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6 - Junio - 2024
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"Hay cosas por las que vale la pena luchar", dice un veterano de la Segunda Guerra Mundial. "Aunque desearía que hubiera otra manera de hacerlo que no fuera intentar matarnos unos a otros". Veteranos de la Segunda Guerra Mundial se unieron a jefes de Estado y otras figuras para conmemorar este jueves el 80 aniversario del 'Día D', el desembarco de Normandía. La invasión de las tropas aliadas, que comenzó el 6 de junio de 1944, provocó la derrota de los nazis y el fin de la guerra. El asalto a las playas comenzó con aviones aliados bombardeando las defensas alemanas en Normandía, seguidos por alrededor de 1.200 aviones que transportaban tropas. Cuando amaneció, las fuerzas aliadas comenzaron a bombardear las defensas costeras alemanas, y poco después los barcos comenzaron a desembarcar tropas en cinco playas con nombres en código: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. Al final del día, casi 160.000 efectivos de las tropas aliadas habían desembarcado en Normandía, aunque hubo miles de bajas.

Un número cada vez menor de veteranos de la Segunda Guerra Mundial ha peregrinado de regreso a Francia, mientras que la invasión rusa a gran escala de Ucrania ha frustrado las esperanzas de que vidas y ciudades no vuelvan a ser arrasadas en Europa. Mientras los veteranos, ahora centenarios, reviven viejos recuerdos de camaradas caídos enterrados en tumbas de Normandía, la presencia del presidente ucraniano Volodímir Zelenski en las conmemoraciones del Día D con los líderes mundiales, incluido el presidente estadounidense Joe Biden, que apoyan la lucha de su país contra la invasión rusa, inevitablemente fusionará el terrible pasado de la Segunda Guerra Mundial con el tenso presente este jueves.

Dado que los muertos y heridos en ambos bandos en Ucrania se estiman en cientos de miles, las conmemoraciones de los más de 4.400 aliados muertos el Día D y muchas decenas de miles más, incluidos civiles franceses, que murieron en la posterior Batalla de Normandía, están teñidas de la preocupación de que se estén perdiendo las lecciones que dejó la Segunda Guerra Mundial. "Hay cosas por las que vale la pena luchar", dijo el veterano de la Segunda Guerra Mundial Walter Stitt, quien luchó en tanques y cumplirá 100 años en julio, mientras visitaba Omaha Beach esta semana. "Aunque desearía que hubiera otra manera de hacerlo que no fuera intentar matarnos unos a otros." "Aprenderemos un día de estos, pero no estaré allí para verlo", agregó.

Los veteranos Albert Keir (segundo por la izquierda), Stan Ford (tercero por la izquierda), Alec Penstone (en el centro) y Alan Kennett (a la derecha) llegan al desfile del Día D, este jueves en Arromanches (Normandía).

La generación grandiosa, también conocida como generación GI o generación de la Segunda Guerra Mundial, es la cohorte demográfica que sigue a la generación perdida y precede a la generación silenciosa. La generación se define generalmente como las personas nacidas entre 1901 y 1927. Fueron moldeados por la Gran Depresión y fueron los principales participantes en la Segunda Guerra Mundial.

El término generación grandiosa (The Greatest Generation, en inglés) se popularizó a partir del título de un libro de 1998 del periodista estadounidense Tom Brokaw. En él, Brokaw hizo un perfil de los miembros americanos de esta generación que alcanzaron la mayoría de edad durante la Gran Depresión y pasaron a luchar en la Segunda Guerra Mundial, así como de aquellos que contribuyeron al esfuerzo bélico en el frente interno. Brokaw escribió que estos hombres y mujeres lucharon no por la fama o el reconocimiento, sino porque era «lo correcto». A esta cohorte también se la conoce como la generación de la Segunda Guerra Mundial. Los autores William Strauss y Neil Howe llamaron a esta generación la Generación GI en su libro Generations: The History of America's Future. Las iniciales GI se refieren a los soldados americanos en la Segunda Guerra Mundial.

La fotógrafa Dorothea Lange muestra a Florence Thompson, de 32 años y madre de 7 hijos, en el condado de San Luis Obispo, California, Estados Unidos. Florence y su familia viajaban por la autopista 101 hacia Watsonville con la esperanza de encontrar más trabajo. En el camino, el automóvil se averió y se apartaron hasta detenerse en un campo en Nipomo. Mientras que Jim Hill, su marido, y dos hijos de Florence se llevaron el radiador a la ciudad para su reparación, Florence y los niños establecieron un campamento provisional para esperar su regreso. Dorothea Lange, fotógrafa que trabajaba para la Farm Security Administration (Administración de Seguridad Agrícola), llegó y comenzó a tomar fotos de Florence y su familia. En diez minutos tomó siete imágenes.

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Esta generación vivió gran parte de su juventud durante una rápida innovación tecnológica (radio, teléfono) en medio de crecientes niveles de desigualdad de ingresos a nivel mundial y una economía en alza. Después de que el mercado de valores se desplomara, esta generación experimentó una profunda agitación económica y social, y finalmente la Segunda Guerra Mundial. Mientras Tom Brokaw y otros exaltan a esta generación por apoyar y luchar en la Segunda Guerra Mundial, el historiador y sociólogo estadounidense Harvey J. Kaye escribe que además de acabar con el aislacionismo, la mayoría de los estadounidenses de la generación grandiosa querían «frenar el poder del capital, crear crecimiento y desarrollo económico, acabar con la pobreza y permitir que la gente avance por sí misma».

El profesor e investigador de sociología Glen Holl Elder, Jr. escribió Children of the Great Depression (1974), «el primer estudio longitudinal de una cohorte de la Gran Depresión». Elder estudió a 167 individuos nacidos en California entre 1920 y 1921 y «rastreó el impacto de la Depresión y las experiencias de la guerra desde los primeros años hasta la mediana edad. La mayoría de estos hijos de la Gran Depresión se desempeñaron inusualmente bien en su edad adulta». Salieron de las penurias de la Gran Depresión «con la habilidad de saber cómo sobrevivir y arreglárselas y resolver problemas».

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En la sección dedicada a la fotografía viajamos a Budapest y a Dresde. La batalla que tuvo lugar en la capital húngara entre el otoño de 1944 y el 13 de febrero de 1945 tuvo como resultado la captura de la ciudad por parte del Ejército Rojo. Recordado como uno de los episodios más negros del final de la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo de la localidad alemana de Dresde, un ciudad conocida como la Florencia del Elba, llevado a cabo entre el 13 y el 14 de febrero de 1945 por la aviación aliada (británicos y estadounidenses), supuso la muerte de entre 20.000 y 45.000 personas. Unos mil aviones sobrevolaron Dresde, destruyendo hasta los cimientos una ciudad que, hasta aquel momento, no había sido considerada una plaza con especial valor estratégico.

