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7 de Febrero de 2020

Como muchos, puedes haber llegado a esta magnífica novela después de haber visto la serie de televisión (también magnífica, todo hay que decirlo). Quizás esas imágenes tan poderosas que la serie ha grabado a fuego en nuestras cabezas se verian de forma diferente si se hubiese leido antes el libro.

De la misma manera que resulta imposible imaginarse a la protagonista con otro rostro que no sea el expresivo semblante de la actriz Elizabeth Moss, tampoco es fácil recrear los sórdidos ambientes de la república de Gilead de manera distinta a la que se nos ofrece la versión televisiva. Pero esto no resta un ápice de atractivo a la novela, en absoluto, porque El cuento de la criada es mucho más que un buen argumento para una serie, se trata de una novela dura que te descoloca a cada momento y que te introduce el miedo en el cuerpo con una frialdad y una solvencia sorprendentes. No importa si ya hemos visto la serie, no importa si la ciencia ficción no es nuestro género favorito, no importa si ya estamos hasta el gorro de distopías, la lectura de esta obra es imprescindible. Y lo es por varias razones.

En primer lugar, por la historia que cuenta. Por si alguien no lo sabe todavía (se ha repetido hasta la saciedad), El cuento de la criada es una distopía feminista. La protagonista, Defred, narra en primera persona sus experiencias en la república de Gilead, una suerte de teocracia basada en la interpretación textual del Antiguo Testamento. La vida en Gilead es siniestra. Se trata de una sociedad represiva y puritana en la que cualquier intento de disidencia es castigado con la muerte. Todos los ciudadanos están constantemente vigilados por los Ángeles (las fuerzas de seguridad) y los Ojos (espías), por lo que el terror es constante.

Margaret Atwood.

En Gilead, se despoja a las mujeres de todo derecho, no sólo sobre su cuerpo sino también sobre su vida. Defred es una mujer fértil en un mundo donde cada vez nacen menos niños, por lo que es considerada un objeto de lujo y, por lo tanto, es entregada a una familia pudiente (el Comandante y su esposa) para que, de esta manera, conciba un hijo para ellos. Si se queda embarazada (algo altamente improbable porque la mayoría de comandantes son estériles) deberá entregar su hijo a la pareja y volverse a poner a disposición de otra familia. Y así sucesivamente.

La vida de Defred es monótona y vacía. Su única distracción es salir a comprar víveres junto a su compañera, otra criada llamada Deglen, y, durante el viaje de vuelta, observar los cuerpos colgados del Muro de los ajusticiados del día. Una vez al mes tiene lugar lo que llaman La Ceremonia, es decir, el extraño acto sexual mediante el cual, junto a su Comandante y su esposa, la cruel Serena Joy, intenta concebir el tan ansiado vástago.

Mediante numerosos flashbacks, Defred recrea su vida anterior a Gilead, una vida similar a la de cualquier otra mujer de nuestra época con un trabajo, una familia, una hija… Es precisamente a través de esos recuerdos, con la comparación constante de su vida anterior con la actual, como la autora consigue ponernos los pelos de punta. Porque, de esa manera, comprendemos que ese futuro distópico que se nos muestra no es tan improbable como parece, que, por muy asentados que estemos en una sociedad más o menos justa e igualitaria, siempre hay el peligro de que las cosas cambien y que lo hagan para peor. La misma Margaret Atwood nos lo cuenta en el prólogo de la obra: «Los cambios pueden ser rápidos como el rayo».

Otro de los aspectos destacables de El cuento de la criada es el tono de cruel ironía que la autora utiliza a lo largo de toda la narración. Defred se resiste a ser pisoteada por la máquina represora de la república de Gilead. Aunque de cara al exterior se comporte como la plácida y pasiva esclava sexual que le corresponde por su condición de criada, hay algo irreductible en ella, un odio y una rebeldía que, paradójicamente, es lo que la mantiene viva. Y esa actitud disidente la muestra Margaret Atwood de forma magistral con un sentido del humor desesperanzado y amargo, el sentido del humor característico de las personas que lo han perdido todo.

La actriz Elizabeth Moss.

Se trata, además, de la típica novela que te atrapa desde las primeras páginas. El cuento de la criada, es de aquellos libros que te llevas a todas partes porque, sencillamente, no puedes dejar de leerlo. El ansia por saber es grande, las preguntas son constantes, el interés por la historia no decrece en ningún momento. Y la autora, con un pulso magnífico a la hora de dosificar la información, nos va dejando aquí y allá migajas de información que vamos recogiendo como hambrientos mendigos.

Los personajes: otro acierto. Es fácil empatizar con Defred porque se trata de una mujer totalmente normal. No hay nada excepcional en ella, tan sólo las circunstancias que se ve obligada a vivir la convierten en la heroína que toda distopía necesita. Serena Joy, la Esposa, es la antagonista perfecta, una mujer reprimida y represora que maltrata a su criada de forma sutil y sistemática y que se debate entre la necesidad de cuidarla (es la única esperanza para hacer realidad su sueño de ser madre) y el odio y los celos crecientes que siente por ella. Mucho más ambiguo es el personaje del Comandante, una figura en apariencia ajena a ese mundo de mujeres que rodea a Defred, pero, que a medida que avanza la historia, nos descubre diversos ases en la manga, a cada cual más sorprendente.

Se ha hablado mucho, y no demasiado bien, del final de novela, un final que, evidentemente no revelaremos, pero que es posible que nos deje algo insatisfechos. Se trata de un final abierto, demasiado abierto quizá para este tipo de historia, pero ése no es el problema. El problema es posiblemente, el haber recurrido a la tan manida fórmula del manuscrito encontrado, un recurso que contrasta en cierta manera con la estructura tan limpia y sobria del resto de la novela. En todo caso, no se trata de un mal final. El cuento de la criada es, por lo tanto, una novela imprescindible, no sólo en lo que respecta al género de la ciencia ficción sino también al de la literatura universal. Una obra que, a pesar de tener sus años, sigue plenamente vigente (por desgracia) y de la que se puede aprender mucho.

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¿Hemos sacrificado la conversación por la conexión? Estamos sumidos en la cultura digital y en un estado de constante conexión. Hemos desarrollado afición por las interacciones sociales virtuales dentro de los ámbitos del trabajo, la familia, la amistad, la educación y las relaciones sentimentales, sin advertir el peligro que ello comporta. Casi sin darnos cuenta, hemos abandonado la conversación cara a cara.Sherry Turkle, la principal especialista en la interacción entre las nuevas tecnologías y el ser humano, analiza en este libro las desastrosas consecuencias de la pérdida de la conversación que hemos experimentado en los últimos años, que hace peligrar lo que nos define como seres humanos.

