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El 6 de junio de 1942, una mujer saltó desde un avión para comprobar
si un material creado para fabricar medias podía salvar la vida
de miles de soldados. Su nombre era Adeline Gray. Hasta entonces,
los paracaídas se fabricaban principalmente con seda. Estados Unidos
dependía en gran medida de las importaciones procedentes de Japón,
pero la guerra en el Pacífico interrumpió ese suministro justo cuando
las fuerzas armadas necesitaban una cantidad creciente de equipos.
La industria comenzó a buscar una alternativa. DuPont había desarrollado
pocos años antes una fibra sintética llamada nailon. Era ligera,
resistente, elástica y no absorbía la humedad como otros tejidos.
Su primera gran aparición comercial había sido en las medias femeninas,
que se convirtieron rápidamente en un éxito. Ahora debía superar
una prueba mucho más exigente. La Pioneer Parachute Company utilizó
el nuevo material para fabricar un paracaídas destinado a una persona.
Pero antes de producirlo en grandes cantidades, alguien tendría
que confiarle su vida. Adeline Gray tenía 24 años, era paracaidista
experimentada y trabajaba revisando y preparando paracaídas. Se
ofreció para realizar la prueba. Aquella mañana subió a un avión
sobre Brainard Field, en Hartford, Connecticut. Abajo esperaban
alrededor de cincuenta representantes del Ejército y la Marina.
A unos 760 metros de altura, Adeline salió del avión. Durante unos
segundos cayó libremente. Después abrió el paracaídas. El nailon
se desplegó correctamente, soportó la tensión y la hizo descender
sin problemas ante los observadores reunidos en el aeródromo.

Era el salto número 33 de su vida, pero terminaría siendo el más
importante. La prueba demostró que el nuevo tejido podía sustituir
a la seda en los paracaídas militares. Su resistencia, ligereza
y disponibilidad lo convirtieron en un material fundamental para
la guerra. La producción de nailon fue desviada casi por completo
hacia fines militares. Además de paracaídas, se utilizó en cuerdas,
redes, neumáticos, equipos de aviación y otros suministros. Las
medias desaparecieron temporalmente de las tiendas mientras las
fábricas trabajaban para los ejércitos. El salto de Adeline no fue
una acrobacia publicitaria. Fue una prueba en la que un fallo del
material habría significado una caída mortal. Ella se convirtió
en la primera persona que descendió con éxito utilizando un paracaídas
de nailon. Una mujer saltó desde un avión para probar una tela nueva.
El resultado ayudó a transformar para siempre la fabricación de
paracaídas y convirtió una fibra asociada con la moda en un material
capaz de salvar vidas.
En 1891 nació Ignacio Sánchez Mejías, que murió en 1934 dos días
después de ser sido cogido por el toro Granadino en la plaza de
Manzanares. No permitió que le operaran allí y pidió que le llevaran
a Madrid. La ambulancia tardó varias horas, lo que añadido al calor
de agosto hizo que se declarara la gangrena y murió. Ignacio Sánchez
Mejías era mucho más que un torero, y mucho más que el cuñado del
mítico Joselito (es uno de los que llevan su ataúd en el impresionante
monumento que hizo Benlliure para el cementerio de Sevilla, y en
la foto,, aparece junto a su cadáver, lleno de desolación).
Fue uno más de la Generación del 27, amigo de Alberti, de Miguel
Hernández y de Lorca, que escribió el "Llanto por Ignacio Sánchez
Mejías" (para muchos es la mejor elegía que se haya escrito en español
desde las coplas de Jorge Manrique, compuestas casi cinco siglos
antes).

El 11 de diciembre de 1964, Sam Cooke llegó al Hacienda Motel de
Los Ángeles. Tenía 33 años y ya era mucho más que una estrella del
soul. Había pasado de cantar gospel a conquistar la música popular
con una elegancia poco común. Su voz podía sonar suave, luminosa,
casi perfecta, pero detrás de ella había un hombre que también estaba
intentando abrir caminos para los artistas negros en una industria
que muchas veces se quedaba con el control, el dinero y el silencio.
