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La misión.
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01-Octubre-2026

Hace cuarenta años la película La misión, dirigida por Roland Joffé y producida por David Puttnam, obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Su banda sonora ha pasado a formar parte del acervo popular y algunas de sus escenas, como la secuencia inicial del misionero crucificado cayendo por la catarata de Iguazú, se ha convertido en icónica. En septiembre recibió un homenaje en el Festival de Cine de San Sebastián. Más allá de los premios y de su música, el dilema moral que plantea este largometraje sigue interpelando a las conciencias. La 39ª edición del Festival de Cannes, en mayo de 1986, se abrió en medio de una gran expectación. Entre las películas en competición se encontraban dos películas de temática religiosa: Sacrificio, de Andrei Tarkovski, y La misión, de Roland Joffé. El jurado, presidido por Sidney Pollack, se decantó por esta última, a la que consideraron buena simbiosis entre cine europeo y película comercial.

Recibió buenas críticas aunque obtuvo unos resultados más bien modestos en taquilla. En el terreno de los premios, su recorrido fue discreto, si bien el paso del tiempo la ha catalogado como un clásico del cine histórico-religioso.

La historia de la gestación de esta película parte de la confluencia de cuatro nombres ligados a la industria cinematográfica. En primer lugar, el productor italiano Fernando Ghia, quien había intentado adaptar para la gran pantalla una pieza teatral titulada Das Helige Experiment, escrita en 1943 por el dramaturgo austríaco Fritz Hochwälder y estrenada en Broadway una década después bajo el título The Holy Experiment (o The Strong Are Lonely, como en otros casos se la conoce). Este drama teatral se situaba en el mismo contexto histórico que La misión, y adoptaba la forma de un drama judicial en el que, llevados de intereses políticos, se condena la labor misionera comunal que los jesuitas desempeñaban en Sudamérica. Sin embargo, no fue hasta 1973 cuando Ghia encontró su segunda fuente de inspiración: un extenso reportaje sobre los jesuitas en la revista Time, que incluía un epígrafe histórico sobre las reducciones jesuitas en el Cono Sur. Ghia contactó entonces con Robert Bolt, guionista británico con quien había trabajado anteriormente y que había saltado a la fama gracias al guion de Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons, 1966). Bolt accedió a escribir el guion y a mediados de 1975 entregó a Ghia un primer borrador titulado Guaraní. Paralelamente, Roland Joffé y David Puttnam, director y productor respectivamente de Los gritos del silencio (The Killing Fields, 1984), buscaban una nueva historia para su siguiente colaboración conjunta. Puttnam era un productor muy conocido entonces, gracias a que una de sus anteriores producciones, Carros de fuego (Chariots of Fire, 1981), había ganado el Oscar a la Mejor Película en su año.

Ennio Morricone en Cannes, 2007.

El compositor Ennio Morricone vio la película sin música y se echó a llorar. Al principio se negaba a componer la banda sonora porque creía que era tan perfecta que su música podía estropearla. Al final aceptó, y es su obra favorita de entre todas las que compuso. El propio Morricone afirmó en varias ocasiones que la banda sonora de La Misión era sufragánea y su favorita de entre todos los trabajos que hizo para el cine. Siempre lamentó que perdiera el Óscar a la mejor música original por Round Midnight, conformada por muchas versiones de canciones de jazz bastante famosas. Los Oscar hoy en día exigen que la banda sonora de una película para ser nominada debe estar conformada al menos de 60% de música original, y 80% para franquicias y secuelas. Ennio Morricone fue nominado un gran número de veces al premio de mejor banda sonora, y ganó el premio casi al final de su carrera por la película The Hateful Eight de Quentin Tarantino.

También el éxito de Los gritos del silencio había sido notorio. Los caminos de Ghia-Bolt y Joffé-Puttnam se cruzaron y gracias a la buena relación que Puttnam tenía con Goldcrest Films (productora británica de moda en aquel entonces, responsable de títulos como Gandhi yUna habitación con vistas) y con Warner Brothers (distribuidora de sus películas por aquel entonces), el proyecto de La misión recibió luz verde. Puttnam tuvo acceso al guion de Bolt y le pareció que contenía una gran historia. Coincidió además que Joffé llevaba tiempo interesado en desarrollar algún proyecto cinematográfico sobre las complejas relaciones entre el poder político y el religioso que siempre ha habido en Latinoamérica. Así pues, los intereses de unos y otros confluyeron en la misma dirección. Aunque inicialmente Ghia partía como productor principal, la complejidad del proyecto y el hecho de que la mayor parte del equipo fuera británico, acabó derivando la máxima responsabilidad de la producción en Puttnam.