Para finales de 1944 las fuerzas japonesas comenzaron a experimentar la derrota en todos los frentes de batalla. Lejos habían quedado los días de gloria posteriores al ataque a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y las ocupaciones de Filipinas, Singapur, Hong Kong y el territorio que había mantenido la Compañía de las Indias Orientales. A partir de 1943 y hasta la batalla de Okinawa en 1945, el almirante Chester Nimitz lideró una campaña consistente en ir tomando pequeñas islas que sirvieran de apoyo en el avance de las tropas de los Aliados.

A lo largo de los meses, hemos incluido instantáneas relacionadas con aquellos eventos, como en Febrero del 2020 donde hablamos del izado de la bandera, un momento icónico.

En Abril de aquel año presentamos a este vendedor de pretzels, cerca del Manhattan Bridge, en Nueva York.

En esta imagen del Berlín de 1937, que publicamos en 2021, un grupo de integrantes de las SS realiza un entrenamiento físico con las máscaras de gas puestas para acostumbrarse a la respiración que imponían este tipo de protecciones ante ataques químicos.

Búscalas a través de los meses ...

Fotografía

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En unas horas más, cuando las primeras luces del día iluminen la costa de Francia, desde tierra un soldado alemán va a describir el espectáculo de forma muy gráfica: “Era como si una gran ciudad, con edificios muy altos, hubiera brotado del mar y avanzara hacia nosotros”. Son siete acorazados, veintitrés cruceros, ciento cuatro destructores, ciento cincuenta buques de escolta, doscientos setenta y siete dragaminas, todos británicos, americanos o canadienses a los que se habían sumado algunos buques franceses, polacos, holandeses y noruegos, y cinco mil lanchas de desembarco que van a descargar en las playas, o van a intentarlo, ciento sesenta mil soldados. Es la más grande operación militar de la historia, destinada a terminar con la Alemania nazi de Adolf Hitler, con su idea de dominar al mundo, con su política basada en una supuesta supremacía racial, con los asesinatos de millones de personas en campos de concentración de los que todavía hay escasas noticias, con una maquinaria de guerra que durante cinco años había oprimido a los pueblos de Europa.

Era el Día D. El 6 de junio de 1944, hace ochenta años, lo que entonces se llamaba “el mundo libre” y lo era, que había sido humillado y sojuzgado por Hitler, la Gran Bretaña atacada, la Francia ocupada, la Polonia cautiva, la Unión Soviética invadida y casi destruida y los Estados Unidos enfrentado con Japón después del ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941, habían unido sus fuerzas para plantarle cara al nazismo, reimplantar la libertad, reconstruir un continente y acabar con la muerte como una forma de hacer política.

Una de las fotos mas famosas del Desembarco de Normandía, tomada por Robert Capa en la playa de Omaha.

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Una decena de jefes de Estado de aquel mundo libre, entre ellos el presidente de Francia, Emmanuel Macron, Francia organiza este año la celebración, el rey Carlos III del Reino Unido y el presidente de Estados Unidos, Joe Biden se unieron ayer en Normandía para recordar aquella epopeya que no terminó en desastre de milagro. La invasión del 6 de junio empezó en realidad en la noche del 5, cuando mil doscientos aviones transportaron a tres divisiones de paracaidistas detrás de las líneas alemanas en territorio francés. Eran la 6ª División Aerotransportada británica, y las legendarias 101ª y 82ª División Aerotransportadas de Estados Unidos, con tropas dispuestas a lanzarse desde los planeadores remolcados por los aviones de guerra. Esa fue, es otra historia, la primera gran batalla de Normandía, la más silenciosa.

Al mando de aquel ejército enorme estaba el general americano Dwight D. Eisenhower que tenía el cargo de Comandante Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas. Había sido designado en mayo de 1943 durante la Conferencia Trident celebrada en Washington entre el presidente Franklin Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill. El general británico Bernard Montgomery era su segundo virtual, como comandante del XXI Grupo de Ejércitos que agrupaba a todas las fuerzas terrestres que tomarían parte de la invasión.

En aquella conferencia, Roosevelt y Churchill decidieron cuál sería el sitio de desembarco, Normandía; eligieron las cinco playas a las que llegarían las tropas y les dieron el nombre clave, de oeste a este, de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. Utah y Omaha a cargo de los americanos, Sword y Gold en manos de los británicos y canadienses y Juno a ser tomada por canadienses, británicos, franceses, polacos y noruegos.

Hace ocho décadas la Gran Bretaña atacada, la Francia ocupada, la Polonia cautiva, la Unión Soviética invadida y los Estados Unidos habían unido sus fuerzas para plantarle cara al nazismo.

Si toda gran historia puede contarse a través de las pequeñas, la primera de ellas dice que la invasión empezó un día más tarde. Iba a lanzarse el 5 de junio, pero dificultades meteorológicas y el temor de tormentas en la costa y del mar embravecido la retrasaron un día. El 5 de junio, Eisenhower visitó a los paracaidistas que esa misma noche saltarían a Francia tras las líneas alemanas, antes de que la gran flota aliada partiera de Inglaterra.

