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El espíritu de la colmena.
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06-Octubre-2023

El espíritu de la colmena es una película española de 1973 dirigida por Víctor Erice. La película está ambientada en tierras castellanas nada más terminada la Guerra Civil. Rodada en el pueblo segoviano de Hoyuelos, donde se proyecta la película El doctor Frankenstein.

Isabel (Isabel Tellería) y Ana (Ana Torrent), dos hermanas de ocho y seis años respectivamente, ven un domingo la película Frankenstein. A la pequeña la visión del film le causa tal impresión que no deja de hacer preguntas a su hermana mayor, que le asegura que el monstruo está vivo y se oculta cerca del pueblo.

Fue reestrenada en el 2004. Los personajes que interpretan los 4 protagonistas se llaman como los actores que los interpretan. Esto se debió, según contó el director Víctor Erice en más de una ocasión, a que la debutante Ana Torrent, la niña protagonista, no entendía por qué la gente se llamaba realmente de una manera, y de pronto al empezar la grabación, cambiaba el nombre. Este hecho motivó que el director decidiera cambiarles los nombres a todos los protagonistas por sus propios nombres de pila.

En cuanto al título de la película, el mismo director dice:

"El título, en realidad, no me pertenece. Está extraído de un libro, en mi opinión, el más hermoso que se ha escrito nunca sobre la vida de las abejas, y del que es autor el gran poeta y dramaturgo Maurice Maeterlinck. En esa obra, Maeterlinck utiliza la expresión 'El espíritu de la colmena' para describir ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender".

Dedicamos 3 entradas al cambio de modelo del cine español.

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En 1973 nació la que posiblemente es la más hermosa película española del siglo XX, que aún ostenta ese rango porque Elías Querejeta impidió que otra película del mismo director, en 1984, pudiera arrebatárselo. Uno de los pocos filmes españoles realmente poéticos, en el sentido real de la palabra, que nada tiene que ver con cantar las odas de un mundo onírico, o con imágenes celestiales de belleza sólo aparente, sino, sobre todo, con la energía de la realidad, de la vida misma, a ras de suelo, que es el verdadero territorio de los grandes poetas. Porque la vida misma, tal cual, se sustenta en conexiones poéticas auténticas, que desafían toda razón.

En pocos años, este bello e indómito filme cumplirá cuarenta, que se dice pronto, porque viéndola de nuevo no da la impresión de que se hayan cumplido cuatro décadas desde su realización, sino que se hizo ayer mismo. O, mejor dicho, que está situada bastante por delante de la mayoría de las películas que se hacen ahora mismo, pues muchas de sus imágenes no tienen explicación racional directa, sino que actúan como caja de resonancia interior de cada nuevo espectador. Su peripecia se encuadra en los primeros años de la posguerra civil española, pero el viaje iniciático de la niña es universal.

Víctor Erice sólo había filmado de manera profesional, hasta entonces, un segmento del filme colectivo ‘Los desafíos’, y pocos podían presagiar tal despliegue de sabiduría, serenidad, humildad y sensibilidad. Cuenta, Erice, varias películas dentro de una película. Una película que es, en el fondo, un canto de amor al cine primigenio: el de las salas de cine de barrio que descubría, a los hombres y mujeres de los pueblos, los grandes títulos norteamericanos de la época. Pero más que eso: una indagación lírica del descubrimiento del mundo, precisamente, a través del cine. La niña Ana (Ana Torrent, una actriz mucho más interesante cuando todavía no era totalmente consciente de sí misma…) se encuentra, por primera vez, con la muerte.

Una debutante Ana Torrent con seis años.

Ana Torrent cuestiona si volverá a presentarse en su vida un papel con similares características, esas que hicieron inolvidable aquella cinta y por la que consiguió el Fotogramas de Plata en 1974. Torrent comentó que por aquel primer trabajo ni siquiera cobró, porque su padre, poco ducho en el mundillo del cine, tan sólo aceptó a cambio "un día de compras en El Corte Inglés para todos los hermanos", explicó entre risas. "Ahora el cine es muy distinto a cuando era pequeña, antes se entendía como un acto social, el modo que el autor tenía de expresarse y no algo tan comercial, pendiente siempre de la taquilla". Redescubierta por Amenábar en "Tesis" (1996), Ana Torrent asume haberse trazado una trayectoria de idas y venidas fruto de "una mezcla de decisión propia y de ofertas" porque, según dice, le gusta "elegir bien los papeles para no hacer cualquier cosa". "No me gustan las fiestas ni los estrenos, y quizá he sido tonta por no saber aprovecharlo, pero cuando termino de rodar lo único que quiero es irme a Nueva York y leer, pasear...", reconoce la actriz.