Muchos nativos que aparecían en el film eran indígenas sudamericanos reales que no hablaban inglés. El director les dio total libertad con sus líneas, y los rumores dicen que en algunas escenas están maldiciendo a gritos debido a las tormentas. Los Guaraníes son un grupo de pueblos indígenas sudamericanos que se ubican geográficamente en Bolivia, Brasil, Paraguay y en algunas provincias del norte de Argentina. Comunidades indígenas del Pueblo Mbya Guaraní de Misiones reclamaron en 2024 ante organismos internacionales el reconocimiento constitucional de su identidad cultural.

Pásate por Intro >> Resumen temático >> Indígena.

Al tratarse de una película de época y rodada principalmente en exteriores suponía moverse en la escala de una gran producción. En consecuencia, también el reparto debía ser de primer nivel. Robert De Niro (Rodrigo Mendoza) y Jeremy Irons (padre Gabriel) accedieron a compartir protagonismo, junto a Ray McAnally (cardenal Altamirano). Unas cosas y otras situaron el presupuesto en cerca de los 20 millones de dólares. Tras un rodaje complicado –que incluyó la hospitalización de Joffé durante unos pocos días por agotamiento y deshidratación–, la película completo su montaje y sonorización y estuvo lista para el Festival de Cannes. Competía con Sacrifico, otra película de contenido religioso dirigida por Andrei Tarkovsky. La pugna fue reñida, pero La misión acabó llevándose la Palma de Oro, mientras que el filme de Tarkovsky obtuvo el Gran Premio Especial del Jurado. A partir de ahí comenzaría una carrera hacia otros premios. Podría decirse que La misión obtuvo un palmarés discreto para una película de su categoría, con una evidente desproporción entre nominaciones y premios efectivos.

La producción en las Cataratas del Iguazú (en la frontera entre Argentina y Brasil) estuvo plagada de problemas con la climatología, enfermedades del equipo y tensiones locales. La película se rodó principalmente en las Cataratas del Iguazú en la provincia de Misiones, Argentina, y en zonas selváticas de Colombia. Según contó el director había una mística bastante extraña en algunos de los extras. En ciertas ocasiones hacían oraciones para la lluvia y efectivamente algo extraño sucedía, quizás por casualidad, el agua caía horas después de dichos rituales.

En cuanto a los Oscars, La misión reunió un total de siete nominaciones, incluyendo Mejor Película y Mejor Director, de los que solo obtuvo el de Mejor Fotografía. Una suerte parecida correría en los premios de la Academia de Cine británica (BAFTA), en los que donde llegó a acaparar 11 nominaciones, de las que únicamente cristalizaron las correspondientes al Mejor Actor Secundario (Ray McAnally), Mejor Montaje (Jim Clark) y Mejor Banda Sonora (Ennio Morricone). “Entre todas las bandas sonoras que he escrito –confesaría el compositor italiano–, ésta es la que considero más representativa de mi persona. En esta música me veo retratado tanto emocional como intelectualmente”. En cuanto al resultado comercial, un crítico había aventurado: “La misión es una película que se presenta a sí misma a la causa de santidad y que, me temo, morirá como un mártir en la taquilla”. En efecto, en Estados Unidos recaudó 17,2 millones de dólares, una cifra respetable pero alejada de las iniciales expectativas. En Europa, el resultado fue desigual: gran éxito en Francia (unos 6 millones de euros), bastante bueno en España (3,4 millones) y pobre en el Reino Unido (2,2 millones de libras).

La historia refleja la resistencia de los indígenas guaraníes y las misiones jesuitas en el siglo XVIII frente al Tratado de Madrid de 1750 entre España y Portugal. El trágico final dramatiza los enfrentamientos reales ocurridos en la zona de las reducciones, donde los ejércitos coloniales destruyeron las misiones y acabaron con la vida de más de mil indígenas. Las misiones jesuíticas fueron asentamientos organizados por la Compañía de Jesús en América del Sur durante los siglos XVII y XVIII para evangelizar y agrupar a las poblaciones indígenas.

