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Txema Salvans, el reconocido fotógrafo documental español, lleva
10 años desarrollando un proyecto continuo en el que recorre las
carreteras de España retratando las gasolineras y áreas de servicio
del país. Salvans utiliza su furgoneta para situarse a tres metros
y medio de altura y capturar la cotidianidad de unos espacios marcados
por la soledad, el consumo y la espera. En sus publicaciones de
Instagram ha señalado que su enfoque ha dado un vuelco para fijarse
en la parte trasera de estos edificios, buscando retratar lo que
denomina "los destrozos de una catástrofe".

Para este proyecto, el fotógrafo viaja a velocidades bajas (no
más de 90 km/h), deteniéndose de manera aparentemente aleatoria
en polígonos industriales y gasolineras rurales.


Un día como hoy, el 2 de agosto de 1944, unos 4.000 romaníes del
campo de concentración de Auschwitz-Birkenau se resistieron a que
los llevaran a las cámaras de gas.

Las SS irrumpieron en el campo de los romaníes, pero los prisioneros
se habían armado con palos y palancas, y se atrincheraron en el
interior, luchando contra los nazis con manos y uñas. Un preso no
romaní que sobrevivió describió que todo el mundo luchaba y que
«las mujeres [eran] las más feroces en la lucha», ya que eran «más
jóvenes y fuertes» que el resto de los detenidos y «protegían a
sus hijos». Finalmente fueron derrotados y todos fueron asesinados
en las cámaras de gas de Birkenau.
La Federación Cántabra de Deportes de Montaña y Escalada (FCDME)
organiza un certamen de manera recurrente cada año para renovar
el diseño y la imagen oficial de su tarjeta federativa de la siguiente
temporada.

La expedición ártica de S. A. Andrée fue un fallido
intento de alcanzar el Polo Norte en globo. La expedición fue comandada
por el ingeniero sueco S. A. Andrée, que partió desde la isla de
Danskøya, en el archipiélago noruego de las Svalbard, junto con
Knut Frænkel y Nils Strindberg en julio de 1897. Tras caer el globo
sobre la banquisa y después de caminar durante tres meses sobre
el hielo, los tres participantes fallecieron. Sus cuerpos fueron
encontrados en 1930 en la isla de Kvitøya.

Frænkel (a la izquierda) y Strindberg con el primer
oso polar que cazaron.
En 1923, un hombre posa mirando atentamente a un huevo,
en un estudio fotográfico de París. Se trata de Victor Mendel, inventor
de un dispositivo que permite determinar la frescura del alimento.
Su figura se funde sobre un fondo negro, mientras la iluminación
confiere a la imagen, no sin humor, el carácter de un retrato oficial.
“¿Qué fue primero el huevo o la gallina?”, parece cuestionarse.
Desde Aristóteles, dicha paradoja plantea la dificultad de determinar
un origen. Recorre el libro First Times/First Photos. Su publicación
coincide con la celebración del segundo centenario de la fotografía
en Francia, cuyo nacimiento no puede atribuirse a un único comienzo,
sino a una sucesión de descubrimientos y experimentos.

“No deja de tener su gracia que, en Francia, se celebrase
en 1989 el 150 aniversario de la fotografía, partiendo de Louis
Daguerre”, observa la autora de la publicación, la historiadora
y curadora Luce Lebart, durante una conversación telefónica. “Sin
embargo, en el monumento dedicado a Nicéphore Niépce en Chalon-sur-Saône,
fotografiado por Man Ray, queda inscrito que fue Niépce quien inventó
la fotografía en 1822. Es de este tipo de confusiones de las que
parte el libro. La fotografía no surgió de repente ni de la nada;
buscamos un comienzo absoluto que no existe. Hubo muchos inventores
e invenciones, y al igual que ocurre con el huevo y la gallina,
fue el resultado de una evolución. De muchas pruebas y errores.
Ni siquiera se llamó fotografía en sus comienzos”.
Pero la dificultad parece no residir únicamente en
establecer una fecha o atribuir una invención, sino en determinar
qué imagen puede considerarse la primera fotografía. “El deseo de
la fotografía surge de imágenes que aún no eran fotografías en sí
mismas. “En 1827 Niépce no sabía que estaba creando ‘la primera
fotografía del mundo’; esa designación vino más tarde, cuando la
narrativa histórica necesitó un punto de origen”, apunta Lebart.
“Así, ‘la primera vez’ siempre se nombra en retrospectiva. De igual
modo, una fotografía no es nunca en sí misma una primera imagen:
es el pie de foto que la acompaña el que la identifica como tal”.

Georges Shiras. A partir de finales de la década de
1890 desarrolló dispositivos de disparo a distancia (hilos trampa)
asociados al destello de magnesio para fotografiar a los animales
sin presencia humana. © National Geographic.
La publicación, que sirve de catálogo a una exposición
homónima que se celebra en el Pavillon Populaire de Montpellier
como parte de la programación de los Encuentros de Arlés, ofrece
un recorrido tan ágil y ameno como riguroso por dos siglos de la
historia de la fotografía a través de sus múltiples ‘primeros’:
primeras imágenes, experimentos, descubrimientos, publicaciones
e innovaciones, pero también fracasos, errores e intentos que no
llegaron a prosperar.
El libro comienza con una selección de los cianotipos
de algas realizados por la autora de Photographs of British Algae:
Cyanotypes Impressions, Anna Atkins, un gesto significativo, dadas
las muchas mujeres que quedaron fuera de la narrativa de la historia
de la fotografía, que rinde homenaje a esta pionera, cuya firma,
A.A, fue interpretada durante largo tiempo como ‘Amateur Anónimo’.
“Su padre la inició en la fotografía en 1843, sus bellos cianotipos
aparecieron en el primer libro ilustrado con fotografías. Estaba
totalmente fascinada por la tecnología y adoptaba los avances más
novedosos. Es como si hace diez años una artista joven hubiera creado
su obra con IA”, destaca Lebart. Considerada la primera ficción
fotográfica y uno de los primeros autorretratos, Autorretrato de
un hombre ahogado (1840) fue también la irónica protesta de su autor,
Hippolyte Bayard, ante una arbitrariedad: el escaso reconocimiento
que recibieron sus investigaciones para perfeccionar el positivado
directo, mientras el Gobierno francés respaldaba y reconocía los
trabajos de Daguerre. En el texto que acompaña la imagen, Bayard
se presenta como un inventor ignorado: “El pobre hombre se ha ahogado”,
sentencia “Ha estado en la morgue durante varios días, y nadie lo
ha reconocido o reclamado”.

