Hace cuarenta años la película La misión,
dirigida por Roland Joffé y producida por David Puttnam,
obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Su banda sonora ha pasado
a formar parte del acervo popular y algunas de sus escenas,
como la secuencia inicial del misionero crucificado cayendo
por la catarata de Iguazú, se ha convertido en icónica.
En septiembre recibió un homenaje en el Festival
de Cine de San Sebastián. Más allá de los premios y de su
música, el dilema moral que plantea este largometraje sigue
interpelando a las conciencias. La 39ª edición del Festival
de Cannes, en mayo de 1986, se abrió en medio de una gran
expectación. Entre las películas en competición se encontraban
dos películas de temática religiosa: Sacrificio, de Andrei
Tarkovski, y La misión, de Roland Joffé. El jurado, presidido
por Sidney Pollack, se decantó por esta última, a la que
consideraron buena simbiosis entre cine europeo y película
comercial.
Recibió buenas críticas aunque obtuvo unos
resultados más bien modestos en taquilla. En el terreno
de los premios, su recorrido fue discreto, si bien el paso
del tiempo la ha catalogado como un clásico del cine histórico-religioso.
La historia de la gestación de esta película
parte de la confluencia de cuatro nombres ligados a la industria
cinematográfica. En primer lugar, el productor italiano
Fernando Ghia, quien había intentado adaptar para la gran
pantalla una pieza teatral titulada Das Helige Experiment,
escrita en 1943 por el dramaturgo austríaco Fritz Hochwälder
y estrenada en Broadway una década después bajo el título
The Holy Experiment (o The Strong Are Lonely, como en otros
casos se la conoce). Este drama teatral se situaba en el
mismo contexto histórico que La misión, y adoptaba la forma
de un drama judicial en el que, llevados de intereses políticos,
se condena la labor misionera comunal que los jesuitas desempeñaban
en Sudamérica. Sin embargo, no fue hasta 1973 cuando Ghia
encontró su segunda fuente de inspiración: un extenso reportaje
sobre los jesuitas en la revista Time, que incluía un epígrafe
histórico sobre las reducciones jesuitas en el Cono Sur.
Ghia contactó entonces con Robert Bolt, guionista británico
con quien había trabajado anteriormente y que había saltado
a la fama gracias al guion de Un hombre para la eternidad
(A Man for All Seasons, 1966). Bolt accedió a escribir el
guion y a mediados de 1975 entregó a Ghia un primer borrador
titulado Guaraní. Paralelamente, Roland Joffé y David Puttnam,
director y productor respectivamente de Los gritos del silencio
(The Killing Fields, 1984), buscaban una nueva historia
para su siguiente colaboración conjunta. Puttnam era un
productor muy conocido entonces, gracias a que una de sus
anteriores producciones, Carros de fuego (Chariots of Fire,
1981), había ganado el Oscar a la Mejor Película en su año.

Ennio Morricone en Cannes, 2007.
El compositor Ennio Morricone vio la película
sin música y se echó a llorar. Al principio se negaba a
componer la banda sonora porque creía que era tan perfecta
que su música podía estropearla. Al final aceptó, y es su
obra favorita de entre todas las que compuso. El propio
Morricone afirmó en varias ocasiones que la banda sonora
de La Misión era sufragánea y su favorita de entre todos
los trabajos que hizo para el cine. Siempre lamentó que
perdiera el Óscar a la mejor música original por Round Midnight,
conformada por muchas versiones de canciones de jazz bastante
famosas. Los Oscar hoy en día exigen que la banda sonora
de una película para ser nominada debe estar conformada
al menos de 60% de música original, y 80% para franquicias
y secuelas. Ennio Morricone fue nominado un gran número
de veces al premio de mejor banda sonora, y ganó el premio
casi al final de su carrera por la película The Hateful
Eight de Quentin Tarantino.
También el éxito de Los gritos del silencio
había sido notorio. Los caminos de Ghia-Bolt y Joffé-Puttnam
se cruzaron y gracias a la buena relación que Puttnam tenía
con Goldcrest Films (productora británica de moda en aquel
entonces, responsable de títulos como Gandhi yUna habitación
con vistas) y con Warner Brothers (distribuidora de sus
películas por aquel entonces), el proyecto de La misión
recibió luz verde. Puttnam tuvo acceso al guion de Bolt
y le pareció que contenía una gran historia. Coincidió además
que Joffé llevaba tiempo interesado en desarrollar algún
proyecto cinematográfico sobre las complejas relaciones
entre el poder político y el religioso que siempre ha habido
en Latinoamérica. Así pues, los intereses de unos y otros
confluyeron en la misma dirección. Aunque inicialmente Ghia
partía como productor principal, la complejidad del proyecto
y el hecho de que la mayor parte del equipo fuera británico,
acabó derivando la máxima responsabilidad de la producción
en Puttnam.