El comandante supremo, que había nacido en Texas pero se había criado en Abilene, Kansas, se acercó a un grupo de soldados, camuflados ya y listos para abordar aviones y planeadores, y quiso saber si había algún soldado de ese estado. “Yo soy de Kansas, señor”, le dijo Sherman Oyler, un chico de veintitrés años. Según narra el historiador Stephen Ambrose en The Victors: Eisenhower and his boys. El comandante se acercó al soldado y preguntó: “¿Cómo te llamas, hijo?”. Pero el muchacho estaba paralizado y mudo frente al general y a las bromas de sus compañeros: “Vamos Oyler, decile cómo te llamás”. Por fin, el general y el soldado hablaron sobre sus pueblos natales, Caldwell en el caso de Oyler. El general quiso saber si el soldado tenía miedo y Oyler contestó que sí. “Es natural -le dijo Eisenhower-. Sería de locos no tenerlo. El truco consiste en tirar para adelante. Si te paras, empiezas a pensar y pierdes el objetivo: podrías convertirte en una baja. Lo ideal, lo perfecto, es seguir para adelante”. Al final, Eisenhower le dijo: “Oyler, ya sabés que los alemanes nos han hecho pasar un verdadero infierno durante cinco años. Es hora de que lo paguen. Ve por ellos, Kansas”. Oyler debe haber seguido las instrucciones del comandante al pie de la letra: sobrevivió a Normandía y a la guerra. Murió el 22 de abril de 1999, a los setenta y ocho años, en Topeka, Kansas. Después, Eisenhower encaró al teniente Wallace Strobel, de veintidós años, líder de pelotón del regimiento 502 de paracaidistas de la 101ª División. Una famosa foto muestra a los dos en plena charla: el oficial, con la cara tiznada y un cartel con el número “23" en el pecho, el número del planeador al que debía subir. Strobel era de Michigan. “Ah, Michigan -dijo Eisenhower-. Buena pesca por allí. Me encanta”. El comandante quiso saber si Strobel y sus hombres estaban listos, y el teniente le dijo que sí, que según él, no iba a haber demasiados problemas: “Deje de preocuparse, general, nos vamos a encargar de todo por usted”. Strobel también sobrevivió a la guerra. Murió en Michigan el 27 de agosto de 1999 a los setenta y siete años. En 1992 había donado su uniforme de combate a la Dwight D. Eisenhower Library. Todo desbordaba optimismo, pero los ánimos eran muy otros. Eisenhower diría años después que uno de los peores momentos de su vida militar había sido hablar con los hombres a los que enviaba a un destino que podía ser el de la muerte. No era sólo eso. En el bolsillo de su chaqueta, Eisenhower guardaba un mensaje garabateado a mano, con letra nerviosa y tachaduras enérgicas. Decía: “Nuestros desembarcos en el área de Cherburgo-Havre no lograron un punto de apoyo satisfactorio y he retirado las tropas. Mi decisión de atacar en este momento y lugar se basó en la mejor información disponible. Las tropas, el aire y la Marina hicieron todo lo que la valentía y la devoción al deber podían hacer. Si alguna culpa o falta se atribuye al intento, es solo mía”. Era por si todo salía mal. Tan nervioso estaba el comandante, que puso en la línea final de su mensaje una fecha equivocada: “July 5". Y era 5 de junio.

A sus hombres no les dijo nada de eso. Al contrario, hizo preparar una Orden del Día para el 6 de junio, que corrigió de puño y letra, en la que expresaba: “Soldados, marineros y aviadores de la gran Fuerza Expedicionaria Aliada. Están a punto de embarcar en la Gran Cruzada, para la que nos hemos estado preparando estos meses. Los ojos del mundo están sobre ustedes. Las esperanzas y oraciones de las personas amantes de la libertad en todas partes marchan con ustedes. En compañía de nuestros valientes aliados y compañeros de armas en otros frentes, conseguirán destruir la maquinaria de guerra alemana, la eliminación de la tiranía nazi sobre los pueblos oprimidos de Europa y seguridad para nosotros mismos en un mundo libre (…)”. De esa Orden del Día se imprimieron ciento setenta y cinco mil copias que fueron entregadas a todas las tropas que iban a participar en el Día D, muchas de ellas parte del contingente de un millón y medio de soldados estadounidenses destinados en Gran Bretaña. La primera playa a la que llegaron las tropas aliadas fue Utah, porque en esa costa la marea subía antes. Era un sitio muy defendido por los alemanes con una hilera de cañones emplazados en lo alto de los acantilados. Debajo, y al nivel de los riscos situados más allá de la línea de pleamar, brillaban las temidas baterías de 88 milímetros, un arma de terrible eficiencia. Era parte del “Muro del Atlántico” diseñado por el mariscal Erwin Rommel, a quien Hitler había encomendado la defensa costera. Sin embargo, en uno de los primeros milagros de la jornada, una fuerte corriente activada por las tormentas de días anteriores y un leve error de navegación en el buque que marcaba el rumbo del desembarco desvió todo unos dos kilómetros al sur, hacia otra franja de playa menos defendida y sin acantilados: los invasores tomaron la playa y avanzaron hacia las dunas sin que los alemanes pudieran siquiera abrir fuego contra ellos. El infierno se desató en la playa Omaha. Casi todo salió mal y pudo salir peor. Omaha era un terreno de costa alargado, con una suave curva; vista desde el mar, la playa terminaba a la derecha en unos enormes acantilados. Albergaba a tres pequeños pueblos costeros: Colleville-Sur-Mer, Saint-Laurent-Sur-Mer y Vierville-Sur-Mer y a unas pequeñas ramblas aptas para los vehículos que debían salir de la playa después del desembarco, en especial los blindados. Pero las lanchas de transporte se habían detenido a cinco mil metros de distancia de la costa ante un mar que estaba demasiado picado. Los blindados fueron lanzados igual al agua. De los treinta tanques Sherman del 741 Batallón, veintisiete se fueron a pique y solo dos llegaron a la playa… flotando. Se ahogaron treinta y tres miembros de esas tripulaciones. El formidable bombardeo naval y aéreo destinado a minar la resistencia alemana, que se había iniciado al menos una hora antes de la invasión terrestre, no tuvo casi ningún resultado en Omaha. En la media hora previa a la “Hora H del Día D”, los Liberators y los Fortresses de la 8ª Fuerza Aérea americana lanzaron trece mil bombas: ninguna cayó en Omaha ni en las defensas alemanas, sino detrás de la cima de los acantilados. Eso hizo murmurar a un capitán con irónica desesperación: “¡Dios mío! ¡En vez de matar a los alemanes los hemos despertado!”.

El famoso diálogo entre Eisenhower y el teniente Wallace Strobel, que tiene un "23" sobre el pecho, el número del planeador al que debía subirse.

Los alemanes ya estaban despiertos. Las baterías costeras tenían un ejercicio de tiro preparado para ese día, en especial en la zona de Omaha donde los alemanes habían desplegado la mayoría de sus cañones checos de cien milímetros. Pero en el cuartel general de Rommel en La Roche-Guyon también habían saltado las alarmas mucho más temprano. Sólo que Rommel no estaba en Francia ni en Normandía: había viajado a su casa de Herrlingen, Alemania, porque era el cumpleaños de su mujer. Así se empezó a gestar el segundo gran milagro del Día D al que el propio Rommel iba a bautizar como “El día más largo”, y que el escritor Cornelius Ryan hizo famoso como “El día más largo del siglo”, una de las primeras reconstrucciones históricas del desembarco. En lugar de Rommel estaba al mando el general Hans Speidel: lo despertaron a las dos y media de la mañana del 5 con la noticia del lanzamiento de paracaidistas detrás de las líneas. Y Speidel restó importancia a la novedad a la que tomó como una operación aliada para reforzar a la resistencia francesa: no creyó necesario despertar a Rommel en Alemania. El mariscal de campo Gerd von Rundstedt sí fue despertado por su oficial de operaciones, el general Bodo Zimmermann. Von Rundstedt era incluso el superior de Rommel porque comandaba las tropas del frente occidental, en retirada hacia Berlín frente al avance ruso. Entendió enseguida qué significaban aquellos paracaidistas: no podía ser otra cosa que la fase inicial de un ataque importante. Así que hizo lo que su rígido espíritu prusiano le dictó: se bañó, se afeitó, se vistió con su uniforme completo y ordenó lo que no podía ordenar: que dos divisiones de tanques Panzer, una estacionada en Caen y otra en Orleans, se largaran a todo trapo a Normandía. Después de todo, Caen no estaba demasiado lejos de las playas del desembarco. Era una orden correcta, pero que von Rundstedt no podía dar: sólo Hitler podía mover a esos refuerzos. Rundstedt lo ordenó igual y llamó al cuartel general del Führer en Berlín, convencido de que los generales al mando, a quien von Rundstedt detestaba por adulones y torpes, aprobarían su decisión.

