|
Lección intensiva de geopolítica. II
Los cables que fueron desclasificados de forma
masiva e incorporados a su archivo público en 2017 por la
CIA revelan que el entonces príncipe Juan Carlos I negoció
en secreto con Marruecos y EE. UU. la entrega del Sáhara Occidental
a cambio del respaldo estadounidense para consolidar su llegada
al trono en España, un pacto geopolítico en el que las Islas
Canarias jugaron un papel estratégico fundamental. A esta
red de información de la inteligencia estadounidense y sus
implicaciones para el archipiélago se la conoce históricamente
como la "Operación Canarias". El 18 de enero de 2017 la agencia
estadounidense liberó más de 12 millones de documentos en
su sitio web oficial que abarcaban desde la Segunda Guerra
Mundial hasta la actualidad. Gran parte de la vigilancia sobre
el archipiélago canario se mantuvo bajo secreto durante cerca
de 20 años, saliendo a la luz al digitalizarse dichos fondos
históricos que antes solo se consultaban físicamente en Maryland.
Vayamos atrás en el tiempo.
No hace tanto tiempo que Estados Unidos tuvo
entre sus objetivos atacar la costa de España e invadir las
islas Canarias. Una idea que hoy ni se nos pasaría por la
cabeza, pero que estuvo sobre la mesa del despacho oval en
la Casa Blanca durante años, con varias opciones que iban
desde atacar directamente nuestras costas en la península
hasta arrebatarnos el archipiélago entero. Antes, incluso,
de que ambas naciones se enfrentaran por última vez en la
famosa Guerra de Cuba a finales del siglo XIX. Se ha escrito
mucho sobre los intereses geopolíticos y económicos que motivaron
la intervención de estos en favor de los independentistas
cubanos y filipinos, pero ¿por qué esperaron tres años desde
el comienzo de la guerra hispano en 1895 para hacerlo? La
respuesta quizá esté en la llamada «doctrina Monroe» de 1823,
en la que el presidente James Monroe aseguró que Estados Unidos
no toleraría la intervención de los países europeos en el
continente americano, a la vez que prometía no inmiscuirse
en ninguna colonia ya establecida, como, por ejemplo, las
españolas.

La Guerra de Cuba (o Guerra de Independencia
cubana) comenzó el 24 de febrero de 1895 y terminó el 12 de
agosto de 1898. Fue el conflicto armado entre los separatistas
cubanos (mambises) y España, que concluyó tras la entrada
de Estados Unidos y la pérdida de la soberanía española. La
Guerra de los Diez Años (1868-1878), también llamada Guerra
Grande o del 68, fue la primera gran lucha de Cuba por su
independencia de España. En España se le conoció popularmente
como Guerra de Cuba, aunque este término a veces también alude
a la guerra de 1895.
La Guerra de los Diez Años fue la primera fase
o la primera gran contienda de las guerras de independencia
de Cuba contra España. La llamada «Guerra de Cuba» o Guerra
de Independencia (1895-1898) fue el conflicto definitivo que,
con la intervención de Estados Unidos, logró la emancipación
de la isla.
El inicio de la Guerra de los Diez Años en 1868,
la primera de las tres guerras de independencia contra España,
cambió ese compromiso. Estados Unidos empezó a vislumbrar
la idea de asestar el golpe definitivo en Cuba para auparse
como la principal potencia mundial. La oportunidad se presentó
con el inicio de la revolución cubana de 1895, que llevó al
Colegio Naval de Newport a elaborar varios planes secretos
que incluían ataques contra barcos mercantes españoles y contra
objetivos militares en las costas de la península ibérica,
con el objetivo de destruir los recursos militares hispanos.

El célebre historiador estadounidense John Lawrence
Tone ya apuntó en su libro 'Guerra y genocidio en Cuba, 1895-1898'
(Turner, 2008) que la mayor parte de los cubanos que se alistaron
en las tropas independentistas «lo hicieron en el último mes
de la contienda, una vez que los españoles declararon el alto
el fuego». Un movimiento el de estos desertores realizado
por «mera supervivencia, ante el derrumbe inminente del poder
español, puesto que sus familias e intereses estaban en Cuba».