Muchos nativos que aparecían en el film eran
indígenas sudamericanos reales que no hablaban inglés. El
director les dio total libertad con sus líneas, y los rumores
dicen que en algunas escenas están maldiciendo a gritos
debido a las tormentas. Los Guaraníes son un grupo de pueblos
indígenas sudamericanos que se ubican geográficamente en
Bolivia, Brasil, Paraguay y en algunas provincias del norte
de Argentina. Comunidades indígenas del Pueblo Mbya Guaraní
de Misiones reclamaron en 2024 ante organismos internacionales
el reconocimiento constitucional de su identidad cultural.
Pásate por Intro >> Resumen temático
>> Indígena.
Al tratarse de una película de época y rodada
principalmente en exteriores suponía moverse en la escala
de una gran producción. En consecuencia, también el reparto
debía ser de primer nivel. Robert De Niro (Rodrigo Mendoza)
y Jeremy Irons (padre Gabriel) accedieron a compartir protagonismo,
junto a Ray McAnally (cardenal Altamirano). Unas cosas y
otras situaron el presupuesto en cerca de los 20 millones
de dólares. Tras un rodaje complicado –que incluyó la hospitalización
de Joffé durante unos pocos días por agotamiento y deshidratación–,
la película completo su montaje y sonorización y estuvo
lista para el Festival de Cannes. Competía con Sacrifico,
otra película de contenido religioso dirigida por Andrei
Tarkovsky. La pugna fue reñida, pero La misión acabó llevándose
la Palma de Oro, mientras que el filme de Tarkovsky obtuvo
el Gran Premio Especial del Jurado. A partir de ahí comenzaría
una carrera hacia otros premios. Podría decirse que La misión
obtuvo un palmarés discreto para una película de su categoría,
con una evidente desproporción entre nominaciones y premios
efectivos.

La producción en las Cataratas del Iguazú
(en la frontera entre Argentina y Brasil) estuvo plagada
de problemas con la climatología, enfermedades del equipo
y tensiones locales. La película se rodó principalmente
en las Cataratas del Iguazú en la provincia de Misiones,
Argentina, y en zonas selváticas de Colombia. Según contó
el director había una mística bastante extraña en algunos
de los extras. En ciertas ocasiones hacían oraciones para
la lluvia y efectivamente algo extraño sucedía, quizás por
casualidad, el agua caía horas después de dichos rituales.
En cuanto a los Oscars, La misión reunió un
total de siete nominaciones, incluyendo Mejor Película y
Mejor Director, de los que solo obtuvo el de Mejor Fotografía.
Una suerte parecida correría en los premios de la Academia
de Cine británica (BAFTA), en los que donde llegó a acaparar
11 nominaciones, de las que únicamente cristalizaron las
correspondientes al Mejor Actor Secundario (Ray McAnally),
Mejor Montaje (Jim Clark) y Mejor Banda Sonora (Ennio Morricone).
“Entre todas las bandas sonoras que he escrito –confesaría
el compositor italiano–, ésta es la que considero más representativa
de mi persona. En esta música me veo retratado tanto emocional
como intelectualmente”. En cuanto al resultado comercial,
un crítico había aventurado: “La misión es una película
que se presenta a sí misma a la causa de santidad y que,
me temo, morirá como un mártir en la taquilla”. En efecto,
en Estados Unidos recaudó 17,2 millones de dólares, una
cifra respetable pero alejada de las iniciales expectativas.
En Europa, el resultado fue desigual: gran éxito en Francia
(unos 6 millones de euros), bastante bueno en España (3,4
millones) y pobre en el Reino Unido (2,2 millones de libras).

La historia refleja la resistencia de los
indígenas guaraníes y las misiones jesuitas en el siglo
XVIII frente al Tratado de Madrid de 1750 entre España y
Portugal. El trágico final dramatiza los enfrentamientos
reales ocurridos en la zona de las reducciones, donde los
ejércitos coloniales destruyeron las misiones y acabaron
con la vida de más de mil indígenas. Las misiones jesuíticas
fueron asentamientos organizados por la Compañía de Jesús
en América del Sur durante los siglos XVII y XVIII para
evangelizar y agrupar a las poblaciones indígenas.