No la aprobaron. Cuando el jefe del Estado Mayor de Hitler, general Alfred Jodl, despertó a las seis y media de la mañana y fue informado de lo que pasaba en Normandía, estalló en un ataque de furia y ordenó revocar la orden de von Rundstedt. Ni siquiera lo consultó con Hitler porque el Führer dormía y no valía la pena despertarlo. Si esos refuerzos se hubieran movido, el desastre en Omaha, y aún en las otras cuatro playas, hubiera sido mayor. Omaha ya era un desastre mayor. Las lanchas de desembarco saltaban sobre las olas agitadas. Las tropas de infantería, apretadas como en una lata de sardinas, apenas podían moverse: el mar mareaba a los soldados y los hacía vomitar en sus cascos. Con las lanchas de desembarco frenadas a cinco mil metros de la costa, muchas de las tropas que saltaron al agua se hundieron para siempre por el peso de sus mochilas, cuarenta y cinco kilos. El resto nadaba, los que sabían hacerlo, y se deshacían de sus pesados equipos y hasta de sus armas. Los que llegaban a las playas eran ametrallados por los alemanes como blancos en una galería de tiro: todas las armas nazis apuntaban directo a las rampas bajas de las lanchas. Relató después un soldado: “Si te escurrías debajo de la rampa para zafar de los disparos, podías morir aplastado. Muchos de nosotros no sabíamos nadar. Bajé con mi equipo y con el agua en los tobillos, pero a los pocos metros el agua me llegaba encima de la cintura. Logré ocultarme en uno de los obstáculo de acero colocado en la playa, pero muchos compañeros fueron barridos por los alemanes”.

La orden del día para las tropas que iban a participar de la invasión. El mensaje tiene las propias correcciones de puño y letra de Eisenhower. De ese papel se hicieron 175 mil impresiones, una para cada soldado.

En medio del caos ya era imposible discernir entre vivos y muertos. El agua estaba llena de cadáveres y de infantes que se hacían los muertos para permitir que la marea los acercara a la playa. Contó luego un miembro del Primer Batallón de la 116ª de Infantería: “Vimos al sargento Pilgrim Robertson, un hombre muy devoto, que tenía una herida abierta en el extremo derecho de la frente. Caminaba como loco por el agua, sin casco. Lo vi caer de rodillas y ponerse a rezar el rosario. Entonces el fuego cruzado alemán lo partió por la mitad”. Omaha era un matadero mientras las unidades de demolición de la Marina colocaban explosivos en las gruesas vigas de hierro enterradas mar adentro para impedir el avance de buques y lanchas. Detrás de esos obstáculos se acurrucaban soldados aterrados, así que los oficiales los obligaron correr hacia la playa, o atenerse a saltar por el aire con las cargas de demolición. La intención era abrir brechas de treinta metros entre los obstáculos de hierro, para permitir la llegada a la playa de las lanchas y el desembarco de las tropas en arena firme y ya no en el mar bravo. Las armas estaban trabadas por culpa de la arena y el agua y lo mismo pasaba con las radios a través de las que debía coordinarse el avance de las tropas, lo que contribuyó mucho más al caos general. El fuego alemán mantenía a las tropas aliadas paralizadas, refugiadas al pie de los acantilados, con muchos heridos y sin poder tomar una decisión hasta que pudieran circular al menos los bulldozers blindados, que ni siquiera habían puesto una oruga en la arena. En medio de aquella masacre, llegó la segunda oleada de lanchas. A las siete cuarenta y cinco de la mañana el capitán L. McGrath, del 116° de Infantería, vio que la marea subía con rapidez y conminó a sus soldados a salir de la playa: “Pero estaban acurrucados contra el rompeolas, encogidos, asustados, sin hacer ni conseguir nada. Estaban hundidos y asustados. Muchos de ellos habían olvidado que tenían armas de fuego para usarlas”.

No era para menos: en Omaha se oían dos gritos desesperados: “¡Me dieron!” y “¡Médico!”. Tres palabras que reinaban por encima de los gritos y las arengas que impulsaban al coraje y la valentía que también se oían, algo más apagadas, en las tres playas en las que había sido dividida Omaha: Easy, Dog y Fox. Los médicos, escasos, que habían llegado a la playa y seguían vivos, practicaban las curas más urgentes; fueron comunes las amputaciones sin anestesia, las dosis de morfina, el escarbar en heridas abiertas y profundas para espolvorearlas con sulfamida mientras encomendaban a Dios al herido; lo mismo, pero con el alma de los agonizantes, hacían los capellanes, también escasos, que repartían extremaunciones en aquel infierno. En la descripción de Omaha como símbolo sangriento del Día D, la playa quedó para siempre como “Omaha, la sangrienta”, coinciden historiadores de todos los estilos y épocas, desde Cornelius Ryan hasta Antony Beevor y su monumental Día D: La Batalla de Normandía, pasando por Stephen Ambrose, uno de los grandes biógrafos de Eisenhower y hasta por Larry Collins, siempre tentado a dar un toque de novela a sus épicos relatos.