En 1896, el Departamento de la Marina de los
Estados Unidos formó un grupo de trabajo que terminó de perfilar
dicho plan en diciembre, dos años antes de que Estados Unidos
declarara la guerra a España. En él se especificaba que, mientras
organizaban la invasión de Cuba, la escuadra del Pacífico
comandada por William Kimball se dirigiría al Estrecho de
Gibraltar en vez de a las islas Filipinas. Allí se uniría
a la flotilla atlántica y ambas ocuparían conjuntamente algún
enclave de las islas Canarias para atacar desde allí el tráfico
mercante español. Era la primera propuesta oficial de Estados
Unidos en la que se hablaba de conquistar un territorio español.
Según cuenta el historiador Amós Farrujia Coello en un excelente
estudio publicado en 2014 en la 'Revista de Historia Canaria'
, el plan del Departamento de la Marina estadounidense constaba
de objetivos como estos: «Bloqueo de las aguas de Cuba y Puerto
Rico, cortando el cable telegráfico; destrucción de los depósitos
y arsenales de La Habana y San Juan mediante el bombardeo
de las dos ciudades, el envío de refuerzos a los sublevados
en las dos islas y el desplazamiento simultáneo de las escuadras
destacadas en el Mediterráneo y Asia para conquistar las islas
Canarias, con el refuerzo de algunos barcos de la escuadra
nacional. Todo ello con vistas a utilizarlas después como
base para ulteriores maniobras contra la marina española en
sus propias aguas, así contra su comercio». La tensión con
Estados Unidos ya era evidente en aquel momento. La revista
'Blanco y Negro' recordaba en sus páginas el incidente del
«Virginius» de 1873, un vapor americano cargado de armas y
municiones para los independentistas cubanos que fue apresado
por España. «La evocación de este incidente puede constituir
un argumento poderoso contra los que dudan de la vitalidad
de nuestro pueblo y creen que las dificultades de hoy no ofrecen
precedentes en la historia de España», comentaba la revista.
Algunos expertos estadounidenses consideraron
arriesgada la concentración de fuerzas en España para atacar
sus costas y conquistar Canarias. La última vez que una potencia
extranjera lo intentó, en el verano de 1797, fue un desastre.
Horacio Nelson intentó hacerse con las importantes cantidades
de oro que portaban los barcos de la antigua flota de Indias
atracados en Santa Cruz de Tenerife y conquistar después el
archipiélago. El resultado: 233 ingleses muertos y solo 24
españoles. El almirante británico, además, perdió su brazo
derecho y sufrió una profunda depresión. Un siglo después,
el presidente de la Escuela Naval de Guerra estadounidense,
Henry Clay Taylor, aseguró que aquella acción contra España
era una temeridad que implicaba la desprotección del Pacífico.
Lo hizo en una carta abierta al secretario del Departamento
de Marina en Washington D.C.: «No estoy de acuerdo con la
sugerencia de hacer una pretenciosa aparición en aguas españolas
dados los riesgos que conlleva una operación tan comprometida
a 3.500 millas de distancia de nuestras bases. De llevar a
cabo la maniobra, la intención sería proporcionar al poderío
naval español una seria ofensiva. No soy de la opinión de
que podamos infligir considerables daños a España. De ahí
que insista en recomendar que toda la fuerza a disposición
de Estados Unidos se concentre en Cuba». En 1897, sin embargo,
unos trescientos banqueros que habían invertido en Cuba más
de 33 millones de dólares desde 1878 pidieron al secretario
de Estado que interviniera en la isla para proteger sus intereses
económicos. Uno de los primeros en apoyar dicha propuesta
fue Theodore Roosevelt , subsecretario de Marina en aquellos
años, que llevaba un tiempo defendiendo que Estados Unidos
necesitaba una guerra. De ahí que presionara para se iniciara
una contra España en el Caribe.