Como es bien sabido, la trama de La misión
se construye en torno a dos protagonistas, Rodrigo Mendoza
y el padre Gabriel, al que se une un tercer personaje, el
cardenal Altamirano, bajo cuya óptica se narra la historia
que contiene la película. Es importante reseñar que los
cineastas no intentaron en ningún momento recrear de manera
rigurosa un acontecimiento histórico, sino aprovechar un
contexto determinado para plantear el conflicto moral sobre
el que trata la película. De hecho, no son pocas las licencias
dramáticas y las inexactitudes históricas (que no trataremos
aquí). Nos encontramos en el siglo XVIII. La vida aflora
momentáneamente en las reducciones jesuitas, donde los indios
son instruidos en la religión y en la cultura por los misioneros.
Sin embargo, el reajuste territorial al que España y Portugal
se comprometen mediante el Tratado de Madrid (1750), obliga
al soberano español a ceder a los portugueses un territorio
que incluye siete de esas misiones en territorio guaraní.
Surge entonces la disputa acerca del futuro de los indígenas:
mientras la corona española les protege, los portugueses
permiten la esclavitud. El Papa envía a un cardenal, de
nombre Altamirano, para que se persone en el lugar y tome
una decisión al respecto. Pese a quedar gratamente impresionado
por la labor que los jesuitas llevan a cabo en las reducciones,
el delegado papal cederá ante las presiones políticas y
ordena a los jesuitas que abandonen las misiones. Estalla
entonces el conflicto interno entre los misioneros, que
deben elegir entre la obediencia religiosa o la permanencia
con los guaraníes.

La película se estrenó el 16 de mayo de 1986
en el Festival de Cannes (Francia) y llegó a los cines de
España el 29 de septiembre de 1986.
La película arranca con la historia de Rodrigo
Mendoza, antiguo militar y actual mercenario, hombre de
carácter fuerte y aguerrido, tan irascible como orgulloso.
Aúna los ideales de su tiempo: buen porte físico, hábil
en la montura y diestro con las armas. Cruel y sin escrúpulos,
pone sus destrezas militares al servicio de un ideal tan
innoble como es la captura de indios –mitad sustento, mitad
deporte– destinados al tráfico de esclavos. Con fama entre
las mujeres, profesa su amor a una viuda llamada Carlota,
de la que pronto se ve desengañado a causa de su hermano,
Felipe. Confuso y herido en su orgullo, llega al fratricidio
en un arrebato de ira y queda sumido en una profunda depresión,
sin ganas ya de seguir viviendo. En este estado le encuentra
el padre Gabriel, jesuita con quien había topado anteriormente
en las selvas del altiplano, más allá de las cataratas de
Iguazú. Allí habían acudido ambos con fines muy distintos:
el uno, para llevar a los indios la libertad de los hijos
de Dios; el otro, para condenarlos a la esclavitud de los
hombres. Gabriel aparece como un hombre de gran talla espiritual,
enamorado de Dios y de su vocación misionera, a la que se
entrega con fervor y audacia. Así, una vez conocido el martirio
a manos guaraníes de uno de sus correligionarios, el padre
Gabriel trepa las enormes paredes de las cataratas para
salir al encuentro de las tribus salvajes. Con ayuda de
su oboe, penetra entre los indígenas e inicia la evangelización.
Gabriel tiene, por otra parte, un marcado protagonismo en
la conversión de Mendoza. Haciendo mella en su orgullo,
consigue que éste acepte llevar a cabo la penitencia que
considere necesaria, no sin antes sobreponerse a su temor
al fracaso. El ascenso de las cataratas con el fardo de
armas y corazas resulta significativo, en cuanto que los
símbolos de poderío de la anterior vida se convierten ahora
en una pesada carga. Igualmente significativo es el perdón
de los guaraníes, imagen de la consumación de la misericordia
divina. Ciertamente la conversión que Mendoza sufre es profunda,
hasta el punto de que Gabriel aprovecha sus buenas disposiciones
para despertar en él deseos de una mayor entrega. De este
modo, Rodrigo muere definitivamente como mercenario y renace
como soldado de Cristo, pudiendo así reparar el daño causado
a los guaraníes.