Como es bien sabido, la trama de La misión se construye en torno a dos protagonistas, Rodrigo Mendoza y el padre Gabriel, al que se une un tercer personaje, el cardenal Altamirano, bajo cuya óptica se narra la historia que contiene la película. Es importante reseñar que los cineastas no intentaron en ningún momento recrear de manera rigurosa un acontecimiento histórico, sino aprovechar un contexto determinado para plantear el conflicto moral sobre el que trata la película. De hecho, no son pocas las licencias dramáticas y las inexactitudes históricas (que no trataremos aquí). Nos encontramos en el siglo XVIII. La vida aflora momentáneamente en las reducciones jesuitas, donde los indios son instruidos en la religión y en la cultura por los misioneros. Sin embargo, el reajuste territorial al que España y Portugal se comprometen mediante el Tratado de Madrid (1750), obliga al soberano español a ceder a los portugueses un territorio que incluye siete de esas misiones en territorio guaraní. Surge entonces la disputa acerca del futuro de los indígenas: mientras la corona española les protege, los portugueses permiten la esclavitud. El Papa envía a un cardenal, de nombre Altamirano, para que se persone en el lugar y tome una decisión al respecto. Pese a quedar gratamente impresionado por la labor que los jesuitas llevan a cabo en las reducciones, el delegado papal cederá ante las presiones políticas y ordena a los jesuitas que abandonen las misiones. Estalla entonces el conflicto interno entre los misioneros, que deben elegir entre la obediencia religiosa o la permanencia con los guaraníes.

La película se estrenó el 16 de mayo de 1986 en el Festival de Cannes (Francia) y llegó a los cines de España el 29 de septiembre de 1986.

La película arranca con la historia de Rodrigo Mendoza, antiguo militar y actual mercenario, hombre de carácter fuerte y aguerrido, tan irascible como orgulloso. Aúna los ideales de su tiempo: buen porte físico, hábil en la montura y diestro con las armas. Cruel y sin escrúpulos, pone sus destrezas militares al servicio de un ideal tan innoble como es la captura de indios –mitad sustento, mitad deporte– destinados al tráfico de esclavos. Con fama entre las mujeres, profesa su amor a una viuda llamada Carlota, de la que pronto se ve desengañado a causa de su hermano, Felipe. Confuso y herido en su orgullo, llega al fratricidio en un arrebato de ira y queda sumido en una profunda depresión, sin ganas ya de seguir viviendo. En este estado le encuentra el padre Gabriel, jesuita con quien había topado anteriormente en las selvas del altiplano, más allá de las cataratas de Iguazú. Allí habían acudido ambos con fines muy distintos: el uno, para llevar a los indios la libertad de los hijos de Dios; el otro, para condenarlos a la esclavitud de los hombres. Gabriel aparece como un hombre de gran talla espiritual, enamorado de Dios y de su vocación misionera, a la que se entrega con fervor y audacia. Así, una vez conocido el martirio a manos guaraníes de uno de sus correligionarios, el padre Gabriel trepa las enormes paredes de las cataratas para salir al encuentro de las tribus salvajes. Con ayuda de su oboe, penetra entre los indígenas e inicia la evangelización. Gabriel tiene, por otra parte, un marcado protagonismo en la conversión de Mendoza. Haciendo mella en su orgullo, consigue que éste acepte llevar a cabo la penitencia que considere necesaria, no sin antes sobreponerse a su temor al fracaso. El ascenso de las cataratas con el fardo de armas y corazas resulta significativo, en cuanto que los símbolos de poderío de la anterior vida se convierten ahora en una pesada carga. Igualmente significativo es el perdón de los guaraníes, imagen de la consumación de la misericordia divina. Ciertamente la conversión que Mendoza sufre es profunda, hasta el punto de que Gabriel aprovecha sus buenas disposiciones para despertar en él deseos de una mayor entrega. De este modo, Rodrigo muere definitivamente como mercenario y renace como soldado de Cristo, pudiendo así reparar el daño causado a los guaraníes.

