www.juezyverdugo.es --- contacto@juezyverdugo.es

 

9 - Septiembre - 2026
>>>> Destacado

 

 

 

 

 

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Podría decirse que Charles Darwin tenía una fijación extraña con las plantas carnívoras. Según cuentan, tenía una colección considerable de estos extraños seres y durante sus investigaciones pasaba horas y horas dándoles de comer de todo, desde queso hasta sales de amonio, para comprobar su mecanismo de alimentación. Fruto de esta obsesión surgió un monográfico de más de 400 páginas en el que trataba de explicar desde sus distintas estrategias de atrapar insectos hasta las razones evolutivas de sus adaptaciones. Y es normal que cayera presa de dicha fascinación. En los cruces que hay el mundo vegetal y el animal, las plantas suelen adoptar un rol bastante pasivo. Normalmente son devoradas por los herbívoros, o bien en su totalidad, o bien en algunas de sus partes, como los frutos. Aunque no siempre salen perdiendo de estos intercambios, ya que algunas especies han aprendido a usar a ciertos herbívoros para esparcir sus semillas.

Pero la falta de nutrientes y la competición por el suelo y el espacio llevó, hace millones de años, a que ciertas plantas adaptaran algunos de sus tejidos para poder cazar. Entre ellas, una de las más espectaculares es Dionaea muscipula, conocida también como la venus atrapamoscas. Esta planta tiene varios pares de hojas con forma de mandíbula que, cuando detectan una presa, se cierran, atrapando al pobre incauto que haya caído en sus fauces.

Hasta ahora se sabía que, para que la venus atrapamoscas cierre sus fauces, un insecto tiene que tocar varios de los pelos detectores que tiene en su interior a la vez. Así, la hoja se cierra únicamente cuando hay un potencial alimento, no por otros estímulos como que caiga una gota de lluvia dentro de la hoja abierta. Una vez activada, la hoja se cierra en aproximadamente un segundo, y comienza a segregar enzimas digestivas que van rompiendo los tejidos de los pobres insectos que hayan aterrizado donde no debían.

Ejemplar de Dionaea muscipula o venus atrapamoscas.

Pero lo que la ciencia desconocía hasta ahora era el mecanismo de cierre de la hoja. En el caso de los animales, tenemos fibras contráctiles en los músculos y células capaces de deformarse rápidamente, pero las plantas no tienen estructuras similares. Las células de las plantas están rodeadas por una gruesa pared de celulosa, que les confieren protección, pero también las confina y la delimita en un espacio. Por ello, es asombroso que, aún sin capacidad aparente de movimiento, la planta pueda atrapar a sus presas en un abrir y cerrar de ojos.

Para resolver este misterio aparentemente imposible, un equipo de científicos liderados por Yoël Forterre, de la Universidad de Marsella y el centro Turing para la biología de sistemas, sacaron la artillería pesada para obtener la mayoría de datos posible de lo que sucedía en las hojas. Y ha sido combinando la detección del movimiento de iones de calcio y mediciones tanto hidráulicas como mecánicas, que han logrado resolver el misterio que atormentó a Darwin hace más de un siglo.

Cuando algún insecto incauto se posa sobre la hoja, normalmente se apoyará en un pelo detector. Este, al moverse, envía una primera señal en forma de una corriente de iones de calcio a las estructuras exteriores, lo que dejará a la planta en un estado de alerta. En cuanto el insecto toque un segundo pelo, una segunda corriente de iones activa el mecanismo y sella el destino del insecto.

Venus atrapamoscas abierta y cerrada.

Lo que han descubierto estos investigadores es que, para cerrarse, la venus atrapamoscas reblandece de forma repentina la pared celular del envés de las hojas. De ese modo, la tensión acumulada en la cara interior cierra la estructura a gran velocidad, como cuando un arquero suelta la cuerda de su arco. De este modo, el cambio es mucho más rápido de lo que la planta podría conseguir modulando la turgencia de las células al mover agua de otras partes de la planta. El mecanismo se observa especialmente bien al realizarle varios cortes a la hoja.

En otro artículo, Jacques Dumais, de la Universidad Adolfo Ibáñez, explica que esta investigación, aunque ayuda a cerrar un capítulo que se había dilatado mucho tiempo en la ciencia, también plantea un dilema evolutivo interesante: ¿Cómo surgieron las primeras venus atrapamoscas? Si las trampas iniciales eran más lentas que las actuales no podrían atrapar insectos y, por tanto, el proceso evolutivo se habría deshecho de ellas. Así pues, Dumais insiste en que el paso más lógico a seguir es mirar las especies evolutivamente más similares y tratar de encontrar qué mecanismos comparten. Así, planta a planta, los investigadores podrán dar con cómo aparecieron las plantas carnívoras, y Darwin podrá descansar en paz.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------

NUBE DE

ETIQUETAS

NOVEDADES EDITORIALES