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15 - Agosto - 2022
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La trayectoria del salafismo político en Egipto es la historia de un éxito fraguado en la sombra. Desde 2012 a 2014, jugaron correctamente sus cartas para acercarse al poder, formando alianzas con quien creían necesario. Son el único partido religioso que sobrevivió al golpe de Estado e incluso participaron en la redacción de la nueva Constitución. El imparable ascenso de los salafistas situaba al grupo suní ultraconservador, de doctrina más radical que los Hermanos Musulmanes, como la formación que más se ha consolidado en la arena política del Egipto posrevolucionario.

Su brazo político, el partido Al Nur, se fundó en el albor de los días que siguieron a la destitución de Hosni Mubarak. En sus comienzos fue ignorado por la mayoría y nadie creyó que un partido de corte tan radical recibiría apoyo popular. Fue en las elecciones parlamentarias de 2011, en las que los salafistas se hicieron con casi un cuarto de la cámara (111 asientos de 498), cuando demostraron tener un amplio espectro de seguidores. Los principales ganadores, los Hermanos Musulmanes, vieron en ellos al aliado perfecto para imponer su ideario islamista. Sin embargo, para evitar el desgaste, los salafistas no presentaron candidato en la campaña presidencial. Su postura fue más prudente: apoyaron a candidatos islamistas independientes, como Abul Futuh.

El golpe de Estado en Egipto de 2013 tuvo lugar el miércoles 3 de julio de 2013, cuando el presidente del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, Abdul Fatah al-Sisi, derrocó con ayuda del Ejército al presidente del Gobierno egipcio, Mohamed Morsi, el primer jefe de Estado egipcio elegido democráticamente en la milenaria historia del país. Tras la asonada militar, los golpistas suspendieron la Constitución.

El movimiento, una versión musulmana suní que interpreta el Corán de un modo literal, es una de las corrientes más fundamentalistas en la actualidad. En Egipto se gestó en los años 70, en la ciudad costera de Alejandría, cuando varios de sus seguidores decidieron fundar Al-Dawa al-Salafi (La llamada salafista) para predicar el retorno a los orígenes del islam. Sus preceptos imitan el modo de vida de sus antecesores (salaf) musulmanes durante las primeras generaciones de los discípulos del profeta Mahoma. Hoy en día cuentan con cerca de 10 millones de seguidores en Egipto y, en 2010, se les consideró el grupo musulmán que se extiende con más rapidez en el mundo.

Su doctrina integra un conjunto de normas muy estrictas que aplican en su vida diaria. Interpretan el Corán al pie de la letra y por eso imitan el modo de vestir de sus antepasados. Los hombres lucen largas barbas, mientras que las mujeres se cubren con el niqab (el velo negro que cubre prácticamente el rostro, el cuerpo y las manos). Son el grupo más asiduo a las mezquitas y también se caracterizan por el trato desigual que le dan a la mujer ya que, según ellos, el Corán atribuye más autoridad al hombre, al que la mujer debe obedecer. Así, evitan saludar a las mujeres con la mano o darles protagonismo en los actos de calado público.

La Sharia, una ley defendida por los talibanes que afecta especialmente a las mujeres.

Su irrupción en la política supuso una novedad. Sobre todo, porque no contaban con experiencia previa a la revolución de 2011, ya que durante los años de Sadat o de Mubarak se vivieron reprimidos por las autoridades. Su postura siempre ha sido antidemocrática, ya que consideraban la política como un valor contrario a la ley islámica. El líder religioso, Yaser Burhami, declaró estar en contra de “la democracia occidental, que permite a las personas decidir aquello que está permitido y lo que no, sin recurrir a la voluntad de Dios”. Su principal ambición política era la aplicación de la ley islámica, la sharia, además de introducir sus costumbres en la sociedad, generalmente a través de las madrasas, las escuelas coránicas. El avance del salafismo, no sólo en Egipto, sino también en países como Libia, Túnez o Siria, donde las revueltas árabes han allanado el camino a los grupos más radicales, inquieta a Occidente desde entonces. El New York Times definió el movimiento como “una de las consecuencias más alarmantes de las revueltas árabes, que ha pasado inadvertida” y apuntó que es innegable su constante expansión en el Golfo y en el Norte de África. Aunque no todos apuestan por la insurrección armada, varios grupos salafistas han participado en actos violentos: en Libia han destruido santuarios que incumplían sus preceptos, en Túnez han atacado negocios que vendían alcohol y en Siria varios grupos armados reciben financiación de los saudíes wahabíes, de creencias similares, para combatir al régimen de Bachar Al Asad.