Roosevelt y Churchill decidieron cuál sería el sitio de desembarco, Normandía, y eligieron las cinco playas a las que llegaron las tropas y les dieron el nombre clave, de oeste a este, de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

Como a media mañana, la llegada de más lanchas de desembarco y de más oficiales de rango superior con sus planas mayores, puso algo más de orden en aquel caos. De todos modos, los logros aliados fueron fruto en gran parte del error: muchas lanchas desviadas por la fuerte corriente llegaron al sitio equivocado; eso dividió las unidades, pero hizo que los invasores hicieran pie en sitios poco o mal defendidos por los alemanes. Lo que los ingenieros del 146° Batallón Especial de Demolición Submarina buscaban, habían desembarcado por error a casi dos kilómetros al este del punto que tenían asignado, era fabricar brechas en las alambradas de púas que separaban la arena de la tierra firme. Y lo que querían los oficiales al mando de batallones dispersos, compañías y pelotones separados, era que sus hombres limpiaran sus armas, avanzaran entre la alambrada demolida, pasaran indemnes por el campo minado por los alemanes, pusieran por fin un pie en tierra francesa y atacaran las posiciones anazis. El coronel Charles Canham, a quien sus soldados llamaban “Viejo Cara Larga”, con el brazo en cabestrillo por una herida menor y un Colt 45 en su mano izquierda dio una orden acaso poco militar pero gráfica y práctica: “¡Saquen de una puta vez a esos hombres de la playa! ¡Vayan y maten a algún puto alemán!”. No fue la única orden clara y certera que se oyó esa mañana en Omaha. El coronel George Taylor, del 116° Regimiento de Infantería, encaró a su tropa y les gritó: “¡Soldados! ¡En esta playa habrá dos clases de hombres: los que murieron y los que van a morir! ¡Así que, muevan el culo y salgamos de aquí!”. Le obedecieron. Pero no era fácil. Las tropas tenían frente a ellas el fuego enemigo y, a sus espaldas, la imposibilidad de retroceder: todo lo que debían hacer, lo harían además sin la protección de los blindados, que se habían hundido en el mar en el momento del desembarco. Por fin, el Segundo Batallón del 16 de Infantería desembarcó entre Saint-Laurent y Colleville y cruzó la playa sin sufrir nada más que dos bajas. Parte del resto de las tropas, en especial el grupo de infantería bautizado como “Big Red One”, escalaron los riscos para enfrentar a las defensas alemanas: usaron pequeños cohetes para lanzar los ganchos destinados a clavarse en la piedra. Cuando pisaron tierra firme, hallaron decenas de hongos de cemento, las fortificaciones subterráneas alemanas, con un largo y estrecho rectángulo abierto en el frente por donde apuntaban los cañones y los tiradores de Rommel. Las pequeñas batallas fueron feroces. Desde su buque insignia, el “Augusta”, el general Omar Bradley diría luego que aquellos hombres salvaron el día. Bradley era un militar muy cercano a Eisenhower que tenía en cuenta su tacto, su discreción y su astucia: por eso lo había designado comandante de las tropas que debían desembarcar en Utah y en Omaha.

Las noticias de las desastrosas primeras horas en hicieron que Bradley, que usaba unos famosos anteojos redondos provistos por el Ejército, pensara con seriedad en evacuar Omaha y enviar todas esas tropas a Utah. Hubiese sido un desastre estratégico que habría puesto en riesgo el éxito de la misión. No lo hizo. Pero el recuerdo de Omaha lo atormentaría toda su vida. Murió en abril de 1981. Cerca de las diez de la mañana, la 352ª División de infantería alemana envió un mensaje al cuartel general del general Erich Marcks, que había perdido un ojo en la Primera Guerra y era un tipo respetado, delgado y nervioso, con una cicatriz profunda que le cruzaba la nariz y la mejilla. El mensaje que leyó Marcks decía: “Al noreste de Colleville una fuerza enemiga de entre cien y doscientos hombres ha penetrado en nuestras líneas”. Era el principio del fin.

Una fotografía del célebre fotógrafo de guerra Robert Capa sobre el desembarco de normandía en la playa Omaha, conocida a la postre como "la sangrienta".

Omaha quedó casi sin defensas alemanas porque los británicos habían desembarcado en Gold, unos kilómetros más al este, y se transformaron en la amenaza más grave para los nazis. El general Dietrich Kraiss, al mando de la 352ª División, ya no pudo enviar más refuerzos a Omaha. El grupo de combate, Kampfgruppen, al mando de un teniente coronel de apellido Meyer, fue redirigido a Gold para enfrentar a las tropas del mariscal Montgomery. Horas después, por la tarde, Meyer estaba muerto y su grupo destruido: sólo noventa de sus tres mil hombres volvieron a unirse a la 352. Cerca del mediodía, el coronel Benjamín Talley, ayudante del jefe de Estado Mayor de las fuerzas aliadas, general Leonard Gerow, un amigo personal de Eisenhower, envió un mensaje al buque “Ancon” de la marina estadounidense. Eran seis palabras esperanzadas: “Las cosas empiezan a pintar mejor”. Era en parte verdad porque cualquier mínima mejora en Omaha pintaba mejor. Pero el desembarco seguía siendo un caos, las misiones estaban retrasadas, la playa no estaba del todo asegurada, debían desembarcar blindados, tanques y bulldozers. Lo que a Telley le pintaba mejor era que en Colleville ya había fuerzas de infantería aliada, combatían en las calles y casa por casa; y que parte de la 29ª División y del 5° Batallón de Rangers habían entrado ya a Vierville-Sur-Mer. A mediodía, los americanos habían puesto en Omaha a dieciocho mil setecientos setenta y dos hombres. Con los combates en las calles de los tres pueblos costeros frente a Omaha, el manejo de la batalla cambió de manos. Los alemanes denunciarían luego que parte de sus tropas que integraban los llamados “nidos de resistencia” habían sido “ejecutados brutalmente en contra de la Convención de Ginebra”. Antony Beevor afirma, aunque admite que no tiene confirmación por parte de ninguna de las versiones americanas, que hubo casos de ejecuciones ilegales, “motivadas sobre todo por la violencia del miedo reprimido y por el deseo de venganza después de la muerte de tantos compañeros”. Un soldado americano admitiría luego: “Nos encontramos con civiles que nos disparaban con fusiles alemanes y actuaban como observadores al servicio de la artillería. Les pegamos un tiro”.

El garabato con tachaduras y enmiendas que escribió Eisenhower por si la invasión a la costa francesa era repelida por las fuerzas alemanas. Firmó con la fecha del 5 de julio, pero se equivocó de mes.