‘La niña pequeña y las hojas caídas’. Jardines de
Luxemburgo (1946). Primera foto, de Èdouard Boubat. Édouard Boubat
© Colección Agnes b. Cortesía La Galerie Rouge
Una selección de las 69 impresiones sobre papel que
configuran su Álbum de ensayos refleja la fragilidad y la belleza
de unas imágenes no fijadas, sino estabilizadas. Se trata de una
serie de pruebas y errores que oscilan entre la luz, la sombra,
las manchas y las trazas abstractas, dejando expresada esa combinación
entre realidad y fantasía onírica que —como escribía el crítico
Francis Wey— evoca la idea de la brujería. Pero si Bayard reclamaba
reconocimiento, otros encontraron formas más eficaces de hacerse
reconocer y a medida que la fotografía se convirtió en industria,
miles de patentes protegieron los nuevos procedimientos y las marcas
dieron identidad a cámaras, papeles y productos químicos. El libro
se detiene en estos primeros nombres, en sus promesas de luminosidad,
rapidez o superioridad.
El lector se encontrará con los tempranos daguerrotipos
circulares, los paisajes del pionero Gustave le Gray, —uno de los
primeros en capturar paisajes marinos—, la célebre secuencia del
pionero del cine, Étienne-Jules Marey, con un gato girando en el
aire, los experimentos con color de Louis Ducos du Hauron, o los
primeros autocromos de Louis Lumière. También con los retratos realizados
por Nadar, a la luz de los destellos de magnesio, así como las fotografías
tomadas durante su histórica inmersión en las catacumbas y alcantarillas,
de París y la primera entrevista fotográfica registrada durante
una conversación estenografiada entre este y su hijo Paul Nadar.
Imágenes que muestran la temprana obsesión de la fotografía por
reproducir el color, detener el movimiento y ampliar los límites
de lo visible.

El buzo Joseph David, sujetando al revés una bandeja
de disección con las palabras ‘fotografía submarina’, Banyuls (1898),
de Louis Boutan. Louis Boutan © Bibliothèque du Laboratoire Arago
/ Sorbonne Université.
Otro de los capítulos se detiene en la fascinación
por los comienzos. Desde la imagen de la primera fresa de la temporada
hasta los primeros pasos de un bebé inmortalizados por Jacques Henri
Lartigue, pasando por la primera explosión atómica, las imágenes
reunidas marcan un umbral. “Las primeras veces marcan los ritmos
de la vida”, apunta Lebart. “Algunos alcanzan la altura de un acontecimiento
global, mientras otras forman parte del reino de lo íntimo, como
la imagen de una familia viendo por primera vez la televisión. En
ella vemos cómo la pantalla era entonces algo colectivo, mientras
hoy es algo individual”. Sin embargo, la primera foto no tiene por
qué referirse a la primera realizada, sino a aquella que verdaderamente
cuenta, aquella de la que brota un estilo, una intención o un compromiso.
En 1992, la diseñadora y coleccionista Agnès b invitó a distintos
fotógrafos europeos a enviarle su ‘primera foto’ y un texto con
el fin de organizar una exposición y un libro, una iniciativa a
la que se suma esta publicación. “No hay primera foto. Existen solo
‘nuevas’ fotos. La luz es ‘nueva’ hoy”, escribía Édouard Boubat.

Complejo de nubes Rho Ophiuchi.© NASA, ESA, CSA, STScI,
K. Pontoppidan (STScI), A. Pagan (STScI).
Texto e imagen dialogan a la perfección a lo largo
de las páginas de la publicación mediante un dinámico diseño gráfico
firmado por Lyosha Ktitsouk, que articula el recorrido mediante
tres tipografías: la utilizada por Gutenberg en 1456 en la Biblia,
otra basada en la primera tipografía romana de Nicolas Jenson, y
la primera tipografía digital. La muerte de Jean-Paul Sartre, en
1980, marcó un cambio en la prensa francesa: Libération dedicó por
primera vez toda su portada a una fotografía. Este gesto inauguraba
una tradición en la que, a la muerte de los grandes fotógrafos,
las primeras páginas les rinden homenaje como lo harían con un escritor
o un cineasta. Un tratamiento que Le Monde se reserva para las figuras
políticas. “Con anterioridad, revistas como Vu, Paris Match y Life
habían demostrado que una sola imagen podía convertirse en símbolo
de toda una época. Hoy, sin embargo, la forma de crear y difundir
estos iconos está cambiando: las imágenes ya no dependen solo de
las portadas, sino de la lógica viral y la circulación masiva en
Internet”, apunta Lebart. El libro termina con una serie de imágenes
del universo primitivo, con nebulosas donde nacen las estrellas.
“Son imágenes muy hermosas captadas con telescopios, que te permiten
retroceder tanto en el tiempo y que normalmente encontramos en las
revistas científicas, pero nunca en el escenario artístico”, advierte
Lebart. “Un lugar de nacimiento es siempre una primera vez. Las
guarderías estelares son nubes gigantescas donde se concentra hidrógeno,
oxígeno y carbono, el material del que estamos hechos. De algún
modo mirar a estas imágenes es mirar a nuestros orígenes”.


