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13 - Agosto - 2026
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Lección intensiva de geopolítica. II

Los cables que fueron desclasificados de forma masiva e incorporados a su archivo público en 2017 por la CIA revelan que el entonces príncipe Juan Carlos I negoció en secreto con Marruecos y EE. UU. la entrega del Sáhara Occidental a cambio del respaldo estadounidense para consolidar su llegada al trono en España, un pacto geopolítico en el que las Islas Canarias jugaron un papel estratégico fundamental. A esta red de información de la inteligencia estadounidense y sus implicaciones para el archipiélago se la conoce históricamente como la "Operación Canarias". El 18 de enero de 2017 la agencia estadounidense liberó más de 12 millones de documentos en su sitio web oficial que abarcaban desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. Gran parte de la vigilancia sobre el archipiélago canario se mantuvo bajo secreto durante cerca de 20 años, saliendo a la luz al digitalizarse dichos fondos históricos que antes solo se consultaban físicamente en Maryland.

Vayamos atrás en el tiempo.

No hace tanto tiempo que Estados Unidos tuvo entre sus objetivos atacar la costa de España e invadir las islas Canarias. Una idea que hoy ni se nos pasaría por la cabeza, pero que estuvo sobre la mesa del despacho oval en la Casa Blanca durante años, con varias opciones que iban desde atacar directamente nuestras costas en la península hasta arrebatarnos el archipiélago entero. Antes, incluso, de que ambas naciones se enfrentaran por última vez en la famosa Guerra de Cuba a finales del siglo XIX. Se ha escrito mucho sobre los intereses geopolíticos y económicos que motivaron la intervención de estos en favor de los independentistas cubanos y filipinos, pero ¿por qué esperaron tres años desde el comienzo de la guerra hispano en 1895 para hacerlo? La respuesta quizá esté en la llamada «doctrina Monroe» de 1823, en la que el presidente James Monroe aseguró que Estados Unidos no toleraría la intervención de los países europeos en el continente americano, a la vez que prometía no inmiscuirse en ninguna colonia ya establecida, como, por ejemplo, las españolas.

La Guerra de Cuba (o Guerra de Independencia cubana) comenzó el 24 de febrero de 1895 y terminó el 12 de agosto de 1898. Fue el conflicto armado entre los separatistas cubanos (mambises) y España, que concluyó tras la entrada de Estados Unidos y la pérdida de la soberanía española. La Guerra de los Diez Años (1868-1878), también llamada Guerra Grande o del 68, fue la primera gran lucha de Cuba por su independencia de España. En España se le conoció popularmente como Guerra de Cuba, aunque este término a veces también alude a la guerra de 1895.

La Guerra de los Diez Años fue la primera fase o la primera gran contienda de las guerras de independencia de Cuba contra España. La llamada «Guerra de Cuba» o Guerra de Independencia (1895-1898) fue el conflicto definitivo que, con la intervención de Estados Unidos, logró la emancipación de la isla.

El inicio de la Guerra de los Diez Años en 1868, la primera de las tres guerras de independencia contra España, cambió ese compromiso. Estados Unidos empezó a vislumbrar la idea de asestar el golpe definitivo en Cuba para auparse como la principal potencia mundial. La oportunidad se presentó con el inicio de la revolución cubana de 1895, que llevó al Colegio Naval de Newport a elaborar varios planes secretos que incluían ataques contra barcos mercantes españoles y contra objetivos militares en las costas de la península ibérica, con el objetivo de destruir los recursos militares hispanos.

El célebre historiador estadounidense John Lawrence Tone ya apuntó en su libro 'Guerra y genocidio en Cuba, 1895-1898' (Turner, 2008) que la mayor parte de los cubanos que se alistaron en las tropas independentistas «lo hicieron en el último mes de la contienda, una vez que los españoles declararon el alto el fuego». Un movimiento el de estos desertores realizado por «mera supervivencia, ante el derrumbe inminente del poder español, puesto que sus familias e intereses estaban en Cuba».