La etnia colombiana waunana habita entre Colombia y Panamá. Aunque se usaron extras de la región de las Cataratas del Iguazú, para los papeles guaraníes principales se contrató a un grupo de la etnia colombiana waunana que tuvo que viajar hasta Argentina.

Pese a este importante cambio experimentado por uno de los personajes, el conflicto central de La misión se inicia más tarde, en el momento en que Gabriel y Mendoza, durante la audiencia ante Altamirano, tienen conocimiento de la difícil tesitura en que se encuentran las misiones tras el acuerdo de reordenación territorial entre España y Portugal. A partir de entonces la atención gira en torno al delegado papal, quien debe llevar a cabo la comprometida tarea de dirimir el futuro de las reducciones, escuchando los intereses de cada una de las partes en conflicto. Altamirano es presentado como un diplomático hábil, conocedor de los entramados políticos de su tiempo y del difícil papel de la Iglesia en la resolución de las cuestiones político-religiosas. Este delegado papal manifiesta una aparente honradez y equidad de juicio, en cuanto adivina intenciones ocultas, rebate los argumentos falaces y recurre a razonamientos sobrenaturales. Sin embargo, pesan excesivamente sobre él las graves consecuencias que para la Compañía de Jesús y para la Iglesia misma pueden derivarse de tal decisión. Así, se debate entre la disyuntiva de apoyar la labor de los jesuitas, cuya grandeza él mismo contempla y de la cual goza en extremo, o seguir los dictados de su razón pragmática, que le aconseja sacrificar un bien particular en beneficio de un bien común más relevante, como es el mantenimiento de las buenas relaciones entre las mayores potencias coloniales del momento –España y Portugal– y la Santa Sede. En último término, aunque su indecisión haya sido sincera y haya prometido actuar en conciencia, sucumbe ante las presiones políticas y desoye su propia voz interior.

Lo que hoy vemos como el corazón de la identidad andina comenzó como una orden. En el siglo XVI, el virrey Francisco de Toledo impuso a las mujeres indígenas la vestimenta de las campesinas españolas. Pero ellas hicieron algo extraordinario: la tomaron, la transformaron y la convirtieron en bandera. Siglos de discriminación después, la pollera sube a rings de lucha, cumbres nevadas y pasarelas. No es solo una falda, es resistencia que se lleva puesta. La película sitúa los hechos alrededor de 1750 por el Tratado de Madrid, pero mezcla épocas y sucesos. Por ejemplo, los guaraníes no iban semidesnudos con arcos y flechas en esa fecha, ya que llevaban más de dos siglos de contacto con españoles y portugueses y vestían a la europea. La mayoría de los indígenas alrededor del mundo en la actualidad usan ropa occidental o "normal" (pantalones, camisas, zapatos y abrigos) en su vida diaria, reservando sus trajes tradicionales para festividades, ceremonias o eventos comunitarios.

Ante el planteamiento del conflicto, y mientras dura la deliberación, Rodrigo y Gabriel reaccionan de la misma manera –ambos se rebelan y manifiestan su oposición– si bien exteriorizan ese sentimiento de modo diferente, acorde con su respectiva personalidad. Rodrigo debe controlar su carácter impulsivo y, aunque en un primer momento no puede contener su indignación y desdice públicamente a Cabeza, autoridad española, es capaz de rectificar su afrenta en virtud de su voto de obediencia. Gabriel, por su parte, actúa en todo momento con gran rectitud de intención. Sus conversaciones con Altamirano se mueven en el plano sobrenatural que rige toda su vida y al cual supedita cualquier razonamiento. No duda de la honradez de Altamirano y por ello le anima a que visite la misión de San Carlos, más arriba de Iguazú, convencido del auxilio de la gracia divina y del buen corazón del delegado papal. El momento del desengaño tiene lugar durante la reunión con los jefes guaraníes, en la que Altamirano, habiendo adoptado ya una decisión, no actúa más como él mismo, sino como representante de unos intereses ajenos. La rebeldía de los guaraníes plantea a Gabriel y Mendoza un primer conflicto de conciencia, en cuanto deben dilucidar entre obedecer las órdenes expresas del delegado papal, abandonando la misión y los indios a su suerte, o permanecer junto a ellos.