También fueron fusilados los prisioneros que se movían de modo sospechoso o inesperado. A las cinco y veintiuno de la tarde, el coronel Talley envió un nuevo mensaje al “Ancon”. Decía que la playa permitía ahora en su mayor parte, “tráfico rodado y de vehículos con oruga”. El primer recuento de bajas aliadas en Omaha sumaba cerca de dos mil muertos, más una cantidad no determinada en esas horas de desaparecidos y heridos. Cuando cayó el sol del día más largo del siglo, en las ensangrentadas cinco playas del desembarco los cadáveres de los soldados americanos eran mecidos con suavidad por las olas, los rayos iluminaban de dorado los restos de las batallas, lanchas de desembarco destruidas y repartidas por un escenógrafo caprichoso entre las olas y la arena, tanques quemados y destrozados, camiones, semiorugas, bulldozers y vehículos de transportes quebrados, ennegrecidos, volcados y rodeados por los escombros de las defensas alemanas, sembradas también de cadáveres de soldados de la Wehrmacht y por los restos de decenas de casas normandas casi en ruinas por las bombas que debieron caer en la playa, o por los disparos de la monumental batalla callejera que llevaba casi doce horas. Ciento cincuenta y cinco mil soldados aliados formaban la cabecera de playa más grande de la historia, símbolo también del valor más grande jamás desplegado por un ejército: más que Esparta, más que Tebas, más que Troya. Todavía faltaba lo peor, aquello era sólo el primer paso, pero era un punto de no retorno. Restaban apenas once meses hasta la rendición alemana, el 8 de mayo de 1945. Eisenhower ni siquiera hizo un bollo con el papel que había escrito de puño y letra para dar a conocer el fracaso de la invasión que no fracasó. Lo guardó y es hoy una joya de los Archivos Nacionales de Estados Unidos.

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Nadie sabía que Martha Gelhorn estaba allí para cubrir el desembarco en Normandía el 6 de junio de 1944. Y después de la batalla, nadie supo que había estado. Sus fotos y artículos se perdieron en el camino de la guerra a las mesas de edición. Y cuando quisieron publicar su historia, esta fue contada parcialmente. Su presencia en las playas de Normandía se quedaron en el amplio anecdotario de mujeres silenciadas por la Historia oficial.

En 1944, Gelhorn estaba casada con Ernest Hemingway, a quien había conocido en 1936 durante una un viaje familiar a Cayo Hueso y con quien, de hecho, había cubierto la Guerra Civil española. Los unía el espíritu de aventura. Los separaba el ego de él. Estuvieron juntos hasta 1946, año en el que ella decidió seguir su camino en solitario, siempre como corresponsal de guerra. La escritora Rosario Raro ha hecho una exhaustiva labor de investigación para ficcionar la historia, siempre contada a medias, de su incursión en Normandía, a donde llegó, cuenta la leyenda, después de viajar como polizón en un carguero y hacerse pasar por camillera en un transporte médico.

Como cada año, durante todo un fin de semana se puede conocer de primera mano un verdadero campamento militar, con hospitales de campaña, puestos de mando, trincheras y todo tipo de equipamiento y vehículos. Escenarios para alemanes, americanos, unidades británicas y soviéticas en las jornadas de recreación histórica de la II Guerra Mundial 'Normandía 44' en el Museo Las Ayalgas de Silviella, que tratan de hacer coincidir con hechos históricos en estas mismas fechas. Otras localidades como Son Bonet, Mallorca, celebran la participación de la aviación aliada.

Normandía conmemora cada aniversario del desembarco del Día D y la Batalla de Normandía. Desde finales de mayo, y alrededor del 6 de junio, se organizan eventos, actos oficiales y festividades para rendir homenaje a estos héroes provenientes de todo el mundo. Cada año, las oficinas de Turismo del Espacio Litoral del Desembarco y de la Batalla de Normandía organizan el D-Day Festival Normandy, un conjunto de eventos festivos por todas las Playas del Desembarco. Más de 100 eventos que permiten a normandos y turistas celebrar cada aniversario del Desembarco y la Libertad entre Utah y Sword Beach. En el programa: desfiles, paracaidismo, reconstituciones y fuegos artificiales.

En el cementerio de O Freixo de Sabardes, una parroquia del municipio de Serra de Outes, en A Coruña, se ha celebrado este jueves un homenaje muy especial. Sobre una de las tumbas, las banderas gallega, española y estadounidense ondeaban para rendir tributo a Manuel Otero Martínez, el único español que combatió en el Desembarco de Normandía, del que se cumplen 80 años.

Tras su muerte, Otero fue enterrado en el cementerio de Colleville-sur-Mer junto a otros 6.000 soldados. Pero su padre hizo gestiones con la embajada y el consulado americano en Galicia para recuperar el cuerpo de su hijo. Así, en septiembre de 1948, la Cruz Roja Internacional, en un servicio especial desde Francia, acompañado por el agregado militar americano y varios de sus compañeros de batallón trajeron los restos, que fueron enterrados con honores en su pueblo natal.

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El ataque realizado a través del Canal de la Mancha que empezó a torcer la Segunda Guerra Mundial hasta la claudicación nazi, tuvo una arista imprescindible para su éxito: el montaje de un ejército falso y tácticas de distracción para que las fuerzas alemanas pusieran sus ojos en Calais, debilitando el flanco normando, donde tropas canadienses, estadunidenses y británicas lanzaron la ofensiva real. Artistas, cinematógrafos, editores radiales y pintores, los héroes silenciosos de un engaño histórico. El desembarco de Normandía, el asalto militar que inició el final de la Segunda Guerra Mundial –algo que se concretaría un año después-, conmemora su 80° aniversario. Sin embargo, detrás de la contraofensiva aliada en Europa hubo una maniobra de Inteligencia a gran escala, una carnada para los observadores nazis.

Después de utilizar estrategias de camuflaje en el Norte de África, donde el Ejército de Alemania fue sorprendido por los británicos, quienes consiguieron acercar tanques y cañones haciéndolos pasar por camiones comunes, el modelo fue replicado por Estados Unidos en las costas del Canal de la Mancha. Convocando a milicias que provenían del arte, el diseño acústico y el montaje cinematográfico, y unas pocas tropas militares, la costa británica se transformó en la locación de un ejército falso, compuesto por tanques inflables, transmisiones radiales falsas para entregar información incorrecta a los nazis y un escenario con ruidos de cañones y aviones que no existían. Dover fue el sitio elegido para llevar a cabo la operación a manos del 23° Cuartel General de Tropas Especiales de Estados Unidos, a 50 kilómetros de las costas francesas de Calais, donde los hombres de Adolf Hitler aguardaban un inminente ataque. A sabiendas de que el führer esperaba el avance por Calais, basándose en la lógica de que ese era el punto de menor recorrido entre las costas francesas y británicas en el Canal, los servicios de inteligencia comenzaron el montaje de señuelos. Para el ‘Ejército Fantasma’ fueron convocados 1100 hombres que tenían la misión de simular que eran soldados estadounidenses.

Unos potentes altavoces instalados sobre un semioruga estadounidense.