En 1896, el Departamento de la Marina de los Estados Unidos formó un grupo de trabajo que terminó de perfilar dicho plan en diciembre, dos años antes de que Estados Unidos declarara la guerra a España. En él se especificaba que, mientras organizaban la invasión de Cuba, la escuadra del Pacífico comandada por William Kimball se dirigiría al Estrecho de Gibraltar en vez de a las islas Filipinas. Allí se uniría a la flotilla atlántica y ambas ocuparían conjuntamente algún enclave de las islas Canarias para atacar desde allí el tráfico mercante español. Era la primera propuesta oficial de Estados Unidos en la que se hablaba de conquistar un territorio español. Según cuenta el historiador Amós Farrujia Coello en un excelente estudio publicado en 2014 en la 'Revista de Historia Canaria' , el plan del Departamento de la Marina estadounidense constaba de objetivos como estos: «Bloqueo de las aguas de Cuba y Puerto Rico, cortando el cable telegráfico; destrucción de los depósitos y arsenales de La Habana y San Juan mediante el bombardeo de las dos ciudades, el envío de refuerzos a los sublevados en las dos islas y el desplazamiento simultáneo de las escuadras destacadas en el Mediterráneo y Asia para conquistar las islas Canarias, con el refuerzo de algunos barcos de la escuadra nacional. Todo ello con vistas a utilizarlas después como base para ulteriores maniobras contra la marina española en sus propias aguas, así contra su comercio». La tensión con Estados Unidos ya era evidente en aquel momento. La revista 'Blanco y Negro' recordaba en sus páginas el incidente del «Virginius» de 1873, un vapor americano cargado de armas y municiones para los independentistas cubanos que fue apresado por España. «La evocación de este incidente puede constituir un argumento poderoso contra los que dudan de la vitalidad de nuestro pueblo y creen que las dificultades de hoy no ofrecen precedentes en la historia de España», comentaba la revista.

Algunos expertos estadounidenses consideraron arriesgada la concentración de fuerzas en España para atacar sus costas y conquistar Canarias. La última vez que una potencia extranjera lo intentó, en el verano de 1797, fue un desastre. Horacio Nelson intentó hacerse con las importantes cantidades de oro que portaban los barcos de la antigua flota de Indias atracados en Santa Cruz de Tenerife y conquistar después el archipiélago. El resultado: 233 ingleses muertos y solo 24 españoles. El almirante británico, además, perdió su brazo derecho y sufrió una profunda depresión. Un siglo después, el presidente de la Escuela Naval de Guerra estadounidense, Henry Clay Taylor, aseguró que aquella acción contra España era una temeridad que implicaba la desprotección del Pacífico. Lo hizo en una carta abierta al secretario del Departamento de Marina en Washington D.C.: «No estoy de acuerdo con la sugerencia de hacer una pretenciosa aparición en aguas españolas dados los riesgos que conlleva una operación tan comprometida a 3.500 millas de distancia de nuestras bases. De llevar a cabo la maniobra, la intención sería proporcionar al poderío naval español una seria ofensiva. No soy de la opinión de que podamos infligir considerables daños a España. De ahí que insista en recomendar que toda la fuerza a disposición de Estados Unidos se concentre en Cuba». En 1897, sin embargo, unos trescientos banqueros que habían invertido en Cuba más de 33 millones de dólares desde 1878 pidieron al secretario de Estado que interviniera en la isla para proteger sus intereses económicos. Uno de los primeros en apoyar dicha propuesta fue Theodore Roosevelt , subsecretario de Marina en aquellos años, que llevaba un tiempo defendiendo que Estados Unidos necesitaba una guerra. De ahí que presionara para se iniciara una contra España en el Caribe.

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La frase «más se perdió en Cuba» es un dicho popular español que se utiliza para consolar a alguien ante un contratiempo o pérdida material, recordándole que su problema actual no es tan grave en comparación con una desgracia mayor. El origen de este refrán se remonta al año 1898, cuando España sufrió el llamado «Desastre del 98». Durante este conflicto, el país perdió sus últimas colonias de ultramar: Cuba, Puerto Rico y Filipinas, tras ser derrotado por los Estados Unidos. La pérdida de Cuba, considerada la «joya de la Corona» por su enorme valor económico y estratégico, supuso un durísimo golpe moral, político y financiero para la sociedad española de la época. La locución original suele completarse como «más se perdió en Cuba y vinieron silbando» o «y vinieron cantando». Esta coletilla hace referencia a los soldados españoles supervivientes que, a pesar de haber sido derrotados, de regresar heridos, hambrientos o con lo puesto, regresaban contentos a la península por el simple hecho de haber salvado la vida y volver con sus familias. La publicación de la novela Azucre, de Bibiana Candia, ha provocado que se vuelva a hablar del proyecto de inmigración de Urbano Feijóo Sotomayor gestionado por la Compañía Patriótica-Mercantil de ayuda a Cuba y salvación de Galicia, aunque este no fue el primero ni el último proyecto de colonización, contratación e inmigración de trabajadores españoles.