En defensa de la conversación es una cautivadora apología del valor fundamental de las conversaciones cara a cara en todos los ámbitos de nuestra vida y una llamada a recuperar el terreno perdido.

«Turkle no está en contra de la tecnología, sino a favor de la conversación. Su antídoto es muy simple: hay que hablar más los unos con los otros.»

THE GUARDIAN.

«Son los inquietantes aspectos sobre la sociedad y la tecnología móvil a los que Sherry Turkle atiende en un libro inteligente y observador.»

THE NEW YORK BOOK REVIEW.

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Colmillo Blanco es el título de una novela del escritor estadounidense Jack London (1876-1916), así como el nombre de su protagonista. Inicialmente aparecida por entregas en la revista Outing, fue publicada en 1906. La historia transcurre en el Territorio del Yukón, Canadá, durante la Fiebre del oro de Klondike a fines del siglo XIX, narrando el camino hacia la domesticación de un perro lobo salvaje. Colmillo Blanco es una novela complementaria (así como un reflejo temático) de La llamada de lo salvaje, la obra más conocida de London, que trata sobre un perro doméstico secuestrado que debe hacer uso de sus salvajes instintos ancestrales para sobrevivir y prosperar en los bosques de Alaska. La mayor parte de la novela está escrita desde el punto de vista del personaje canino, permitiéndole a London explorar la forma en que los animales ven su mundo y como estos ven a los humanos. Colmillo Blanco examina el violento mundo de los animales salvajes y el igualmente violento mundo de los humanos. La novela además explora temas complejos, como la moral y la redención. Colmillo Blanco ha sido adaptado cinematográficamente varias veces, siendo una de ellas, la película de 1991 protagonizada por Ethan Hawke.

Con dos hombres y su equipo de perros de trineo que están viajando para entregar un ataúd en un remoto poblado llamado Fort McGurry, situado en la zona alta del Territorio del Yukón, Canadá. los hombres, Bill y Henry, son acosados por una gran manada de lobos hambrientos durante varios días. Finalmente, luego que todos los perros han sido devorados por los lobos y Bill en un ataque de locura persigue a la loba que guiaba a los lobos al momento del ataque. Cuatro trineos encuentran a Henry tratando de escapar de los lobos; la manada se dispersa al oír el gran grupo de personas que llega. Luego, la historia se centra en la manada, a la cual le han arrebatado su última presa. Cuando la manada logra cazar y abatir un alce, se acaba la hambruna; la manada se dividirá y ahora la historia se centrará en una loba y su compañero, Tuerto. La loba pare una camada de cinco cachorros cerca del Río Mackenzie, de los cuales cuatro mueren de hambre y solo uno sobrevive. A Tuerto lo mata un lince hembra mientras trataba de saquear su cubil para llevarle comida a la loba y su cachorro; la loba encontrará sus restos cerca del cubil del lince. El cachorro sobreviviente y la loba quedan a su suerte.

Al poco tiempo la loba logra matar a todos los cachorros del lince hembra, provocando que esta los siga y estalle una lucha sin cuartel. La loba finalmente logra matar al lince hembra, pero queda severamente herida y los restos del lince serán devorados durante una semana. El cachorro se encuentra un día con cinco indígenas y la loba va a su rescate. Uno de ellos, Nutria Gris (Castor Gris, en el texto original), reconoce a la loba como Kiche, la perra lobo de su hermano, que escapó durante una hambruna, a la que ata a un poste. El hermano de Nutria Gris está muerto, así que se lleva a Kiche y su cachorro, bautizando a este último como Colmillo Blanco.

Colmillo Blanco llevará una dura vida en el campamento indígena; la manada de cachorros lo ve como un lobo y lo ataca de inmediato. Es salvado por los indígenas, pero los cachorros nunca lo aceptarán y el líder Bocas (Lip-Lip en el texto original) lo acosará continuamente. Colmillo Blanco crece y se convierte en un salvaje, taciturno, solitario y mortal luchador, "el enemigo de su sangre".

Cuando Colmillo Blanco tiene cinco años, es llevado a Fort Yukon para que Nutria Gris pueda comerciar con los buscadores de oro. Allí es comprado -con varias botellas de whiskey- por un organizador de peleas de perros, Smith el Hermoso, que vuelve alcohólico a Nutria Gris. En un momento de inestabilidad, Nutria Gris vende al lobo por varias botellas a El Hermoso Smith y lo hace competir con otros perros mientras el dinero del público corre en las apuestas. Colmillo Blanco derrota a todos sus oponentes, incluso a varios lobos y un lince, hasta que traen a un bulldog, llamado Cherokee, para que pelee con él. El bulldog logra aferrarse con sus colmillos de la piel y pelaje del cuello de Colmillo Blanco, por lo que empieza a asfixiarlo lento pero seguro. Colmillo Blanco casi muere asfixiado, pero es rescatado cuando Weedon Scott, un acaudalado joven buscador de oro, aparece de repente y detiene la pelea, consiguiendo comprárselo a Smith por ciento cincuenta dólares, en vez de su precio real, quinientos dólares, dado el estado casi estrangulado del lobo. Weedon trata de domar a Colmillo Blanco, lográndolo tras un largo y paciente esfuerzo. Cuando Weedon Scott trata de regresar solo a California, Colmillo Blanco lo persigue y decide llevárselo consigo a su casa. En Sierra Vista, Colmillo Blanco debe adaptarse a las leyes de la mansión. Al final del libro Jim Hall, un asesino, trata de matar al Juez Scott, el padre de Weedon, por haberlo sentenciado a prisión sin saber que fue falsamente acusado.

Colmillo Blanco mata a Hall y recibe varios disparos, convocándolo costillas rotas y un pulmón perforado. Casi muere en el ataque, pero sobrevive por su instinto de supervivencia innata. Por su acción, las mujeres de la mansión Scott lo llaman "el lobo bendito" o "Bendito Lobo", y la historia termina con Colmillo Blanco relajándose bajo el sol junto a los cachorros que tuvo con Collie, la perra pastora.

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El doctor Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos: «¿Por qué no se suicida usted? Y muchas veces, de las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta la logoterapia.

En esta obra, Viktor E. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los desalmados campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. ¿Cómo pudo él que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla? El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del doctor Frankl alcanzan un temple sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

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Casi el 40% de los londinenses nacieron en el extranjero: la variedad de la ciudad y sus divisiones se descubren en este trabajo, épico reportaje.