Unos maestros de la adaptación.

La clave de su éxito es que supieron adaptarse muy rápido. Nadie esperaba que este grupo, sin experiencia previa, actuase de un modo tan inteligente. Se aproximaron a los Hermanos Musulmanes cuando estaban en el poder y, cuando estos perdieron popularidad, al ejército. Al Nur se apresuró a romper relaciones con la Hermandad tras la declaración constitucional de 2012, en la que Mohamed Mursi se atribuía poderes absolutos. Los salafistas supieron ver al tirano islamista y rápidamente se unieron al bloque opositor, el Frente de Salvación Nacional.

Pero, sin duda, la imagen del líder del partido, Yunis Makhyoun, junto al general Al Sisi cuando este anunció la destitución de Mursi tras el golpe de Estado supuso el cisma con el resto de fuerzas islamistas. Semanas más tarde, el ejército desalojó violentamente el campamento de Rabaa, donde murieron más de 600 seguidores de la Hermandad. Al Nur emitió un comunicado en el que instaba a sus partidarios a apoyar a los militares: “El ejército egipcio es el ejército árabe más coherente en la región. (…) Por el bien nacional, todos los ciudadanos deben apoyar a las fuerzas armadas egipcias”. La nueva alianza le costó el apoyo de los otros grupos salafistas, que se distanciaron de Al Nur hasta el día de hoy.

“Apoyamos la hoja de ruta (marcada por el ejército) porque nuestro estado está deteriorado tras tres años de inestabilidad”, contaba entonces Nader Bakar, responsable de prensa de Al Nur. “Tuvimos que decidir entre un estado débil o apostar por un estado con instituciones. No queremos que nuestro país termine como Libia, Yemen, Siria o Irak, así que no podemos permitir que caiga el ejército”, explicó. Aseguraba que el tiempo le daria la razón y el resto de agrupaciones entenderian su nuevo proyecto. “El éxito de Al Nur es que hemos sabido convertir nuestros fracasos en una oportunidad”. Al Nur fue el único partido religioso que participó en la redacción de la nueva Carta Magna. Su empeño siempre fue la inclusión del artículo 219, aquel en el que “los principios de la ‘sharia’ (…) incluyen fuentes creíbles de las doctrinas suníes”. El resto del Comité no quiso introducir esta distinción del término suní, resumiéndolo en el artículo 2: “Los principios de la ley islámica son la principal fuente de legislación”. Sin embargo, Bakar no concibió el nuevo artículo como un fracaso ya que “en el nuevo texto el rol de la ‘sharia’ está definido desde el principio, en el preámbulo”, algo que no ocurría en el de 2012. Esto favorece una mejor aplicación de la ley islámica ya que el preámbulo compromete al resto de artículos.

Los suníes o sunitas son el grupo musulmán mayoritario en la comunidad islámica mundial, seguido por el 87-90% de todos los musulmanes del mundo. Se caracteriza por un énfasis mayor en el profeta, los sahaba (los compañeros, discípulos, escribas y a la familia del profeta Mahoma) y las costumbres de allí derivadas.

“¡Esta Constitución respeta nuestra ‘sharia’ islámica, la queremos!”. Cabecillas del partido recorreron platós de televisión para fomentar el voto del sí en el referéndum. Como Bakar, viajaron por todo el país para convencer a su auditorio de que esta Constitución era la adecuada porque respetaba la ley islámica. En cambio, el Frente Salafista, uno de los grupos opositores a Al Nur, anunció un boicot a la votación para mostrar su desacuerdo.

Según las estimaciones, si los Hermanos Musulmanes no participaban en ninguna de las elecciones, Al Nur atraeria a gran parte de sus votantes. Una victoria similar a la de 2011 les haría disfrutar de una fuerte presencia en el Parlamento, y serian capaces de ejercer una presión considerable a la hora de legislar. En la carrera presidencial, aseguraban quedarse al margen. “Sabemos que el próximo presidente cargará con toda la responsabilidad de la corrupción, de reformar el Estado profundo, o de lidiar con las autoridades”, explicaba Bakar. “No queremos que otros puedan condicionar el crecimiento de la corriente islamista. Sólo han pasado meses desde que Mursi saliera del Gobierno, el pueblo no está convencido de la capacidad de los partidos islámicos”. A pesar de los logros de Al Nur, el año 2014 trajo nuevos retos para el partido. El principal, su división interna; el partido Al Watan, una escisión del propio Al Nur, así como el resto de agrupaciones salafistas, que podrían concurrir en coalición y robarles votos en las próximas elecciones. La prohibición de partidos con base religiosa, artículo de la recién enmendada Carta Magna, presentaba otro obstáculo que podría entorpecer su futuro. Pero, sin duda, las elecciones serán un buen medidor del efecto que su alianza con el general Al Sisi había tenido sobre sus electores, a quienes había que convencer. Si no lo conseguian, podrían decantarse por otros grupos que no se habían sumado a la reformulación política del salafismo.