Aquella noche, todo terminó de forma confusa. Cooke había llegado
al motel acompañado de una joven llamada Elisa Boyer. Poco después,
ella salió del lugar y pidió ayuda, asegurando que temía por su
seguridad. Minutos más tarde, Cooke apareció en la oficina del motel,
alterado y parcialmente vestido, buscando a la mujer que había estado
con él. Allí se produjo un enfrentamiento con Bertha Franklin, la
gerente del lugar, quien declaró que actuó para defenderse.

Bertha Franklin sostuvo que el cantante irrumpió en
su oficina en ropa interior, actuando de forma agresiva y exigiendo
saber el paradero de Elisa Boyer. Según su declaración, Cooke la
atacó e intentó violarla, por lo que se vio obligada a dispararle
en defensa propia. Sin embargo, existen numerosos elementos que
contradicen o complican este relato.
Tras el altercado, gran parte del dinero y la ropa
de Sam Cooke en el motel desaparecieron de la habitación sin que
se realizara una investigación exhaustiva. Boyer, quien más tarde
fue arrestada por prostitución y otros delitos menores, dio versiones
contradictorias a la policía. Afirmó falsamente que Cooke la había
secuestrado, cuando, según otras pruebas, parecía haber estado con
él de manera voluntaria antes de huir de la habitación. Personas
allegadas al artista que pudieron ver el cuerpo antes del funeral,
como la leyenda del soul Etta James, notaron heridas severas (incluyendo
traumatismo craneal severo y huesos aplastados) que sugerían una
paliza brutal, inconsistente con la versión de un solo forcejeo
y un único disparo en defensa propia.
Pásate por Ser humano >> Activistas >>
USA.
Zofia Wierzbicka fue una apicultora polaca reconocida
por haber escondido y salvado a la familia judía Rosenbaum en su
propiedad de las afueras de Lódz (Polonia) durante la ocupación
nazi en la Segunda Guerra Mundial. En 1941, tras comenzar la liquidación
del gueto de Lódz, Zofia —que entonces era una viuda de 39 años
con una hija pequeña— acogió a los Rosenbaum (un matrimonio y sus
dos hijos pequeños). Los ocultó en una bodega de piedra subterránea
situada bajo su granero. Para alimentar a cuatro personas adicionales
en una época de racionamiento estricto, Zofia necesitaba comprar
grandes cantidades de azúcar. Cuando los oficiales alemanes la interrogaron
por esas compras inusuales, ella argumentó con frialdad que el azúcar
extra era necesario para alimentar a sus colmenas de abejas durante
el invierno.

Gracias a su astucia y al absoluto secreto de su
operación, la familia Rosenbaum logró sobrevivir a la guerra entera
en el sótano. Décadas después, en 1978, se le otorgó el reconocimiento
oficial en el jardín de los Justos entre las Naciones en Yad Vashem.
En los Óscar de 1966, Lee Marvin subió al escenario
a recibir el Óscar al Mejor Actor. Miró a la sala más poderosa de
Hollywood y dijo: *"Creo que la mitad de esto le pertenece a un
caballo en algún lugar de Nevada." El público se rió. Él lo decía
en serio. Ese caballo — un tordo llamado Smoky — había compartido
casi todas las escenas con Marvin en *Cat Ballou*. Marvin interpretaba
a un famoso pistolero borracho, apenas capaz de mantenerse en pie,
mientras Smoky lo igualaba golpe a golpe — tambaleándose, tropezando
y balanceándose con una extraña precisión cómica. La actuación fue
tan llamativa que la Asociación Humanitaria Americana le otorgó
al caballo su propio premio. Marvin, por su parte, estaba convencido
de que Smoky se había ganado la mitad del Óscar. Así era él. Lo
que pocos en aquella sala comprendieron del todo fue de dónde venía
su actuación.
En junio de 1944, en la isla de Saipán, Marvin era
un francotirador explorador de la Marina de 20 años, en la 4.ª División
de Marines. Durante un brutal enfrentamiento, las ametralladoras
japonesas destrozaron su unidad. Él fue alcanzado: una bala le seccionó
el nervio ciático. Pasó más de un año recuperándose en hospitales
navales. Solo un puñado de hombres de su compañía sobrevivieron.
Cargó con eso el resto de su vida — el dolor, los recuerdos, las
pesadillas. Después de la guerra, la actuación lo encontró casi
por accidente. Mientras trabajaba como ayudante de plomero, reemplazó
a un actor enfermo en un teatro local. Cuando la gente le preguntaba
después dónde había aprendido a actuar, él no hablaba de ninguna
formación. "Aprendí a actuar en combate", decía. "Intentaba actuar
sin miedo cuando por dentro estaba aterrado."