Durante esas semanas previas al Desembarco de Normandía, estos civiles utilizaron sus destrezas para actuar como militares. Provenientes de escuelas de arte, agencias de publicidad y otros espacios creativos, tenían largos antecedentes en el rubro artístico antes de la guerra. Habían sido actores, escenógrafos, arquitectos o ingenieros. Dentro de este plan había tres segmentaciones con especialistas: la del engaño visual, los encargados de señuelos acústicos y técnicos de radio. Los primeros erigieron un ejército compuesto por tanques, cañones, aviones y camiones inflables, con lo que engañaron al reconocimiento aéreo alemán, que quedaba con la información de que un ejército estaba en preparativos para una invasión. Los segundos, que estaba integrada por ingenieros de los Laboratorios Bell y estaban a cargo de la 3132 Signal Service Company, grabaron sonidos de ambiente militar, como aviones y camiones blindados; hicieron mezclas con sonidos como cadenas de vehículos y fuego de artillería. Todo esto magnificado por altavoces y amplificadores para que se escucharan del otro lado del Canal de la Mancha. El tercer grupo estaba integrado por operadores de radio que crearon redes de tráfico falsas simulando ser radiotelegrafistas militares. Su entrenamiento para imitar el método de un operador verídico, que se comunicaban en código morse, hizo que no fuesen distinguibles por los alemanes que interceptaron sus mensajes. Esta combinación de señuelos elevó las alertas en Alemania, que confirmó su teoría sobre una invasión inminente en Calais. Junto al montaje en la costa de Dover, también hubo un complemento de distracciones militares.

La versión hinchable del carro Sherman norteamericano cumplió con su cometido durante el Día D.

Como la caída de cientos de maniquís paracaidistas que portaban explosivos en la zona donde, posteriormente, se concretaría el verdadero avance. También una falsa declaración del entonces primer ministro británico Winston Churchill frente a la Cámara de los Comunes, donde anunciaba que se aproximaba “el primero de una serie de desembarcos”. Horas más tarde, la Fuerza Aérea Real (RAF) dio marcha a la ‘Operación Titanic’, donde 50 aviones lanzaron tiras de papeles de aluminio que saturaron los radares alemanes, haciéndoles creer que se aproximaban decenas de barcos. Mientras los ojos de los nazis estaban puestos en Calais, se lanzó la definitiva operación Overlord, las maniobras conjuntas de Reino Unido, Canadá y Estados Unidos en cinco puntos de playas normandas, dando inicio a una de las batallas más icónicas de la Segunda Guerra Mundial y que inició el camino aliado a Berlín. Desde el Día D hasta el final de la guerra, el ‘Ejército Fantasma’ se desplegó en distintas ocasiones. Fueron 20 las operaciones en las que tuvo participación en Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alemania, desplegando sus tácticas de engaño para conseguir la ventaja en el terreno y confundir a sus enemigos. 80 años después, se rinde homenaje a los miembros del 'Ejército Fantasma', destacando la importancia de sus habilidades fuera del campo de batalla para lograr un engaño histórico en un momento en el que se necesitaba una inflexión, como finalmente se logró.

A Bridge Too Far, desde la selección de películas que se ambientan en aquellos años.

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En España, Un puente lejano; en Latinoamérica, Un puente demasiado lejos, es una película estadounidense de 1977 basada en el libro homónimo de Cornelius Ryan, publicado en 1974 - meses antes de su fallecimiento el 23 de noviembre de 1974 -, con una historia basada en la Operación Market Garden, una fallida operación militar del 17 a 25 de septiembre de 1944 de las Fuerzas Aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. La película fue adaptada por William Goldman y dirigida por Richard Attenborough, mientras que el reparto estelar incluye a Dirk Bogarde, James Caan, Michael Caine, Sean Connery, Denholm Elliott, Elliott Gould, Edward Fox, Gene Hackman, Anthony Hopkins, Jeremy Kemp, Robert Redford, Liv Ullmann, Maximilian Schell, Hardy Krüger, Laurence Olivier y Ryan O'Neal.

El nombre del libro, y por ende de la película, viene de un comentario hecho por el teniente general Frederick Browning, comandante del Primer Cuerpo Aerotransportado aliado, quien dijo al mariscal de campo Bernard Montgomery después de la operación: «Siempre creí que intentábamos tomar un puente demasiado lejos».

La película comienza con una descripción de las hostilidades cinco años antes de la operación. Después del éxito del día D, los Aliados tienen un problema con la recepción de suministros, ya que Normandía era el único punto de entrada de los mismos. El Comandante Supremo Aliado, Dwight D. Eisenhower debe decidir entre el general Patton (estadounidense) y el mariscal de campo Montgomery (británico), que compiten entre ellos por demostrar que su plan es el mejor para terminar más rápido la guerra. Bajo presiones políticas, Eisenhower elige la Operación Market Garden de Montgomery. En septiembre de 1944, los Aliados avanzan hacia Alemania, pero se detienen en Bélgica. Una familia holandesa observa cómo los alemanes se retiran hacia Alemania, y esperan la llegada inevitable de las Fuerzas Aliadas. El mariscal de campo alemán Gerd von Rundstedt llega a los Países Bajos y descubre que tiene pocos recursos en hombres y equipamiento, y que la moral es baja. Un joven local, toma notas sobre las tropas alemanas, información que más tarde traslada a la Resistencia neerlandesa. La Operación Market Garden prevé enviar a 35 000 paracaidistas aerotrasportados, a 500 km de distancia desde las bases aliadas en el Reino Unido, y dejarlos caer 100 km detrás de las líneas enemigas, creado así una "alfombra de tropas aerotransportadas" con la misión de tomar el control de los puentes en una acción relámpago, y mantenerlos en su poder hasta la llegada de las unidades mecanizadas aliadas. El puente de Arnhem, el puente que resulta estar demasiado lejos, cruza el Rin y su tamaño permitirá que puedan cruzarlo todas las tropas aliadas en su marcha hacia Alemania y rodear las defensas alemanas. El general polaco Stanislaw Sosabowski (Gene Hackman) que permanece en silencio mientras que el comandante de la operación da las explicaciones sobre la operación, estalla, expresando sus profundas dudas sobre el plan. Es una de las dos voces más reticentes contra el plan.

Charles Messenger sirvió en la II Guerra Mundial como oficial en el Royal Tank Regiment. Tras la contienda, Charles Messenger ha destacado como historiador militar y analista de defensa, siendo autor de varios libros sobre la guerra y también sobre técnicas de liderazgo. Karl Rudolf Gerd von Rundstedt fue un militar alemán que alcanzó el rango de mariscal de campo en la Wehrmacht de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Nacido en una familia prusiana con una larga tradición militar, Rundstedt ingresó en el ejército prusiano en 1892.