Finalmente, en aquella ocasión, los ultraconservadores sufrieron una aparatosa derrota.

El presidente Abdel Fattah Al-Sisi fue electo por primera vez en 2014, ganó la reelección cuatro años más tarde y con los cambios constitucionales, su Gobierno actual terminaría en 2024. Si prospera el referendo, el mandato presidencial se extendería de cuatro a seis años y se permitirá una reelección más, con un nuevo artículo transitorio que autorice a al-Sisi presentarse a las elecciones de 2024 sin tener en cuenta sus dos gobiernos previos. Es decir, al-Sisi podría gobernar hasta 2030.

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Los suníes y los chiíes están en confrontación desde la muerte del profeta Mahoma en el 632 d. C., cuando surgieron discrepancias entre sus seguidores en torno a quién debería ser su sucesor. De esta lucha surgieron tres corrientes: los chiíes, fieles al yerno y primo de Mahoma, Alí; los suníes, seguidores del suegro del profeta, Abu-Bkr, que era un mercader de La Meca; y la última los jariyíes, que sostenían que cualquier musulmán podía ser califa y que en la actualidad es la minoritaria entre todas.

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Los Hermanos Musulmanes, la organización del depuesto presidente egipcio, Mohammed Morsi, fue declarada terrorista en 2014 por el gobierno, tres meses después de haber sido proscrita, en medio de una de las peores crisis que enfrentó el movimiento en sus 85 años. La ilegalidad no era una situación desconocida para los Hermanos Musulmanes, que rechazó que la tildasen de terrorismo y dijo haber demostrado sus credenciales democráticas al participar en las elecciones y realizar protestas pacíficas. Unos meses antes, Morsi, el primer miembro del movimiento que era elegido presidente en Egipto, fue derrocado por el ejército y varios de los líderes de la hermandad eran encarcelados y su sede terminó en llamas. Además, los operativos del ejército, en respuesta a las protestas por el retorno de Morsi, deharib a muchos de sus seguidores muertos. Los Hermanos describieron la acción -condenada internacionalmente- como una "masacre". La declaración de "terrorista" fue consecuencia de una serie de ataques de los que el gobierno culpó a la organización, que a su vez los negaba terminantemente. Pero la persecución, la represión contra sus líderes y la ilegalidad han sido una permanente para los Hermanos Musulmanes, en las nueve décadas desde su fundación.

Los Hermanos Musulmanes son la más antigua organización islámica de Egipto, cuya ideología se basa en las enseñanzas del Corán. Fue fundada por Hassan al-Banna y su modelo, que combina activismo político con obras de caridad, ha tenido una gran influencia sobre movimientos musulmanes de todo el mundo. Al principio su objetivo era simplemente propagar la moral y los principios islámicos. Pero no mucho tiempo después asumió la lucha política, en particular en contra del colonialismo británico en Egipto, con el objetivo de erradicar la influencia occidental. Aunque dice respaldar los principios democráticos, uno de sus fines es crear un estado islámico, regido por la sharia. Tras su fundación en 1928, comités de la organización surgieron por todo el país, cada uno de ellos a cargo de una mezquita, una escuela y un centro deportivo. Para fines de la década de 1940 se estima que la organización tenía 500,000 miembros y sus ideas se habían propagado por todo el mundo árabe.

Hassan al Banna fundó los Hermanos Musulmanes en 1928.

