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18
- Octubre - 2023 |
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Mozambique
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A los 20 años de la independencia de Portugal y después de 16 de
guerra civil y un millón de muertos, Mozambique, uno de los países
más pobres del mundo, estrena su primer año de democracia. El acuerdo
de paz firmado en Roma en octubre de 1992 entre el Frente de Liberación
Nacional (Frelimo, el partido único de orientación marxista durante
todos estos años) y la Renamo, la guerrilla apoyada en sus comienzos
por la Suráfrica del apartheid, permitió dos años después la celebración
de las primeras elecciones democráticas en este país del sureste
de África. Unos comicios, considerados limpios por la ONU, que otorgaron
el 53,6% de los votos a Joaquim Chissano, líder del Frelimo, y el
33,7% a Afonso Dhlakama, presidente de la Renamo. Desde entonces
el pueblo de Mozambique ha dado los primeros pasos para superar
una tarea titánica: la reconstrucción y reconciliación nacional.
Mozambique es un país en el que todavía no reina la paz, las marcas
y secuelas de largos años de conflicto armado aún son visibles en
este país africano.

El 4 de octubre de 2017 se cumplieron 25 años del Acuerdo General
de Paz, firmado por el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO)
y la Resistencia Nacional Mozambiqueña (RENAMO), que puso fin a
16 años de guerra en la que murieron más de un millón de personas
y obligó a cientos de miles más a refugiarse en los países vecinos.
Todavía hay secuelas de la guerra de independencia colonial y de
la guerra civil, así como de las tensiones políticas desde los años
2014 y 2015. Y aún tendrá que pasar mucho tiempo hasta que desaparezcan.
No es algo visible, pero existe. La guerra civil en Mozambique,
que duró de 1977 hasta 1992, se cobró cerca de un millón de vidas.
Además, se calcula que cinco millones de personas se vieron obligadas
a abandonar sus casas y la región donde vivían. A pesar del acuerdo
de paz firmado en 1992 el espectro de la guerra nunca ha dejado
de estar presente.

Soldados custodian armas capturadas a la guerrilla
en Inhambane.
Como si esto no bastara, en octubre de 2017 se desató una ola de
violencia en el norte del país, en la provincia de Cabo Delgado,
con ataques extremadamente violentos en aldeas en las que se han
destruido casas y asesinado a personas. Se calcula que más de un
centenar y medio de mozambiqueños perdieron la vida en estos ataques,
que todavía no han sido reivindicados por ningún grupo reconocido,
lo que hace que se barajen todo tipo de especulaciones como la relación
directa con grupos radicales islámicos.
En Mozambique, la guerra civil tuvo consecuencias dramáticas: además
de los muertos, los heridos y los desplazados, todo un país se hundió
en el subdesarrollo. En 1990, aún durante la guerra civil, Mozambique
llegó a ser considerado el país más pobre del mundo. En la actualidad,
la pobreza reinante es otra señal de que la guerra no está todavía
totalmente cerrada.
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Una mañana de finales de agosto, antes de que empiece
a apretar el calor, cuatro jóvenes guardabosques vestidas con uniforme
caqui y armadas con rifles de caza se apean de su vehículo y se
dispersan por el Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique. Se
comunican mediante señas y silbidos codificados. Una de ellas es
Emilia Jacinto Augusto, de 26 años, comprometida con la conservación
de la fauna salvaje, a pesar de que las patrullas de 21 días la
alejan por unas semanas de sus dos hijos pequeños. “Una mujer necesita
valor para hacer este trabajo. No podemos rendirnos. Espero que
algún día mis hijos también vengan a trabajar a Gorongosa”, afirma
la joven guarda. Emilia Jacinto Augusto es una de las mujeres que
han desarrollado su carrera en este parque gracias a un ambicioso
proyecto de reforestación iniciado hace casi dos décadas que puso
a las personas, y especialmente a las niñas, en el centro del renacimiento
de este espacio. Ahora, con sus llanuras de color verde esmeralda,
los hipopótamos revolcándose en las aguas cristalinas, las águilas
planeando sobre manadas de elefantes, los leones descansando sobre
los troncos de los árboles y la silueta de los impalas reflejada
en el horizonte resplandeciente, el Parque Nacional de Gorongosa
es un paraíso terrenal donde uno tiene la sensación de estar asomándose
al planeta tal como existía antes de la llegada del ser humano.
Durante 16 años de guerra civil en Mozambique los
hombres dejaron su huella en el parque con consecuencias desastrosas.
Cuando la guerra concluyó, en 1992, Gorongosa estaba sin vida: casi
todos los animales habían sido aniquilados por los soldados y los
cazadores furtivos. Únicamente quedaba algún pequeño grupo temeroso,
cuyo hogar era una amenaza de trampas y cepos. El resurgimiento
exuberante de la naturaleza en Gorongosa no se ha conseguido solo
gracias a las medidas para proteger a los animales, sino también
a través del compromiso de mejorar la vida de las 200.000 personas
que viven en la zona de protección que rodea el parque. La clave
de esta particular visión conservacionista ha sido alimentar el
potencial humano, con especial atención a la educación de las niñas
y la capacitación de las mujeres, invirtiendo en educación, sanidad,
creación de empleo y medios de subsistencia.

