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La primera novela ecologista de la literatura moderna
está de aniversario. Se van a cumplir setenta años del 5 de octubre
de 1956, cuando la editorial Gallimard publicó en su célebre colección
“blanche” la obra de Romain Gary Les racines du ciel (Las raíces
del cielo, en castellano, editorial Debolsillo). Apenas tres meses
después, los miembros de la Academia Goncourt, que cumplía medio
siglo de existencia, le otorgaban su prestigiosa distinción. Un
premio que, aunque apenas suponía cincuenta francos de la época
y en la actualidad solo diez euros, multiplica las ventas de la
que se considera la mejor novela francesa del año en curso.
El premio no estuvo exento de polémica, a pesar de
la casi unanimidad de un jurado del que formaban parte grandes escritores
como Raymond Queneau y Jean Giono. Tanto por su lenguaje (descuidado,
según algunos), como por su estilo (de un romanticismo trasnochado,
según otros), como por su argumento (un tema entonces vanguardista
como la defensa de los animales), como, en fin, por la personalidad
política de su autor.
Romain Gary (1914-1980), condecorado por el general
De Gaulle como héroe de la Liberación por su labor como piloto durante
la II Guerra Mundial, ocupaba entonces el cargo de cónsul general
de Francia en Los Ángeles y para algunos sectores de la burbuja
literaria y política su condición de alto funcionario del Estado
francés suponía un conflicto de intereses. Era una Francia en la
que generaciones enteras habían sido educadas en los libros de un
elefantito antropomorfizado llamado Babar y en los álbumes de Tintin,
en sus orígenes, racista, colonialista y cazador de animales (Hergé,
Tintin en el Congo).

Pocos años antes de la publicación de Las raíces del
cielo, Gary, que entonces formaba parte de la delegación de Francia
en la ONU, había trabado una gran amistad con el célebre paleontólogo
y teólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien le inspiraría
uno de los personajes de Las raíces del cielo, el padre Tassin.
¿Y dónde están las raíces del cielo? Para Gary, sin duda, en la
tierra. Morel, el protagonista de la novela, es un hombre íntegro
que ha pasado por la resistencia francesa y los campos de concentración
alemanes. Ahora está en la antigua África Ecuatorial Francesa (AEF),
que comprendía los territorios de lo que hoy es Gabón, República
Democrática del Congo, Chad y República Centroafricana. Morel es
un quijote que se dedica a la defensa de los elefantes perseguidos
por los cazadores sin escrúpulos.
No es su primera batalla en defensa de los animales.
Antes se ocupó de los perros. A mitad de la novela, otro de los
personajes cuenta como, tras salir del campo de concentración, Morel
deambula como un vagabundo por las destartaladas calles de Hamburgo
y una niña le pide que se haga cargo de una pequeña perra de la
que no se puede ocupar. Acepta a regañadientes, cuida del cachorro
y se va cruzando con otros perros y otros hombres perdidos: bálticos,
polacos, checos, rusos, alemanes y ucranianos, “toda una humanidad”.
De repente, el animal desaparece. Va a buscarlo a la perrera, donde
el guardián le dice que al cabo de unos días los gasean y hacen
con ellos gelatina y jabón. Monta en cólera y una noche, con la
ayuda de otros vagabundos, asaltan la perrera y liberan a los animales.
Entonces, un desencantado Morel se da cuenta de que no se trata
de defender a los hombres o a los perros por separado, sino que
había que atacar el fondo del problema, la defensa de la naturaleza.
“Se empieza diciendo que los elefantes son demasiado grandes, demasiado
molestos, que tiran los postes de telégrafos, pisotean las cosechas
y son un anacronismo, y al final se acaba diciendo lo mismo de la
libertad. A la larga, la libertad y el hombre acaban por hacerse
molestos…”. Y otro de los personajes, Peer Qvist, un naturalista
danés que escucha la historia exclama: “El Islam llama a eso «las
raíces del cielo», y los indios de México, «el árbol de la vida».
Y tanto a los unos como a los otros los lleva a postrarse de rodillas
y a levantar los ojos golpeándose el pecho atormentado. Los obstinados
como Morel tratan de escapar de esa necesidad de protección por
medio de peticiones, de comités de lucha y de sindicatos de defensa;
tratan de arreglárselas ellos solos, de responder ellos mismos a
su necesidad de justicia, de libertad, de amor, a esas raíces del
cielo tan profundamente hundidas en su pecho…”. Es en los hombres,
en la tierra, donde echa raíces el cielo.