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La respuesta recibida por el escéptico Clay Taylor en este sentido fue clara: «Pensamos que España no tendría éxito contra la flota estadounidense en aguas cubanas. Podría haber ataques rápidos sobre nuestro bloqueo a Cuba por cruceros bien armados y protegidos desde aguas españolas. Por esa razón propusimos que una escuadra volante de dos cruceros acorazados, dos destructores y otros navíos tendría que ser destinada a la costa española. Así realizaríamos una demostración de fuerza sobre sus ciudades menores y amenazaríamos con bloquear las mayores, al tiempo que España retendría una escuadra en su propia costa. Pensamos que los barcos españoles más peligrosos para nuestro bloqueo en Cuba deben ser detenidos en sus aguas». A Roosevelt le quedaban tres años para convertirse en el presidente de Estados Unidos, pero insistió como si lo fuera en la idea de bombardear las costas españolas y destruir sus escuadras antes de que se trasladaran a las Antillas, según explicaba Javier Márquez Quevedo en su tesis 'Canarias y la crisis finisecular española (1890-1907)' (Ministerio de Defensa, 2005). El 5 de abril de 1898, se divisó al norte de Santa Cruz de Tenerife a varios buques norteamericanos y el archipiélago entero se reforzó con tropas peninsulares. Era la primera medida tomada por las autoridades para repeler un previsible ataque por sorpresa de los americanos. Por eso 'Blanco y Negro' advertía de la escuadra en reserva que había en Cádiz, lista para «acudir allá donde la reclame la defensa del territorio nacional». En una carta escrita a principios de abril de 1898 –recogida por los historiadores Antonio Pérez Voituriez y Oswaldo Brito en 'Canarias, encrucijada internacional' (Círculo de Estudios Sociales de Canarias, 1982)–, el almirante Pascual Cervera y Topete ya avisaba de que la Armada estadounidense podía invadir fácilmente Canarias para utilizarlas como base de operaciones contra la Península: «Si nuestra fuerza naval fuera superior a la de Estados Unidos, la cuestión sería muy sencilla, pues, con cerrarles el paso, bastaría. Pero es muy inferior a nosotros y tratar de cerrarles el paso, es decir, de presentarles batalla en el mar, sería el mayor de los desatinos. Sería buscar una derrota cierta y el enemigo se apoderaría de alguna buena posición en las Canarias».

Las Islas Canarias son un enclave geoestratégico fundamental en el Océano Atlántico medio-septentrional, situadas como un nudo de conexión y frontera avanzada entre Europa, África y América. Su posición marca el control de las rutas atlánticas y concentra tensiones por la delimitación de aguas, recursos y flujos migratorios.

«Bajo las presentes circunstancias, ¿esta flota debería ir a América o por el contrario debería proteger nuestras costas y las Canarias en previsión de cualquier contingencia?», preguntó Cervera a los capitanes de su escuadra cuando recibió la orden de partir hacía el Caribe por parte del ministro de la Guerra, Segismundo Bermejo . Antes de que las fuerzas estadounidenses le bloquearan en el puerto se Santiago de Cuba, el almirante ya había escrito al ministro calificando de «desastrosa» la decisión. Incluso escribió a su hermano para ponerle en aviso: «Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil. Si en él muero, como parece seguro, cuida de mi mujer y de mis hijos». Cervera estuvo a punto de desobedecer la orden y retornar a Canarias a medio camino, convencido del peligro que implicaba dejar a España desprotegida ante el posible ataque por mar de Estados Unidos. Llegó la noticia del inicio de la guerra y Bermejo, sin embargo, insistió en su orden de que se dirigiera a América de inmediato, asegurándole que el archipiélago estaba completamente seguro. «Persisto en mi opinión, la cual coincide con la de los capitanes de los barcos, sin embargo haré todo lo posible para acelerar nuestra partida, negando cualquier responsabilidad por las consecuencias», repondió Cervera, según recoge el detallado artículo de Amós Farrujia Coello. El resultado ya lo conocemos: España sumó 332 muertos y 197 heridos, mientras Estados Unidos solo una víctima mortal y unos pocos heridos. Lo contamos aquí hace un año y medio, cuando ABC tuvo acceso en exclusiva a una de las copias originales del parte de guerra de la batalla naval de Santiago de Cuba , acaecido el 3 de julio de 1898, escrita a pluma y lápiz. «La jornada del 3 de julio ha sido un desastre horroroso, como yo había previsto», escribía Cervera en esta.