El relato de Ben Judah sobre el Londres contemporáneo está igualmente motivado por el deseo de mostrar a la capital en sus verdaderos (nuevos) colores: como una megaciudad de migrantes globales, algunos de ellos ricos, la mayoría pobres, pocos felices con su suerte. Knightsbridge recibe un capítulo y también lo hace con Berkeley Square, pero son las personas y los lugares más alejados lo que realmente le interesan: los polacos, somalíes, afganos y ghaneses en áreas como Beckton, Ilford, Edmonton, Catford y Harlesden. La mayoría étnica, en otras palabras: el 55% de la población de Londres que no es británica blanca.

"Tengo que ver todo por mí mismo", nos dice al principio, "no confío en las estadísticas". Un capítulo temprano lo encuentra vestido de mendigo y, como Orwell, acostado con 16 romaníes en un paso subterráneo de Hyde Park. Sus compañeros se quejan hasta altas horas de la noche: sobre el frío, la humedad, los árabes ricos "entrando y saliendo de los lugares dorados" que no les dan nada. También se quejan de la policía, por lo que Judah se dirige a Frontline Peckham, como se llama Peck'Nam, para escuchar la historia desde el otro lado. Con su triste discurso sobre la desaparición del inglés y el surgimiento de los guetos, el policía que entrevista puede pasar por un miembro del BNP. Pero él es nigeriano, y la historia de cómo llegó a estar donde está es una lectura convincente.

Es posible que Judá no confíe en las estadísticas, pero las incluye en su narrativa, y al final, en caso de que no confiemos en ellas, proporciona las fuentes, principalmente de encuestas gubernamentales. En 40 años, el porcentaje de británicos blancos en Londres ha caído del 86% al 45%; 600,000 de los que están en Londres están allí ilegalmente; el número de africanos llenaría una ciudad del tamaño de Sheffield; El 57% de los nacimientos son de madres migrantes. Se dispara un arma en promedio cada seis horas; El 96% de las prostitutas de Londres son migrantes, al igual que el 60% de sus cuidadores. Esto es Londres, insiste Judah: multitudinario y multiétnico. O, menos una afirmación de verdad que una expresión de incredulidad. ¿Esto es Londres?

Parte de lo que descubre es una lectura desalentadora: la ferocidad con la que cada grupo étnico se adhiere a su propio enclave; las guerras de drogas y las estafas de protección; la velocidad a la que se está limpiando socialmente el centro de la ciudad y el "viejo inmigrante londinense" empujado al margen. Pero el libro es reportaje, no un tratado moral; Judah quiere decirlo como es, con neutralidad de I-am-a-webcam, no predicar o arengar. Oye que se dicen cosas e, incluso si son paranoicos o semianalfabetos, las establece fielmente.

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La poetisa polaca Wislawa Szymborska (1923-2012) escribió unos 350 poemas. Si le preguntaban por que no escribia mas respondia que tenia una papelera en casa. Cuando recibió el Nobel de Literatura en 1996, sus amigos llamaron a este echo la "tragedia de Estocolmo" ya que la popularidad le resulto molesta.

Dejó un legado único, que nos permite ver las reglas del mundo desde una perspectiva cotidiana.

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16 de Febrero de 2020

El éxito de una novela suele depender de decisiones que el autor toma antes de escribir una sola palabra. Por eso, cuando me pidieron que hiciese una reseña de La señora Osmond, la secuela de la novela de Henry James Retrato de una dama, obra de John Banville (Wexton, Irlanda, 1945), la primera pregunta que hice fue: “¿Está escrita con el estilo de James?”. Informado de que así era, incliné la cabeza con reverencia y compasión. El gran Banville, me temí, había intentado lo imposible.

Al mismo tiempo, me sorprendía que no se le hubiese ocurrido a nadie antes. Publicada en 1881, Retrato de una dama trata de Isabel Archer, una joven estadounidense que, al morir sus padres, viaja a Europa, se “independiza” gracias a una herencia y es asediada por los pretendientes que le piden matrimonio. La tragedia de la novela reside en que Isabel elige al pretendiente equivocado -el taimado diletante Gilbert Osmond-, y la pregunta que flota sobre el último capítulo del libro es si ella lo abandonará o no. En la escena final, uno de los admiradores rechazados, el industrial estadounidense Caspar Goodwood, la sigue a casa de su amiga Henrietta Stackpole en Londres, donde se entera de que Isabel ha vuelto a Roma. Entonces, Henrietta le dice: “Mire, señor Goodwood, ¡solo tiene que esperar!”. La última frase del libro es: “Al oír esto, levantó la cabeza y la miró”. James no explica qué significa esa mirada, y los lectores llevan discutiéndolo desde entonces. Como si quisiese aclarar el misterio, el autor añadió un párrafo a la edición de 1908, en el que ampliaba el final como sigue: “Al oír esto, levantó la cabeza y la miró…, pero solo para adivinar en el rostro de ella, nauseado, que lo único que había querido decirle era que todavía era joven. Ella sonreía radiante al ofrecerle aquel consejo barato, y le hizo envejecer, en el acto, treinta años. No obstante, Henrietta empezó a caminar a su lado como si acabara de transmitirle el secreto de la paciencia”. Este segundo final aclara el destino de Goodwood, pero no el de Isabel, y brinda a Banville su oportunidad.

Es más, en el siglo y medio transcurrido desde que la novela se publicó por primera vez, por entregas en The Atlantic Monthly, la decisión de Isabel ha ganado importancia. ¿Vuelve a Roma con su marido para cumplir con sus deberes de esposa? ¿Quizá para rescatar a su hijastra Pansy? ¿O para liberarse a sí misma del matrimonio, recuperando su independencia y anticipando la emancipación política y social de las mujeres? En este sentido, a pesar de su atmósfera anticuada, La señora Osmond se dirige al momento presente.

A los irlandeses les gusta hacer este tipo de cosas. Con una veneración antes reservada a los asuntos religiosos, ofrecen un acto de devoción a un ídolo literario. La novela de Colm Tóibín The master. Retrato del novelista adulto [que Lumen reeditó en España en 2018], es el punto de comparación más evidente. Pero Tóibín eligió escribir en tercera persona, con su propio estilo, y describir la vida que James llevó al margen de sus libros. Por esa razón, The master es una expansión de James más que una resurrección.