Las célebres obras del fotoperiodista Larry Burrows
o de Henri Huet, documentaron de cerca el sufrimiento de los soldados
estadounidenses y survietnamitas atrapados en el fango o bajo fuego
enemigo en zonas como la densa jungla o durante la batalla de Khe
Sanh. En algunas de esas fotografías aparecen niños refugiados junto
a las tropas.

La fotografía se titula tradicionalmente «O du kích
nh?» (La pequeña guerrillera) y fue tomada por el fotoperiodista
Phan Thoan el 21 de septiembre de 1965 en la provincia de Hà Tinh,
Vietnam. Muestra a la miliciana vietnamita Nguy?n Th? Kim Lai (de
17 años) escoltando al aviador estadounidense William Andrew Robinson
tras ser derribado. El contraste físico de la imagen —la joven de
baja estatura frente al piloto robusto— la convirtió en un icónico
símbolo de resistencia durante el conflicto.
Pásate por JyV >> Fotografía >>
Autores >> Nick Ut.
En Pingfang, los prisioneros dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo de la Unidad 731 recibían un número de
tres cifras. Para quienes trabajaban allí eran maruta. “Troncos”.
El término resumía la manera en que médicos y militares del Ejército
Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados
detrás de aquellas paredes. El complejo se encontraba cerca de Harbin,
en la Manchuria ocupada por Japón. Desde finales de la década de
1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses para
investigar armas biológicas. Los hombres eran recluidos principalmente
en el Bloque 7. Mujeres y niños permanecían en el Bloque 8. Las
celdas habían sido diseñadas para facilitar los experimentos. Incluso
tenían pequeñas aberturas desde las que podían extraerse muestras
de sangre sin sacar completamente al prisionero. Una de las líneas
de investigación buscaba entender algo que preocupaba especialmente
al ejército japonés en los inviernos de Manchuria: la congelación.
El responsable de buena parte de esos estudios fue Hisato Yoshimura.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos.
En algunos experimentos introducían manos o pies en agua y luego
los mantenían a temperaturas bajo cero hasta que el tejido se congelaba.
Los investigadores necesitaban saber cuándo habían alcanzado el
punto que buscaban. Lo comprobaban golpeando la extremidad con una
pequeña vara. Cuando producía un sonido parecido al de una tabla
de madera, consideraban que estaba completamente congelada.

Después comenzaba la segunda parte. Probaban diferentes
métodos para recalentar el tejido y observaban qué ocurría. Variaban
la temperatura del agua, el tiempo de exposición, la alimentación
previa del prisionero e incluso si había dormido, hecho ejercicio
o pasado hambre antes del experimento. No eran tratamientos destinados
a salvar a esas personas. Eran variables. La congelación fue apenas
una parte del programa. Otros prisioneros fueron infectados deliberadamente
con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su
evolución. En algunos casos, los médicos practicaron vivisecciones
sin anestesia para observar directamente el daño producido en los
órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alteraran
los resultados. También utilizaron seres humanos para probar bombas
y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos. Miles de personas
pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731.

Shiro Ishii, comandante del Escuadrón 731, a menudo
comparado con el médico nazi Josef Mengele debido a la extrema crueldad
de sus ensayos.
El número exacto probablemente nunca podrá establecerse
porque buena parte de los registros fue destruida. Cuando la Unión
Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación
para borrar las pruebas. Los prisioneros que todavía permanecían
en el complejo fueron asesinados. Edificios fueron demolidos con
explosivos. Documentos desaparecieron. El personal recibió órdenes
de regresar a Japón y guardar silencio. Shiro Ishii, el hombre que
había dirigido el programa, consiguió escapar. Después ocurrió una
de las partes más incómodas de toda la historia. Estados Unidos
comenzó a interrogar a los científicos japoneses.

Hasta diez mil personas, tanto prisioneros de guerra
estadounidenses y europeos, civiles, militares, de origen chino,
coreano, mongol y ruso fueron objeto de la experimentación dirigida
por la Unidad 731. Sheldon Harris (1928–2002) fue un destacado historiador
estadounidense conocido internacionalmente por ser el autor de "Fábricas
de la Muerte" (Factories of Death: Japanese Biological Warfare,
1932–1945, and the American Cover-up). Este libro es una de las
investigaciones históricas más rigurosas y detalladas sobre las
actividades de la Unidad 731, el programa secreto de desarrollo
de armas biológicas y químicas del Ejército Imperial Japonés durante
la Segunda Guerra Mundial.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados
de sus investigaciones sobre guerra biológica. Los documentos desclasificados
décadas después muestran que los funcionarios estadounidenses discutieron
abiertamente una decisión: utilizar la información o llevar a sus
responsables ante un tribunal. En 1947, los informes estadounidenses
señalaban que los datos obtenidos mediante aquellos experimentos
no podían conseguirse de la misma manera en laboratorios propios
debido a las restricciones éticas sobre la experimentación humana.
Finalmente prevaleció el interés militar. Shiro Ishii y varios de
sus colaboradores recibieron protección frente a procesos por crímenes
de guerra a cambio de cooperar y entregar información sobre el programa.
Ishii nunca fue juzgado. Murió en Japón en 1959. Doce integrantes
y responsables relacionados con el programa que habían caído en
manos soviéticas tuvieron un destino diferente: fueron juzgados
en Jabárovsk en 1949. En Pingfang, los médicos habían convertido
a personas en números porque resultaba más sencillo experimentar
con el “408” que recordar que detrás del número existía un ser humano.
Al terminar la guerra intentaron destruir los nombres, los cuerpos
y los edificios. Una cosa sobrevivió. Los datos que habían obtenido
de ellos.