La otra voz es la del general de brigada James M. Gavin, de la 82.ª División Aerotransportada (Ryan O'Neal), preocupado por tener que saltar a la luz del día, debido a que no era un periodo de luna llena como para hacerlo de noche, complicando así el lanzamiento de los paracaidistas. El adolescente holandés, consigue atravesar las líneas alemanas y descubre que el mariscal de campo alemán Walter Model está en el cuartel general alemán, una importante información para la Resistencia, ya que Model es una figura importante y está siempre acompañado por un importante número de tropas. Un joven oficial de Inteligencia británica, en la película llamado mayor Fuller -era Brian Urquhart, pero se cambió su apellido para evitar confusiones a los espectadores con el general de brigada Roy Urquhart, interpretado por Sean Connery- (Frank Grimes), pide autorización para realizar un vuelo de reconocimiento a baja altura por la zona de aterrizaje. Después de observar en las fotografías que podría haber una División Panzer demasiado cerca de la zona de aterrizaje, el oficial de Inteligencia le muestra las fotos al general Frederick Browning (Dirk Bogarde). El general especula que los tanques están inoperativos y desecha las fotos e ignora la información recibida de la Resistencia neerlandesa.

Paracaidistas aliados descendiendo sobre los Países Bajos.

La información manejada por el Mayor Fuller es desestimada y un doctor británico recomienda su retirada momentánea del servicio, ya que le diagnostica estrés debido a su trabajo. El oficial británico que explica la maniobra, informa de que carecen de aviones de transporte y que la zona es pésima para permitir el aterrizaje de los aviones. Explica que los paracaidistas deberán aterrizar en una zona abierta a 13 km del puente. El general polaco Sosabowski se acerca al oficial y examina la insignia de su uniforme diciendo «Sólo quería asegurarme de qué lado está usted». Todos quedan sorprendidos por lo lejos del puente que deben tomar tierra, pero por supuesto dan lo mejor que tienen. Como buenos oficiales británicos, «cierran la boca» y no cuestionan sus órdenes. Los técnicos que preparan las radios portátiles para el asalto, se percatan de que no cubrirán la distancia desde el lugar de aterrizaje hasta el puente de Arnhem. Como otros muchos, tienen sus dudas acerca del éxito de la misión, pero eligen no «remover la tierra» y no ven conveniente expresar sus dudas a la cadena de mando.

Tanques Sherman de los Guardias Irlandeses encabezando la marcha del XXX Cuerpo el 17 de septiembre de 1944.

Durante la explicación a las tropas terrestres, el teniente general Brian G. Horrocks (Edward Fox), dice que el plan está perfilado. Los puentes serán tomados por las tropas paracaidistas, mantenidos y asegurados por XXX Cuerpo. La velocidad es vital y deben llegar a Arnhem en un máximo de 2-3 días. Es el puente crucial, ya que es la última vía de escape para las fuerzas alemanas en los Países Bajos, y una excelente ruta para las Fuerzas Aliadas para entrar en Alemania y poder finalizar la guerra para Navidad. Hay una única carretera uniendo los puentes (Son en Breugel, Nimega y Arnhem), la mayoría de ella elevada. Las fases iniciales de la operación marchan según lo previsto, pero las tropas alemanas consiguen demorar el avance del XXX Cuerpo, debido a lo estrecho de la carretera, creando el caos y grandes atascos de tropas blindadas. El puente de Son, cercano a Eindhoven es volado por los alemanes, y a las tropas aliadas les lleva bastantes horas recibir y montar un Puente Bailey para reemplazarlo. En Nimega, parte de la 82.ª División Aerotransportada, bajo el mando del mayor Julian Cook (Robert Redford) es obligada a plena luz del día a cruzar el río en botes de asalto plegables fabricados con madera y tela. Las tropas británicas que han ocupado parte de Arnhem luchan contra los alemanes, pero no podrán resistir el tiempo suficiente hasta que lleguen los refuerzos terrestres. El frente británico también lucha contra las tropas de infantería de la SS y las 9.ª y 10.ª Divisiones SS Panzer, puerta a puerta, calle a calle, retrasando lo inevitable. Las tropas británicas son capturadas u obligadas a rendirse, en el mejor de los casos. La Operación Market Garden ha fallado. Al final de la película el general de brigada Roy Urquhart, interpretado por Sean Connery logra salir de Arnhem y se entrevista con el general Frederick Browning (Dirk Bogarde) quien le responde: «Siempre creí que intentábamos tomar un puente demasiado lejano», en relación con el alto número de bajas británicas.

9-Julio-2024

A finales del año 2021 se publicaba un estudio, por parte de un gran historiador inglés, sobre un episodio heroico de las tropas aliadas con Alemania en 1943, «Operación Castigo. Objetivo: las presas del Rhur, 1943» (editorial Crítica). Lo firmaba Max Hastings, capaz de hitos bibliográficos como otro estudio mastodóntico reciente, «La guerra de Vietnam. Una tragedia épica, 1945-1975». Nacido en Londres en 1945, este periodista en prensa y en la BBC con experiencias en más de sesenta países ha publicado más de veinte obras que rondan las ochocientas páginas cada una: por ejemplo, en «La guerra secreta. Espías, códigos y guerrillas, 1939-1945», contó la historia de los servicios secretos, las operaciones especiales y las guerrillas; en «Némesis. La derrota del Japón 1944-1945», recogía testimonios de los supervivientes; en «Armagedón. La derrota de Alemania 1944-1945», narró la historia de la última gran campaña de la Segunda Guerra Mundial: la batalla por la conquista de Alemania; en «1914. El año de la catástrofe», retrató una Europa que creyó iniciar «la guerra para acabar con todas las guerras»; en «La guerra de Churchill. La historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial», abordó la trayectoria en plena contienda armada del famoso primer ministro inglés.

Operación Pedestal: los cuatro días decisivos de la Segunda Guerra Mundial. Este episodio histórico que ha estudiado Max Hastings en su último libro ha sido muy olvidado dentro del contexto de la contienda, pero por fin el asedio de Malta recibe la atención que merece.

Ahora, este incansable investigador vuelve a contar una epopeya militar que ha pasado a formar parte de la leyenda nacional británica. Así las cosas, en «Operación Castigo», el autor se refirió a cómo, en marzo de 1943 se formó un escuadrón de forma altamente secreta para la misión de romper las represas del Ruhr, el río de Alemania que discurre por el oeste del país. Mostró en aquel momento la actuación de unos jóvenes aviadores que llevaron a cabo una proeza: atacar las presas de Hitler, al ser blancos industriales de primer nivel, con una bomba novedosa tecnológicamente hablando. De algún modo, Hastings nos lleva al mismo contexto en «Operación Pedestal. La flota que luchó en malta, 1942» (traducción de Gonzalo García): la liberación de Europa por parte de las Fuerzas Aliadas en su nuevo libro, incluso en fechas próximas al año 1943, pero lo hace desplazando la acción a una pequeña isla del Mediterráneo que fue clave para el conflicto bélico de entonces.

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