Por otra parte, en Retrato de una dama Henry James alcanzó su máxima vivacidad. Una de las causas por las que la novela sigue siendo tan popular es que es una lectura fantástica. La primera mitad del libro -el cortejo, los rechazos- tiene todas las delicias del clásico argumento matrimonial, mientras que la segunda, repleta de oscuras revelaciones, es psicológicamente compleja y cualquier cosa menos trivial.

En cambio, La señora Osmond parte del conocimiento de que el matrimonio de Isabel ha sido un error. La acción consiste en gran medida en las idas y venidas de la protagonista, en sus encuentros con diversos personajes, y en el relato que les hace de su experiencia matrimonial. Cuando, por fin, llega el clímax de la novela, Isabel se las arregla para zafarse del pasado de una manera relativamente sencilla. Esto tiene el curioso efecto de hacer que nos preguntemos si las dificultades que sufre en la novela original eran realmente tan desesperadas, y si no nos habremos equivocado al depositar en ella nuestra simpatía. Sin embargo, el autor se escabulle de su autoimpuesta camisa de fuerza para hacer algo extraordinario. A lo largo de ocho páginas, penetra en la mente de Gilbert Osmond. Al igual que en El ancho mar de los Sargazos, la precuela de Jean Rhys de la obra de Brontë, este cambio de perspectiva ofrece al lector una visión nueva de la historia original. El autor, que siempre ha brillado cuando ha escrito sobre villanía, tanto en sus obras de ficción literaria como en las novelas creadas bajo el seudónimo de Benjamin Black, recupera aquí ese oscuro talento. El capítulo hierve en amenazas, energía y maldad. Fue una decepción que la aparición de Osmond en escena fuese tan breve.

La habilidad de Banville para transmitir los ritmos del estilo de Henry James es asombrosa, pero «La señora Osmond» es una victoria que contiene el germen de su propia ruina Desde el punto de vista estilístico, La señora Osmond es una victoria que contiene el germen de su propia ruina. La habilidad del autor para transmitir los ritmos del estilo y la prosa de James es asombrosa. No puedo imaginar a nadie capaz de hacerlo mejor. Conoce la época, los lugares y la sociedad de los que habla. Además de ser un prodigio de destreza lingüística, la novela es una proeza suprema de erudición. A medida que mis ojos se abrían paso a través de los párrafos típicamente digresivos, con sus sutilezas y vacilaciones y sus arcaísmos perfectamente afinados, no dejaba de imaginar a Banville sentado a su escritorio componiéndolos con tesón en un esfuerzo de autocorrección que es el polo opuesto de la inclinación innata del novelista, y que, con independencia de la belleza que produce, tiene que haber ido acompañado de algún dolor. Por otra parte, esta ventriloquía le ha permitido devolver la gloria a las metáforas extendidas que, aunque poco apreciadas en nuestros días, siguen siendo bonitas de leer. “Pero tal vez ese fuese el problema: que Ralph había querido milagros de ella. Que tenía el poder de apoyar su valiente ascensión por la pared de roca de sus ambiciones -y de las de él- seguramente le había parecido la justificación, la compensación por haber tenido que quedarse abajo, en las sombras del valle, mientras ella escalaba las radiantes cumbres”.

De vez en cuando leemos sobre personas que han renunciado a la modernidad. Excéntricos que visten trajes victorianos y viven en casas donde todo, desde el papel pintado hasta el jabón de sosa, data de la década de 1880. Probablemente sea divertido visitar a gente así, pero al cabo de unas horas entornando los ojos en un salón en penumbra iluminado con aceite de ballena, podrían entrarte ganas de preguntar si saben que existe una cosa que se llama electricidad. Esa es la dificultad que anida en el proyecto de Banville. Tiene algo de fanático. Y sea como sea, el autor se ha metido en un jardín. El ritmo de la novela no es precisamente ligero, y cuantos más pasajes farragosos añade para reforzar el espíritu y la forma jamesianos, más tediosa se vuelve la novela. Es fácil perdonar a James por mantener un ritmo tan lento como la época en la que vivió. En el caso de Banville, parece deliberado hasta la perversidad. Y, sin embargo, sin esos pasajes la fidelidad al original sería menor. No hay salida. Cuanto “mejor” es la novela, peor.

Cabe preguntarse si un estilo literario es algo más que palabras. Banville transmite las frases de James con notable conformidad. Pero no hay forma de recrear a Henry James, recrearlo totalmente, sin poseer su propio cerebro, de manera que se tengan a cada instante sus pensamientos y sus reflexiones exactas. A lo largo de La señora Osmond he tenido la extraña sensación de reconocer sus frases como jamesianas sin sentir que las había escrito Henry James, como si, por el hecho de imitarlo, Banville hubiese manifestado a todas luces lo inimitable que James es. No hay por qué avergonzarse de ello. Es la consecuencia de lo irrealizable del proyecto. Los amantes de Retrato de una dama son legión. Muchos de ellos estarán ansiosos por leer esta novela, y a muchos les cautivará. Para estos últimos hay un provecho añadido, y es que el final de La señora Osmond es tan enigmático como el de Retrato de una dama. Es la clase de final que, a los muy valientes o a los temerarios, quizá les inspire otra secuela. Sólo es cuestión de paciencia.

© New York Times Book Review

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Ni la mejor novela negra podría superar la realidad. La apasionante biografía de un asesino que se movió entre Francia, la Unión Sovietica, Méjico y Cuba. La historia de un idealista inmerso en un mundo de espionaje, identidades falsas, complots y atentados frustrados con la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra fría como telón de fondo que desembocó en un sanguinario final: el asesinato de Trotsky.

El asesinato de León Trotski a manos de Ramón Mercader en México en 1940 tiene muchos elementos que hacen que su relato siga fascinando por mucho que pasen los años. La enemistad de Trotski con su antiguo compañero de revolución, Josef Stalin, que lo mandó liquidar; cómo el espía Mercader se ganó la confianza del círculo más íntimo de su víctima; cómo acometió a la desesperada el crimen después del fracaso de un plan mucho más elaborado o cómo se fue deteriorando física y mentalmente desde que tomó la decisión de hacerlo... Pero por encima de todo está el piolet, la piqueta de alpinista que usó como arma homicida, una de las más curiosas en la historia de los crímenes políticos. “Es sin duda un objeto icónico, sin el cual seguramente el asesinato de Trotski no sería tan conocido”, opina el escritor Eduard Puigventós, autor del libro Ramón Mercader, el hombre del piolet. “Tiene gran importancia, tanto histórica como política”, porque es “el mejor símbolo del estalinismo”, añade Esteban Volkov, nieto de Trotski.

Ramón Mercader, tras su detención en México en 1940.