Vicky Baré es una fotógrafa afincada en Málaga, especializada
en la fotografía de fauna y naturaleza, con un interés muy profundo
en capturar aves.
A través de sus redes comparte su portafolio, en el
cual utiliza un equipo Canon R7 con lentes profesionales como el
RF 100-500mm y el EF 100mm f2.8 L. Además de la fauna, su trabajo
también destaca la fotografía urbana, paisajística y arquitectónica
de los rincones del centro histórico de Málaga.


Italo Palesse fumó su último cigarrillo mientras una
cámara militar seguía grabando. Tenía 22 años. Era la mañana del
30 de abril de 1944, y detrás de él había una cantera de piedra
en Sant'Angelo in Formis, cerca de Capua. Delante esperaba un pelotón
de fusilamiento. Italia llevaba meses partida en dos. Después de
la caída de Mussolini y el armisticio de septiembre de 1943, el
sur estaba bajo control aliado mientras en el norte funcionaba la
República Social Italiana, el régimen fascista sostenido por la
Alemania nazi. Palesse eligió ese último bando. Terminó integrado
en los servicios especiales de la República Social, una estructura
que enviaba agentes detrás de las líneas aliadas para realizar misiones
de inteligencia y sabotaje. Fue capturado. No estaba solo. Aquella
mañana iban a morir también Franco Aschieri, Mario Tapoli y Vincenzo
Tedesco. Los cuatro eran muy jóvenes. Las autoridades aliadas los
consideraron agentes o saboteadores que operaban detrás de sus líneas
y fueron condenados a muerte.

Poco antes de salir de la prisión de Santa Maria Capua
Vetere recibieron la visita de un sacerdote. Después comenzó el
traslado hacia la cantera. Las cámaras registraron parte de aquellos
últimos minutos. Palesse aparece sin camisa. Tiene el cuerpo atado
al poste. En la boca conserva un cigarrillo. No parece una reconstrucción
cinematográfica. Era una ejecución real. El sacerdote que acompañó
al grupo recordaría que los jóvenes habían pedido enfrentarse al
pelotón sin que les cubrieran los ojos. La petición no fue aceptada.
Finalmente les colocaron las vendas. Después, los hombres encargados
de la ejecución ocuparon sus posiciones. El certificado de defunción
militar de Palesse fijó su muerte a las 11:42 de aquella mañana.
Tenía 22 años. La guerra continuaría en Italia durante otro año.
Las imágenes, en cambio, sobrevivieron. Décadas después volverían
a aparecer en documentales y archivos: cuatro jóvenes capturados
en una guerra civil dentro de una guerra mundial, caminando hacia
una cantera de Campania. Entre ellos estaba Italo Palesse. De todos
los detalles que dejó aquella película, uno terminó siendo imposible
de ignorar. Un hombre atado a un poste. Y el humo de su último cigarrillo.
La máxima figura institucional en la gestión de las
prisiones en el franquismo era el Director General de Prisiones
(un cargo ocupado por hombres, como Máximo Cuervo Radigales). Sin
embargo, la cúspide de la represión y el control social de las mujeres
bajo la dictadura se articuló a través de dos figuras femeninas
clave en diferentes ámbitos. Carmen Polo, la esposa de Francisco
Franco, ostentaba el cargo de Presidenta de Honor del Patronato
de Protección a la Mujer. El Patronato de Protección a la Mujer
era un inmenso entramado de control y reeducación moral que funcionaba
como un sistema penitenciario paralelo para menores y jóvenes desobedientes
o consideradas «inmorales» por el régimen. Su gestión diaria estaba
delegada en órdenes religiosas católica. Pilar Primo de Rivera,
como Delegada Nacional de la Sección Femenina de Falange, fue la
máxima dirigente política encargada de dictaminar el rol social,
adoctrinamiento y sumisión que debía cumplir la mujer española durante
toda la dictadura


Si nos ceñimos a las cárceles de mujeres comunes y
políticas propiamente dichas, no existía una sola mujer que las
dirigiera todas a nivel estatal, sino que la Dirección General nombraba
a funcionarias específicas para cada centro. La más notoria y represiva
a nivel local fue María Topete Fernández, quien ejerció durante
25 años como directora de la Prisión de Madres Lactantes de San
Isidro y de la Cárcel de mujeres de Ventas en Madrid, convirtiéndose
en el rostro más visible de la crueldad en el funcionariado penitenciario
femenino del régimen.
El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución
represiva destinada sobre todo a mujeres jóvenes para desalentar
su militancia política y sus ideales progresistas, o simplemente
para que no salieran del ideal de la domesticidad. A menudo eran
las propias celadoras de la institución, guardianas de la moral,
las que podían delatar a las mujeres con ideas republicanas y enviarlas
al reformatorio. Otras veces eran incluso los padres de derechas
quienes enviaban a sus hijas a este patronato. Esta institución
también se utilizó contra mujeres en situación de prostitución.
El franquismo perseguía a las prostitutas, al tiempo que promovía
el proxenetismo. El año 1941 derogó la ley abolicionista impulsada
durante la Segunda República.

