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La vorágine
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5-Diciembre-2024

La selva ha sido siempre un espacio literario cargado de contrastes: un lugar que despierta asombro, fascina y, al mismo tiempo, devora. Hace un siglo, el 25 de noviembre de 1924, José Eustasio Rivera publicaba en Colombia La vorágine, una obra que no solo desentrañó los misterios de la selva, sino que retrató su carácter implacable y transformador. Esta novela, que sigue vigente en los círculos literarios y académicos, marcó un antes y un después en la narrativa latinoamericana. Rivera no solo describió los paisajes exuberantes, sino que los convirtió en personajes vivos, con la capacidad de moldear y destruir a quienes se adentran en ellos. José Eustasio Rivera tuvo su primer acercamiento a la idea de La vorágine en un contexto inesperado. Según investigadores como Fernando Curiel, el autor se inspiró durante un viaje a Sogamoso, motivado por un negocio ganadero frustrado. Este episodio se transformó en la semilla para narrar las aventuras de Arturo Cova, un seductor y fugitivo que, acompañado de su amante, se adentra en la selva buscando libertad, pero encuentra caos. La selva de La vorágine no es solo un escenario; es un juez y verdugo. Rivera capturó su esencia dual: un refugio y, al mismo tiempo, una trampa mortal que determina el destino de quienes la desafían.

Casi tres décadas después, en 1954, el mexicano Rafael Bernal retomó esta fascinación por la selva en Caribal: El infierno verde. Aunque su obra nació como un folletín publicado semanalmente en La Prensa, capturó la esencia brutal y seductora de la selva chiclera de Quintana Roo. Bernal, al igual que Rivera, describió un territorio donde la naturaleza no solo es omnipresente, sino también una fuerza que moldea y despoja a los humanos de sus certezas. “Lluvia y lodo. Así es la selva celosa de sus tesoros, la selva asesina y fascinante”, escribió Bernal, creando una atmósfera que sigue resonando en los lectores contemporáneos.

La obra de Rivera y Bernal sigue vigente porque va más allá de su tiempo. Más que descripciones paisajísticas, ambas novelas son exploraciones filosóficas y psicológicas sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. ¿Qué nos dice la selva sobre nuestra naturaleza? ¿Es posible dominarla o siempre será ella quien nos controle? En el centenario de La vorágine, vale la pena revisitar estas preguntas y reflexionar sobre cómo la literatura continúa siendo un espejo de nuestras luchas internas y externas.

Fue publicada en 1924 y está considerada un clásico de la literatura colombiana y latinoamericana. La novela, con algunas influencias del romanticismo y el modernismo, forma parte de las obras del realismo social latinoamericano. Con abundantes regionalismos en el lenguaje, el relato cambia de narradores, que se sucede e intercala. La historia desarrolla la relación de una pareja de amantes, el poeta Arturo Cova y Alicia, que se fugan a la selva amazónica. A través de ellos, Rivera expone la situación de colonos e indígenas, maltratados y sometidos a un trato deshumano por sus patrones durante la fiebre del caucho, a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

La selva chiclera de Quintana Roo es el corazón de la producción de Chicza, un chicle 100% natural, orgánico y biodegradable, extraído de manera sostenible del árbol de chicozapote, un legado de la tradición maya. Esta actividad, que une historia, cultura y ecología, involucra a cooperativas de chicleros mayas que transforman la resina en un producto de alta demanda internacional, ayudando a preservar la selva maya a la vez que generan prosperidad en las comunidades locales.

Alicia, una muchacha de familia adinerada, por mandato paterno tiene que casarse con un terrateniente muy rico y viejo. En la ciudad se enamora de Arturo Cova, un poeta pobre y mujeriego. El novio de Alicia, con sus influencias, logra que Cova sea condenado a ir preso. El poeta y Alicia deciden fugarse y se marchan de Bogotá con rumbo a Casanare. Ayudados por don Rafo, llegan al hato La Maporita, donde hacen amistad con Fidel Franco y su mujer, Griselda. Un bandolero llamado Barrera, que se dedica a engañar a los trabajadores secuestra a Alicia y Griselda. Cova y Franco salen en su persecución. Para ellos, comienza una especie de viaje infernal a través de la selva amazónica, especialmente, al llegar a las caucheras. Conocen a Clemente Silva que, unido a un grupo de fugitivos, continúan la persecución. Finalmente, alcanzan a Barrera y lo matan. Alicia está embarazada de Cova y nace un hijo sietemesino con el que ella y Cova se internan en la selva. En el epílogo, un fragmento de una carta que el cónsul de Manaos envía al ministro de Colombia dice: "Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la selva!".