La película alimenta la leyenda negra antiespañola que fue utilizada para expulsar a la Compañía de Jesús de las posesiones españolas. La Compañía de Jesús, cuyos miembros son comúnmente conocidos como jesuitas, es una orden religiosa de clérigos regulares de derecho pontificio de la Iglesia católica fundada en 1534. El fundador fue el español Ignacio de Loyola, acompañado por Francisco Javier, Pedro Fabro, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Bobadilla y Simão Rodrigues. La aprobación pontificia fue ejecutada por Paulo III en septiembre de 1540. En la actualidad, la Compañía de Jesús se dedica a la evangelización y al ministerio apostólico en 112 países.

El alcance del dilema queda reflejado en el sentimiento de frustración de los guaraníes, quienes, confiando en la voluntad de Dios, habían accedido a habitar en las reducciones y ahora, en razón del mismo mandato, son obligados a marcharse. “Por voluntad de Dios dejaron la selva y construyeron la misión; no entienden por qué Dios ha cambiado de parecer”, explica Gabriel a Altamirano; y añade: “dicen que se equivocaron al confiar en nosotros; que van a luchar…”. Para los jesuitas, se trata de un conflicto de obediencia entre la voluntad de Dios y el mandato de los hombres –en este caso, la orden taxativa del delegado papal: “el que me desobedeciere, será excomulgado, apartado, expulsado”. Así, quien debía defender la salvación de las almas, decide a favor de los intereses terrenos. Tanto Gabriel como Mendoza –junto con otros jesuitas– optan por quedarse, siguiendo los dictados de su conciencia. Es ésta una primera decisión cuya heroicidad deriva del hecho de arriesgar sus vidas. Sin embargo, aún tiene lugar un segundo conflicto, igualmente importante, que cuestiona la fidelidad de los protagonistas a sus compromisos: la legitimidad de la lucha armada. Tras una honda reflexión,

Mendoza decide el empleo de las armas; Gabriel, por el contrario, opta por resistir sin violencia. Aunque en un principio se opone a la postura de Rodrigo, que considera incompatible con la vocación de jesuita, apela en último término a la justicia divina. El desenlace parece subrayar la legitimidad de ambas posturas como ejemplo de coherencia e integridad: Gabriel, fiel a su concepción de Dios como Amor, sale al encuentro de sus verdugos portando la custodia y muere con ella en las manos; y Mendoza, cuya presencia en la batalla posibilita en último extremo la supervivencia de los guaraníes, ayuda a un grupo de muchachos a huir; esos muchachos aparecen al final dirigiéndose río arriba hacia el interior de la selva, llevándose consigo lo que han aprendido.

Robert De Niro, actor de método, viajó meses antes a Colombia para aprender de los idiomas indígenas, su forma de cazar y alimentarse. De Niro daba vida a la perfección a Rodrigo Mendoza, extraficante de esclavos y pendenciero máximo. Ya llevaba veinticuatro títulos para la gran pantalla desde que iniciara su carrera en el cine en 1965 con “Tres habitaciones en Manhattan”.

De un modo significativo, quien viene a refrendar moralmente ambas actitudes es aquel que ha contribuido a desencadenar el conflicto: Altamirano. El delegado papal admite finalmente su error y, por tanto, su responsabilidad y su culpa. Así, ante su pesadumbre tras la masacre, Hontar, el representante portugués, trata de consolarle: “No teníais elección, Eminencia. Tenemos que trabajar en el mundo, y el mundo es así”; a lo que Altamirano responde tajante: “No, señor Hontar, nosotros lo hemos hecho así; yo lo he hecho así”. Igualmente, en su relación posterior a la Santa Sede, concluye: “Así pues, Vuestra Santidad, ahora vuestros sacerdotes están muertos, y yo sigo vivo. Pero en verdad, soy yo quien ha muerto y ellos son los que viven”. De este modo, pese a su desacierto, manifiesta cierta hombría de bien. En este sentido, su mirada implorante al espectador tras los títulos de crédito –plano que muy pocos espectadores recuerdan o incluso han visto–, parece subrayar esta idea de que “no es un villano, ni siquiera un corrupto; es, sin más, un hombre débil en un mundo recio”. Así lo piensa también el productor, David Puttnam, quien subraya: “Para mí el personaje más importante es Altamirano, porque representa lo que nosotros somos y, al final, toma la decisión equivocada, como sin duda nosotros la hubiéramos tomado también”. Y Joffé apostilla: “El cardenal es un hombre muy interesante porque sabe más y encuentra mucho más difícil hallar una decisión que se acomode a la justicia. Se da cuenta de que ha llevado a cabo un sacrifico sobre el que ahora tiene dudas: el sacrificio de mantener la estructura de la Iglesia. Eso es lo que esa última mirada suya en la película nos dice: ‘Yo hice esto. Ahora sabes lo que ocurre cuando actúas así’”.