Un león, sobre una rama de árbol en el Parque Nacional
de Gorongosa.
“Si queremos ver una generación de cambio, tenemos
que centrarnos en las niñas y las mujeres”, explica Larissa Sousa,
de 32 años, directora adjunta de comunicación del parque, que regresó
a Mozambique después de estudiar en Europa decidida a cambiar las
cosas. Y añade: “Que estas niñas crezcan entendiendo lo que el parque
les proporciona, y beneficiándose de ello, es un forma de enviar
el mensaje de que tienen que proteger el medio ambiente y el parque”.
La transformación de Gorongosa comenzó en 2004, cuando el filántropo
estadounidense Greg Carr visitó el parque y, “en un acto de fe”,
decidió invertir 40 millones de dólares (unos 38 millones de euros)
de su fortuna en tecnología para revitalizar y recuperar sus 400.000
hectáreas, a través de una asociación público-privada con el Gobierno
mozambiqueño, que en 2018 se renovó por otros 25 años. Carr decidió
hacer las cosas de manera diferente. Gorongosa dejaría de ser un
parque cerrado, solo accesible para turistas adinerados o cazadores,
como lo era bajo el dominio colonial portugués. Para que el parque
prosperara, era necesario que la gente que vivía en sus alrededores
se implicara en su futuro. El guardián del parque, Pedro Muagura,
recuerda que las familias como la suya, que vivían junto al parque,
no podían disfrutar de las maravillas naturales que tenían a un
paso. “No se permitía la entrada a los negros”, subraya. Y señala:
“Soy el primero de mi familia que ha estado. Mi padre y mi madre
murieron sin haberlo visitado nunca”.
Para recuperar la fauna tras la guerra, Muagura y
su equipo reintrodujeron poblaciones de elefantes, búfalos, cebras,
leopardos, ñus y perros salvajes. Otras especies, como el impala
y el antílope acuático, se recuperaron espontáneamente una vez que
se silenciaron las armas y se retiraron las trampas. Solo seis leones
sobrevivieron a la guerra; ahora cerca de 200 deambulan por los
bosques y la sabana del parque. En la actualidad, el parque es el
mayor creador de empleo de la provincia de Sofala, en el centro
de Mozambique, con trabajos que van desde guías de safari hasta
conductores, pasando por soldadores e investigadores científicos.
Las comunidades locales tienen acceso a las tierras del parque para
cultivar café a cambio de plantar árboles autóctonos, sembrar anacardos
y recolectar miel silvestre. Los escolares disfrutan de safaris
gratuitos.
Las niñas, tradicionalmente excluidas de la educación
y el empleo y vulnerables a las crisis climáticas, constituyen el
centro de este proyecto de conservación. Uno de los programas clave
es una red de más de 100 clubes de niñas, iniciada en 2017 por Sousa.
Los clubes, financiados por el parque, organizan actividades extracurriculares
con el objetivo de desafiar la tradición del matrimonio precoz y
animarlas a seguir con sus estudios.