La Vorágine ha provocado múltiples interpretaciones críticas, lo que muestra la importancia de la novela en la literatura latinoamericana. Algunas hacen pie en el aspecto autobiográfico del personaje de Arturo Cova, remarcando el carácter de denuncia social; otras, proponen una interpretación mítico-simbólica. En este último caso, la novela sigue la estructura narrativa de las historias mitológicas greco-latinas de Orfeo, Eneas (en la Eneida, de Virgilio) o la de Ulises (en la Odisea, de Homero), en las que el héroe emprende un viaje a través de un mundo laberíntico e infernal. En La vorágine el poeta recorre al "infierno verde" en busca de su amada. La estructura narrativa está formada por un prólogo, tres partes y un epílogo. Hay varios narradores: el principal es el personaje de Arturo Cova; luego, Rivera, Heli Mesa, Clemente Silva y Ramiro Estévanez. Todos ellos relatan hechos diferentes y se incorporan al manuscrito que escribe Cova. Los narradores, Mesa, Silva y Estévanez, cuentan sucesos de la selva conocidos por ellos, pero desconocidos por Cova. Sus narraciones provocan una fragmentación en el relato, quebrando la linealidad temporal. La vorágine es el punto más alto de los relatos de la selva latinoamericana. La novela tiene los antecedentes de Cumandá (1879), escrita por el ecuatoriano Juan León Mera y, sobre todo, El infierno verde (1908) de brasileño Alberto Rangel. A su vez, tendrá influencia sobre otras novelas de la selva, como Canaima de Rómulo Gallegos o Calunga del brasileño Jorge de Lima. De ella dice Cedomil Goic en su Historia de la novela hispanoamericana que:

"es una de las más notables -si no la más notable- de las novelas modernas hispanoamericanas y, desde luego, la más brillante y original de las novelas del período" que explora "las posibilidades de la novela naturalista" sin llegar a "la torsión grotesca y satírica".

Y de ella añade Alejandro González Segura en la introducción a su edición de La Vorágine:

"La Vorágine, novela con que se inicia el llamado ciclo de la violencia en la narrativa colombiana, se presenta, sin duda, como una de las más importantes de su país... hasta la llegada, varias décadas más tarde, del fenómeno narrativo que supuso la prolija obra de Gabriel García Márquez."

Las selvas de Putumayo, en el sur de Colombia, son un ecosistema mágico y biodiverso donde la Amazonía se encuentra con los Andes, famoso por su riqueza natural (aves, flora) y cultural, hogar de comunidades indígenas como los Inga que defienden su territorio ancestral frente a presiones como la minería y el narcotráfico, ofreciendo turismo de naturaleza responsable y experiencias ancestrales en lugares como la Cascada del Fin del Mundo y el Cañón del Mandiyaco, a pesar de los desafíos históricos de conflicto y deforestación.

La vorágine retrata el clima intelectual y político de Colombia en los años veinte del siglo pasado. Su denuncia de los problemas de las fronteras y la explotación de los trabajadores de la selva, responde a las inquietudes de la generación del Centenario, a la que perteneció José Eustasio Rivera. Aunque ya existían publicaciones denunciando las atrocidades de los caucheros blancos en las selvas de Putumayo y muchas de ellas fueron fuente directa de información para Rivera, La vorágine es la primera novela de denuncia social en la literatura colombiana. La intención fundamental de la obra es denunciar las condiciones de explotación y miseria a la que eran sometidos los caucheros en los siringales (plantaciones de siringas), sin recurrir a moralismos ni juicios de valor. La descripción de los escenarios y culturas se basan en el conocimiento que adquirió el autor al participar en la Comisión Demarcadora de Límites de Colombia con Brasil, Venezuela y Perú. Es difícil establecer la cuota de veracidad en la historia de La vorágine, sin embargo, se han identificado varias personas que incidieron en la creación de los personajes. El principal es Luis Franco Zapata un manizalita que conoció a José Eustasio Rivera en Orocué, en 1918, en donde se estableció tras huir de Bogotá con la joven Alicia Hernández. Algunos personajes históricos mencionados en el relato o que participan en el mismo son el coronel Tomás Funes y el empresario Julio César Arana del Águila. Adicionalmente, se han encontrado referencias históricas al comerciante de caucho Julio Barrera Malo, el cauchero Clemente Silva entre otros. La redacción de la novela se llevó a cabo en Orocué, donde hay placas conmemorativas señalando el lugar donde fue escrita.

Es una de las novelas más estudiadas de la literatura colombiana. Ha sido definido como un "libro inagotable". Los abordajes que se han hecho abarcan los estudios literarios, la prensa local y numerosas interpretaciones desde la perspectiva de los especialistas en estudios latinoamericanos. Dentro de los autores críticos y académicos que se han ocupado de sus páginas se destacan Rafael Gutiérrez Girardot, Montserrat Ordóñez Vila, Seymour Menton, entre otros.

Con adaptaciones en cine, televisión y novela gráfica.

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