Aquella derrota, junto a la sufrida en Cavite, Filipinas, puso a España en una situación de gran tensión frente al peligro de que sufriera el mencionado ataque en sus costas. Las opciones que se barajaron entonces desde Madrid fueron tres: «Quedarse en una posición defensiva que cubriría un frente amplio situado entre la Península y Canarias, cañonear la costa este de Estados Unidos para separar a la flota enemiga y socorrer a Cervera o marchar a Filipinas para levantar el asedio de Manila», cuenta Farrujia Coello. En Canarias parecían convencidos de que los norteamericanos no se atreverían a invadir unas islas tan alejadas de sus bases sin consumar antes la conquista de Cuba. Aún así enviaron tropas de refuerzo desde Madrid y el capitán general del archipiélago declaró vigente el estado de guerra en su región, suspendiendo las garantías constitucionales. «Si como aseguran es objeto de su codiciada estas avanzadas españolas en el Atlántico, vengan de una vez y aprenderán de los canarios que ya arrollaron antaño a las huestes indomables de Drake y Nelson cómo lucha un pueblo viril por su honor e independencia al grito ensordecedor de ¡Viva España!», podía leerse aquellos días en el ' Heraldo de Tenerife '. Finalmente, el presidente William Mckinley dio a conocer en julio su decisión de no desembarcar en Canarias ni aprovechar las islas como base de operaciones contra la Península. 'Times' seguía manteniendo su hipótesis de que España perdería el archipiélago si no aceptaba las condiciones de Estados Unidos en la Conferencia de Paz de París. En julio, de hecho, el presidente español Práxedes Mateo Sagasta justificó la capitulación porque no solo Canarias, sino también las islas Baleares y la Península, estaban en peligro. «Esta amenaza pesó sobre España durante las negociaciones de paz y, de hecho, Estados Unidos contempló realizar acciones en este tercer teatro», defiende Farrujia Coello.

Horatio Nelson, I vizconde de Nelson, I duque de Bronte, fue un vicealmirante de la Marina Real británica, conocido por sus victorias durante las Guerras revolucionarias francesas y las Guerras napoleónicas, particularmente por su victoria en Trafalgar. La eterna polémica entre historiadores hispanos y anglicanos.

Y ya en 1975 ...

Poco después de la muerte del dictador Franco, Henry Kissinger escribió un largo telegrama a Juan Carlos I. Cinco páginas en las que se permitía aconsejar al Rey sobre cómo debía actuar en el futuro y sobre qué personas se debía rodear. Eran consejos muy minuciosos y prácticos. Le decía: no vayas demasiado deprisa ni hagas más concesiones de las necesarias, y no convoques elecciones hasta estar seguro de poder ganarlas. En aquel telegrama le recomendaba por ejemplo apoyarse en expertos demoscópicos para saber qué pensaba el país realmente y ajustar el ritmo al que debía implementar la apertura democrática.

Pero Kissinger tenía una obsesión: el comunismo. Quería dejarlo fuera del Parlamento español, que se mantuviera su ilegalización. El tiempo le quitaría la razón, y aquella legalización devendría en una de las claves de la transición pacífica en España.

Henry Kissinger (Fürth, Alemania, 1923) falleció en 2023 a los 100 años de edad. Fue profesor de Historia de Harvard, consejero de Seguridad Nacional (1969-1975) y secretario de Estado (1973-1977), en los Gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford. El solapamiento de ambos cargos, la primera y única vez que ha ocurrido en la historia, le convirtió en un ser todopoderoso, una suerte de presidente-bis. Con ese poder cometió atroces crímenes de guerra (los bombardeos indiscriminados de la población civil en Camboya, o el apoyo a golpes de Estado en Chile o Argentina, con decenas de miles de muertos o desaparecidos). A pesar de todo, consiguió el premio Nobel de la Paz por su contribución al final de la Guerra de Vietnam.

Kissinger es conocido por sus posiciones “realistas” de la política exterior americana: el crudo interés por encima de toda cuestión ideológica, y el uso de la fuerza para defenderlos.

El autor traza un apasionante recorrido por los años cruciales que van del tardofranquismo a la Transición.