Fue la escritora Consuelo García del Cid Guerra quien
consiguió que la historia de abusos, torturas, robo de bebés y violaciones
de los derechos humanos cometidos por el Patronato de Protección
a la Mujer llegara a la opinión pública con su ensayo publicado
en 2012 Las desterradas hijas de Eva. La autora pasó por reformatorios
franquistas dependientes del Patronato. En mayo de 2023, la escritora,
en representación del movimiento Justicia para las Represaliadas
del Patronato, conferenció en el Parlament de Catalunya sobre el
Patronato, solicitando una comisión específica de investigación
al respecto y el perdón público de las congregaciones religiosas
que operaban los centros de la institución.
Pásate por La bibliotecaria >> Ensayo
>> 2.
La periodista Ana R. Cañil empezó a seguirle la pista
a una terrible historia: la de las prisioneras de la posguerra cuyos
hijos les fueron arrebatados por sus carceleros para internarlos
en seminarios y conventos o darlos en adopción. Una práctica cruel
que encontró su justificación en teorías pseudocientíficas, propias
de los regímenes totalitarios y defendidas sin fisuras por médicos,
religiosos y legisladores de renombre de la época. Aquí había materia
para un magnífico ensayo. Pero la autora no pudo evitar un acercamiento
emocional, como el que ya emprendió en La mujer del maquis, aunque,
en este caso, con mucha más ambición narrativa. El resultado de
su esfuerzo es una novela imposible de soltar, no sólo por el hecho
terrible que denuncia, sino por la manera en que ese hecho se encarna
en dos antagonistas inolvidables: Jimena Bartolomé, la joven esposa
de un comunista, y María Topete, la directora de la cárcel de mujeres
de Ventas.
El "gen rojo" fue un concepto pseudocientífico ideado
por el psiquiatra militar franquista Antonio Vallejo-Nágera durante
la Guerra Civil española para intentar demostrar que el marxismo
o la ideología republicana respondían a una supuesta malformación
o degeneración biológica y psíquica.
El general alemán Anton Dostler fue ejecutado por
un pelotón de fusilamiento el 1 de diciembre de 1945 en Aversa,
Italia, convirtiéndose en el primer oficial de alto rango del ejército
regular alemán (Wehrmacht) en ser sentenciado a muerte por los Aliados
Occidentales tras la Segunda Guerra Mundial.

En marzo de 1944, durante la Operación Ginny II, 15
soldados estadounidenses desembarcaron en Italia para destruir un
túnel ferroviario. Fueron capturados por las fuerzas alemanas portando
sus uniformes reglamentarios. Dostler, como comandante del 75.º
Cuerpo de Ejército, ordenó su ejecución sumaria sin juicio previo,
violando flagrantemente la Convención de Ginebra de 1929. Cumplió
la "Orden de los Comandos" dictada por Adolf Hitler, que exigía
la ejecución inmediata de este tipo de unidades. Durante su proceso
judicial en octubre de 1945, el tribunal rechazó su argumento de
que "solo seguía órdenes superiores", sentando un precedente legal
histórico.
La ejecución ocurrió al amanecer en Aversa. Dostler,
de 54 años, vestía su uniforme gris de campaña y las insignias militares
sin deshonrar. Un capellán militar alemán le administró los últimos
ritos antes de que le colocaran una capucha negra sobre la cabeza.
Justo antes de los disparos, Dostler exclamó: "¡Viva Alemania!".
El pelotón estuvo compuesto por 12 soldados equipados con fusiles
Springfield, de los cuales uno contenía una bala de fogueo por tradición
militar.
Tanto el juicio como los preparativos y el momento
exacto de su fusilamiento fueron registrados detalladamente en vídeo
y fotografía por las fuerzas aliadas.
Ana Zagal (nacida en Cuernavaca, Morelos, en 1990)
es una destacada fotógrafa mexicana, comunicóloga de la ciencia
y docente. A lo largo de más de una década de trayectoria, ha logrado
fusionar la comunicación social con la narrativa visual, especializándose
notablemente en la fotografía científica y documental.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Maestra
en Educación. Ha complementado su carrera con estudios y especializaciones
fotográficas respaldadas por instituciones como el Museo de Arte
Moderno de Nueva York (MoMA). Su trabajo ha sido publicado en las
páginas centrales de la revista de divulgación científica ¿Cómo
ves? de la UNAM. Es miembro activo de la Red Mexicana de Periodistas
de Ciencia.

Se ha desempeñado como fotógrafa oficial en entornos
de alta especialización, incluyendo el Instituto Nacional de Perinatología
(INPer) en la Ciudad de México y el Sistema DIF Morelos. En 2019
fue seleccionada para formar parte del prestigioso catálogo 'Doméstika',
que reunió a los 150 creativos visuales más destacados de México.
Su portafolio abarca géneros muy diversos que demuestran
su versatilidad técnica. En el campo de la biodiversidad y naturaleza.
captura texturas, macrofotografía de flores y vida silvestre. Posee
un amplio registro visual riguroso en quirófanos, necropsias y laboratorios.
Sus capturas urbanas y entornos naturales son muy interesantes.