La etnia colombiana waunana habita entre Colombia
y Panamá. Aunque se usaron extras de la región de
las Cataratas del Iguazú, para los papeles guaraníes principales
se contrató a un grupo de la etnia colombiana waunana que
tuvo que viajar hasta Argentina.
Pese a este importante cambio experimentado
por uno de los personajes, el conflicto central de La misión
se inicia más tarde, en el momento en que Gabriel y Mendoza,
durante la audiencia ante Altamirano, tienen conocimiento
de la difícil tesitura en que se encuentran las misiones
tras el acuerdo de reordenación territorial entre España
y Portugal. A partir de entonces la atención gira en torno
al delegado papal, quien debe llevar a cabo la comprometida
tarea de dirimir el futuro de las reducciones, escuchando
los intereses de cada una de las partes en conflicto. Altamirano
es presentado como un diplomático hábil, conocedor de los
entramados políticos de su tiempo y del difícil papel de
la Iglesia en la resolución de las cuestiones político-religiosas.
Este delegado papal manifiesta una aparente honradez y equidad
de juicio, en cuanto adivina intenciones ocultas, rebate
los argumentos falaces y recurre a razonamientos sobrenaturales.
Sin embargo, pesan excesivamente sobre él las graves consecuencias
que para la Compañía de Jesús y para la Iglesia misma pueden
derivarse de tal decisión. Así, se debate entre la disyuntiva
de apoyar la labor de los jesuitas, cuya grandeza él mismo
contempla y de la cual goza en extremo, o seguir los dictados
de su razón pragmática, que le aconseja sacrificar un bien
particular en beneficio de un bien común más relevante,
como es el mantenimiento de las buenas relaciones entre
las mayores potencias coloniales del momento –España y Portugal–
y la Santa Sede. En último término, aunque su indecisión
haya sido sincera y haya prometido actuar en conciencia,
sucumbe ante las presiones políticas y desoye su propia
voz interior.

Lo que hoy vemos como el corazón de la identidad
andina comenzó como una orden. En el siglo XVI, el virrey
Francisco de Toledo impuso a las mujeres indígenas la vestimenta
de las campesinas españolas. Pero ellas hicieron algo extraordinario:
la tomaron, la transformaron y la convirtieron en bandera.
Siglos de discriminación después, la pollera sube a rings
de lucha, cumbres nevadas y pasarelas. No es solo una falda,
es resistencia que se lleva puesta. La película sitúa los
hechos alrededor de 1750 por el Tratado de Madrid, pero
mezcla épocas y sucesos. Por ejemplo, los guaraníes no iban
semidesnudos con arcos y flechas en esa fecha, ya que llevaban
más de dos siglos de contacto con españoles y portugueses
y vestían a la europea. La mayoría de los indígenas alrededor
del mundo en la actualidad usan ropa occidental o "normal"
(pantalones, camisas, zapatos y abrigos) en su vida diaria,
reservando sus trajes tradicionales para festividades, ceremonias
o eventos comunitarios.
Ante el planteamiento del conflicto, y mientras
dura la deliberación, Rodrigo y Gabriel reaccionan de la
misma manera –ambos se rebelan y manifiestan su oposición–
si bien exteriorizan ese sentimiento de modo diferente,
acorde con su respectiva personalidad. Rodrigo debe controlar
su carácter impulsivo y, aunque en un primer momento no
puede contener su indignación y desdice públicamente a Cabeza,
autoridad española, es capaz de rectificar su afrenta en
virtud de su voto de obediencia. Gabriel, por su parte,
actúa en todo momento con gran rectitud de intención. Sus
conversaciones con Altamirano se mueven en el plano sobrenatural
que rige toda su vida y al cual supedita cualquier razonamiento.
No duda de la honradez de Altamirano y por ello le anima
a que visite la misión de San Carlos, más arriba de Iguazú,
convencido del auxilio de la gracia divina y del buen corazón
del delegado papal. El momento del desengaño tiene lugar
durante la reunión con los jefes guaraníes, en la que Altamirano,
habiendo adoptado ya una decisión, no actúa más como él
mismo, sino como representante de unos intereses ajenos.
La rebeldía de los guaraníes plantea a Gabriel y Mendoza
un primer conflicto de conciencia, en cuanto deben dilucidar
entre obedecer las órdenes expresas del delegado papal,
abandonando la misión y los indios a su suerte, o permanecer
junto a ellos.