El Museo Internacional del Espionaje de Washington asegura que tiene la pequeña hacha en su poder y la expone desde 2018, junto con otras 7.000 reliquias de los servicios secretos del siglo pasado; prometen todo tipo de artilugios de escape y evasión, códigos y cifrados, incluida una máquina Enigma de la Segunda Guerra Mundial y hasta un submarino espía. Buena parte de los objetos los ha donado un incansable coleccionista llamado H. Keith Melton. Incluido el piolet. Una portavoz del museo no revela cómo, cuándo ni por cuánto lo consiguió, solo que se lo compró a Ana Alicia Salas, una mujer mexicana que, asegura, lo había tenido escondido bajo la cama durante 40 años.

En abril de 2005, la propia Salas explicó en un conocido programa de radio que su padre, Alfredo, agente del servicio secreto durante 36 años, vivió de cerca, en 1940, el asesinato que tuvo lugar en la casa de Coyoacán, el barrio de Ciudad de México donde vivía exiliado el que fuera uno de los principales forjadores de la Revolución Rusa. Años después, Salas, junto a otros colegas, fundó el Museo de Criminología y tomaron el piolet de entre los legajos de evidencias judiciales para exponerlo. Pero, como lo intentaron robar en alguna ocasión, Alfredo Salas decidió quedárselo en su casa y sustituirlo por una réplica, siempre según el relato de su hija. Aquí difiere ligeramente la versión que ofrece el Museo del Espionaje, que asegura que Salas lo recibió como regalo de sus compañeros al jubilarse.

El Museo del Espionaje de Washington asegura que este es el piolet con el que Mercader mató a Trotski.

En todo caso, coinciden en lo esencial: que se trata sin lugar a dudas de la piqueta en cuestión —con el mango cortado para que Mercader pudiera esconderlo bajo la gabardina— y que conserva incluso restos de la sangre del revolucionario. Sin embargo, nunca se llegó a hacer la prueba de ADN que ofreció en su día Volkov, el nieto del revolucionario, para comprobarlo, ya que a cambio pedía la donación del hacha a la Casa Museo de Trotski, y Salas no tenía intención de regalarlo; estaba “buscando algún beneficio económico”, le explicó al diario británico The Guardian hace 12 años.

Entonces, ¿cómo está el museo de Washington tan seguro de su autenticidad? “El señor Melton pudo autentificar el piolet a través del sello del fabricante austriaco Werkgen Fulpmes, un detalle que nunca se hizo público”, asegura la misma portavoz, e insiste en que las dimensiones coinciden con las registradas en el informe policial y que la marca de sangre es “idéntica” a la de la fotografía de la conferencia de prensa que se ofreció en 1940.

“No tengo elementos ni para negar ni para afirmar la autenticidad del objeto, pero por su procedencia es muy posible que sea auténtico”, dice por correo electrónico Volkov, que cuando era un niño llegó a ver a su abuelo sangrando al volver de la escuela el 20 de agosto de 1940. Sí defiende sin asomo de duda esa enorme importancia política e histórica del piolet como símbolo del estalinismo: “Un objeto que normalmente sirve para salvar la vida de intrépidos alpinistas en las cumbres montañosas en sus resbalosas superficies de hielo y nieve, al borde de precipicios y grietas insondables, ya con el mango recortado, fue usado para matar, para asesinar, para destruir el cerebro y la vida de uno de los más renombrados y brillantes revolucionarios del siglo XX”.

Se trata de un objeto extraño, tan descontextualizado que causó incluso una gran controversia judicial tras el asesinato —el piolet no estaba contemplado como arma en el código penal mexicano, lo que podía acabar afectando a la condena— y que conduce a preguntarse por qué fue el arma elegida por Mercader. Teniendo en cuenta, además, que en el momento del crimen llevaba también un cuchillo de grandes dimensiones y una pistola.

Para entenderlo hay que imaginar a Ramón Mercader, un espía de la Unión Soviética de origen español e identidad falsa —sostenía que era el hijo de un diplomático belga— instalado en México. Un joven de 27 años, refinado y de trato exquisito, que había conseguido acercarse a Trotski gracias a las relaciones familiares de su novia, Sylvia Ageloff, a la que había conquistado interesadamente mucho tiempo atrás y muy lejos de allí, en París.

Su grupo lo formaban él mismo, su madre, Caridad Mercader —a quien se le llegó a conocer como la Pasionaria catalana— y el amante de esta, Leónidas Eitingon, y jefe de la unidad. En principio, ellos no eran los encargados del asesinato ordenado por Stalin, líder supremo de la Unión Soviética, que temía que su viejo compañero en la dirección del Partido Comunista, fundador del Ejército Rojo, ahora disidente en el exilio, le pudiera hacer sombra.

Sin embargo, en junio de 1940, tras el intento de otro grupo liderado por el pintor David Alfaro Siqueiros —entraron a tiros en la casa de Trotski, pero, inexpertos, mal organizados y bastante borrachos, fracasaron estrepitosamente—, Mercader decidió acabar él mismo el trabajo. A pesar de que estaba convencido de su misión, el peso de la encomienda era tal que sufrió un rapidísimo deterioro físico (se quedó extremadamente delgado, con un aspecto enfermizo) y mental (estaba nervioso, fumaba sin parar, divagaba), explica el historiador Puigventós.

En ese contexto tuvo que resolver qué arma iba a utilizar. Y eligió varias, por si acaso: una pistola automática Star del calibre 45, un cuchillo de casi 35 centímetros y la famosa piqueta. Aunque él ya se había decidido por esta última: “Pensaba emplear mi piolet que traje de Francia, porque sé manejarlo muy bien y me había dado cuenta en mis ascensiones a las montañas nevadas, donde con un par de golpes lograba arrancar grandes bloques de hielo”, confesó a la policía después del asesinato, según las declaraciones recogidas por Juan Alberto Cedillo en el libro Eitingon, las operaciones secretas de Stalin en México.

Puigventós advierte de que no hay que creerse todo lo que dijo Mercader durante años en los que se contradijo y cambió su versión en varias ocasiones —llegó a asegurar que actuó en defensa propia y que llevaba la piqueta encima porque la acababa de recoger del carpintero—. Pero en este caso el especialista sí opina que el piolet era suyo y que era su primera opción. “Creo que lo usó porque pretendía escapar después de cometer el crimen; su madre y Eitingon le estaban esperando en la puerta con el coche en marcha. La pistola iba a hacer mucho ruido y el uso del cuchillo requería mucha destreza, así que debió pensar que con el piolet podría acabar de un solo golpe con Trotski”, explica el escritor.