Pásate por La bibliotecaria >>
Agosto 2026.
La frase «más se perdió en Cuba» es un dicho
popular español que se utiliza para consolar a alguien ante
un contratiempo o pérdida material, recordándole que su problema
actual no es tan grave en comparación con una desgracia mayor.
El origen de este refrán se remonta al año 1898, cuando España
sufrió el llamado «Desastre del 98». Durante este conflicto,
el país perdió sus últimas colonias de ultramar: Cuba, Puerto
Rico y Filipinas, tras ser derrotado por los Estados Unidos.
La pérdida de Cuba, considerada la «joya de la Corona» por
su enorme valor económico y estratégico, supuso un durísimo
golpe moral, político y financiero para la sociedad española
de la época. La locución original suele completarse como «más
se perdió en Cuba y vinieron silbando» o «y vinieron cantando».
Esta coletilla hace referencia a los soldados españoles supervivientes
que, a pesar de haber sido derrotados, de regresar heridos,
hambrientos o con lo puesto, regresaban contentos a la península
por el simple hecho de haber salvado la vida y volver con
sus familias. La publicación de la novela Azucre, de Bibiana
Candia, ha provocado que se vuelva a hablar del proyecto de
inmigración de Urbano Feijóo Sotomayor gestionado por la Compañía
Patriótica-Mercantil de ayuda a Cuba y salvación de Galicia,
aunque este no fue el primero ni el último proyecto de colonización,
contratación e inmigración de trabajadores españoles.
Pásate por Ser humano >> Segregación
V.
La respuesta recibida por el escéptico Clay
Taylor en este sentido fue clara: «Pensamos que España no
tendría éxito contra la flota estadounidense en aguas cubanas.
Podría haber ataques rápidos sobre nuestro bloqueo a Cuba
por cruceros bien armados y protegidos desde aguas españolas.
Por esa razón propusimos que una escuadra volante de dos cruceros
acorazados, dos destructores y otros navíos tendría que ser
destinada a la costa española. Así realizaríamos una demostración
de fuerza sobre sus ciudades menores y amenazaríamos con bloquear
las mayores, al tiempo que España retendría una escuadra en
su propia costa. Pensamos que los barcos españoles más peligrosos
para nuestro bloqueo en Cuba deben ser detenidos en sus aguas».
A Roosevelt le quedaban tres años para convertirse en el presidente
de Estados Unidos, pero insistió como si lo fuera en la idea
de bombardear las costas españolas y destruir sus escuadras
antes de que se trasladaran a las Antillas, según explicaba
Javier Márquez Quevedo en su tesis 'Canarias y la crisis finisecular
española (1890-1907)' (Ministerio de Defensa, 2005). El 5
de abril de 1898, se divisó al norte de Santa Cruz de Tenerife
a varios buques norteamericanos y el archipiélago entero se
reforzó con tropas peninsulares. Era la primera medida tomada
por las autoridades para repeler un previsible ataque por
sorpresa de los americanos. Por eso 'Blanco y Negro' advertía
de la escuadra en reserva que había en Cádiz, lista para «acudir
allá donde la reclame la defensa del territorio nacional».
En una carta escrita a principios de abril de 1898 –recogida
por los historiadores Antonio Pérez Voituriez y Oswaldo Brito
en 'Canarias, encrucijada internacional' (Círculo de Estudios
Sociales de Canarias, 1982)–, el almirante Pascual Cervera
y Topete ya avisaba de que la Armada estadounidense podía
invadir fácilmente Canarias para utilizarlas como base de
operaciones contra la Península: «Si nuestra fuerza naval
fuera superior a la de Estados Unidos, la cuestión sería muy
sencilla, pues, con cerrarles el paso, bastaría. Pero es muy
inferior a nosotros y tratar de cerrarles el paso, es decir,
de presentarles batalla en el mar, sería el mayor de los desatinos.