La película alimenta la leyenda negra antiespañola
que fue utilizada para expulsar a la Compañía de Jesús de
las posesiones españolas. La Compañía de Jesús, cuyos miembros
son comúnmente conocidos como jesuitas, es una orden religiosa
de clérigos regulares de derecho pontificio de la Iglesia
católica fundada en 1534. El fundador fue el español Ignacio
de Loyola, acompañado por Francisco Javier, Pedro Fabro,
Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Bobadilla y Simão
Rodrigues. La aprobación pontificia fue ejecutada por Paulo
III en septiembre de 1540. En la actualidad, la Compañía
de Jesús se dedica a la evangelización y al ministerio apostólico
en 112 países.

El alcance del dilema queda reflejado en el
sentimiento de frustración de los guaraníes, quienes, confiando
en la voluntad de Dios, habían accedido a habitar en las
reducciones y ahora, en razón del mismo mandato, son obligados
a marcharse. “Por voluntad de Dios dejaron la selva y construyeron
la misión; no entienden por qué Dios ha cambiado de parecer”,
explica Gabriel a Altamirano; y añade: “dicen que se equivocaron
al confiar en nosotros; que van a luchar…”. Para los jesuitas,
se trata de un conflicto de obediencia entre la voluntad
de Dios y el mandato de los hombres –en este caso, la orden
taxativa del delegado papal: “el que me desobedeciere, será
excomulgado, apartado, expulsado”. Así, quien debía defender
la salvación de las almas, decide a favor de los intereses
terrenos. Tanto Gabriel como Mendoza –junto con otros jesuitas–
optan por quedarse, siguiendo los dictados de su conciencia.
Es ésta una primera decisión cuya heroicidad deriva del
hecho de arriesgar sus vidas. Sin embargo, aún tiene lugar
un segundo conflicto, igualmente importante, que cuestiona
la fidelidad de los protagonistas a sus compromisos: la
legitimidad de la lucha armada. Tras una honda reflexión,
Mendoza decide el empleo de las armas; Gabriel,
por el contrario, opta por resistir sin violencia. Aunque
en un principio se opone a la postura de Rodrigo, que considera
incompatible con la vocación de jesuita, apela en último
término a la justicia divina. El desenlace parece subrayar
la legitimidad de ambas posturas como ejemplo de coherencia
e integridad: Gabriel, fiel a su concepción de Dios como
Amor, sale al encuentro de sus verdugos portando la custodia
y muere con ella en las manos; y Mendoza, cuya presencia
en la batalla posibilita en último extremo la supervivencia
de los guaraníes, ayuda a un grupo de muchachos a huir;
esos muchachos aparecen al final dirigiéndose río arriba
hacia el interior de la selva, llevándose consigo lo que
han aprendido.

Robert De Niro, actor de método, viajó meses
antes a Colombia para aprender de los idiomas indígenas,
su forma de cazar y alimentarse. De Niro daba vida a la
perfección a Rodrigo Mendoza, extraficante de esclavos y
pendenciero máximo. Ya llevaba veinticuatro títulos
para la gran pantalla desde que iniciara su carrera en el
cine en 1965 con “Tres habitaciones en Manhattan”.
De un modo significativo, quien viene a refrendar
moralmente ambas actitudes es aquel que ha contribuido a
desencadenar el conflicto: Altamirano. El delegado papal
admite finalmente su error y, por tanto, su responsabilidad
y su culpa. Así, ante su pesadumbre tras la masacre, Hontar,
el representante portugués, trata de consolarle: “No teníais
elección, Eminencia. Tenemos que trabajar en el mundo, y
el mundo es así”; a lo que Altamirano responde tajante:
“No, señor Hontar, nosotros lo hemos hecho así; yo lo he
hecho así”. Igualmente, en su relación posterior a la Santa
Sede, concluye: “Así pues, Vuestra Santidad, ahora vuestros
sacerdotes están muertos, y yo sigo vivo. Pero en verdad,
soy yo quien ha muerto y ellos son los que viven”. De este
modo, pese a su desacierto, manifiesta cierta hombría de
bien. En este sentido, su mirada implorante al espectador
tras los títulos de crédito –plano que muy pocos espectadores
recuerdan o incluso han visto–, parece subrayar esta idea
de que “no es un villano, ni siquiera un corrupto; es, sin
más, un hombre débil en un mundo recio”. Así lo piensa también
el productor, David Puttnam, quien subraya: “Para mí el
personaje más importante es Altamirano, porque representa
lo que nosotros somos y, al final, toma la decisión equivocada,
como sin duda nosotros la hubiéramos tomado también”. Y
Joffé apostilla: “El cardenal es un hombre muy interesante
porque sabe más y encuentra mucho más difícil hallar una
decisión que se acomode a la justicia. Se da cuenta de que
ha llevado a cabo un sacrifico sobre el que ahora tiene
dudas: el sacrificio de mantener la estructura de la Iglesia.
Eso es lo que esa última mirada suya en la película nos
dice: ‘Yo hice esto. Ahora sabes lo que ocurre cuando actúas
así’”.

