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- Marzo - 2026 |
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Sri Lanka
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La guerra civil de Sri Lanka fue una guerra civil y étnica en el
país insular de Sri Lanka. Desde 1983 hasta 2009 hubo una lucha
esporádica, la mayoría entre el gobierno y los tigres tamiles, un
grupo militar separatista. Organizaciones de la etnia tamil en el
norte y este del país pelearon contra lo que a su percepción era
una discriminación de la mayoría, perteneciente a la etnia cingalesa,
y finalmente pidieron la creación de un Estado independiente y exclusivo
para ellos. Con el tiempo, la organización terrorista Tigres de
Liberación del Eelam Tamil (LTTE) eliminó a todos sus rivales moderados
y tomó el control completo del norte y el este de Sri Lanka, agrediendo
a su propia gente y llevando consigo una campaña de terror a la
isla y más allá. Los Tigres luchaban para crear un estado tamil
independiente que se llamaría "Tamil Eelam" en el Norte y Este del
país. Los Estados Unidos y la Unión Europea lo consideraban un grupo
terrorista.
Originarios del sur de India, los tamiles consolidaron su presencia
en el noreste de Sri Lanka en el siglo X, aunque, en el resto del
país, el grupo étnico mayoritario siempre ha sido el cingalés. Tras
su llegada a finales del siglo XVIII, los británicos complicaron
aún más el mosaico de la antigua Ceilán al trasladar a las plantaciones
de té a miles de tamiles indios. El trato de favor de la administración
colonial avivó el resentimiento hacia una minoría no solo étnica,
sino también religiosa: los tamiles son predominantemente hindúes,
y los cingaleses, budistas.
La independencia del país en 1948 dio paso a un período formalmente
democrático, pero excluyente en la práctica. Los sucesivos gobiernos,
apoyados en la mayoría numérica y el creciente nacionalismo de los
cingaleses, fueron cercando a los tamiles a golpe de ley. Primero
se denegó la ciudadanía a los tamiles llegados de India en las décadas
anteriores, lo que partió en dos a la principal fuerza política
tamil, truncando así su participación en el primer ejecutivo del
país. Después, en los años cincuenta y sesenta, la declaración del
cingalés como único idioma oficial y los planes de colonización
de la provincia oriental, territorio tradicionalmente tamil, precipitaron
los enfrentamientos. La gota que colmó el vaso fue el escarnio de
la supresión de las garantías constitucionales de las minorías por
la nueva República Democrática Socialista de Sri Lanka, proclamada
en 1972.

La ONU 'falló' a la hora de proteger a los civiles.
Los partidos tamiles formaron el Frente Unido de Liberación, declaradamente
separatista. Pero este movimiento se vio deslegitimado por la irrupción
de varios grupos armados, como los Tigres marxistas de Velupillai
Prabhakaran. La escalada del conflicto tuvo su cenit en los disturbios
de julio de 1983. El asesinato de 13 soldados provocó una reacción
contra los tamiles. Más de ciento cincuenta mil huyeron del país,
y muchos de los que se quedaron engrosaron las filas rebeldes, que
redoblaron su guerra de guerrillas.
En los años siguientes, los Tigres aglutinaron a toda la insurgencia
y se hicieron con el control del noreste del país, estableciendo
un estado de facto. Lo lograron convirtiéndose en un ejército rebelde
eficaz y sanguinario, pionero del terrorismo suicida y el más temido
del mundo. Bajo el liderazgo de Prabhakaran, un brillante estratega
sin escrúpulos, los Tigres exhibieron una táctica militar superior
a la del ejército esrilanqués, mal entrenado. También organizaron
una red de exiliados tamiles en India, Reino Unido y Canadá que
les proveyó de financiación y apoyo logístico, además de traficar
con armas para conseguir más fondos.
La fiereza del conflicto aumentó en los ochenta y noventa. La barbarie
suicida causó cientos de víctimas militares y civiles, y los atropellos
de ambos bandos, una emigración masiva y el desplazamiento de 250.000
personas. Alarmada, por fin, la comunidad internacional movió ficha
para que las partes se sentaran a negociar. En 1988, con la mediación
de India (donde viven 60 millones de tamiles), se acordó un alto
el fuego y el despliegue de una fuerza de paz. Pero la presencia
de los soldados indios no convenció ni a la mayoría cingalesa ni
a los Tigres, que acabaron luchando contra ellos. Tras sufrir 1.200
bajas, India se retiró en 1990. Un año después, en represalia por
la intervención de la “fuerza satánica” india, como la denominó
Prabhakaran, los Tigres asesinaron al primer ministro Rajiv Gandhi,
y, en 1993, al presidente de Sri Lanka, Ranasinghe Premadasa.
Si esta última acción fue un gran golpe de efecto, la primera les
hizo perder el apoyo de los tamiles indios, horrorizados por el
magnicidio de Gandhi. Pese a las críticas y la indignación, los
Tigres no renunciaron a su estrategia terrorista. El conflicto prosiguió
con intensidad dispar hasta que alcanzó un punto muerto y se negoció
un precario alto el fuego en 2001. Detrás quedaban 60.000 vidas.

Infantería de los Tigres Tamil en Kilinochi.
En 2005, Rajapaksa ganó las elecciones presidenciales con la promesa
de aplastar a los Tigres. Una vez en el poder, emprendió una campaña
implacable con la que derrotó a los Tigres en numerosos choques
y liberó una ciudad tras otra. En enero de 2009, el avance permitió
una rápida ofensiva final en pleno feudo tamil. Prabhakaran fue
incapaz de repeler el ataque; él mismo murió en un bombardeo aéreo
en marzo. Los Tigres, decapitados, diezmados y aislados, se rindieron
dos meses después. Pero la ofensiva final dejó un panorama desolador.
El balance de 9.000 víctimas ofrecido por el gobierno carece de
credibilidad internacional. Los grupos de derechos humanos manejan
cifras que van de las 20.000 a las 75.000 (según la ONU, 40.000).
La dificultad para calcular el número exacto se debe a que se prohibió
la entrada a periodistas y a la mayor parte de las organizaciones
humanitarias en la zona de guerra. En todo caso, al drama de los
caídos se suma el de los centenares de miles de tamiles hacinados
en campos de refugiados.
En 2011, Naciones Unidas acusó de crímenes de guerra a los dos
bandos, una denuncia que ya realizaron en su día las ONG. Los Tigres
usaron a civiles como escudos humanos y dispararon a quienes intentaban
escapar. Por su parte, el Ejército bombardeó indiscriminadamente
hospitales y la “zona segura” designada para los civiles. Además,
no accedió a abrir un corredor humanitario y practicó ejecuciones
extrajudiciales.
La Comisión de Reconciliación de Sri Lanka redujo las violaciones
de derechos humanos a algunos casos aislados cometidos sin la aquiescencia
del Ejército. Lo más llamativo es que la supuesta reconciliación
ha olvidado a los tamiles: no se les ha devuelto la autonomía política,
muchos no han podido regresar a sus hogares y continúan las desapariciones
de activistas. En un insólito mea culpa, la ONU lamentó sus “fallos
sistémicos” a la hora de proteger a la población, como la retirada
de personal tras la advertencia de la capital de que no podía garantizar
su seguridad.
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