Esa verdad atravesó cada papel que interpretó. Los
villanos curtidos, los hombres rotos, los personajes que se aferran
a su última oportunidad de redención — no eran invenciones. Él los
entendía desde adentro. En Cat Ballou interpretó dos roles: el asombroso
y trágico Kid Shelleen y el despiadado Tim Strawn. Una sola película.
Dos actuaciones. Un Óscar — una hazaña poco común que lo distinguió.
A pesar de una larga carrera, Marvin guardó muy pocas cosas. Solo
algunos objetos significativos: su Óscar a medias con Smoky, un
reconocimiento del National Cowboy Hall of Fame, un disco de oro
por Wand'rin' Star — un éxito ronco e improbable en el Reino Unido
— y un solo zapato de tacón alto con el que Vivien Leigh le había
golpeado en una escena, guardado con cariño como recuerdo. Todo
lo demás era simplemente trabajo.
Está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington.
Su lápida no menciona películas ni premios.
Solo dice:
*Lee Marvin* *Cabo de Primera Clase* *Cuerpo de Marines
de los Estados Unidos* *Segunda Guerra Mundial*
Y en algún lugar del oeste americano, el caballo que
lo ayudó a crear una de las actuaciones más memorables del cine
sigue siendo un socio desconocido de aquel momento — compartiendo,
al menos a los ojos de Marvin, la mitad de un Óscar y toda la historia
que hay detrás.
Durante la batalla de Okinawa en 1945 un grupo de
222 estudiantes de secundaria fueron alistadas como enfermeras.
Se las conocía como “Himeyuri Gakutotai” o “Cuerpo de estudiantes
princesas Lirio”. Les habían dicho que asistirían a heridos lejos
del frente de batalla. Tal fue así que llevaron sus útiles escolares
para continuar con sus estudios pero la realidad fue muy distinta.
Las enviaron directamente a las cuevas y trincheras donde debían
asistir a soldados sin ningún tipo de anestesia, amputar miembros,
enterrar cuerpos, darles cianuro a los irrecuperables y hasta trasladar
pertrechos entre las tropas japonesas.

Estudiantes de Himeyuri antes de su movilización.
en Japón, Rezo frente al monumento conocido como la "Piedra Angular
de la Paz", en el Parque Conmemorativo de la Paz de Okinawa. Este
memorial contiene los nombres grabados de todas las personas, civiles
y militares de todas las nacionalidades, que perdieron la vida durante
la Batalla de Okinawa en la Segunda Guerra Mundial.
Durante tres meses vivieron en el infierno mientras
eran diezmadas por bombas de fósforo blanco, desnutrición o directamente
se suicidaban con el cianuro que les daban a los soldados, arrojándose
sobre una granada o lanzándose de los acantilados por miedo a ser
capturadas por las fuerzas norteamericanas. De las 222 Himeyuri
murieron 211 y 16 maestras. Hoy 23 de junio recordamos el final
de la batalla de Okinawa mostrando una imagen de ellas antes de
partir hacia la guerra y el monumento a los caídos en aquel conflicto
que ascendió al número de 200.000.

El extremo meridional de la isla principal de Okinawa
fue escenario de los combates terrestres más sangrientos de la Segunda
Guerra Mundial en Japón. El Monumento y el Museo Himeyuri de la
Paz, en Ihara (ciudad de Itoman) transmiten las trágicas experiencias
de las jóvenes estudiantes okinawenses que se vieron obligadas a
trabajar como enfermeras para el ejército japonés en deplorables
condiciones. Abandonadas a su suerte bajo el fuego enemigo, muchas
de ellas perdieron la vida en su huida desesperada hacia el sur.