Irons interpreta al Padre Gabriel, un devoto
y compasivo misionero jesuita del siglo XVIII que se adentra
en la jungla tropical de Sudamérica para evangelizar y proteger
a los indígenas guaraníes.
La misión se presenta como una reflexión acerca
del dilema moral que se plantea a hombres que han de acatar
órdenes injustas o equivocadas. En cuanto conflicto de conciencia,
esta batalla se libra en el interior de los protagonistas.
Tanto Mendoza como Gabriel o Altamirano se enfrentan a un
dilema similar al del atleta Eric Liddell en Carros de fuego
–la obediencia a las autoridades legítimas o a los dictados
de la propia conciencia–, solo que, en este caso, los poderes
establecidos pertenecen tanto a la esfera civil como a la
religiosa. El padre Gabriel y Mendoza, de manera distinta,
conservan su integridad moral; Altamirano, en cambio, aun
aceptando la buena fe que le mueve, acaba condescendiendo
con la situación política. Del contraste de estas posturas
se desprende, en opinión de Joffé, una de las ideas principales
que el filme pretende transmitir respecto al comportamiento
ético que algunas situaciones exigen. Además de la fidelidad
a los principios de la propia conciencia, la película afirma
el valor de la caridad como fundamento del espíritu evangelizador.
Es la palabra “Amor” la que continuamente está presente
en los labios de Gabriel; es la meditación de la doctrina
paulina sobre la caridad cristiana la que mueve a Rodrigo
a tomar el hábito jesuita. En último término, puede afirmarse
que la muerte trágica de ambos subraya la autenticidad de
ese amor a Dios y al prójimo, la belleza del sacrificio.
Por otra parte, La misión presenta una postura
ambigua respecto al conflicto político-religioso que trata.
Concretamente, como algunos críticos han puesto de manifiesto,
el filme parece respaldar los postulados de la teología
de la liberación, por el modo en que se plantea el conflicto
de obediencia y –sobre todo– por la manera en que se resuelve.
Aunque tenga fundamento, esta afirmación debe ser matizada.
En efecto, tanto en la mente de Ghia y Bolt primero, como
de Joffé después, existía una preocupación por establecer
un paralelismo entre el ideal utópico alcanzado por los
jesuitas –forma primitiva de vida comunitaria– y la situación
político-religiosa actual entonces en algunos lugares de
Sudamérica, identificable bajo la etiqueta de “teología
de la liberación”. Prueba de ello es el rótulo final que
incluye la película, intencionalmente ambiguo: “Los indios
de Sudamérica siguen todavía comprometidos en la lucha por
la defensa de su tierra y su cultura. Muchos de los sacerdotes
que –inspirados por la fe y el amor– continúan apoyando
el derecho de los indios a una mayor justicia, hacen lo
mismo con sus vidas”. Joffé, cuyo pensamiento se encuadraba
entonces dentro de la llamada “nueva izquierda” británica,
llegó a afirmar en una entrevista: “La película está íntimamente
relacionada con la lucha por la teología de la liberación”.