Irons interpreta al Padre Gabriel, un devoto y compasivo misionero jesuita del siglo XVIII que se adentra en la jungla tropical de Sudamérica para evangelizar y proteger a los indígenas guaraníes.

La misión se presenta como una reflexión acerca del dilema moral que se plantea a hombres que han de acatar órdenes injustas o equivocadas. En cuanto conflicto de conciencia, esta batalla se libra en el interior de los protagonistas. Tanto Mendoza como Gabriel o Altamirano se enfrentan a un dilema similar al del atleta Eric Liddell en Carros de fuego –la obediencia a las autoridades legítimas o a los dictados de la propia conciencia–, solo que, en este caso, los poderes establecidos pertenecen tanto a la esfera civil como a la religiosa. El padre Gabriel y Mendoza, de manera distinta, conservan su integridad moral; Altamirano, en cambio, aun aceptando la buena fe que le mueve, acaba condescendiendo con la situación política. Del contraste de estas posturas se desprende, en opinión de Joffé, una de las ideas principales que el filme pretende transmitir respecto al comportamiento ético que algunas situaciones exigen. Además de la fidelidad a los principios de la propia conciencia, la película afirma el valor de la caridad como fundamento del espíritu evangelizador. Es la palabra “Amor” la que continuamente está presente en los labios de Gabriel; es la meditación de la doctrina paulina sobre la caridad cristiana la que mueve a Rodrigo a tomar el hábito jesuita. En último término, puede afirmarse que la muerte trágica de ambos subraya la autenticidad de ese amor a Dios y al prójimo, la belleza del sacrificio.

Por otra parte, La misión presenta una postura ambigua respecto al conflicto político-religioso que trata. Concretamente, como algunos críticos han puesto de manifiesto, el filme parece respaldar los postulados de la teología de la liberación, por el modo en que se plantea el conflicto de obediencia y –sobre todo– por la manera en que se resuelve. Aunque tenga fundamento, esta afirmación debe ser matizada. En efecto, tanto en la mente de Ghia y Bolt primero, como de Joffé después, existía una preocupación por establecer un paralelismo entre el ideal utópico alcanzado por los jesuitas –forma primitiva de vida comunitaria– y la situación político-religiosa actual entonces en algunos lugares de Sudamérica, identificable bajo la etiqueta de “teología de la liberación”. Prueba de ello es el rótulo final que incluye la película, intencionalmente ambiguo: “Los indios de Sudamérica siguen todavía comprometidos en la lucha por la defensa de su tierra y su cultura. Muchos de los sacerdotes que –inspirados por la fe y el amor– continúan apoyando el derecho de los indios a una mayor justicia, hacen lo mismo con sus vidas”. Joffé, cuyo pensamiento se encuadraba entonces dentro de la llamada “nueva izquierda” británica, llegó a afirmar en una entrevista: “La película está íntimamente relacionada con la lucha por la teología de la liberación”.

El director Roland Joffé (de ropa clara y agachado) junto al equipo de rodaje de "The Mission" (La Misión - 1986), durante la filmación en locaciones situadas dentro del Parque Nacional Iguazú, en la provincia de Misiones, Argentina. Al fondo, las Cataratas de Iguazú. Y hacia la izquierda, puede observarse la isla San Martín, que también sirvió como escenario para las recordadas escenas en las que los personajes de Robert De Niro y Jeremy Irons ascienden por los imponentes acantilados. Joffé aprovechó la fuerza visual de estos paisajes para construir un puente entre el cine de autor y el cine comercial, utilizando una historia capaz de interpelar al espectador sobre temas como el imperialismo, la fe y la fraternidad: «Quería que el espectador se llevara algo a casa, algo que lo animara a pensar. La misión, para mí, representa ese puente entre el cine arte y el cine para el gran público. No me gusta hacer películas para élites reducidas». Roland Joffé dirigió en 1984 su primera película, Los gritos del silencio (The Killing Fields), que le valió una nominación para los Premios Óscar como mejor director, basada en las experiencias de tres periodistas durante el régimen de los Jemeres Rojos de Camboya donde la magistral fotografía de Chris Menges estaba igualmente presente.