Aunque nació en tierras lituanas del Imperio ruso,
era judío ruso y nunca habló lituano, sino ruso y yídish.
El éxito de la novela en Francia se extendió también
en sus ediciones en inglés y en español en 1958, que se vieron favorecidas
por su adaptación al cine bajo la dirección de John Huston, un fanático
de la caza mayor. Lo que no deja de ser paradójico en un filme en
defensa de los elefantes. En el guion participó el propio Gary,
al que luego no le gustó la película. Fue una gran superproducción
de la 20th Century Fox en cinemascope. El gran patrón Darryl F.
Zanuck no escatimó medios. Estuvo protagonizada por Trevor Howard,
Juliette Greco, Errol Flynn y Orson Welles. Los exteriores se rodaron
en África y todo el equipo contrajo la disentería y la malaria,
a excepción de John Huston y Errol Flynn. Sólo bebían whisky escocés.
Fue el último gran personaje interpretado por Flynn, que encarna
a un exmilitar, antaño idealista, ahora desencantado y alcoholizado.
Al actor tenían que inyectarle todas la mañanas cócteles de vitaminas
y otras sustancias para que pudiera recuperarse de sus excesos e
incorporarse al rodaje. Un año después del estreno, Errol Flynn
era enterrado en California junto a seis botellas de su marca de
whisky favorita.
En diciembre de 1962, Gary publica un artículo en
la revista Life en defensa de los mares y océanos. Cinco años más
tarde, en la misma revista, escribe una carta al señor Elefante,
Dear Elephant, Sir… (sin traducción al castellano) en la que le
dice que para todos aquellos a los que les disgustan “nuestras ciudades
contaminadas y nuestros pensamientos aún más contaminados, su colosal
presencia, su supervivencia contra viento y marea, es un mensaje
tranquilizador”. Cree que no todo está perdido todavía y manifiesta
su esperanza de que, “si dejamos de destruir a los elefantes y evitamos
que desaparezcan, tal vez también logremos proteger a nuestra propia
especie de nuestras empresas de exterminio”. En 1974 publica la
introducción al libro de Times Life Books Vanishing Species (Especies
en peligro de extinción, sin traducción al castellano). El título
del pequeño ensayo, recientemente reeditado por Gallimard, De combien
d’advertissements avons nous besoin?, resume perfectamente su contenido:
“¿De cuántas advertencias tenemos necesidad, de cuánta belleza desaparecida?”,
se pregunta retóricamente. Lo único que sabemos es que “para la
naturaleza, no hay especies favoritas”, responde. En ese ensayo,
el escritor deja caer una idea innovadora en la época. Frente a
la necesidad de ayudar, de defender y de proteger, el machismo,
al que llama sexología neurótica, siempre tiene el arma de matar
“por placer, por un trofeo, por convicción”. Gary evoca entonces
una conversación en Malibú con Robert Kennedy pocos días antes de
ser abatido en Los Ángeles. Bobby le comenta que la más triste herencia
de Ernest Hemigway, escritor al que por otra parte admiraba, “era
la mística masculina del fusil”.

A fines de la década de 1960, su esposa Jean Seberg
brindó apoyo financiero a grupos que apoyaban los derechos civiles,
como la NAACP, así como a grupos escolares de nativos americanos
como los Meskwaki Bucks en el asentamiento de Tama cerca de su ciudad
natal de Marshalltown, para quienes compró uniformes de baloncesto.

Esa visión feminista, en Las raíces del cielo se encarnó
en el personaje de Mina, una mujer machacada por soldados del III
Reich y de todos los ejércitos ocupantes de Berlín. Mina, en la
película interpretada por Juliette Greco, comprende que ha sido
víctima de la misma cacería que los elefantes y decide sumarse a
la lucha de Morel. Para Romain Gary el ecologismo es un humanismo.
En su ensayo Romain Gary, de l’humanisme a l’écologie (no traducido
al castellano) Igor Krtolica, profesor de la Universidad de Picardie
Jules Verne, lo considera un adelantado a su tiempo, porque “anticipa
las controversias que animan el pensamiento ecológico contemporáneo,
donde los humanos son solo una parte de la naturaleza, pero donde
la naturaleza misma se vuelve inseparable de la historia, la sociedad
y la política”. En 1980, Gary escribe un prólogo para la versión
definitiva de Las raíces del cielo, en el que recuerda que fue reconocida
como “la primera novela «ecológica», el primer llamamiento en defensa
de nuestra biosfera amenazada”. Sin embargo, añade, “en esa época,
yo mismo no podía evaluar los terribles estragos que se estaban
cometiendo ni toda la magnitud del peligro”.
Seis años antes, en 1974, un tal Émile Ajar había
irrumpido con éxito en el panorama literario con Gros-Câlin, otra
novela ecologista. Una parte de la crítica opuso la frescura de
Ajar a la caduca prosa de Gary. Ajar ganaría el Goncourt al año
siguiente con La vie devant soi (La vida ante sí, en castellano
Debolsillo). Gary hizo que un sobrino se atribuyera el pseudónimo
y asumiera la autoría. No desveló la superchería hasta su muerte,
después de dispararse un tiro en la boca en 1980. Pero esa ya es
otra historia.
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