La imagen muestra una ejecución histórica por cañón
(conocida en inglés como blowing from a gun), capturada en Shiraz,
Irán, a finales del siglo XIX (alrededor de la década de 1890 o
principios del siglo XX). El condenado es atado con la espalda apoyada
directamente contra la boca del cañón antes de ser disparado.
Tomada en Shiraz (Irán) durante la dinastía Kayar,
un castigo público que solía aplicarse a traidores, rebeldes o personas
que desafiaban a la autoridad.
Aunque fue practicada por diversos imperios coloniales
(como los portugueses o británicos en Asia y África), también se
utilizó en regímenes locales en Oriente Medio como una forma de
castigo ejemplar y desintegración física del reo.
El golpe que dejó a Otto Frank sin fuerzas terminó
llevándolo al lugar que salvaría su vida. En noviembre de 1944,
llevaba dos meses prisionero en Auschwitz. Había trabajado en una
cantera de grava, construido caminos y pelado patatas durante jornadas
marcadas por el hambre, el frío y los golpes. Su cuerpo todavía
resistía. Su voluntad comenzaba a desaparecer. Después de recibir
una fuerte paliza mientras trabajaba, Otto permaneció tendido al
día siguiente, incapaz de levantarse. Otros prisioneros comprendieron
que, si regresaba al trabajo en aquellas condiciones, probablemente
moriría. Con la ayuda del médico neerlandés Samuel Kropveld consiguieron
que fuera admitido en una barraca para enfermos. Aquello no era
un hospital como lo entenderíamos actualmente. Faltaban medicamentos,
alimentos, higiene y personal. Los médicos prisioneros trabajaban
con recursos mínimos y las SS realizaban selecciones entre los enfermos,
enviando a algunos a la muerte.
Sin embargo, la barraca ofrecía tres ventajas decisivas:
Otto ya no debía realizar trabajos forzados, permanecía protegido
de parte del frío y no estaba expuesto continuamente a los golpes
de los vigilantes. Había llegado a Auschwitz el 5 de septiembre
de 1944, después de ser deportado desde el campo de tránsito de
Westerbork junto con otras 1.018 personas. En la plataforma de Birkenau,
los hombres fueron separados de las mujeres. Aquella fue la última
vez que vio a su esposa Edith y a sus hijas Margot y Ana. Los cuatro
hombres que habían permanecido ocultos en la Casa de atrás fueron
enviados a Auschwitz I. Las mujeres quedaron en Birkenau. Semanas
después, Ana y Margot fueron trasladadas a Bergen-Belsen. Otto no
lo sabía. En la barraca para enfermos recibió ayuda de otros prisioneros.
Peter van Pels, el joven que había compartido el escondite con la
familia Frank, conseguía ocasionalmente comida adicional gracias
a su trabajo en la oficina postal del campo y visitaba a Otto con
frecuencia. A mediados de enero de 1945, el Ejército Rojo se acercaba
a Auschwitz.

Otto Frank, padre de Anne y Margot Frank, y el único
miembro de la familia que sobrevivió al Holocausto. Margot Frank
(a la izquierda): Hija mayor de Otto y Edith Frank, nacida en 1926.
Bernhard «Buddy» Elias (a la derecha): Primo hermano de Margot y
Anne (hijo de Leni Elias, la hermana de Otto Frank).
Las SS comenzaron a evacuar el complejo. Cerca de
60.000 prisioneros fueron obligados a marchar bajo temperaturas
extremas hacia otros campos. Quienes no podían mantener el ritmo
eran abandonados o asesinados en el camino. Otto pesaba alrededor
de 52 kilogramos y apenas podía caminar. Intentó convencer a Peter
para que se ocultara entre los enfermos y permaneciera allí. Peter
decidió partir con los demás, probablemente porque circulaban rumores
de que las SS asesinarían a todos los pacientes antes de retirarse.
No sobrevivió. Murió meses después en Mauthausen, poco antes de
que terminara la guerra. Otto se quedó. Durante los últimos días,
los alemanes destruyeron documentos, incendiaron instalaciones y
volaron los crematorios de Birkenau para ocultar parte de sus crímenes.
También asesinaron a centenares de prisioneros que todavía permanecían
en el complejo. Otto contó después que, el día anterior a la liberación,
él y otros enfermos fueron sacados de la barraca para ser ejecutados.
Los guardias recibieron una orden de retirada antes de llevarlo
a cabo. El 27 de enero de 1945, los soldados soviéticos entraron
en Auschwitz y encontraron alrededor de 7.000 prisioneros con vida.
En la pequeña agenda que llevaba durante su regreso, Otto escribió
una sola palabra para aquella fecha: “Ruski”. Rusos.
La libertad no significó una recuperación inmediata.
Muchos supervivientes se encontraban tan debilitados que murieron
durante los días siguientes. Los soldados soviéticos y, posteriormente,
médicos y voluntarios polacos organizaron hospitales para atenderlos.
Otto necesitó unas tres semanas antes de poder salir al exterior.
Permaneció en Auschwitz hasta el 5 de marzo, cuando tuvo fuerzas
suficientes para comenzar un recorrido que lo llevaría por Polonia,
Ucrania, el mar Negro, Francia y finalmente los Países Bajos. Durante
el viaje supo que Edith había muerto en Auschwitz el 6 de enero.
Todavía esperaba encontrar a Ana y Margot. Regresó a Ámsterdam el
3 de junio de 1945. Durante semanas acudió a la estación central,
consultó listas y publicó avisos buscando noticias de sus hijas.
El 18 de julio conoció la verdad: ambas habían muerto en Bergen-Belsen.
De las ocho personas que habían vivido ocultas en la Casa de atrás,
Otto fue la única que regresó. Poco después, Miep Gies le entregó
los cuadernos y papeles que había recogido del suelo tras la detención.
Los había guardado con la esperanza de devolvérselos algún día a
Ana. Otto había sobrevivido porque un grupo de prisioneros decidió
ayudarlo cuando ya no podía levantarse, porque un médico logró introducirlo
en una barraca y porque una orden de retirada llegó antes que sus
verdugos. La liberación le devolvió la vida. El diario de su hija
le entregó la responsabilidad de dedicarla a conservar la voz de
quienes no regresaron.
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En 1936, David Seymour (Chim) tomó una fotografía
en Extremadura, España. Durante los meses y años siguientes, se
convirtió en un icono de la fotografía documental y el fotoperiodismo.
Esta imagen muestra a una mujer mirando hacia arriba, con el rostro
parcialmente iluminado por una luz intensa. Frunce el ceño y tiene
la boca ligeramente abierta. Lleva a un niño en brazos, dándole
de comer entre varios rostros de niños y adultos. Esta imagen formaba
parte originalmente de un reportaje fotográfico publicado en la
revista francesa Regards, donde trabajaba Chim en aquel entonces.
Sin embargo, se convirtió en una de las imágenes más simbólicas
del bando republicano en la Guerra Civil Española (1936-1939). La
trayectoria de esta imagen hasta convertirse en un icono no es evidente.
Al publicarse en diferentes revistas y en distintos contextos, tanto
su formato como su significado sufrieron modificaciones. Se transformó
en un mensaje simbólico mucho más amplio del que se pretendía originalmente.
Tomada el 29 de marzo de 1936 a las seis de la tarde,
cuatro meses antes del estallido oficial de la Guerra Civil, en
la antigua Plaza de la República (hoy en día Plaza de España), en
el municipio de Don Benito, Badajoz. La multitud no huía de ningún
ataque aéreo, sino que asistía a un mitin multitudinario sobre la
reforma agraria y el reparto de tierras en Extremadura en el que
participaba la diputada Margarita Nelken.
"Chim" Seymour realizó este reportaje para la revista
francesa Regards. Tras el inicio de la guerra en julio de ese mismo
año, el impacto visual de los rostros llenos de preocupación y la
mirada al cielo provocó que la memoria colectiva la resignificara
por completo como un emblema del sufrimiento civil bajo las bombas.
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Autores.
Jill Freedman nos dejaba tal día de 2019.
Se instaló en la ciudad de Nueva York en 1964, donde
trabajó como creativa publicitaria. Como fotógrafa, fue autodidacta.
Estuvo influenciada por el fotógrafo húngaro, André Kertész y por
el fotógrafo estadounidense, Eugene Smith.
Andy Grundberg también señaló en su estilo las influencias
de otros fotógrafos como Henri Cartier-Bresson, Don McCullin, Leonard
Freed y Weegee, pero agregaría que: "Para apreciar [sus] fotografías
uno necesita considerar su sustancia, no su estilo (...) Las relaciones
humanas, especialmente los lazos de hermandad, la fascinan".