El 25 de junio de 1942, un submarino estadounidense
miró a través de su periscopio y capturó una de las imágenes más
inquietantes de la guerra submarina en el Pacífico. En la fotografía
se ve al destructor japonés Yamakaze inclinándose mientras se hunde
frente a las costas de Japón. El submarino era el USS Nautilus,
comandado por William H. Brockman Jr. Era grande, antiguo para los
estándares de la guerra, y ya venía de sobrevivir a uno de los momentos
más decisivos de la Segunda Guerra Mundial. Unas semanas antes,
durante la batalla de Midway, el Nautilus se había acercado peligrosamente
a la fuerza japonesa. Fue atacado desde el aire, perseguido por
destructores y sometido a cargas de profundidad. Uno de esos destructores,
el Arashi, se quedó atrás para cazarlo. Cuando el Arashi abandonó
la persecución y aceleró para reunirse con la flota japonesa, dejó
una larga estela blanca sobre el océano. Esa estela fue vista por
los bombarderos en picado estadounidenses comandados por Wade McClusky,
que buscaban a los portaaviones japoneses con el combustible cada
vez más bajo. McClusky decidió seguirla.

El rastro del Arashi los condujo hasta la fuerza principal
japonesa. Poco después, los aviones estadounidenses atacaron los
portaaviones Akagi, Kaga y Soryu, en el golpe que cambió el rumbo
de Midway. El Nautilus no había hundido ningún portaaviones aquel
día. Pero al sobrevivir, había obligado a un destructor japonés
a separarse de la flota, y esa separación terminó señalando el camino
a los pilotos estadounidenses. Después de Midway, el Nautilus volvió
a patrullar cerca de Japón. El 25 de junio encontró al Yamakaze,
un destructor moderno de la Armada Imperial Japonesa. Brockman maniobró
en silencio, lanzó sus torpedos y el buque fue alcanzado. Se hundió
rápidamente, con su tripulación a bordo. Entonces alguien en el
submarino tomó la fotografía a través del periscopio. La imagen
resulta perturbadora porque no muestra una batalla abierta, sino
la naturaleza fría de la guerra submarina: un enemigo invisible,
un ataque desde debajo del mar y un barco que desaparece antes de
comprender del todo de dónde llegó la muerte. Para los hombres del
Nautilus, era una victoria militar. Para los marineros del Yamakaze,
fue el final de una vida que también había sido arrastrada por la
maquinaria de la guerra. Esa fotografía sobrevivió como un testimonio
silencioso de una verdad incómoda: en el Pacífico, la guerra no
solo se decidió con grandes flotas y batallas famosas, sino también
en segundos invisibles, cuando un periscopio asomaba sobre el agua
y el destino de cientos de hombres quedaba reducido a una línea
en el horizonte.
Sempo Sugihara (1900-1986) fue un diplomático japonés
que en 1939 fue enviado por su gobierno a Lituania para abrir un
consulado del cual él sería el único diplomático para, desde allí,
informar sobre las actividades soviéticas y los planes bélicos de
Alemania. Seis meses después estalló la guerra y la Unión Soviética
anexó a Lituania. El 27 de Junio de 1940 llegaron cientos de hombres,
mujeres y niños judíos a las rejas de la embajada pidiendo refugio
tras la que sería la persecución étnica más horrorosa de ese siglo.
Desobedeciendo las reiteradas negativas del Ministerio de Asuntos
Exteriores en Tokio respecto de otorgar visas a esos refugiados
para huir hacia la Unión Soviética y también ante la inminencia
del ingreso de Japón a la guerra como aliado de Alemania, Sugihara
decidió desoír las órdenes de su país y obedecer a su conciencia
ante la mirada de desesperación de los refugiados, sobre todo los
que tenían hijos pequeños. Sabiendo que su decisión significaba
el fin de su carrera comenzó a extender visas de tránsito a todos
los solicitantes agolpados contra las rejas de su consulado. Comenzó
el 1° de Agosto de ese año a expedir visas que demoraban unos 15
minutos por solicitante, por lo que renunció a su comida por aprovechar
el tiempo. Trabajó día y noche y cuando se acabaron los impresos
oficiales comenzó a expedir documentos manuscritos, a la vez que
seguía recibiendo cables con la orden de detenerse y llegando más
y más refugiados a su embajada.