La infancia, por tanto, como universo en el que las mismas sombras, o los más sencillos sonidos, conforman constelaciones sensoriales, que nos hacen creer que todo es posible. A medida que crecemos, crece también nuestra autoconciencia, pero disminuyen nuestras percepciones. Para Erice, que sabe que nunca seremos tan sabios como cuando éramos niños, la conciencia no es vehículo de la belleza pura, sino la percepción. En realidad, es una declaración de principios estética, que rechaza un cine narrativo, lógico, en favor de un cine sensorial, en el que las emociones y las imágenes más sencillas son las que dictan todo el sentido.

Victor Erice, el espíritu de su cine.

Viendo ‘El doctor Frankenstein’, Ana se topa por primera vez con la muerte, de manera directa y brutal. Los cuentos de terror como evocadores de los más profundos miedos, que se extienden sobre todo lo que desconocemos. Tanto ella como Isabel asisten a este simulacro de muerte, que es cuando la criatura lanza al mar a la niña, al haberse quedado sin pétalos. Ana, sin embargo, carece de un cierto sentido sádico o cruel, que es natural en Isabel. De modo que pronto el relato se desgaja, y mientras la segunda se acerca a la muerte de una forma, Ana lo hará de otro. Así, palpitan en la secuencia, imágenes perturbadoras, como el momento en que Isabel estrangula al gato, o cuando se hace pasar por muerta con increíble convicción.

Ana es muy diferente, es más contemplativa, no participa tanto de la muerte como lo que le interesa averiguar lo que sepa de ella misma. Cree las mentiras de Isabel, y quizá su autoconciencia sabe que miente, o que prefiere pensar que miente, pero algo en su interior le empuja, primero, a visitar al maquis que se esconde en la casa abandonada (Ana no pretende usar a la muerte, como Isabel, sino mirarla de frente). Y segundo, tomando la seta alucinógena y enfrentándose directamente a sus miedos. De modo que también podemos decir que hay un profundo poso espiritual y luminoso en esta película, pues en su fondo conviven los miedos a la muerte con la negación de esta como ente real. La muerte como liberadora de un mundo de sombras, o quizá, simplemente, como una mentira de un mundo de ficción. Pero hay más enfrentamientos directos con la muerte, como el crucial en el que Ana mira al tren llegar, de pie sobre la vía, imagen que entronca también, por supuesto, con los inicios del cine.

El gran éxito internacional del cine español en los 70 contó con la presencia de Fernando Fernán Gómez.

No por casualidad dice Víctor Erice, en el documental ‘Huellas de un espíritu’, que a fin de cuentas lo que Ana tiene es una fe extraordinaria. Porque de fe se trata, una fe coloreada de miel, que parece el alimento del alma. Las colmenas como imagen representativa de la vida de la posguerra, pero también del estado en ebullición de personajes perdidos, melancólicos, como el de Fernando Fernán Gómez o Teresa Gimpera, que interpretan a seres que son meras sombras, anonadados por la tristeza de un mundo que se ha derrumbado y para el que ya no encuentran motivos de alegría. Son fantasmas para Ana, que se adentrará en una peligrosa senda del conocimiento sin la ayuda de sus tutores, aunque al final pueda beber el agua de la fuente que tan lejos parecía encontrarse.

Luis Cuadrado, el operador, y Victor Erice, colorean de miel los interiores, mientras despojan de toda luz solar (y por tanto vital) los exteriores. Las composiciones lumínicas parecen inspiradas, directamente, en la obra pictórica de Vermeer, pero no hay nada exageradamente pictórico en ellas, sino que son el punto de partida para espacios en los que parece que el estado anímico de los personajes está a punto de explotar, por lo que son imágenes de gran potencia visual, que flotan por encima del suelo con mayor energía que cualquier intento de poesía barata concebida a base de preciosismos o hiperrealismos.

Exquisitamente fotografiada por Luis Cuadrado, cuyos tonos ámbar se asemejan al aspecto oscuro que Nestor Almendros creó más tarde para ‘Días del cielo’, la obra mestra de Terrence Malick de 1978.