Al enterarse del asesinato de Martin Luther King,
Freedman dejó su trabajo y se fue a Washington D.C. Vivió en Resurrection
City, un barrio marginal construido en National Mall en 1968 y que
fotografió. Las fotografías de esta serie se publicaron en Life
y se recopilaron en su primer libro, Old News: Resurrection City,
en 1970.
Antes de que Auschwitz se convirtiera en símbolo del
exterminio nazi, ya existían en Alemania edificios donde médicos
decidían quién debía seguir viviendo. El programa terminó siendo
conocido como Aktion T4. Su nombre procedía de una dirección aparentemente
corriente de Berlín: Tiergartenstraße 4. Allí se encontraba la oficina
desde la que se coordinaba una operación destinada a asesinar a
personas con discapacidades físicas, intelectuales y enfermedades
psiquiátricas que el régimen nazi consideraba una carga para la
sociedad. La idea llevaba años preparándose. La propaganda nazi
había presentado a determinadas personas como económicamente inútiles
y había calculado públicamente cuánto dinero supuestamente costaba
mantenerlas. Después llegó la guerra. En octubre de 1939, Adolf
Hitler firmó una autorización secreta, fechada retroactivamente
el 1 de septiembre, que facultaba a médicos seleccionados para conceder
lo que el documento llamaba una “muerte misericordiosa” a pacientes
considerados incurables. En la práctica significó otra cosa. Hospitales,
instituciones psiquiátricas y residencias comenzaron a recibir formularios.
Los médicos debían proporcionar información sobre sus pacientes.
Diagnóstico. Capacidad para trabajar. Tiempo de internamiento. Origen
racial. Después, otros médicos que ni siquiera habían examinado
personalmente a esas personas marcaban los formularios. Una decisión
sobre el papel podía convertirse en una sentencia de muerte. Los
pacientes seleccionados eran trasladados en autobuses con las ventanas
cubiertas hacia seis centros de exterminio instalados en Alemania
y Austria. Brandenburg. Grafeneck. Hartheim. Sonnenstein. Bernburg.
Hadamar.

Allí apareció un método que después adquiriría una
dimensión mucho mayor. Cámaras de gas. Las víctimas eran conducidas
a habitaciones disfrazadas de duchas y asesinadas con monóxido de
carbono suministrado desde cilindros. Después sus cuerpos eran cremados.
Las familias recibían certificados de defunción falsificados. La
causa podía ser neumonía. Apendicitis. Insuficiencia cardíaca. En
ocasiones, incluso las fechas y lugares de muerte eran inventados
para ocultar lo ocurrido. Pero el secreto comenzó a romperse. Llegaban
urnas con cenizas. Las explicaciones médicas no siempre tenían sentido.
Familias comenzaron a sospechar. Trabajadores de las instituciones
hablaban. En 1941, el obispo católico Clemens August von Galen denunció
públicamente los asesinatos. Hitler ordenó detener oficialmente
la fase central de T4 en agosto de ese año. Para entonces habían
sido asesinadas unas 70.000 personas en los seis centros. Pero las
muertes no terminaron. El sistema se descentralizó. Médicos y trabajadores
sanitarios continuaron asesinando pacientes mediante sobredosis
de medicamentos, abandono deliberado y privación de alimentos.
También fueron perseguidos niños con discapacidades,
internados en unidades especiales donde miles murieron. Al terminar
la guerra, el programa de asesinato de personas con discapacidades
había causado alrededor de 250.000 víctimas, posiblemente más. Y
Aktion T4 dejó otra consecuencia. Parte del personal que había aprendido
a seleccionar víctimas, organizar transportes, operar cámaras de
gas, falsificar documentos y eliminar cuerpos fue trasladado posteriormente
a los centros de exterminio de la Polonia ocupada. Christian Wirth.
Franz Stangl. Irmfried Eberl. Otros hombres vinculados a T4 terminaron
trabajando en lugares como Belzec, Sobibór y Treblinka. Antes de
que el exterminio industrial alcanzara aquellos campos, parte de
su personal y de sus métodos ya había sido probado sobre pacientes
indefensos dentro de hospitales e instituciones. Personas que habían
acudido al sistema médico para recibir cuidados. Y encontraron a
profesionales que habían convertido el diagnóstico en una sentencia.
En 1930, unos hombres desembarcaron en una isla casi
siempre rodeada de hielo al este de Svalbard y encontraron los restos
de una expedición desaparecida 33 años antes. Entre los objetos
había cámaras y rollos fotográficos. Cuando lograron revelar aquel
material, comenzaron a aparecer imágenes tomadas por hombres de
los que nadie había vuelto a saber desde 1897. La historia había
comenzado el 11 de julio de ese año. El ingeniero sueco Salomon
August Andrée quería alcanzar el Polo Norte de una manera que entonces
parecía tan audaz como incierta: volando sobre el Ártico en un enorme
globo de hidrógeno llamado Örnen, “El Águila”. Lo acompañaban Knut
Frænkel y Nils Strindberg, un joven físico y fotógrafo encargado
de documentar la expedición. Partieron desde Danskøya, en el archipiélago
de Svalbard. Los problemas comenzaron casi inmediatamente. Durante
el despegue perdieron gran parte de las largas cuerdas que debían
arrastrarse sobre el hielo para ayudar a controlar el rumbo y la
altura del globo. Después llegaron la niebla y la humedad. El hielo
comenzó a acumularse sobre la envoltura y el Örnen fue perdiendo
capacidad para mantenerse en el aire. Los hombres arrojaron lastre
y parte del equipo. Sirvió durante un tiempo. Después de 65 horas
y 33 minutos, el 14 de julio, el globo terminó sobre la banquisa,
a unos 480 kilómetros del lugar desde donde había partido. El intento
de alcanzar el Polo Norte en el aire había terminado.

