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Las chinches hediondas o apestosas (Pentatomidae)
son unos pequeños insectos que, si son molestados, emiten
un líquido maloliente, cuyo repugnante olor es debido a compuestos
como el cianuro. Estos pentatómidos, que en muchas partes
del mundo no son más que una plaga molesta, suponen una colosal
señal de alerta en la India. Y es que ese aroma es el anticipo
de un fenómeno periódico devastador en el que las ratas son
las verdaderas protagonistas. Pero, antes de nada, vamos por
partes. Los agricultores de la región india de Mizoram observan
con inquietud la irrupción masiva de estos insectos (allí
llamados thangnang) en sus campos de cultivo. Este acontecimiento
biológico anticipa la llegada de una destructiva invasión
de roedores que devasta las cosechas locales y amenaza con
desencadenar graves hambrunas en todo el territorio. Un fenómeno
tan curioso como devastador cuya raíz se encuentra en la floración
simultánea del bambú, un evento botánico periódico que altera
por completo el equilibrio de los ecosistemas locales.
El Mautam (Floración del Bambú) ocurre cada
medio siglo, la floración masiva del bambú produce frutos
y semillas de alto valor nutritivo. Esto desata una explosión
demográfica masiva de roedores que, al agotarse el bambú,
arrasan con los cultivos locales de maíz y arroz, provocando
hambrunas históricas.
La proliferación atípica de plagas responde
a la fructificación masiva de especies autóctonas como Melocanna
baccifera y Bambusa tulda. En este sentido, una investigación
elaborada por el Forest Research Centre for Bamboo and Rattan
concluye que la abundancia de semillas ricas en nutrientes
dispara la tasa reproductiva de los mamíferos. El investigador
Lalthanzami, adscrito a dicho centro forestal, señala en The
Guardian que "el ciclo ocurre habitualmente cada 48 a 50 años,
según la especie de bambú", lo que explica la regularidad
de estas crisis. Una vez consumidos los recursos de la selva,
las colonias se desplazan hacia los terrenos agrícolas devastando
plantaciones enteras de arroz, maíz y calabaza. De acuerdo
con los datos recabados por las autoridades del Departamento
de Agricultura de la zona, más de 5.300 agricultores han sufrido
pérdidas catastróficas. El productor local Maunsanga explica
que "he estado cultivando en este lugar durante los últimos
40 años" y añade de forma contundente: "Anteriormente podía
cosechar 30 o 40 sacos de arroz. Este año solo obtuve tres
sacos. No es suficiente ni para mi propia familia".

Cabeza de una chinche hedionda.
El impacto medioambiental va mucho más allá
de las pérdidas económicas inmediatas registradas en los municipios
afectados. Un informe técnico elaborado por especialistas
del Pachhunga University College advierte sobre el colapso
estructural del terreno tras la muerte natural de las plantas.
El profesor R. Zoramthanga destaca que "el bambú desempeña
un papel fundamental en la estabilización del suelo en estas
regiones montañosas", advirtiendo que la muerte de la vegetación
incrementa notablemente el riesgo de deslizamientos de tierra
durante la época del monzón.
Las redes de distribución de víveres han comenzado
a saturarse ante la imposibilidad de almacenar grano para
los próximos meses. Múltiples familias se ven obligadas a
acudir semanalmente a los puntos estatales para abastecerse
de alimentos subsidiados. Ante el avance imparable del problema,
un productor local comenta que "planté temprano pensando que
podríamos evitar el peor período", aunque lamentablemente
reconoce con amargura: "Pero las ratas llegaron antes de la
cosecha. Lo perdimos casi todo". El equipo técnico comisionado
por las instituciones públicas ha iniciado la aplicación intensiva
de tratamientos químicos especializados como el fosfuro de
zinc. El oficial agrícola del distrito de Lunglei, Hmangaihchhunga,
afirma que "estamos tratando de controlar la población de
roedores rápidamente antes de que ocurran más pérdidas de
cultivos". No obstante, la estrategia genera desconfianza
entre la población rural por el posible riesgo de contaminación
de los acuíferos subterráneos cercanos.

La economía del bambú en India está experimentando
un cambio radical, consolidándose como el segundo mayor productor
de bambú del mundo, solo por detrás de China, con una producción
estimada de 5 millones de toneladas anuales.
Ante la reticencia a emplear raticidas sintéticos,
diversas comunidades han recurrido al uso de trampas artesanales
de madera denominadas vaithang. Decenas de campesinos patrullan
durante la noche armados con antorchas para proteger los márgenes
de sus terrenos. Otro agricultor relata la angustiosa situación
nocturna al afirmar que "escuchas movimiento en la hierba
antes de ver nada" y concluye con crudeza: "A veces hay tantos
que no puedes detenerlos. Por la mañana, grandes secciones
de los campos están destruidas".
Los historiadores de la Universidad de Mizoram
recuerdan que crisis similares precipitaron episodios de hambruna
extremadamente graves durante el periodo 1958-1960. El profesor
Lalrinmawia reflexiona sobre la falta de prevención institucional
sosteniendo que "la gente sabe que la floración del bambú
puede provocar brotes de roedores", para matizar a continuación
que "la planificación a largo plazo y la preparación han seguido
siendo inconsistentes". La comunidad científica exige instaurar
sistemas permanentes de monitorización ecológica para evitar
emergencias periódicas.
El ataque de ratas gigantes -que ocupa ya un
lugar en las leyendas y mitos regionales- es tan grande y
tan devastador que muchos científicos no creían que fuera
real. Pero en 2010, científicos confirmaron que la explosión
en la población de estos roedores -que ha provocado la plaga
de animales hambrientos- es causada por una saturación en
el abastecimiento de alimentos, principalmente de semillas
de bambú. Un ejemplo perfecto de cómo la simple relación entre
dos especies aparentemente inocuas, una planta muy alta y
un pequeño roedor, pueden poner de cabeza a la ecología de
toda una región, devastando la vida silvestre, destruyendo
la agricultura y destituyendo a la gente de su sustento. Lo
que es peor, creen los científicos, es que el cambio climático
podría crear en el futuro ejércitos de ratas incluso más grandes.

Los bosques de bambú del sureste de Asia se
extienden más de 26.000 kilómetros cuadrados por todo el estado
norteño indio de Mizoramm a través de las colinas Chin de
Birmania y las colinas del Chittagong en Bangladesh. Esta
especie de bambú (Melocanna baccifera) es un recurso invaluable
para los agricultores cuyo sustento está basado en lo que
pueden cosechar. Con ella, además de alimento, pueden obtener
material para construcción, muebles y textiles para ropa.
Pero ecológicamente es una planta agresiva que
ha logrado aniquilar a la competencia y ha cubierto totalmente
el área. Sin embargo, aproximadamente cada 50 años, esa alfombra
de bambú muere y, cualesquiera que sean las condiciones ambientales,
un reloj interno en cada planta le informa que es tiempo de
florecer, producir semillas y morir. "Es la forma que el bambú
utiliza para asegurarse de que las semillas sobrevivan" explica
el doctor Steve Belmain, ecologista de la Universidad de Greenwich
en Londres. "Pero cuando las semillas caen, el resultado son
80 toneladas de semillas por hectárea en la tierra". "Ésas
son 80 toneladas de alimento esperando a que alguien lo coma"
agrega.
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