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Las raíces del cielo.
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1-Octubre-2026

La primera novela ecologista de la literatura moderna está de aniversario. Se van a cumplir setenta años del 5 de octubre de 1956, cuando la editorial Gallimard publicó en su célebre colección “blanche” la obra de Romain Gary Les racines du ciel (Las raíces del cielo, en castellano, editorial Debolsillo). Apenas tres meses después, los miembros de la Academia Goncourt, que cumplía medio siglo de existencia, le otorgaban su prestigiosa distinción. Un premio que, aunque apenas suponía cincuenta francos de la época y en la actualidad solo diez euros, multiplica las ventas de la que se considera la mejor novela francesa del año en curso.

El premio no estuvo exento de polémica, a pesar de la casi unanimidad de un jurado del que formaban parte grandes escritores como Raymond Queneau y Jean Giono. Tanto por su lenguaje (descuidado, según algunos), como por su estilo (de un romanticismo trasnochado, según otros), como por su argumento (un tema entonces vanguardista como la defensa de los animales), como, en fin, por la personalidad política de su autor.

Romain Gary (1914-1980), condecorado por el general De Gaulle como héroe de la Liberación por su labor como piloto durante la II Guerra Mundial, ocupaba entonces el cargo de cónsul general de Francia en Los Ángeles y para algunos sectores de la burbuja literaria y política su condición de alto funcionario del Estado francés suponía un conflicto de intereses. Era una Francia en la que generaciones enteras habían sido educadas en los libros de un elefantito antropomorfizado llamado Babar y en los álbumes de Tintin, en sus orígenes, racista, colonialista y cazador de animales (Hergé, Tintin en el Congo).

Pocos años antes de la publicación de Las raíces del cielo, Gary, que entonces formaba parte de la delegación de Francia en la ONU, había trabado una gran amistad con el célebre paleontólogo y teólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien le inspiraría uno de los personajes de Las raíces del cielo, el padre Tassin. ¿Y dónde están las raíces del cielo? Para Gary, sin duda, en la tierra. Morel, el protagonista de la novela, es un hombre íntegro que ha pasado por la resistencia francesa y los campos de concentración alemanes. Ahora está en la antigua África Ecuatorial Francesa (AEF), que comprendía los territorios de lo que hoy es Gabón, República Democrática del Congo, Chad y República Centroafricana. Morel es un quijote que se dedica a la defensa de los elefantes perseguidos por los cazadores sin escrúpulos.

No es su primera batalla en defensa de los animales. Antes se ocupó de los perros. A mitad de la novela, otro de los personajes cuenta como, tras salir del campo de concentración, Morel deambula como un vagabundo por las destartaladas calles de Hamburgo y una niña le pide que se haga cargo de una pequeña perra de la que no se puede ocupar. Acepta a regañadientes, cuida del cachorro y se va cruzando con otros perros y otros hombres perdidos: bálticos, polacos, checos, rusos, alemanes y ucranianos, “toda una humanidad”. De repente, el animal desaparece. Va a buscarlo a la perrera, donde el guardián le dice que al cabo de unos días los gasean y hacen con ellos gelatina y jabón. Monta en cólera y una noche, con la ayuda de otros vagabundos, asaltan la perrera y liberan a los animales. Entonces, un desencantado Morel se da cuenta de que no se trata de defender a los hombres o a los perros por separado, sino que había que atacar el fondo del problema, la defensa de la naturaleza. “Se empieza diciendo que los elefantes son demasiado grandes, demasiado molestos, que tiran los postes de telégrafos, pisotean las cosechas y son un anacronismo, y al final se acaba diciendo lo mismo de la libertad. A la larga, la libertad y el hombre acaban por hacerse molestos…”. Y otro de los personajes, Peer Qvist, un naturalista danés que escucha la historia exclama: “El Islam llama a eso «las raíces del cielo», y los indios de México, «el árbol de la vida». Y tanto a los unos como a los otros los lleva a postrarse de rodillas y a levantar los ojos golpeándose el pecho atormentado. Los obstinados como Morel tratan de escapar de esa necesidad de protección por medio de peticiones, de comités de lucha y de sindicatos de defensa; tratan de arreglárselas ellos solos, de responder ellos mismos a su necesidad de justicia, de libertad, de amor, a esas raíces del cielo tan profundamente hundidas en su pecho…”. Es en los hombres, en la tierra, donde echa raíces el cielo.

Aunque nació en tierras lituanas del Imperio ruso, era judío ruso y nunca habló lituano, sino ruso y yídish.

