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Las tormentas de polvo atraviesan regiones enteras
cuando el suelo pierde vegetación y empujan a China a frenar
el avance de sus desiertos. El país asiático intenta proteger
terrenos agrícolas, pastos y poblaciones expuestas a la degradación
de las zonas áridas, porque la pérdida de suelo fértil reduce
la producción y obliga a dedicar más recursos a recuperar
áreas dañadas. También busca rebajar la cantidad de polvo
que llega a las ciudades, mejorar el aire y conservar agua
en territorios donde cada planta ayuda a fijar el terreno.
La plantación de árboles forma parte de esa
respuesta, aunque su eficacia depende de las especies elegidas,
de los cuidados posteriores y de la capacidad de cada bosque
para adaptarse durante décadas. Esa última cuestión ha llevado
a estudiar qué ocurre realmente en las grandes áreas reforestadas
del país.
Los bosques creados dentro de la Gran Muralla
Verde están creciendo con mayor rapidez que los bosques naturales,
según una investigación publicada en Geophysical Research
Letters y recogida por Live Science. El trabajo examinó cómo
responden ambos tipos de bosque al aumento del dióxido de
carbono atmosférico y descubrió una diferencia notable en
el desarrollo de sus copas. Yuhang Luo, ecólogo del paisaje
de la Universidad de Pekín en Shenzhen y autor principal del
estudio, advirtió de que todavía quedan dudas sobre la capacidad
real de estas plantaciones para retirar carbono de la atmósfera
durante periodos largos. China puso en marcha la Gran Muralla
Verde en 1978 para contener la desertificación de los pastizales
próximos a los desiertos de Gobi y Taklamakán, y prevé terminar
el proyecto en 2050. Desde entonces ha plantado 66.000 millones
de árboles y planea añadir otros 34.000 millones.

Las labores de mantenimiento, la elección de
especies y la disponibilidad de recursos favorecen un crecimiento
superior incluso entre masas con edades parecidas.
Las primeras fases tropezaron con especies de
crecimiento rápido que soportaban mal el clima y acabaron
muriendo, una experiencia que obligó a revisar la selección
de árboles y los cuidados. El avance posterior elevó la cobertura
forestal de las regiones afectadas del 5% en 1978 al 14% en
2023, según un artículo de Nature. Esa expansión también redujo
las tormentas de polvo y mejoró el aire en ciudades situadas
a favor del viento, entre ellas Pekín. El equipo recurrió
a datos de satélite para medir el índice de área foliar, que
indica la densidad de las copas y ayuda a estimar la capacidad
de absorción de carbono. Con ese método comprobó que el área
foliar de los bosques plantados aumentaba un 66% más deprisa
que la de los bosques naturales. Buena parte de la diferencia
procede de la edad, ya que los árboles jóvenes crecen con
mayor rapidez, mientras que muchas masas naturales contienen
ejemplares más maduros. La ventaja permaneció incluso al comparar
bosques de edad y condiciones parecidas. Las plantaciones
crecían entonces un 4,6% más, con diferencias mayores en masas
perennes y formadas por varias especies. Live Science atribuye
parte de ese comportamiento a la gestión humana, ya que estas
áreas suelen incluir eucaliptos o chopos, reciben fertilizantes
y pierden vegetación competidora. Al disponer de más luz,
agua y nutrientes, los árboles jóvenes aprovechan mejor el
aumento del dióxido de carbono atmosférico.
Ese impulso alcanza su punto más alto cuando
los árboles tienen entre 30 y 40 años y cae con fuerza después
de los 40. Los bosques naturales avanzan con mayor lentitud,
aunque mantienen mejor su capacidad durante periodos largos.
Luo resumió esa diferencia temporal con una advertencia sobre
el papel de cada modelo forestal: “Los bosques plantados pueden
ser una herramienta potente para captar carbono a corto plazo,
pero esta ventaja es temporal”. También recordó que los bosques
naturales siguen desempeñando un papel esencial cuando se
piensa a largo plazo: “Para guardar carbono a largo plazo
y mantener la capacidad de recuperación, los bosques naturales
siguen siendo insustituibles”.

El país asiático protege cultivos, pastos y
poblaciones mediante nuevas plantaciones.
Ese impulso alcanza su punto más alto cuando
los árboles tienen entre 30 y 40 años y cae con fuerza después
de los 40. Los bosques naturales avanzan con mayor lentitud,
aunque mantienen mejor su capacidad durante periodos largos.
Luo resumió esa diferencia temporal con una advertencia sobre
el papel de cada modelo forestal: “Los bosques plantados pueden
ser una herramienta potente para captar carbono a corto plazo,
pero esta ventaja es temporal”. También recordó que los bosques
naturales siguen desempeñando un papel esencial cuando se
piensa a largo plazo: “Para guardar carbono a largo plazo
y mantener la capacidad de recuperación, los bosques naturales
siguen siendo insustituibles”.
Kevin Dsouza, investigador que trabajó con modelos
de reforestación en la Universidad de Waterloo y que no participó
en el estudio, pidió cautela con el indicador empleado. El
índice de área foliar describe la parte superior del árbol,
mientras que el carbono también queda almacenado en la mardera,
la corteza, las raíces y el suelo.
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