La casa del revolucionario se había convertido en un fortín absolutamente protegido, sobre todo tras el primer intento de asesinato. Así que la idea de la pequeña célula espía familiar era copiar un crimen cometido un año antes en Teherán por la División de Servicios Especiales soviética. Entonces, un marino fortachón mató al embajador de la URSS en Persia con una barra metálica que llevaba escondida en la ropa, golpeándole por la espalda mientras la víctima revisaba unos papales que le acababa de entregar. Después, salió tranquilamente del despacho y desapareció antes de que nadie se percatara del crimen, según relata Cedillo en su libro sobre Eitingon.

No era la primera vez que León Trotski llegaba a un lugar que le era extraño para empezar una nueva vida en el exilio, pero sí sería la última. Aunque en esta ocasión era diferente a cuando en 1899, con 20 años, fue enviado a Siberia tras haber pasado unos años en prisión acusado de agitador social en la Rusia zarista.

La imagen sobre estas líneas muestra al revolucionario ruso en 1937 junto a su compañera Natalie Sedov a su llegada a México huyendo de la persecución a la que estaba siendo sometido por Stalin. Tras el triunfo de la Revolución rusa en 1917 y la muerte de Lenin en 1924, fue acusado de traidor y tuvo que huir del país. Su vida terminaría precisamente en México en 1940 tras haber sido atacado por un agente español del NKVD enviado desde Moscú, Ramón Mercader.

Trotski falleció en el hospital al día siguiente del ataque.

Pero a Mercader las cosas no le salieron como esperaba. Cuando finalmente, el 20 de agosto de 1940, llegó a la casa de la calle de Viena, en el barrio de Coyoacán, y pidió ver “al viejo” con la excusa de enseñarle un artículo político que estaba escribiendo, Trotski, un hombre de 60 años curtido en mil batallas y todavía fornido, no solo lanzó un grito estremecedor que alertó a todo el mundo al recibir la embestida del piolet en la cabeza, sino que se las arregló para hacer frente a su agresor, que enseguida fue apresado por los guardaespaldas. El revolucionario, sin embargo, murió al día siguiente en el hospital y su leyenda quedó agigantada para siempre. Mercader, juzgado y condenado, estuvo dos décadas en la cárcel y pasó sus últimos años acogido por el régimen cubano; murió en La Habana, en 1978. Y aquel piolet, o uno muy parecido, podrá verse el año que viene en el Museo del Espionaje de Washington.

Un personaje central en la historia del asesinato de Trotski es, sin lugar a dudas, la madre de Ramón Mercader, Caridad. Nacida en Cuba, en 1892, hija de uno de los últimos gobernadores españoles de Santiago y separada del padre de Ramón, un industrial de la burguesía catalana, Caridad del Río ha sido definida por diferentes fuentes como una militante fanática de la causa estalinista. El escritor Gregorio Luri publicó el año pasado una biografía sobre ella (El cielo prometido, una mujer al servicios de Stalin) en la que la describe como una líder que se destacó entre las tropas durante la Guerra Civil —se la llegó a conocer como la Pasionaria catalana o la pequeña Pasionaria— y se convirtió en agente secreto de la URSS ya en Francia. Allí reclutó a su hijo Ramón. Y allí, en París, comenzaron un duro y largo trabajo para infiltrarse en los círculos trostkistas que les acabaría llevando a México, formando el grupo con el amante de Caridad, Leónidas Eitingon —cuya experiencia se remontaba a la Checa, la primera policía secreta creada por Lenin— que llegaría culminar, casi por casualidad, el encargo de Stalin de matar al exiliado fundador del Ejército Rojo.

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Una novela de la autora estadounidense Louisa May Alcott , publicada por primera vez en 1886. La novela es el libro final de la serie no oficial de Mujercitas. En él, los hijos de Jo, ahora adultos, están atrapados en problemas del mundo real.

El libro sigue principalmente la vida de los niños de Plumfield que fueron presentados en Little Men. Particularmente Tommy, Emil, Demi, Nat, Dan y los hijos del profesor Bhaer, Jo Rob y Teddy, aunque los otros también hacen apariciones frecuentes. El libro tiene lugar diez años después de Little Men. Dolly y George son estudiantes universitarios que lidian con las tentaciones de esnobismo, arrogancia, autocomplacencia y vanidad. Tommy se convierte en estudiante de medicina para impresionar a la novia de la infancia Nan, pero después de enamorarse "accidentalmente" y proponerle matrimonio a Dora, se une a su negocio familiar.

¿Estirando demasiado la madeja?

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Los mares del Sur es una novela de Manuel Vázquez Montalbán publicada en 1979. Se supone que es la novela más famosa del detective Pepe Carvalho. Fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico español «El Mundo».

En 1979 la novela fue galardonada con el Premio Planeta. Trata sobre un hombre llamado Carlos Stuart Pedrell, un influyente hombre de negocios al que se suponía de viaje por los mares del Sur desde hacía ya un año entero, aparece asesinado a navajazos en un solar abandonado de un barrio periférico. Su amigo y abogado, el señor Viladecans, contrata a Pepe Carvalho para averiguar qué hizo la víctima durante el año entero que nunca llegó a pasar en la Polinesia; pero el asesino es lo de menos, se trata de saber en qué negocios anduvo metido. Carvalho, a medida que va avanzando en el caso, descubre una personalidad fascinada por Gauguin, obsesionada por seguir sus pasos e inmersa en un formidable enredo repleto de contradicciones.

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Este nuevo libro de la colección “El pequeño libro de...” recoge 500 palabras acompañadas por su correspondiente definición y una cita literaria. Todo el mundo sabe que el giste es la espuma de la cerveza, que la costumbre de comerse las uñas recibe el nombre de onicofagia y que suputar es sinónimo de calcular. Pero ¿cómo se llaman las cagarrutas de las ovejas, la distancia del pulgar al índice o la raya del pelo?

Las respuestas a estas preguntas y a otras muchas más se encuentran en este libro.

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En julio de 2019 se cumplen 50 años de la misión del Apolo 11, cuyo objetivo fue lograr que un ser humano caminara sobre la superficie de la Luna. En esta obra, Eduardo García Llama –ingeniero que trabaja en la NASA, en Houston– nos cuenta esta odisea que va desde el lanzamiento de la nave hasta su vuelta a la Tierra. Y lo hace en forma de novela en la que hablan sus protagonistas (siguiendo las transcripciones oficiales del vuelo) y en la que diversos pasajes dan pie a la narración de episodios históricos relevantes en conexión con la misión y con la biografía de los astronautas, de anécdotas y experiencias durante el vuelo, y de los detalles más destacables que caracterizaron esta misión, desde el punto de vista tanto técnico como humano.