El éxito de la novela en Francia se extendió también en sus ediciones en inglés y en español en 1958, que se vieron favorecidas por su adaptación al cine bajo la dirección de John Huston, un fanático de la caza mayor. Lo que no deja de ser paradójico en un filme en defensa de los elefantes. En el guion participó el propio Gary, al que luego no le gustó la película. Fue una gran superproducción de la 20th Century Fox en cinemascope. El gran patrón Darryl F. Zanuck no escatimó medios. Estuvo protagonizada por Trevor Howard, Juliette Greco, Errol Flynn y Orson Welles. Los exteriores se rodaron en África y todo el equipo contrajo la disentería y la malaria, a excepción de John Huston y Errol Flynn. Sólo bebían whisky escocés. Fue el último gran personaje interpretado por Flynn, que encarna a un exmilitar, antaño idealista, ahora desencantado y alcoholizado. Al actor tenían que inyectarle todas la mañanas cócteles de vitaminas y otras sustancias para que pudiera recuperarse de sus excesos e incorporarse al rodaje. Un año después del estreno, Errol Flynn era enterrado en California junto a seis botellas de su marca de whisky favorita.

En diciembre de 1962, Gary publica un artículo en la revista Life en defensa de los mares y océanos. Cinco años más tarde, en la misma revista, escribe una carta al señor Elefante, Dear Elephant, Sir… (sin traducción al castellano) en la que le dice que para todos aquellos a los que les disgustan “nuestras ciudades contaminadas y nuestros pensamientos aún más contaminados, su colosal presencia, su supervivencia contra viento y marea, es un mensaje tranquilizador”. Cree que no todo está perdido todavía y manifiesta su esperanza de que, “si dejamos de destruir a los elefantes y evitamos que desaparezcan, tal vez también logremos proteger a nuestra propia especie de nuestras empresas de exterminio”. En 1974 publica la introducción al libro de Times Life Books Vanishing Species (Especies en peligro de extinción, sin traducción al castellano). El título del pequeño ensayo, recientemente reeditado por Gallimard, De combien d’advertissements avons nous besoin?, resume perfectamente su contenido: “¿De cuántas advertencias tenemos necesidad, de cuánta belleza desaparecida?”, se pregunta retóricamente. Lo único que sabemos es que “para la naturaleza, no hay especies favoritas”, responde. En ese ensayo, el escritor deja caer una idea innovadora en la época. Frente a la necesidad de ayudar, de defender y de proteger, el machismo, al que llama sexología neurótica, siempre tiene el arma de matar “por placer, por un trofeo, por convicción”. Gary evoca entonces una conversación en Malibú con Robert Kennedy pocos días antes de ser abatido en Los Ángeles. Bobby le comenta que la más triste herencia de Ernest Hemigway, escritor al que por otra parte admiraba, “era la mística masculina del fusil”.

A fines de la década de 1960, su esposa Jean Seberg brindó apoyo financiero a grupos que apoyaban los derechos civiles, como la NAACP, así como a grupos escolares de nativos americanos como los Meskwaki Bucks en el asentamiento de Tama cerca de su ciudad natal de Marshalltown, para quienes compró uniformes de baloncesto.

Esa visión feminista, en Las raíces del cielo se encarnó en el personaje de Mina, una mujer machacada por soldados del III Reich y de todos los ejércitos ocupantes de Berlín. Mina, en la película interpretada por Juliette Greco, comprende que ha sido víctima de la misma cacería que los elefantes y decide sumarse a la lucha de Morel. Para Romain Gary el ecologismo es un humanismo. En su ensayo Romain Gary, de l’humanisme a l’écologie (no traducido al castellano) Igor Krtolica, profesor de la Universidad de Picardie Jules Verne, lo considera un adelantado a su tiempo, porque “anticipa las controversias que animan el pensamiento ecológico contemporáneo, donde los humanos son solo una parte de la naturaleza, pero donde la naturaleza misma se vuelve inseparable de la historia, la sociedad y la política”. En 1980, Gary escribe un prólogo para la versión definitiva de Las raíces del cielo, en el que recuerda que fue reconocida como “la primera novela «ecológica», el primer llamamiento en defensa de nuestra biosfera amenazada”. Sin embargo, añade, “en esa época, yo mismo no podía evaluar los terribles estragos que se estaban cometiendo ni toda la magnitud del peligro”.

Seis años antes, en 1974, un tal Émile Ajar había irrumpido con éxito en el panorama literario con Gros-Câlin, otra novela ecologista. Una parte de la crítica opuso la frescura de Ajar a la caduca prosa de Gary. Ajar ganaría el Goncourt al año siguiente con La vie devant soi (La vida ante sí, en castellano Debolsillo). Gary hizo que un sobrino se atribuyera el pseudónimo y asumiera la autoría. No desveló la superchería hasta su muerte, después de dispararse un tiro en la boca en 1980. Pero esa ya es otra historia.

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