Los soviéticos exigieron que se cerrara el consulado
y Tokio le ordenó a Sugihara que se mudara a Berlín. Mientras, se
trasladó a un hotel donde continuó despachando documentos a la multitud
que lo siguió como su última tabla de salvación. Se estimó que dio
unas 6.000 visas para que los judíos viajaran a oriente a través
de Siberia, incluidas hojas en blanco que firmó para que los refugiados
escribieran el resto. Muchos pensaron que esos documentos escritos
y sellados a toda prisa por Sugihara llevaban una bendición. Durante
su estancia en Japón a estos judíos refugiados no se les discriminó,
y cuando sus visas expiraron se les permitió ir a Shangai para aguardar
allí el fin de la guerra. Durante la guerra, Sugihara fue cónsul
en Checoslovaquia, Rumania y Alemania. Como su gobierno nunca le
mencionó las visas, creyó olvidado el asunto. En 1945, las tropas
soviéticas lo arrestaron junto a su familia y fueron enviados a
un campo de concentración. Después de 21 meses fueron liberados
y devueltos a Japón. Su gobierno le pidió la renuncia y no le concedieron
la habitual carta de recomendación. Para sobrevivir tuvo que dedicarse
a vender puerta a puerta.

En 1967, un funcionario de la embajada israelí ubicó
a un hijo de Sugihara y le dijo que Israel quería honrarlo por lo
que hizo. En Tel Aviv, Sugihara fue recibido como un héroe, con
fiestas en su honor. En 1984, la Comisión israelí para el Recuerdo
de los Mártires y Héroes del Holocausto concedió a Sempo el título
de “Justo entre las Naciones”, pero el ex diplomático, ya de 85
años, estaba demasiado débil para asistir y su esposa recibió el
premio. Se le dio a un parque su nombre, y en 1992 Israel le otorgó
una ciudadanía póstuma. Sugihara murió en 1986 en un anonimato relativo
en Japón. Sus vecinos no se dieron cuenta de que vivían al lado
de un héroe sino cuando un gran número de judíos ortodoxos se presentaron
en su casa para asistir al funeral. En 1991 el gobierno japonés
ofreció una tardía disculpa a la familia Sugihara por haberlo destituido.
Se calculó que con su gesto humanitario salvó a decenas de miles
de judíos, contando hijos y nietos. Se dijo que “Sempo Sugihara
fue un enviado de Dios”.
El 16 de marzo de 1995 murió Simon Fraser, 15.º Lord
Lovat, jefe del clan Fraser de Lovat. Con él se apagó una de las
últimas imágenes de una época que ya no volverá: la del jefe de
clan de las Highlands al frente de sus hombres en combate. Winston
Churchill lo describió ante Iósif Stalin con una frase feroz y memorable:
“el hombre de modales más suaves que jamás hundió un barco o cortó
una garganta”. Los alemanes llegaron a poner precio a su cabeza.
Y el 6 de junio de 1944, el día D, desembarcó en Sword Beach, en
Normandía, al frente de miles de comandos británicos, mientras un
gaitero tocaba entre el fuego, las olas y el estruendo de la guerra.
Simon Fraser nació en 1911, en una de las familias más antiguas
de Escocia. Los Fraser habían sido durante siglos guerreros de las
Highlands: jefes de clan, defensores de sus tierras y guardianes
de una tradición hecha de lealtad, coraje y honor. Cuando comenzó
la Segunda Guerra Mundial, ese mundo ya estaba desapareciendo. Los
jefes de clan ya no dirigían ejércitos. La vieja forma de vida de
las Highlands se desvanecía en la historia. Pero Lord Lovat iba
a recordarle al mundo lo que todavía podía significar un jefe escocés.
Se unió a los comandos, las fuerzas especiales británicas,
y pronto se ganó fama de oficial brillante, valiente y un poco temerario.
Entrenaba a sus hombres con dureza, iba siempre al frente y jamás
les pedía algo que él no estuviera dispuesto a hacer. Los alemanes
sabían quién era. Querían capturarlo o verlo muerto. Él llevó esa
amenaza como una condecoración más. En 1944, Lord Lovat era brigadier
y mandaba la 1.ª Brigada de Servicio Especial. Estaba a punto de
conducir a sus hombres en una de las mayores invasiones anfibias
de la historia. La noche anterior al día D, el 5 de junio de 1944,
habló a sus soldados. Al amanecer iban a atacar el Muro del Atlántico.
Muchos no regresarían. Terminó su discurso con unas palabras que
quedarían en la memoria: “Dentro de cien años, los hijos de vuestros
hijos dirán: debieron de ser gigantes en aquellos días”. A la mañana
siguiente, el 6 de junio de 1944, el brigadier Lord Lovat avanzó
por Sword Beach, en Normandía, guiando a sus comandos hacia el infierno.