Sería buscar una derrota cierta y el enemigo se apoderaría
de alguna buena posición en las Canarias».

Las Islas Canarias son un enclave geoestratégico
fundamental en el Océano Atlántico medio-septentrional, situadas
como un nudo de conexión y frontera avanzada entre Europa,
África y América. Su posición marca el control de las rutas
atlánticas y concentra tensiones por la delimitación de aguas,
recursos y flujos migratorios.
«Bajo las presentes circunstancias, ¿esta flota
debería ir a América o por el contrario debería proteger nuestras
costas y las Canarias en previsión de cualquier contingencia?»,
preguntó Cervera a los capitanes de su escuadra cuando recibió
la orden de partir hacía el Caribe por parte del ministro
de la Guerra, Segismundo Bermejo . Antes de que las fuerzas
estadounidenses le bloquearan en el puerto se Santiago de
Cuba, el almirante ya había escrito al ministro calificando
de «desastrosa» la decisión. Incluso escribió a su hermano
para ponerle en aviso: «Vamos a un sacrificio tan estéril
como inútil. Si en él muero, como parece seguro, cuida de
mi mujer y de mis hijos». Cervera estuvo a punto de desobedecer
la orden y retornar a Canarias a medio camino, convencido
del peligro que implicaba dejar a España desprotegida ante
el posible ataque por mar de Estados Unidos. Llegó la noticia
del inicio de la guerra y Bermejo, sin embargo, insistió en
su orden de que se dirigiera a América de inmediato, asegurándole
que el archipiélago estaba completamente seguro. «Persisto
en mi opinión, la cual coincide con la de los capitanes de
los barcos, sin embargo haré todo lo posible para acelerar
nuestra partida, negando cualquier responsabilidad por las
consecuencias», repondió Cervera, según recoge el detallado
artículo de Amós Farrujia Coello. El resultado ya lo conocemos:
España sumó 332 muertos y 197 heridos, mientras Estados Unidos
solo una víctima mortal y unos pocos heridos. Lo contamos
aquí hace un año y medio, cuando ABC tuvo acceso en exclusiva
a una de las copias originales del parte de guerra de la batalla
naval de Santiago de Cuba , acaecido el 3 de julio de 1898,
escrita a pluma y lápiz. «La jornada del 3 de julio ha sido
un desastre horroroso, como yo había previsto», escribía Cervera
en esta.
Aquella derrota, junto a la sufrida en Cavite,
Filipinas, puso a España en una situación de gran tensión
frente al peligro de que sufriera el mencionado ataque en
sus costas. Las opciones que se barajaron entonces desde Madrid
fueron tres: «Quedarse en una posición defensiva que cubriría
un frente amplio situado entre la Península y Canarias, cañonear
la costa este de Estados Unidos para separar a la flota enemiga
y socorrer a Cervera o marchar a Filipinas para levantar el
asedio de Manila», cuenta Farrujia Coello. En Canarias parecían
convencidos de que los norteamericanos no se atreverían a
invadir unas islas tan alejadas de sus bases sin consumar
antes la conquista de Cuba. Aún así enviaron tropas de refuerzo
desde Madrid y el capitán general del archipiélago declaró
vigente el estado de guerra en su región, suspendiendo las
garantías constitucionales. «Si como aseguran es objeto de
su codiciada estas avanzadas españolas en el Atlántico, vengan
de una vez y aprenderán de los canarios que ya arrollaron
antaño a las huestes indomables de Drake y Nelson cómo lucha
un pueblo viril por su honor e independencia al grito ensordecedor
de ¡Viva España!», podía leerse aquellos días en el ' Heraldo
de Tenerife '. Finalmente, el presidente William Mckinley
dio a conocer en julio su decisión de no desembarcar en Canarias
ni aprovechar las islas como base de operaciones contra la
Península. 'Times' seguía manteniendo su hipótesis de que
España perdería el archipiélago si no aceptaba las condiciones
de Estados Unidos en la Conferencia de Paz de París. En julio,
de hecho, el presidente español Práxedes Mateo Sagasta justificó
la capitulación porque no solo Canarias, sino también las
islas Baleares y la Península, estaban en peligro. «Esta amenaza
pesó sobre España durante las negociaciones de paz y, de hecho,
Estados Unidos contempló realizar acciones en este tercer
teatro», defiende Farrujia Coello.