Muchos, sin embargo, no entran en este estilo de poesía en imágenes, sino que proclama su absoluta incomprensión o hartazgo de una antitrama concebida, precisamente, como respuesta a todo cine predigerido o comercial. Los autores de la historia, Erice y Ángel Fdez-Santos, nos hablan de sus recuerdos, de su niñez, y elaboran los fantasmas y los vericuetos de otra niñez, como portadora de los verdaderos enigmas de una vida de imágenes sinuosas.

El filme ganó la Concha de Oro en el Festival Internacional de cine de San Sebastián (de hecho, fue la primera película española en ganarla), y aupó a su director al exclusivo grupo de auténticos autores cinematográficos, que son muy pocos, y cada vez menos. Aunque su carrera quedó parcialmente frustrada por la infame mutilación del rodaje de ‘El sur’, que podría haber sido una obra maestra todavía con más peso que esta.

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La que sin duda ha sido una de las películas más importantes que el cine español ha estrenado en el Festival de Cannes en las últimas décadas se proyectó sin la presencia de su director. Víctor Erice no acudió a la presentación de Cerrar los ojos, su nuevo largometraje en 31 años, ni pudo vivir en directo la ovación que recibió su monumental filme testamentario, broche de una carrera cinematográfica incomparable. La ausencia de Víctor Erice de Cannes 2023 fue objeto de profusa especulación entre la prensa. Sí que fue a arropar la película parte de su elenco protagonista (Manolo Solo, Jose Coronado, Ana Torrent, María León y Helena Miquel), pero que no estuviera Erice resultaba abiertamente extraño, pues lo habitual es que los directores de los títulos programados en la sección Cannes Première también acudan al festival, como ha hecho Takeshi Kitano. ¿Qué había alejado a Erice de Cannes?

Dispuesto a cortar con los rumores y especulaciones sobre su ausencia, el director de El espíritu de la colmena ha publicado una carta abierta en El País donde detalla su versión de los hechos y culpa a la falta de comunicación por parte del Festival de Cannes y su delegado general, Thierry Frémaux, de que finalmente tomara la decisión de no dejarse ver en la sala de cine de la Croisette.

Víctor Erice regresa a la grandeza del cine con 'Cerrar los ojos'.

Contra lo esgrimido desde fuentes del certamen afirmando que Cerrar los ojos no entró en la competición por la Palma de Oro porque la película no estuvo terminada hasta que se cerró la selección de títulos, Erice explica que el 24 de marzo ya envió el corte final de Cerrar los ojos al Comite de Selección del festival, a falta del etalonaje digital y la mezcla de sonido final. "Daba cuenta fidedigna no solo de la existencia de la obra, sino de su entidad cinematográfica", afirma el cineasta, añadiendo que este procedimiento es habitual. De hecho, afirma que por las mismas fechas recibió una invitación desde la Quincena de Cineastas para que su película fuera el filme inaugural de esta prestigiosa muestra no competitiva que se celebra en paralelo al Festival de Cannes. Thank you for watching "De inmediato escribí a Thierry Frémaux para decirle que si Cerrar los ojos no iba a ser seleccionada, me lo comunicara con tiempo suficiente para poder así considerar las otras opciones", escribe Erice. "Pero en ese tiempo de espera, Frémaux nunca dio señales de vida. El comité de la Quinzaine mantuvo su ofrecimiento durante semanas, hasta agotar el tiempo de sus protocolos".

Erice no supo el destino de Cerrar los ojos en la sección Cannes Première (creada en la edición de 2021 del certamen para acoger últimos trabajos de directores importantes a los que no se ha dado acomodo en la competición) hasta la comunicación pública de la programación de la 76ª edición del Festival de Cannes el 13 de abril en rueda de prensa. "El 28 de ese mismo mes comuniqué a Frémaux mi voluntad de no asistir a su presentación", afirma Erice. "Lo que me movió entonces poco tiene que ver con una reacción de protesta o rechazo al no haber sido incluida mi película en la competición", explica. "A la hora de decidir la première mundial de Cerrar los ojos, entre dos interlocutores como Thierry Frémaux y yo (director y coproductor de esa película), que nos conocíamos desde hace ya algún tiempo, lo natural hubiera sido el diálogo y la consulta. Es decir, la consideración del otro". "Es justamente lo que he echado de menos en su relación conmigo", concluye. "Y no para que me concediera un favor o un privilegio, sino para que me diera la oportunidad de valorar y elegir entre las otras alternativas que Cerrar los ojos tenía".

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