"El mundo de los pilotos de pruebas de los 60 era muy diferente al de los pilotos de pruebas de hoy en día. Antes volaban muchos aviones y muy distintos, y el riesgo se asumía de otra manera. Era habitual que murieran algunos durante las pruebas. Hoy no es públicamente aceptable que haya tanto riesgo", relata Eduardo García Llama (Valencia, 1971), un veterano ingeniero del Centro Espacial Johnson de la NASA que ha querido profundizar en las razones que llevaron a los tripulantes del Apolo 11 a jugarse la vida para conquistar el espacio.

En su libro 'Apolo 11' (Editorial Crítica), reconstruye la misión "centrándose en los aspectos humanos, en el mundo del que procedían, la clase de personas que eran, sus personalidades y cómo era la relación entre ellos", explica delante del cohete original Saturno V, uno de los que no llegó a volar al cancelarse las misiones Apolo 18, 19 y 20, y que se exhibe en Houston.

Eduardo García Llama, ingeniero de la NASA, en las instalaciones de Houston.

"Para Armstrong, por ejemplo, que era una persona con una mentalidad muy técnica, lo mas importante no era salir de la nave y dar el primer paso sobre la superficie, sino alunizar. Pensaba que si algo pasaría a la Historia sería esa gesta", repasa.

La multitudinaria rueda de prensa que ofrecieron el 5 de julio de 1969 en Houston, dice García, reflejó bien lo distinto que era su mundo, con el contraste entre las preguntas que les hacían los periodistas y sus lacónicas respuestas: "No necesitaban viajar a otro cuerpo celeste para encontrarse con seres de otro planeta", escribe en el libro.

Por lo que respecta a la relación que se fraguó entre los astronautas, considera que "no se llevaban mal pero eran distantes entre ellos y había una cierta incompatibilidad de caracteres que no les afectó para hacer bien su trabajo, aunque sí evitó que tuvieran una relación más estrecha. Guenter Wendt, que era el jefe del equipo de cierre y trabajó estrechamente con ellos, llegó a decir que la del Apolo 11 fue la primera tripulación que no fue una tripulación. De hecho, en el viaje de regreso, se oye hablar mucho a Michael Collins con el Centro de Control de Houston en vez de con sus compañeros", señala.

Los integrantes de la misión Apolo 11 en la torre de lanzamiento.

Collins, responsable del módulo de mando, "era el más dicharachero de los tres, alguien con quien puedes tener una conversación distendida, pero en su día los medios no se centraron en él porque no alunizó". Por lo que respecta a Buzz Aldrin, "siempre tuvo un gran deseo de ser reconocido, fue un personaje muy complejo que se recuperó de una gran depresión y de sus problemas con el alcohol". A Armstrong, por su parte, le describe como "un intelectual y una persona humilde que se veía como parte de un equipo, no como el protagonista".

El ingeniero español tuvo la oportunidad de conocer a Armstrong y a otros veteranos astronautas... en el baño: "Se celebraba un homenaje al astronauta Gordon Cooper. Después del evento fui al servicio. Cuando salí estaba rodeado de un montón de gente que había estado en la Luna: Armstrong, Aldrin, Eugene Cernan, Alan Bean, John Young ...", recuerda riendo.

Aunque la razón para ir a la Luna fue política y se debió a la rivalidad entre las dos grandes potencias, García considera "que en cualquier aventura humana hay un grupo de personas que se enfrenta a lo desconocido". Por ello, para él lo verdaderamente importante del Apolo 11 fue que "por primera vez desde que las primeras formas de vida surgieron y evolucionaron en la Tierra a lo largo de miles de millones de años, una especie pasó unas horas en un mundo diferente, algo que no tiene parangón con ningún suceso de la Historia", reflexiona.

Buzz Aldrin fotografiado por Neil Armstrong en la superficie lunar.

García, que tras trabajar en la Agencia Espacial Europea se unió a la NASA en 2000 ?ahora está involucrado en las pruebas de la nave Orion?, se muestra optimista con que se podrá alunizar en 2024, aunque "todo depende de los recursos que se pongan". "Cumplir con un calendario tan exigente requerirá más recursos", aunque admite que "un gasto como el que se hizo en los 60 no estaría justificado hoy en día". No obstante, subraya que "pese a que regresar a la Luna no va a ser barato, gastar en el espacio es una inversión que se traduce en nuevas tecnologías y promueve trabajos de calidad".

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19 de Febrero de 2020

 

Una de las grandes revelaciones de la ciencia y la salud de nuestro tiempo es el peligro que representa el consumo de carne. Parece que todos los días se nos advierte sobre el daño que la producción y el consumo de carne puede causar al medioambiente y a nuestro cuerpo. Muchos hemos intentado limitar la cantidad de carne que consumimos o hemos intentado dejar de consumirla por completo pero no es fácil resistirse a las delicias ahumadas, curadas, asadas y fritas que nos tientan por doquier. ¿Qué nos hace anhelar las proteínas animales y por qué es tan difícil dejar la carne? Y si su consumo es tan insalubre para los seres humanos, ¿por qué la evolución no nos ha hecho vegetarianos a todos? En Enganchados a la carne, la escritora y divulgadora científica Marta Zaraska aborda lo que llama el «rompecabezas de la carne»: nuestro amor por ella, a pesar de sus efectos nocivos. Zaraska nos lleva por un ingenioso recorrido por las culturas de la carne en todo el mundo, deteniéndose en los inusuales asadores de la India, los sacrificios de animales en los templos de Benín y los laboratorios en los Países Bajos que cultivan carne a partir de células madre. Desde el poder de la evolución hasta la influencia de los grupos de presión de la carne, y desde nuestra composición genética hasta las tradiciones de nuestros antepasados, nos revela la interacción de fuerzas que nos mantiene enganchados a las proteínas animales.

Un libro para todos: desde el carnívoro incondicional hasta el vegano más comprometido, Enganchados a la carne ilustra una de las características más imperecederas de la civilización humana y, en última instancia, arroja luz sobre por qué el consumo de carne seguirá dando forma a nuestro cuerpo —y a nuestro mundo— en un futuro próximo.

Los beneficios obtenidos por la venta de este libro son destinados a Igualdad Animal.