Su época en el poder coincidió con la última etapa de la dictadura española y la Transición hacia la democracia. ¿Facilitó o dificultó ese proceso? “No tuvo una gran fe en la Transición, ni en la capacidad de los españoles para gobernarse a sí mismos, porque tenía un amplio conocimiento histórico, tanto del siglo XIX europeo como de la Guerra Civil”, explica Powell. Decía que admiraba la cultura, la literatura o el imperio español, pero no confiaba en la capacidad de vivir juntos de los españoles, como afirmó en alguna ocasión. Kissinger tenía una visión benévola del régimen de Franco: era un régimen autoritario, sí, pero que había permitido un desarrollo socioeconómico impresionante. Y era un firme aliado de EEUU. A pesar de esa visión, el secretario de Estado Kissinger fue corresponsable de un movimiento que sería clave años más tarde. Ayudó a pergeñar un viaje de Juan Carlos I para comparecer ante el Congreso de Estados Unidos al completo, Senado y Cámara de Representantes. Era junio de 1976. El Rey por primera vez habla de democracia para España, y se compromete a impulsarla. Se lleva las loas de los editoriales de grandes medios como el Washington Post o el New York Times. A su vuelta a España, echa al presidente Carlos Arias Navarro y pone a Adolfo Suárez, recuerda Powell, también autor de El amigo americano (Galaxia Gutenberg, 2011), sobre las relaciones trasatlánticas.

Los cables diplomáticos difundidos a través de WikiLeaks (y publicados en España por el diario Público) revelaron que el rey Juan Carlos I, en la imagen dando el discurso que dio por fracasado el golpe de Estado de Tejero, actuó como colaborador y confidente de Estados Unidos durante los últimos años del franquismo y la Transición, además de mostrar el respaldo diplomático norteamericano a su figura.

WikiLeaks difundió mas de 12000 páginas con fechas y nombres.

A mediados de los años 70, la revolución de los claveles en Portugal y los comunistas en Italia llamando a las puertas del gobierno. Grecia sale de una dictadura en llamas y España, la pieza clave del flanco sur de la OTAN, tiene un dictador de 82 años con un pie en la tumba. España controla ambos flancos del Estrecho

La relación de Estados Unidos con España en la segunda mitad del siglo XX giraba en torno a las bases militares, que había firmado Franco en 1953. La renovación de esos acuerdos era una de las herramientas políticas de la dictadura para conseguir fondos económicos y apoyo político de Washington. Pero, tras la firma del texto definitivo en 1970, el asunto se quitó del medio de la relación bilateral, que giró hacia aspectos más políticos. Kissinger visitó España en ocho ocasiones entre 1970 y 1976. Le preocupaba que el comunismo resurgiera en la Península, como había hecho en Italia o amenazaba con hacer en Francia. Desconfiaba de los partidos socialistas, tanto el español como el portugués. Pero tenía un buen consejero en España: el embajador Wells Stabler, uno de los pocos diplomáticos de carrera que Kissinger respetaba, y que se atrevía a llevarle la contraria. Stabler, que hablaba buen español y se reunía con los actores políticos de aquella España en convulsión, defendía la necesidad de apoyar al partido socialista para contener a los comunistas. Un PSOE atlantista, demócrata, moderado. Kissinger, que había visto el auge de los comunistas en Italia o, en menor medida, en Francia, desconfiaba, y creía que los socialistas eran débiles y estaban mal organizados. En el último de sus viajes a España, Kissinger le dijo al entonces ministro de Exteriores José María de Areiza: “Vayan despacio”. Estaba especialmente obsesionado con el auge de Comisiones Obreras, por el apoyo del PCE. Washington apoyó a la UGT, para contrarrestarlo. Kissinger llegó a organizar un encuentro entre los representantes de la mayor central sindical, AFL-CIO, con Juan Carlos I, cuenta Powell.

Stabler quiso incluso acelerar el traspaso de poderes de un Franco enfermo al príncipe Juan Carlos, algo que Kissinger frenaría. Kissinger le envió un telegrama muy duro diciendo que bajo ningún concepto se apoyaría esa transición de poder: había que esperar a que el dictador muriera.

Kissinger también fue actor clave en la “entrega” del Sáhara Occidental por parte de España a Marruecos y Mauritania en 1975. El Acuerdo Tripartito ponía fin al conflicto desatado por la Marcha Verde que el rey Hasán II había organizado: decenas de miles de civiles y soldados camuflados que entraron primero pacíficamente, y luego a sangre y fuego, en la que había sido provincia 53 de España. “No es cierta esa leyenda de que Kissinger conspiró para organizarla”, dice Powell. “Lo que sí es cierto es que ni él ni Juan Carlos I creyeron nunca en la viabilidad de un Estado independiente en el Sáhara Occidental, y querían que se lo quedara Marruecos porque para Estados Unidos era un aliado en la zona”.

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