El director Roland Joffé (de ropa clara y
agachado) junto al equipo de rodaje de "The Mission" (La
Misión - 1986), durante la filmación en locaciones situadas
dentro del Parque Nacional Iguazú, en la provincia de Misiones,
Argentina. Al fondo, las Cataratas de Iguazú. Y hacia la
izquierda, puede observarse la isla San Martín, que también
sirvió como escenario para las recordadas escenas en las
que los personajes de Robert De Niro y Jeremy Irons ascienden
por los imponentes acantilados. Joffé aprovechó la fuerza
visual de estos paisajes para construir un puente entre
el cine de autor y el cine comercial, utilizando una historia
capaz de interpelar al espectador sobre temas como el imperialismo,
la fe y la fraternidad: «Quería que el espectador se llevara
algo a casa, algo que lo animara a pensar. La misión, para
mí, representa ese puente entre el cine arte y el cine para
el gran público. No me gusta hacer películas para élites
reducidas». Roland Joffé dirigió en 1984 su primera película,
Los gritos del silencio (The Killing Fields), que le valió
una nominación para los Premios Óscar como mejor director,
basada en las experiencias de tres periodistas durante el
régimen de los Jemeres Rojos de Camboya donde la magistral
fotografía de Chris Menges estaba igualmente presente.
Pásate por JyV >> Fotografía
>> Mayo 2025.
Sin embargo, el filme huye de toda proclama
política y permite interpretaciones diferentes, gracias
a su naturaleza alegórica. En palabras del propio Joffé:
“Se trata de una forma poética, y al mismo tiempo comprometida,
de decir las cosas tal y como son, y no como nos gustaría
a nosotros que fueran. Se trata de contar algo que ha sucedido
en la realidad, pero que, a la vez, tiene una realidad simbólica
con lo que sucede en el presente. Este es el contraste que
se presenta, pero no hay ninguna intención de decir lo que
es bueno y lo que es malo, lo que es moral y lo que es inmoral.
Simplemente tratamos de presentar las cosas a efectos de
que ello pueda aportar o sugerir alguna solución”. De esta
manera, como un crítico ha señalado, en La misión “la ambigüedad
acaba erigiéndose en la verdadera medida del producto”,
no sólo en lo que se refiere a las connotaciones políticas,
sino también a la caracterización de los personajes. En
este sentido, tanto Puttnam como Joffé niegan que la película,
por ejemplo, ofrezca un retrato excesivamente favorable
de los misioneros jesuitas.
Así, por ejemplo, Puttnam afirma: “Gabriel
y Mendoza, no son jesuitas idílicos, puesto que ambos desobedecen
a la Iglesia: uno elige la paz; el otro, las armas. Ambos
optan por quedarse junto a los indios, mientras que la Iglesia
les había ordenado irse y abandonar la misión”. Y Joffé
corrobora: “Esta película de ninguna forma es favorable
a los jesuitas. Existe una enorme ambigüedad [en los personajes]
y la película se refiere a esa ambigüedad”. Para otros,
en cambio, esta indefinición no busca sino apelar a la conciencia
del público. Así, el jesuita Daniel Berrigan, asesor de
Puttnam y Joffé durante el rodaje y buen conocedor de la
realdiad histórica reflejada en el filme, argumenta: “En
mi opinión (no del todo neutral, seguramente), dice de la
honradez del filme y de quienes lo han hecho que la historia
no intente asentar nada. Su tarea es más rigurosa y más
modesta: formular cuestiones, emplazar a la inteligencia
y apelar a la capacidad moral de los espectadores”. Cabe
concluir –como así sucedió en su estreno–, que La misión
permite interpretaciones incluso opuestas, según sea la
predisposición del público.