Y detrás de él sonó algo imposible de olvidar. La gaita. El mando
británico había restringido el uso de gaitas en combate. Eran demasiado
visibles. Demasiado peligrosas. Un gaitero era un blanco fácil.
Lord Lovat llevó de todos modos a su gaitero personal: Bill Millin,
un joven soldado de 21 años criado en Escocia. Cuando se acercaban
a la playa, Lovat le dio la orden: “Tócanos hasta la orilla”. Millin
dudó y recordó las normas que prohibían tocar la gaita en combate.
Lovat sonrió y respondió: “Eso es cosa del mando inglés. Tú y yo
somos escoceses, y eso no se nos aplica”.

Así que, mientras los comandos avanzaban por Sword
Beach, mientras las balas cortaban el agua, mientras los hombres
caían y la artillería explotaba, Bill Millin tocó. Tocó melodías
tradicionales escocesas. A su alrededor morían hombres. Las ametralladoras
barrían la playa. El ruido era ensordecedor. Y, aun así, por encima
del caos de la guerra, se escuchó el sonido inconfundible y desafiante
de la gaita de las Highlands. Años después se contó que algunos
soldados alemanes no dispararon contra Millin porque pensaron que
un hombre caminando por un campo de batalla tocando la gaita debía
de estar completamente loco. Lo tomaron por un demente. Y siguió
tocando. La misión de Lord Lovat era clara: avanzar tierra adentro
hasta Pegasus Bridge, donde tropas británicas aerotransportadas
resistían desde la madrugada en un cruce estratégico bajo contraataques
alemanes. Lovat y sus comandos salieron de Sword Beach, atravesaron
posiciones enemigas y siguieron avanzando bajo fuego hacia el puente.
Llegaron poco después de la una de la tarde. Lord Lovat se acercó
con calma al oficial al mando, el mayor John Howard, cuyos hombres
llevaban horas combatiendo, y se disculpó por llegar tarde. Después
ordenó a sus comandos cruzar Pegasus Bridge. A plena luz. En campo
abierto. Bajo fuego enemigo. Y durante parte del avance, los hombres
llevaron sus boinas verdes, símbolo de los comandos, visibles para
todos. Los disparos alcanzaron a varios de ellos. Pero el puente
se mantuvo. Había algo casi mítico en lo que Lord Lovat acababa
de hacer. El nombre Fraser tenía raíces normandas, vinculadas a
una historia antigua que miraba hacia aquellas tierras. Ahora, siglos
después, un jefe de clan escocés había llevado a sus hombres de
vuelta a suelo normando en una de las batallas decisivas de la historia
moderna. Seis días más tarde, el 12 de junio de 1944, Lord Lovat
fue gravemente herido por fuego aliado. Le dieron la extremaunción.
Todos pensaron que iba a morir. Pero sobrevivió. Regresó a Escocia
como un héroe. Sirvió en la vida pública. Participó en actividades
agrícolas y administró sus tierras en las Highlands. Pero sus últimos
años estuvieron marcados por el dolor. En 1994 murieron dos de sus
hijos con pocos días de diferencia. La pérdida fue devastadora.
William Millin: un gaitero en el desembarco de Normandía.

Las dificultades económicas también golpearon a la
familia, y Beaufort Castle, hogar ancestral de los Fraser de Lovat,
terminó fuera de sus manos. El castillo donde había nacido. La casa
que su clan había llamado hogar durante generaciones. El 16 de marzo
de 1995, Simon Fraser, 15.º Lord Lovat, murió a los 83 años. Bill
Millin, el gaitero que había caminado junto a él en el caos del
día D, tocó en su funeral. El círculo se cerró. Cuando murió Lord
Lovat, murió también una imagen que ya pertenece para siempre a
la historia: la del jefe de clan de las Highlands que entra en batalla
al frente de sus hombres. Habrá escoceses con títulos antiguos.
Habrá oficiales con apellidos ilustres. Pero ya no habrá otro jefe
de clan que camine hacia el combate como lo hicieron los antiguos
señores de las Highlands durante siglos. Esa era terminó con Simon
Fraser. El hombre al que Churchill recordó con una frase imposible
de olvidar. El brigadier que llevó gaitas a las playas del día D.