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Su historia de amor comenzó intensa y apasionadamente. La princesa Adeline y Josh Jameson sabían que cualquier futuro juntos era imposible: su estatus de princesa y la posición de él como un galán de Hollywood lo impedían. Pero las cotas de placer a las que podían llevarse mutuamente fueron totalmente inesperadas. Y poco a poco los límites se hicieron más y más borrosos: lo físico se volvió emocional, y sus corazones se entrelazaron. Pero un giro cruel de los acontecimientos vendrá a amenazar su historia y Adeline se verá más atada que nunca al protocolo que exige su título. El ejército de asesores reales que esconden los secretos y escándalos de la monarquía hará todo lo posible para mantener a raya a los medios... y a Josh lejos de Adeline.

Sin embargo, Josh se niega a perder a la mujer que lo ha consumido por completo y ha sido capaz de distorsionar sus límites. ¿Triunfará el poder de la monarquía británica? ¿O cambiará su intenso amor el curso de la historia?

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Nueva York, 1936. La pequeña casa de comidas El Capitán arranca su andadura en la callecatorce, uno de los enclaves de la colonia española que por entonces reside en la ciudad. La muerte accidental de su dueño, Emilio Arenas, obliga a sus hijas veinteañeras a asumir las riendas del negocio mientras en los tribunales se resuelve el cobro de una prometedora indemnización. Abatidas y acosadas por la urgente necesidad de sobrevivir, las temperamentales Victoria, Mona y Luz Arenas se abrirán paso entre rascacielos, compatriotas, adversidades y amores, decididas a convertir un sueño en realidad.

Con una lectura tan ágil y envolvente como conmovedora, Las hijas del Capitán despliega la historia de tres jóvenes españolas que cruzaron a la fuerza un océano, se asentaron en una urbe deslumbrante y lucharon con arrojo para encontrar su camino: un tributo a las mujeres que resisten cuando los vientos soplan en contra, y un homenaje a todos aquellos valientes que vivieron la aventura a menudo épica y casi siempre incierta de la emigración

Hace diez años una desconocida profesora de lengua de la Universidad de Murcia vendió más de tres millones de ejemplares de 'El tiempo entre costuras'. Hoy tenemos su cuarto libro.

María Dueñas en Nueva York.

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A principios de los años treinta del pasado siglo, Stefan Zweig, que ya gozaba de fama mundial, se embarcó con destino a Brasil y Argentina en busca, como él mismo dijo, de los paisajes más bellos de la tierra y del encuentro con un grupo de camaradas intelectuales con los que debatir e imaginar. Lo placentero de la travesía, la comodidad del trasatlántico, la benevolencia del clima y la calma de un mar casi sin olas convirtieron su viaje en un gozo indescriptible que sin embargo le generó un sentimiento de vergüenza. Comparaba aquellos días de felicidad con los esforzados trabajos, las penalidades y sufrimientos de los argonautas del siglo XVI que en una especie de segunda Odisea circunvalaron la Tierra. Fruto de esas reflexiones, de regreso al hogar decidió documentarse ampliamente sobre los hechos y así dio a luz el que probablemente sea el relato más hermoso y memorable de cuantos se han escrito sobre la hazaña de Fernando Magallanes y su intento de dar por vez primera la vuelta al mundo, concluido finalmente por Juan Sebastián Elcano.

El año pasado se cumplian 500 años desde que los cinco paquebotes fletados por la corona de España y encomendados a un portugués visionario, cuyo rey no supo prestarle el apoyo que encontró en la corte castellana, abandonaron la rada de Sevilla para emprender una travesía que habría de durar más de tres años y serviría para definir los límites reales de nuestro planeta. Las autoridades de los dos países ibéricos anuncian ahora grandes fastos que han de jalonar el recuerdo de aquella efeméride. Al margen la asistencia a exposiciones, la concurrencia a los debates, el visionado de películas y la participación en los conciertos musicales que se avecinan, el mejor homenaje que puede hacerse a la figura de Magallanes es la lectura de esta obra de Zweig, escrita con la maestría de un gran novelista y la precisión de un historiador.

La narración se inscribe en la mejor de las tradiciones de los libros de aventuras y merece figurar en los anaqueles junto a los de Verne o Stevenson, por lo que cualquier lector tiene garantizadas dos o tres horas de indudable entretenimiento. No se trata de un texto erudito, sino emocional, pero es también una contribución notable a la comprensión de la geopolítica de la época y la rivalidad entre las dos potencias entonces imperiales; clarifica también el estúpido debate sobre qué país, si Portugal o España, debe reivindicar la nacionalidad de la gesta.

El Gobierno portugués, por su parte, decidió ignorar prácticamente la figura de Elcano en los actos oficiales de la conmemoración, y se multiplicaron las críticas a las autoridades españolas por no afirmar la identidad hispana frente al supuesto desprecio del país vecino.

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Hace unos 4.000 millones de años apareció la vida en la Tierra. ¿Cuál es la historia de su evolución? ¿Era inevitable la vida? ¿Y la raza humana? ¿Habría habido algún otro ser inteligente, si no hubiera habido humanos? ¿Qué patrones usa el mecanismo evolutivo? ¿La evolución avanza como una flecha, hacia adelante? A partir de preguntas como estas, y realizando un sólido repaso a las respuestas científicas que se les han dado a lo largo de los años, el autor traza una auténtica historia de la vida que culmina con la pregunta del sentido de la humanidad: ¿Por qué estamos aquí? El gran libro de Juan Luis Arsuaga después de La especie elegida. El más ambicioso de los libros de teoría evolutiva del más prestigioso científico experto en la materia de nuestro país.

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Entre el aroma del mar y de los pinos gallegos, en una torre residencial junto a la playa, un joven saxofonista de ojos claros, Luis Reigosa, ha aparecido asesinado con una crueldad que apunta a un crimen pasional. Sin embargo, el músico muerto no mantiene una relación estable y la casa, limpia de huellas, no muestra más que partituras ordenadas en los estantes y saxofones colgados en las paredes. Leo Caldas, un solitario y melancólico inspector de policía que compagina su trabajo en comisaría con un consultorio radiofónico, se hará cargo de una investigación que le llevará de la bruma del anochecer al humo de las tabernas y los clubes de jazz. A su lado está el ayudante Rafael Estévez, un aragonés demasiado impetuoso para una Galicia irónica y ambigua, e incluso demasiado impetuoso para el propio Leo, que busca entre sorbos de vino los fantasmas ocultos en los demás mientras intenta sobrevivir a los suyos. Gracias a la labor de este singular tándem Caldas-Estévez la verdad termina por aflorar, llevándonos a desentrañar el secreto que esconden los Ojos de agua.

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