Un grupo de estudiantes participa en las actividades
del club de niñas de la Escuela Primaria de Mussinha, cerca de Gorongosa.
A través de los clubes se asigna a las chicas una
madrinha (madrina), alguien ajeno a la familia que las guía durante
la adolescencia y en años posteriores. “La madrina busca indicios
de que una familia podría estar planeando un matrimonio”, explica
Vilma Nhambi, que dirige los clubes. “A veces observamos que la
chica cambia de aspecto, de peinado o de ropa, o que van a llevar
cajas de cerveza a una casa determinada. Entonces vamos a la casa
y vemos lo que está pasando”. Esta sencilla intervención ha cambiado
rápidamente actitudes y expectativas. “Concienciamos a los padres
de que no deben casar a sus hijas al menos hasta que tengan 20 años,
y les decimos que deben dejar que estudie por su propio bien”, explica
Marta João Meque, de 30 años, madrina de cuatro niñas. “Ahora vemos
que las niñas se hacen valer, se mantienen firmes”.
Gorongosa les ofrece un atisbo de un futuro que ni
siquiera podían imaginar hace una generación. Para las que quieran
dedicarse a la ciencia, hay prácticas y un programa de máster para
mujeres jóvenes. Este máster ha inspirado investigaciones científicas
en los laboratorios del parque sobre asuntos como el comportamiento
de los murciélagos, los hábitats de las mariposas y las cualidades
de las raíces de los árboles para capturar carbono. También se recogen
y documentan minuciosamente muestras de especies de flora y fauna
para elaborar un inventario de la biodiversidad del parque, el primero
realizado por una reserva natural africana.
Además, Gorongosa fue el primer parque de Mozambique
en introducir guardas femeninas contra la caza furtiva. “Queremos
narrar la historia de que una mujer puede hacer lo que quiera. Antes,
ser guarda forestal era solo para hombres, porque es un trabajo
muy físico; tienes que llevar a cuestas 10 kilos caminando bajo
el sol”, explica Sousa. “Pero nosotras desafiamos esa idea”, afirma.
Emilia Jacinto Augusto, la joven madre que patrulla Gorongosa, es
una prueba de ello.

Emilia Jacinto Augusto, guarda forestal en el Parque
Nacional de Gorongosa, acaricia a un pangolín rescatado.
Mozambique es uno de los países más pobres del mundo,
con 2.700 kilómetros de costa que lo hacen vulnerable a las cada
vez más frecuentes catástrofes climáticas. Cuando el ciclón Idai
arrasó su cinturón central en 2019, la dirección de Gorongosa organizó
rápidamente una campaña de ayuda para entregar alimentos, agua y
medicinas a las comunidades locales que habían quedado devastadas.
La catástrofe puso de relieve la importancia de preservar los espacios
silvestres para absorber las precipitaciones y, a más largo plazo,
el dióxido de carbono que calienta el planeta y aviva los fenómenos
meteorológicos extremos. Los responsables de Gorongosa creen que
el parque es un modelo que debería reproducirse en otras regiones.
“He estado en otros países como Kenia, Tanzania, Zimbabue o Sudáfrica,
pero nunca en un lugar donde se considere que la conservación debe
enfocarse en las personas. Nosotros ponemos a la gente en el centro
de todo”, afirma Muagura, que ganó un prestigioso premio de la Unión
Internacional para la Conservación de la Naturaleza por su labor
pionera. “Gestionamos la educación, la agricultura, la industria,
procesamos el café, empleamos a mujeres como guardabosques. Es un
modelo, lo mejorcito de la conservación”, señala con orgullo. “Si
nos fijamos en la deforestación y la caza furtiva, vemos que la
gente talaba árboles y mataba animales porque no tenía otra opción.
Pero si estas niñas tienen un modo de vida alternativo, ya no necesitan
hacerlo. Si se quiere que la conservación funcione, hay que apoyar
al máximo a las niñas”, asegura Muguara. “El futuro de la conservación
está en sus manos”, remacha.

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