El escocés por cuya cabeza los alemanes ofrecieron una recompensa.
El jefe de clan que llegó a Pegasus Bridge y se disculpó por la
tardanza.
El hombre de la capucha blanca no ocultaba solo su
rostro. Ocultaba una vida entera condenada a esconderse. Ottawa,
años cincuenta. En una entrevista televisiva, un hombre aparece
sentado frente a las cámaras con la cabeza cubierta por una capucha.
Su voz, su identidad y su rostro debían permanecer protegidos. Para
muchos espectadores, parecía una escena extraña, casi teatral. Pero
detrás de aquella imagen estaba uno de los gestos más decisivos
del inicio de la Guerra Fría. Se llamaba Igor Gouzenko. Había nacido
en 1919, cerca de Moscú, y fue formado como criptógrafo dentro del
sistema de inteligencia militar soviético, el GRU. En 1943 llegó
a Canadá para trabajar en la embajada soviética en Ottawa. Su tarea
era delicada: manejar comunicaciones cifradas, documentos secretos
y mensajes que revelaban cómo operaba una red de espionaje soviética
en Occidente. Canadá le mostró algo que no esperaba. No solo una
vida más cómoda, sino otra forma de respirar. Elecciones, prensa,
calles abiertas, familias que hablaban sin el mismo miedo. Para
Gouzenko, aquella diferencia se volvió imposible de ignorar. Al
terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando supo que podía ser enviado
de regreso a la Unión Soviética, tomó una decisión que cambiaría
su vida para siempre. El 5 de septiembre de 1945 salió de la embajada
soviética con documentos secretos.

Eran más de 100 archivos que mostraban la existencia
de una red de espionaje activa en Canadá, con conexiones en Estados
Unidos y Gran Bretaña. Entre los objetivos había información científica,
militar y nuclear. En un mundo que apenas acababa de salir de la
guerra, aquellas páginas revelaban algo inquietante: la alianza
entre Occidente y la Unión Soviética ya se estaba rompiendo por
dentro. Lo más extraño fue que, al principio, casi nadie quiso escucharlo.
Gouzenko intentó acudir a periodistas, policías y autoridades. Muchos
dudaron. Otros temieron las consecuencias diplomáticas. La guerra
acababa de terminar y nadie quería abrir una nueva crisis con Moscú.
Durante horas, el hombre que llevaba documentos capaces de sacudir
la política mundial fue tratado casi como una molestia. Pero la
verdad ya estaba fuera. Cuando las autoridades canadienses comprendieron
el alcance de los documentos, el caso explotó. Se creó una comisión
de investigación, se revisaron redes de espionaje y los gobiernos
occidentales empezaron a mirar a su antiguo aliado con una desconfianza
que ya no se apagaría. Para varios historiadores, el caso Gouzenko
fue uno de los primeros golpes públicos de la Guerra Fría. La decisión
tuvo un precio terrible. Gouzenko, su esposa y sus hijos tuvieron
que vivir bajo protección.
Cambiaron de identidad, de residencia y de rutina.
Su rostro se volvió una amenaza. Cada aparición pública exigía una
máscara, una capucha o una sombra. Incluso cuando hablaba, debía
hacerlo como alguien que sabía que su pasado todavía podía alcanzarlo.
En la Unión Soviética, las consecuencias también cayeron sobre su
familia. Parientes suyos fueron perseguidos, encarcelados o castigados
por una decisión que no habían tomado. El precio de su deserción
no lo pagó solo él. Lo pagaron también quienes quedaron al otro
lado del silencio. Por eso la imagen de Gouzenko con la capucha
blanca resulta tan poderosa. No muestra únicamente a un desertor.
Muestra a un hombre que entregó secretos capaces de cambiar la política
mundial, pero perdió para siempre la posibilidad de vivir con un
rostro propio. Su historia no parece una escena de espionaje. Es
una escena de miedo real. Un hombre sentado ante las cámaras, cubierto
para seguir vivo, convertido en símbolo de una época en la que la
verdad podía salvar a unos y condenar a otros. Igor Gouzenko abrió
una puerta hacia la Guerra Fría. Y después pasó el resto de su vida
escondiéndose de lo que había visto al otro lado.