Pásate por JyV >> Fotografía >> Mayo 2025.

Sin embargo, el filme huye de toda proclama política y permite interpretaciones diferentes, gracias a su naturaleza alegórica. En palabras del propio Joffé: “Se trata de una forma poética, y al mismo tiempo comprometida, de decir las cosas tal y como son, y no como nos gustaría a nosotros que fueran. Se trata de contar algo que ha sucedido en la realidad, pero que, a la vez, tiene una realidad simbólica con lo que sucede en el presente. Este es el contraste que se presenta, pero no hay ninguna intención de decir lo que es bueno y lo que es malo, lo que es moral y lo que es inmoral. Simplemente tratamos de presentar las cosas a efectos de que ello pueda aportar o sugerir alguna solución”. De esta manera, como un crítico ha señalado, en La misión “la ambigüedad acaba erigiéndose en la verdadera medida del producto”, no sólo en lo que se refiere a las connotaciones políticas, sino también a la caracterización de los personajes. En este sentido, tanto Puttnam como Joffé niegan que la película, por ejemplo, ofrezca un retrato excesivamente favorable de los misioneros jesuitas.

Así, por ejemplo, Puttnam afirma: “Gabriel y Mendoza, no son jesuitas idílicos, puesto que ambos desobedecen a la Iglesia: uno elige la paz; el otro, las armas. Ambos optan por quedarse junto a los indios, mientras que la Iglesia les había ordenado irse y abandonar la misión”. Y Joffé corrobora: “Esta película de ninguna forma es favorable a los jesuitas. Existe una enorme ambigüedad [en los personajes] y la película se refiere a esa ambigüedad”. Para otros, en cambio, esta indefinición no busca sino apelar a la conciencia del público. Así, el jesuita Daniel Berrigan, asesor de Puttnam y Joffé durante el rodaje y buen conocedor de la realdiad histórica reflejada en el filme, argumenta: “En mi opinión (no del todo neutral, seguramente), dice de la honradez del filme y de quienes lo han hecho que la historia no intente asentar nada. Su tarea es más rigurosa y más modesta: formular cuestiones, emplazar a la inteligencia y apelar a la capacidad moral de los espectadores”. Cabe concluir –como así sucedió en su estreno–, que La misión permite interpretaciones incluso opuestas, según sea la predisposición del público.

Jeremy Irons y el padre Daniel Berrigan, en una escena de la película.

Daniel Berrigan, aquí como el sacerdote más anciano de la Orden, que en la vida real era jesuita y bien conocido por su trabajo en favor de los derechos humanos y la justicia social. Opositor a la guerra, nos dejaba en 2016, próximo a cumplir 96 años. Berrigan fue poeta, pacifista, educador, activista social, dramaturgo y opositor de larga trayectoria a lo que llamaba “el imperialismo militar de Estados Unidos”. Junto a su fallecido hermano Phil, Dan Berrigan jugó un papel decisivo en el surgimiento del movimiento contra la guerra y el reclutamiento obligatorio durante la década de 1960, así como del movimiento contra las armas nucleares. Fue el primer sacerdote católico incluido en la lista de los más buscados por el FBI. A principios de 1968, el padre Daniel Berrigan fue noticia a nivel internacional al viajar a Vietnam del Norte con el historiador Howard Zinn, acompañando a tres prisioneros de guerra estadounidenses a su hogar. Ese mismo año, el padre Dan Berrigan, su hermano Phil y otras siete personas sacaron 378 fichas de la junta de reclutamiento de Catonsville, Maryland y las prendieron fuego con napalm en el estacionamiento de dicha oficina, como forma de protesta contra la guerra de Vietnam. Esta acción hizo que fueran conocidos como “los nueve de Catonsville”, dando empuje al movimiento contra la guerra al inspirar más de 100 actos de protesta similares. También fue una sacudida para las bases más tradicionalistas de la Iglesia católica. Luego, en 1980, los hermanos Berrigan y otras seis personas iniciaron el Movimiento Plowshares, irrumpiendo en las instalaciones para misiles nucleares de General Electric en King of Prussia, Pennsylvania, en una acción que consistió en dañar las cabezas de las ojivas nucleares y derramar sangre sobre documentos y archivos. Fueron detenidos y acusados de más de 10 delitos graves y menores. Por esta acción se hicieron conocidos como “los Ocho de Plowshares.