Horatio Nelson, I vizconde de Nelson, I duque
de Bronte, fue un vicealmirante de la Marina Real británica,
conocido por sus victorias durante las Guerras revolucionarias
francesas y las Guerras napoleónicas, particularmente por
su victoria en Trafalgar. La eterna polémica entre
historiadores hispanos y anglicanos.
Y ya en 1975 ...
Poco después de la muerte del dictador Franco,
Henry Kissinger escribió un largo telegrama a Juan Carlos
I. Cinco páginas en las que se permitía aconsejar al Rey sobre
cómo debía actuar en el futuro y sobre qué personas se debía
rodear. Eran consejos muy minuciosos y prácticos. Le decía:
no vayas demasiado deprisa ni hagas más concesiones de las
necesarias, y no convoques elecciones hasta estar seguro de
poder ganarlas. En aquel telegrama le recomendaba por ejemplo
apoyarse en expertos demoscópicos para saber qué pensaba el
país realmente y ajustar el ritmo al que debía implementar
la apertura democrática.
Pero Kissinger tenía una obsesión: el comunismo.
Quería dejarlo fuera del Parlamento español, que se mantuviera
su ilegalización. El tiempo le quitaría la razón, y aquella
legalización devendría en una de las claves de la transición
pacífica en España.
Henry Kissinger (Fürth, Alemania, 1923) falleció
en 2023 a los 100 años de edad. Fue profesor de Historia de
Harvard, consejero de Seguridad Nacional (1969-1975) y secretario
de Estado (1973-1977), en los Gobiernos de Richard Nixon y
Gerald Ford. El solapamiento de ambos cargos, la primera y
única vez que ha ocurrido en la historia, le convirtió en
un ser todopoderoso, una suerte de presidente-bis. Con ese
poder cometió atroces crímenes de guerra (los bombardeos indiscriminados
de la población civil en Camboya, o el apoyo a golpes de Estado
en Chile o Argentina, con decenas de miles de muertos o desaparecidos).
A pesar de todo, consiguió el premio Nobel de la Paz por su
contribución al final de la Guerra de Vietnam.
Kissinger es conocido por sus posiciones “realistas”
de la política exterior americana: el crudo interés por encima
de toda cuestión ideológica, y el uso de la fuerza para defenderlos.

El autor traza un apasionante recorrido por
los años cruciales que van del tardofranquismo a la Transición.
Su época en el poder coincidió con la última
etapa de la dictadura española y la Transición hacia la democracia.
¿Facilitó o dificultó ese proceso? “No tuvo una gran fe en
la Transición, ni en la capacidad de los españoles para gobernarse
a sí mismos, porque tenía un amplio conocimiento histórico,
tanto del siglo XIX europeo como de la Guerra Civil”, explica
Powell. Decía que admiraba la cultura, la literatura o el
imperio español, pero no confiaba en la capacidad de vivir
juntos de los españoles, como afirmó en alguna ocasión. Kissinger
tenía una visión benévola del régimen de Franco: era un régimen
autoritario, sí, pero que había permitido un desarrollo socioeconómico
impresionante. Y era un firme aliado de EEUU. A pesar de esa
visión, el secretario de Estado Kissinger fue corresponsable
de un movimiento que sería clave años más tarde. Ayudó a pergeñar
un viaje de Juan Carlos I para comparecer ante el Congreso
de Estados Unidos al completo, Senado y Cámara de Representantes.