El miércoles 25 de Octubre de 1944, un Zero al mando
del teniente Yukio Seki sobrevoló varias veces el portaaviones estadounidense
“USS Saint-Lo”. Los artilleros de a bordo del barco abrieron fuego,
alcanzando al caza, que se alejó con varios impactos en el fuselaje.
Pero, de pronto, Seki dio media vuelta y, ante la mirada atónita
de los marinos, enfiló su aeronave en línea directa hacia el portaaviones
y soltó las bombas que cargaba a la vez que se estrellaba con su
avión sobre la cubierta. Los sobrevivientes del buque apodaron esa
táctica suicida como “Devil Driver”, aunque en un principio se creyó
que tal maniobra había obedecido a algo accidental por parte del
piloto japonés y no creyeron que se podría transformar en algo habitual.
Pero, tras varios impactos de otros aviones a las embarcaciones
se tuvo que aceptar que se trataba de una nueva y mortífera táctica
militar nipona. En 1944 la situación japonesa en el Pacífico era
crítica por lo que Japón tomó drásticas y dramáticas decisiones
para lograr revertir aquel devenir y comenzó a reclutar pilotos
suicidas, llamados Kamikazes (que significa “viento divino”, expresión
que tiene sus orígenes en el siglo XIII, cuando los mongoles al
mando de Kublai Khan decidieron invadir el archipiélago japonés
y fueron rechazados por un fuerte tifón que se desató en esos momentos).
Aquellos hombres debían autoinmolarse voluntariamente por el bien
de su país. Fue una táctica desesperada ante la escasez de pilotos
veteranos y la inferioridad industrial frente a los EEUU, que representaron
el sacrificio de unos 2.500 jóvenes en el conflicto.

Utilizaban aviones convencionales cargados de bombas
o los “Oka”, unos aviones planeadores sin tren de aterrizaje y propulsados
por cohetes, guiados por un piloto hacia el impacto. Aunque los
ideólogos de la táctica kamikaze fueron el contraalmirante Takijiro
Onishi y el comandante Asaiki Tamai, la idea original fue italiana,
durante la invasión de Etiopía, cuando el duce ya se había propuesto
crear un escuadrón suicida que estrellase sus aviones contra los
buques de la Marina Real Británica, pero nunca la llevaron a cabo
quizá por el espíritu poco fanático de los italianos. El perfil
del kamikaze japonés era el de un hombre joven entre 20 y 30 años
(en algunos casos se enrolaron adolescentes de 17 años) procedentes
de la Fuerza Aérea Japonesa, cadete recién licenciado y voluntarios
procedentes de universidades con ideales patrióticos ultranacionalistas
y fieles defensores del código de honor samurái, el bushido. Todos
con una inquebrantable lealtad al emperador y la idea de yamatodashi
o sacrificio personal que agrupaba a personas de todo tipo de creencia
religiosa, tanto sintoísta, como budista o cristiana. Nunca se aceptó
a alguien que fuera hijo único para no acabar con un linaje familiar
aunque hubo el caso de una madre que consiguió que finalmente su
hijo fuera aceptado tras enviar una carta a las autoridades quejándose
de que fuera rechazado por ese motivo.
Hubo pilotos que, llegado el momento, se negaron a
convertirse en kamikaze como el caso de Ryo Yamada que tras negarse
fue degradado a soldado raso y enviado al frente de combate. Antes
de partir, a cada kamikaze, se les entregaba una bandera con inscripciones
rituales, en la frente se ataban el hachimaki, una cinta con el
dibujo del sol naciente (símbolo imperial) y se ceñían el senninbari
o “cinta de mil puntadas”, una faja tejida por mil mujeres, cada
una de las cuales debía efectuar una puntada. Completaban su atuendo
con una katana, la típica espada samurái y, finalmente, se les ofrecía
una copa de sake o de té antes del despegue. Durante el verano de
1945, la llamada "escuadrilla Shinten" llegó a utilizar algunos
de sus kamikaze para impactar no contra barcos, sino contra los
grandes bombarderos B-29 estadounidenses, que dejaban caer su carga
letal contra las ciudades de Japón, ya fuera mediante impactos directos
contra su fuselaje o intentando cortarles las hélices con las alas
de sus Zero. El último ataque de un kamikaze japonés tuvo lugar
el 29 de julio de 1945, cuando uno de estos cazas impactó contra
el destructor USS Callaghan y logró hundirlo, provocando 47 víctimas.
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