De igual manera, esta ambigüedad se extiende no sólo al contenido político-religioso, sino a la misma caracterización de los personajes. Con respecto al primer caso resulta significativo el hecho de que, frente a quienes sostienen que La misión defiende postulados liberacionistas, otros reafirmen su autenticidad evangélica, en cuanto que “permite que el alma respire la atmósfera del Evangelio, elevándola en lugar de degradarla”. Por otra parte, Joffé admite el carácter ambiguo de los personajes principales pero defiende su punto de vista. Así, frente a quienes creen ver en Mendoza un hombre desesperado en el momento de morir, afirma: “No creo que lo estuviera. Él ve que ellos [Gabriel y los indios] no se arredran; ve que el padre Gabriel mantiene la fe. En ese momento entiende verdaderamente qué es el amor, entiende qué significa amar al mundo, que el mundo es un lugar complejo, ambiguo. Si nos quedamos en una visión puramente materialista, puede que demos cabida a una cierta desesperación y a un cierto pesimismo persistente”. Y con respecto a Gabriel, presentado por algunos como un religioso fanático, explica: “No creo que esté loco; es ambiguo. No pide a los indios que le sigan; esos hombres vienen y se sientan junto a él. Les responde de la única manera que puede. En ese punto, cuando no quedan más cartas que jugar, la lógica y la locura corren muy parejas, porque ya no hay ninguna razón. En ese punto, justo en ese punto, deberá haber una conclusión a todas las acciones. No se sabe qué es lo siguiente. Gabriel no tiene ni idea. El observador externo, en cierto sentido, tampoco. Y lo que resulta absolutamente importante para ambos en esos momentos es el sentido de sus acciones, y el de las acciones de los indios. Y ése es su regalo, eso es lo que permanecerá en el mundo”.

Una de las muchas escenas significativas de La Misión (Roland Joffé, 1986) es aquella en la que Liam Neeson, compadecido por la ardua penitencia que se ha autoimpuesto Robert de Niro para expiar culpas pasadas, intenta ayudarle a cargar su bulto, haciéndolo rodar por la ladera y aumentando así la pena (y también la expiación) del antiguo y criminal espadachín. Casi treinta años después, el actor norirlandés de 62 años volvió a vestir el hábito negro de los jesuitas, esta vez a las órdenes de Martin Scorsese, pero de nuevo en un papel que sitúa a los hijos de San Ignacio en circunstancias dramáticas. Se trata de la película Silencio, un proyecto largamente acariciado por el director neoyorquino de origen italiano. Basada en la novela del mismo título de Shusaku Endo (19231996), considerada la obra maestra del escritor japonés y católico que, por la problematicidad religiosa de sus temáticas y personajes, ha sido comparado con Graham Greene, Walker Percy o Flannery O´Connor, o incluso con los Georges Bernanos, Paul Claudel o François Mauriac que tanto le influyeron en su formación francesa.

Sea como fuere, la huella y el mensaje que La misión ha dejado en el público han sido muy positivos. Ya en su momento, muchos críticos destacaron esta cualidad, al definirla como “una película de sorprendente grandeza, que habla al mismo tiempo a la cabeza y al corazón, que alaba magníficamente el respeto por el humilde, la victoria de la gracia y la derrota de la violencia”; como “un espectáculo de conciencia dirigido a la comprensión de la persona, a través de una inteligente dramatización”; un filme que contribuye a “revivir la espiritualidad en una época –la nuestra– que tiene una buena necesidad de ello”. Todo ello queda resumido en una carta que un directivo de uno de los estudios de Hollywood escribió a Puttnam: “Muchas gracias por ofrecer al público esta representación maestra de lo que es humanismo y espiritualidad”.

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