La lucha por regresar acababa de comenzar. Andrée,
Strindberg y Frænkel organizaron trineos, provisiones y una pequeña
embarcación. Pasaron aproximadamente una semana junto al globo preparando
la marcha y después comenzaron a arrastrar cientos de kilos de equipo
sobre el hielo. El problema era que el suelo bajo sus pies también
se movía. Mientras avanzaban en una dirección, la deriva de la banquisa
podía empujarlos en otra. Durante semanas caminaron, arrastraron
los trineos, cazaron focas y osos polares y buscaron una ruta hacia
algún depósito de suministros o tierra segura. Y Strindberg siguió
tomando fotografías. Fotografió el Örnen derrumbado sobre el hielo.
Fotografió los campamentos. Fotografió a sus compañeros tirando
de los trineos sobre una superficie que parecía no terminar nunca.
Aquellas imágenes no estaban destinadas a convertirse en las últimas
fotografías de tres hombres. A comienzos de octubre consiguieron
alcanzar Kvitøya, la Isla Blanca. Allí termina la historia que pudieron
contar ellos mismos. Las últimas anotaciones conservadas pertenecen
a ese mes. Poco después murieron los tres. Nadie supo cómo. Durante
33 años circularon teorías sobre el destino de la expedición. Se
organizaron búsquedas y aparecieron supuestos avistamientos en distintos
lugares del Ártico, pero no había una respuesta. Hasta agosto de
1930.
Hoy, 21 de octubre, se cumplen 60 años de Aberfan.
A las 9:15 de la mañana de 1966, el último día de colegio antes
de las vacaciones, una escombrera de carbón se desplomó sobre este
pueblo minero galés. Sepultó la escuela primaria Pantglas y varias
casas. Murieron 144 personas. 116 eran niños. Gaynor Madgwick tenía
8 años. Sobrevivió con el fémur roto y sin zapatos. Su hermano Carl,
de 7, y su hermana Marylyn, de 10, no. Recuerda la mirada de su
abuelo al verla viva, y a su madre diciéndole al salir: «Te compraré
todos los zapatos que necesites». Ray Lee perdió a su única hija,
Anne, de 8 años: «Me habría gustado conocerla un poco más, porque
los ocho años pasaron muy deprisa». Hoy, Carlos III, Camila y el
príncipe Guillermo acompañan allí a supervivientes y familias. Hay
duelos que no caben en una vida. Se heredan. Y nombrarlos, 60 años
después, también es una forma de cuidarlos.


Katrin es una fotógrafa de 29 años originaria de Suiza
que comparte su pasión por la fotografía macro, de naturaleza y
de fauna silvestre.


Cristian Jainen Ojeda, conocido artísticamente en
redes como Jainen, es un reconocido fotógrafo, creador de contenido
y músico argentino afincado en Ushuaia, Tierra del Fuego (Patagonia
Argentina).
A través de su trabajo visual, se ha especializado
en capturar los paisajes extremos, la fauna autóctona y la atmósfera
del "Fin del Mundo". Su portafolio incluye fotografía de bellas
artes (Fine Art), así como licencias y venta de material audiovisual
de la Patagonia.


Francia lo condecoró. Toulouse lo homenajeó. En España,
apenas conocemos su nombre. Rafael Gandía Lorenzo nació en Yecla
en 1917. Fue aprendiz de mecánico, capitán republicano con solo
21 años, prisionero en el campo de Argelès y fugitivo cuando iban
a entregarlo a las autoridades franquistas. Bajo la identidad de
Rafael Martín, terminó convirtiéndose en el comandante Martín, responsable
de una unidad de guerrilleros españoles que combatió contra la ocupación
nazi en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial.
Participó en sabotajes, protegió la retirada de los resistentes
en Valmanya y frenó una columna alemana en el puente de Reynès.
Francia le concedió la Croix de Guerre con estrella de bronce, mientras
que Toulouse lo distinguió en dos ocasiones y lo convirtió en una
figura esencial de la comunidad española de la ciudad. Murió en
2011 siendo considerado un héroe en Francia. Hoy recuperamos la
increíble historia de este yeclano olvidado.
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