Era junio de 1976. El Rey por primera vez habla de democracia
para España, y se compromete a impulsarla. Se lleva las loas
de los editoriales de grandes medios como el Washington Post
o el New York Times. A su vuelta a España, echa al presidente
Carlos Arias Navarro y pone a Adolfo Suárez, recuerda Powell,
también autor de El amigo americano (Galaxia Gutenberg, 2011),
sobre las relaciones trasatlánticas.

Los cables diplomáticos difundidos a través
de WikiLeaks (y publicados en España por el diario Público)
revelaron que el rey Juan Carlos I, en la imagen dando el
discurso que dio por fracasado el golpe de Estado de Tejero,
actuó como colaborador y confidente de Estados Unidos durante
los últimos años del franquismo y la Transición, además de
mostrar el respaldo diplomático norteamericano a su figura.
WikiLeaks difundió mas de 12000 páginas
con fechas y nombres.
A mediados de los años 70, la revolución
de los claveles en Portugal y los comunistas en Italia llamando
a las puertas del gobierno. Grecia sale de una dictadura en
llamas y España, la pieza clave del flanco sur de la
OTAN, tiene un dictador de 82 años con un pie en la
tumba. España controla ambos flancos del Estrecho
La relación de Estados Unidos con España en
la segunda mitad del siglo XX giraba en torno a las bases
militares, que había firmado Franco en 1953. La renovación
de esos acuerdos era una de las herramientas políticas de
la dictadura para conseguir fondos económicos y apoyo político
de Washington. Pero, tras la firma del texto definitivo en
1970, el asunto se quitó del medio de la relación bilateral,
que giró hacia aspectos más políticos. Kissinger visitó España
en ocho ocasiones entre 1970 y 1976. Le preocupaba que el
comunismo resurgiera en la Península, como había hecho en
Italia o amenazaba con hacer en Francia. Desconfiaba de los
partidos socialistas, tanto el español como el portugués.
Pero tenía un buen consejero en España: el embajador Wells
Stabler, uno de los pocos diplomáticos de carrera que Kissinger
respetaba, y que se atrevía a llevarle la contraria. Stabler,
que hablaba buen español y se reunía con los actores políticos
de aquella España en convulsión, defendía la necesidad de
apoyar al partido socialista para contener a los comunistas.
Un PSOE atlantista, demócrata, moderado. Kissinger, que había
visto el auge de los comunistas en Italia o, en menor medida,
en Francia, desconfiaba, y creía que los socialistas eran
débiles y estaban mal organizados. En el último de sus viajes
a España, Kissinger le dijo al entonces ministro de Exteriores
José María de Areiza: “Vayan despacio”. Estaba especialmente
obsesionado con el auge de Comisiones Obreras, por el apoyo
del PCE. Washington apoyó a la UGT, para contrarrestarlo.
Kissinger llegó a organizar un encuentro entre los representantes
de la mayor central sindical, AFL-CIO, con Juan Carlos I,
cuenta Powell.
Stabler quiso incluso acelerar el traspaso de
poderes de un Franco enfermo al príncipe Juan Carlos, algo
que Kissinger frenaría. Kissinger le envió un telegrama muy
duro diciendo que bajo ningún concepto se apoyaría esa transición
de poder: había que esperar a que el dictador muriera.
Kissinger también fue actor clave en la “entrega”
del Sáhara Occidental por parte de España a Marruecos y Mauritania
en 1975. El Acuerdo Tripartito ponía fin al conflicto desatado
por la Marcha Verde que el rey Hasán II había organizado:
decenas de miles de civiles y soldados camuflados que entraron
primero pacíficamente, y luego a sangre y fuego, en la que
había sido provincia 53 de España. “No es cierta esa leyenda
de que Kissinger conspiró para organizarla”, dice Powell.
“Lo que sí es cierto es que ni él ni Juan Carlos I creyeron
nunca en la viabilidad de un Estado independiente en el Sáhara
Occidental, y querían que se lo quedara Marruecos porque para
Estados Unidos era un aliado en la zona”.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------





--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------






--------------------------------------------------------------------------------------------------------------
|