Jeremy Irons y el padre Daniel Berrigan, en
una escena de la película.
Daniel Berrigan, aquí como el sacerdote más
anciano de la Orden, que en la vida real era jesuita y bien
conocido por su trabajo en favor de los derechos humanos
y la justicia social. Opositor a la guerra, nos dejaba en
2016, próximo a cumplir 96 años. Berrigan
fue poeta, pacifista, educador, activista social, dramaturgo
y opositor de larga trayectoria a lo que llamaba “el imperialismo
militar de Estados Unidos”. Junto a su fallecido hermano
Phil, Dan Berrigan jugó un papel decisivo en el surgimiento
del movimiento contra la guerra y el reclutamiento obligatorio
durante la década de 1960, así como del movimiento contra
las armas nucleares. Fue el primer sacerdote católico incluido
en la lista de los más buscados por el FBI. A principios
de 1968, el padre Daniel Berrigan fue noticia a nivel internacional
al viajar a Vietnam del Norte con el historiador Howard
Zinn, acompañando a tres prisioneros de guerra estadounidenses
a su hogar. Ese mismo año, el padre Dan Berrigan, su hermano
Phil y otras siete personas sacaron 378 fichas de la junta
de reclutamiento de Catonsville, Maryland y las prendieron
fuego con napalm en el estacionamiento de dicha oficina,
como forma de protesta contra la guerra de Vietnam. Esta
acción hizo que fueran conocidos como “los nueve de Catonsville”,
dando empuje al movimiento contra la guerra al inspirar
más de 100 actos de protesta similares. También fue una
sacudida para las bases más tradicionalistas de la Iglesia
católica. Luego, en 1980, los hermanos Berrigan y otras
seis personas iniciaron el Movimiento Plowshares, irrumpiendo
en las instalaciones para misiles nucleares de General Electric
en King of Prussia, Pennsylvania, en una acción que consistió
en dañar las cabezas de las ojivas nucleares y derramar
sangre sobre documentos y archivos. Fueron detenidos y acusados
de más de 10 delitos graves y menores. Por esta acción se
hicieron conocidos como “los Ocho de Plowshares.
De igual manera, esta ambigüedad se extiende
no sólo al contenido político-religioso, sino a la misma
caracterización de los personajes. Con respecto al primer
caso resulta significativo el hecho de que, frente a quienes
sostienen que La misión defiende postulados liberacionistas,
otros reafirmen su autenticidad evangélica, en cuanto que
“permite que el alma respire la atmósfera del Evangelio,
elevándola en lugar de degradarla”. Por otra parte, Joffé
admite el carácter ambiguo de los personajes principales
pero defiende su punto de vista. Así, frente a quienes creen
ver en Mendoza un hombre desesperado en el momento de morir,
afirma: “No creo que lo estuviera. Él ve que ellos [Gabriel
y los indios] no se arredran; ve que el padre Gabriel mantiene
la fe. En ese momento entiende verdaderamente qué es el
amor, entiende qué significa amar al mundo, que el mundo
es un lugar complejo, ambiguo. Si nos quedamos en una visión
puramente materialista, puede que demos cabida a una cierta
desesperación y a un cierto pesimismo persistente”. Y con
respecto a Gabriel, presentado por algunos como un religioso
fanático, explica: “No creo que esté loco; es ambiguo. No
pide a los indios que le sigan; esos hombres vienen y se
sientan junto a él. Les responde de la única manera que
puede. En ese punto, cuando no quedan más cartas que jugar,
la lógica y la locura corren muy parejas, porque ya no hay
ninguna razón. En ese punto, justo en ese punto, deberá
haber una conclusión a todas las acciones. No se sabe qué
es lo siguiente. Gabriel no tiene ni idea. El observador
externo, en cierto sentido, tampoco. Y lo que resulta absolutamente
importante para ambos en esos momentos es el sentido de
sus acciones, y el de las acciones de los indios. Y ése
es su regalo, eso es lo que permanecerá en el mundo”.

Una de las muchas escenas significativas de
La Misión (Roland Joffé, 1986) es aquella en la que Liam
Neeson, compadecido por la ardua penitencia que se ha autoimpuesto
Robert de Niro para expiar culpas pasadas, intenta ayudarle
a cargar su bulto, haciéndolo rodar por la ladera y aumentando
así la pena (y también la expiación) del antiguo y criminal
espadachín. Casi treinta años después, el actor norirlandés
de 62 años volvió a vestir el hábito negro de los
jesuitas, esta vez a las órdenes de Martin Scorsese, pero
de nuevo en un papel que sitúa a los hijos de San Ignacio
en circunstancias dramáticas. Se trata de la película Silencio,
un proyecto largamente acariciado por el director neoyorquino
de origen italiano. Basada en la novela del mismo título
de Shusaku Endo (19231996), considerada la obra maestra
del escritor japonés y católico que, por la problematicidad
religiosa de sus temáticas y personajes, ha sido comparado
con Graham Greene, Walker Percy o Flannery O´Connor, o incluso
con los Georges Bernanos, Paul Claudel o François Mauriac
que tanto le influyeron en su formación francesa.
Sea como fuere, la huella y el mensaje que
La misión ha dejado en el público han sido muy positivos.
Ya en su momento, muchos críticos destacaron esta cualidad,
al definirla como “una película de sorprendente grandeza,
que habla al mismo tiempo a la cabeza y al corazón, que
alaba magníficamente el respeto por el humilde, la victoria
de la gracia y la derrota de la violencia”; como “un espectáculo
de conciencia dirigido a la comprensión de la persona, a
través de una inteligente dramatización”; un filme que contribuye
a “revivir la espiritualidad en una época –la nuestra– que
tiene una buena necesidad de ello”. Todo ello queda resumido
en una carta que un directivo de uno de los estudios de
Hollywood escribió a Puttnam: “Muchas gracias por ofrecer
al público esta representación maestra de lo que es humanismo
y espiritualidad”.
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