Antes de morir, Banna creó el ala paramilitar, los "aparatos especiales", que se unió a la lucha en contra del dominio británico y encabezó olas de ataques con bombas y asesinatos. El gobierno egipcio disolvió el grupo a fines de 1948 por atacar intereses británicos y judíos. No mucho tiempo después, se acusó a la organización del asesinato del primer ministro Mahmoud al-Nuqrashi. Hassan al-Banna, su fundador, rechazó la acusación, pero fue posteriormente asesinado por un desconocido que se cree estaba vinculado a las fuerzas de seguridad. En 1952 se puso fin al dominio colonial tras un golpe de Estado liderado por un grupo de oficiales del ejército que se autodenominaron "Los oficiales de la Libertad". Los Hermanos Musulmanes apoyaron el golpe y cooperaron con el nuevo gobierno: Anuar Sadat, quien se convertiría en presidente en 1970, fue alguna vez el oficial de enlace con ellos. Este entendimiento no duró mucho tiempo. Después de un intento de asesinato del presidente Gamal Abdel Nasser en 1954, del que se les culpó, fueron prohibidos y miles de sus miembros encarcelados y torturados. Pero el grupo siguió creciendo en la clandestinidad. La ruptura con las autoridades llevó a un importante cambio en la ideología del movimiento, evidente en los escritos de su prominente líder, Sayyid Qutb. Qutb abogaba por la jihad (lucha) en contra de las jahili, o sociedades ignorantes, tanto occidentales como algunas islámicas, que consideraban en necesidad de una transformación radical. Sus escritos inspiraron la fundación de muchos grupos radicales islámicos, particularmente al Qaeda y el Jihad Islámico. En 1965, el gobierno egipcio nuevamente arreció su persecución contra el movimiento y un año después ejecutó a Qutb, convirtiéndolo en mártir.

A partir de la década de 1980, los Hermanos Musulmanes trataron de volver a la legalidad política. Sus líderes entraron en alianza con diferentes partidos políticos y así pasaron a ser la principal fuerza de oposición en Egipto. En el 2000, ganaron 17 escaños en la Asamblea Popular, la cámara baja del parlamento. Cinco años después la organización obtuvo su mejor resultado político hasta ese momento. Candidatos independientes aliados ganaron el 20% de los asientos del parlamento. El resultado sorprendió a Hosni Mubarak, que lanzó una ola represiva, arrestando a cientos de sus miembros, y adoptando reformas que en la práctica pusieron en la ilegalidad al movimiento. La constitución fue reescrita para estipular que "la actividad política o los partidos políticos no se basen en principios religiosos"; se prohibió a los candidatos independientes postular a la presidencia y se adoptaron leyes antiterroristas que daban a las fuerzas de seguridad poder para detener a sospechosos y restringir reuniones públicas. A principios de 2011, las manifestaciones antigubernamentales, aparentemente enardecidas por las protestas callejeras en Túnez que provocaron la repentina partida del presidente tunecino, Ben Ali, se extendieron por todo el país. Aunque muchos de los Hermanos se unieron a las protestas, mantuvieron un perfil bajo. Sus lemas tradicionales no fueron vistos en la plaza Tahrir.

La interrupción de la primavera egipcia.

En las primeras elecciones parlamentarias tras el derrocamiento de Hosni Mubarak en 2011, el nuevo "Partido Justicia y Libertad", vinculado a los Hermanos Musulmanes, ganó la mitad de los asientos de la Asamblea Popular. El ultraconservador "Partido Salafista" quedó en segundo lugar, con lo cual los islamistas pasaron a controlar el 70% de la cámara baja. La cámara alta obtuvo un resultado similar. Esto permitió a los Hermanos y sus aliados controlar la selección de candidatos para la Asamblea Constituyente, por lo que fueron criticados por liberales, secularistas, cristianos coptos, jóvenes y mujeres, que se quejaban de que el panel no reflejaba la diversidad de la sociedad egipcia. Y en esa atmósfera de cambios, Mohamed Morsi se convirtió en el primer presidente egipcio de los Hermanos Musulmanes, con el 51.9% de los votos en los comicios de 2012, en los que venció al comandante retirado de la Fuerza Aérea, Ahmed Shafiq. Morsi trató de apaciguar a sus oponentes al insistir que deseaba construir un "estado democrático, civil y moderno" que garantizara la libertad de religión y el derecho a la protesta pacífica. Pero la oposición contra Morsi comenzó a crecer desde noviembre de ese mismo año, cuando se otorgó poderes de gran alcance. En julio de 2013 millones de personas salieron a las calles de El Cairo a reclamar su renuncia. El ejército derrocó a Morsi el 3 de julio y el ejército tomó mando del gobierno, pese a la resistencia de millones de seguidores de los Hermanos Musulmanes. Y se inició un nuevo ciclo en la organización. Un ciclo que ya le es bastante conocido, de persecución, ilegalidad y hasta muerte.

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