modelo
o de San Miguel de los Reyes conviven con escenas urbanas que revelan
una ciudad sometida al control y al miedo. “Hay muchas exposiciones
sobre la Guerra Civil, pero la posguerra se ha tratado mucho menos”,
subraya el co-comisario, que ha trabajado junto a Ester Medán. “Nos
interesaba incidir en ese periodo, porque es ahí donde se consolidan
las consecuencias de la derrota”.
La exposición ajusta cuentas con la conservación y catalogación
de un archivo que atraviesa cuatro generaciones de fotógrafos, desde
Martín Vidal hasta el comisario de esta exposición. “Si tienes un
archivo pero no sabes lo que tienes ni dónde está, es como si no
lo tuvieras”, afirma Vidal Ayala, que destaca la labor previa de
su padre en la datación y recuperación del fondo. Gracias a ese
trabajo, hoy es posible “bucear en el archivo y descubrir verdaderas
joyas”. Además de las fotografías, la muestra incorpora materiales
patrimoniales como cámaras originales, carnés de prensa, mapas de
la Guerra Civil o piezas del fondo artístico de la Diputació, entre
ellas retratos de Franco y Carmen Polo pintados por José Segrelles.
Elementos que amplían el contexto y subrayan la dimensión histórica
del proyecto. La exposición se completa con un catálogo editado
por la Institució Alfons el Magnànim, Luis Vidal Corella. Crònica
fotogràfica de la postguerra a València, que aspira a fijar el archivo
más allá del tiempo expositivo. “La exposición pasa, pero lo que
tiene que quedar es el libro”, apunta el comisario, agradecido por
la implicación institucional en un proyecto que, más allá del homenaje,
interpela directamente a la memoria colectiva. Luis Vidal Corella.
Crónica fotográfica de la posguerra en València puede visitarse
en el MuVIM hasta el 29 de marzo de 2026.


Armando del Moral, el exiliado español de la Guerra Civil que escribió
la historia de Hollywood.

El fotógrafo y creador visual Will Corvara ha presentado 'El fotógrafo
ilustrado', un ensayo visual que propone una nueva manera de entender
la fotografía no como técnica sino como una forma de pensamiento,
observación y conocimiento del mundo. La obra se aleja deliberadamente
de los manuales clásicos y plantea un recorrido intelectual y estético
por la cultura visual contemporánea, combinando referencias a la
historia del arte, la pintura, el cine y la filosofía con la experiencia
personal del autor tras más de dos décadas dedicadas a la imagen.
Según Corvara, 'El fotógrafo ilustrado' "no enseña a usar una cámara,
sino a educar la mirada", en un contexto marcado por la saturación
de imágenes y el consumo acelerado de lo visual. El libro defiende
la fotografía como un acto consciente, donde la percepción, la narrativa
y la emoción son tan importantes como la luz o la composición.
Dirigido tanto a fotógrafos 'amateurs' como profesionales, el volumen
propone herramientas para desarrollar una mirada crítica y personal,
aplicable no solo a la fotografía sino a cualquier disciplina creativa.
La publicación incluye análisis de grandes maestros del arte y la
fotografía, reflexiones sobre el proceso creativo y una amplia selección
de recursos culturales para seguir entrenando la mirada. Con este
lanzamiento, Will Corvara se suma a la corriente de autores que
reivindican la fotografía como lenguaje intelectual y no solo como
disciplina técnica, en un momento en el que, como señala el propio
libro, "el mundo no necesita más imágenes, sino mejores imágenes".

«Hace algún tiempo que en mi laboratorio ensayaba un nuevo aparato
fotográfico haciendo reproducir mi propia fotografía; de pronto
sentí que se ejercía cierta presión sobre mi brazo derecho y una
especie de cansancio general en todo mi cuerpo. Pero quién describiría
mi admiración cuando miré y vi reproducido mi retrato, encontrando
a su derecha la imagen de una segunda persona, la cual no era otra
que mi difunta prima! ». Así narraba William H. Mumler cómo capturó
por primera vez a un «espectro» con su cámara fotográfica en 1861.
Posiblemente fue el residuo de un anterior negativo capturado con
la misma placa, pero aquella imagen le convirtió en el pionero de
la fotografía de «espíritus». Citando el reportaje sobre «Fotografía
espectral» de un periódico alemán, la Revista Espiritista española
reproducía en su número de noviembre de 1869 las palabras de este
joven fotógrafo aficionado de Boston que a raíz de esta imagen dejó
su trabajo como joyero y se dedicó a fotografíar «fantasmas» en
Boston y posteriormente en Nueva York. Era un negocio lucrativo
aquellos años, por el gran número de personas que habían perdido
a sus familiares en la guerra civil americana y el auge que vivió
en esos años el espiritismo.
De poco importaba que las imágenes fueran «un poco empañadas y
oscuras» con las «facciones bastante difíciles de reconocer», como
las describía la revista. Sus clientes las consideraban auténticas.

«Es probable que Mumler lograra las imágenes insertando una placa
de vidrio positivada preparada previamente con la imagen de los
muertos en su cámara, que colocaba frente a la placa sin utilizar
usada en la fotografía de sus clientes», explicaba Howard Timberlake
en un artículo en la BBC , pero los análisis de expertos en fotografía
no lograron encontrar ninguna evidencia de que las imágenes fueran
fraudulentas.
Las acusaciones de otros fotógrafos le llevaron a juicio en Nueva
York en 1869 , el mismo año en que la Revista Espiritista publicaba
el artículo instando a acoger con prudencia el descubrimiento porque
«los americanos que nos sobrepujan en tantas cosas, nos han enseñado
también que nos sobrepujan, y de mucho, en la invención de cuentos».
Durante siete días se escucharon en la audiencia las declaraciones
de testigos de Mumler, como un prominente exjuez que también era
espiritista, y de varios fotógrafos que explicaron cómo se podían
conseguir estos efectos mediante trucos en el cuarto oscuro. El
juicio atrajo la atención del país, como refleja la portada del
diario Harper's Weekly. El fiscal expuso que Mumler había retratado
al mismo «fantasma» en fotografías tomadas en Boston y Nueva York
o que algún «espíritu» estaba vivo. Sin embargo, el juez decidió
finalmente retirar los cargos contra Mumler por falta de pruebas
, aunque de mala gana. Explicó que aunque él creía que había truco
o engaño (por parte de Mumler), no había evidencias que así lo demostraran,
a tenor de lo recogido por The New York Daily Tribune. De esta manera,
dio la razón tanto a unos como a otros. Aunque Mumler fue absuelto,
el juicio socavó su reputación y sus finanzas . La enorme suma de
3.000 dólares que se tuvo que gastar en abogados le dejó arruinado.
Regresó a Boston, donde continuó con su fotografía de «espíritus»
aunque de forma más modesta. Fue en esta época cuando realizó su
foto más famosa. En 1872, recibió la visita de una mujer que se
presentó como señora Tundall, que deseaba ser fotografiada junto
al espíritu de su difunto marido. Era Mary Todd Lincoln , viuda
del presidente estadounidense Abraham Lincoln, cuyo «fantasma» mostró
de pie detrás de la ex primera dama, con sus manos en los hombros,
siete años después de su muerte.

Mary Todd Lincoln había perdido a dos hijos y a su marido y con
los años se había visto atraída por el espiritismo. Mumler murió
en la pobreza en 1884. Poco antes, destruyó todas sus placas y sus
negativos . Nunca se supo con certeza cómo realizó sus fotografías
falsas.
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